miércoles, 31 de diciembre de 2014

¡¡FELIZ 2015!!



Y el 2014 se va. Nos va dejando atrás para dar paso a otro año más. Hay miles de cosas que le pediría al año que está por entrar. Pero más que pedir al que entra, me quedo con agradecer todo lo que me dio el que ya nos deja. Sí, hubo cosas malas, siempre las hay, pero los buenos momentos, las risas que he pasado, las caricias, los abrazos y los besos que he dado y recibido, sea en persona o en la lejanía, sin duda hacen pequeños esos malos momentos que todos alguna vez pasamos.

Esta noche, mientras las campanadas resuenan de fondo, iré comiendo las uvas a la vez que mis pensamientos volarán hacia cada uno de vosotros, para desearos un año lleno de momentos inolvidables, de recuerdos, de alegrías. Y así, con el inicio del año, se abrirá una nueva carretera por la que correr y con miles de posibilidades nuevas, para seguir luchando por nuestros sueños.

Bueno, pues nada, que ya no se me ocurre qué más decir jejeje Así que, disfrutar de la nochevieja y a vivir la vida, que son dos días y uno ya lo pasamos durmiendo ^^ (aunque a mí eso no me importa, me encanta dormir zzzzz.... así que :P ) 

¡FELIZ 2015 a todos! Un abrazo muy muy fuerte y mil besos.

Carmen.

viernes, 26 de diciembre de 2014

La Llamada. Capítulo 14.



Tras escapar de los soldados enviados por los templarios, Mamen se dirigió al punto de encuentro. Allí le esperaba el coche en el que montó a toda prisa y que arrancó veloz, perdiéndose por las calles de la ciudad. 

Mientras tanto, en la Sala del Sarcófago, dos hombres vigilaban la entrada. 

-Oye, ¿no te intriga saber qué demonios hay en ese sarcófago? -preguntó Ángel, el soldado con el rostro oculto bajo un pasamontañas negro-.
Lolo le miró y apoyó su fusil en el suelo. 

-Ni lo sé ni me importa -contestó-. Sólo sé que cuando acabe este trabajo, voy a desparecer de este puto lugar.

-¿Y dónde vas a ir?

-No sé... Si hacemos bien nuestro trabajo nos van a soltar una buena morterada, así que, seguramente, me largaré a un paraíso tropical. Y a vivir la vida.

-Pues yo me muero de curiosidad -dijo acercándose a la entrada de la sala-.

Estaba iluminada por unos puntos de luz. Las columnas le conferían un aspecto bastante tétrico. Y, en medio de la sala, rodeado por un cordón de plástico, estaba el sarcófago de piedra situado sobre un pedestal de una piedra algo más oscura. 

-Quizá haya algún tesoro -murmuró intrigado-.

-Déjate de bobadas y cíñete a lo que nos han ordenado. 

-¿Y si le echamos un vistazo? 

-Ángel -dijo con voz severa-. He dicho que lo olvides.

El soldado se encogió de hombros y volvió a su puesto de vigilancia.

Llevaban en aquel castillo más tres días, sin apenas salir. Alguien se encargaba de dejarles comida y bebida cada mañana en la entrada del pasadizo en el que se encontraban, pero nunca vieron quién o cuando la dejaban. Cuando el hombre vestido con un traje caro se presentó en el bar donde los militares solían ir a tomar unas cañas y les propuso el trabajo de custodiar la sala, se negaron. Pero después de recibir la oferta completa, con el dinero que se llevarían tras completar su misión, ambos se miraron incrédulos para, finalmente, aceptar.

-Voy a mirar. No puedo irme de aquí sin saber qué demonios estamos vigilando.

No le dio tiempo a reaccionar cuando Ángel se encaminó con paso firme hacia el interior de la sala. 
-¡La ostia! -gritó al llegar junto al sarcófago-.
Levantó la cinta y se introdujo. Lolo se volvió hacia la entrada y se asomó.

-¿Qué pasa? 

-Míralo tú mismo... Tío, esto no me gusta un pelo.

Lolo miró a un lado y al otro. El pasadizo estaba oscuro y en silencio, como cada día. Entró y se acercó. A medida que avanzaba sintió un extraño malestar. Vio que la tapa del sarcófago estaba abierta. Y, a medida que se acercaba, pudo distinguir su interior. Cuando estuvo lo bastante cerca como para poder ver lo que guardaba, se detuvo en seco. Un hombre yacía inmóvil, con los brazos cruzados sobre el pecho. Levantó la cinta y se situó junto a su compañero. 

-¿Qué coño es eso que le cubre?

-Parece un manto de plumas... -dijo Ángel acercando su mano para tocarlas-.

Lolo le cogió de la mano y le detuvo.

-¡¿Qué haces?! ¡No lo toques, idiota!

Soltó a su compañero y observó al fallecido. Era un hombre relativamente joven. O, al menos, eso era lo que parecía. Tenía una extraña belleza. Estaba desnudo, sólo cubierto por aquel extraño manto emplumado que caía desde sus hombros y le cubría el torso hasta media pierna. Bajó la vista hacia el cuerpo y vio sus pies. Entonces sintió un escalofrío. Unas garras negras y afiladas hacían las veces de uñas.

-Pero qué... -murmuró acercándose para poder observarlas mejor-.

-¿No se os dio la orden expresa de no entrar en el santuario? -dijo una voz a sus espaldas-.

Los dos soldados se giraron sobresaltados. Un hombre con una túnica negra les observaba desde la entrada de la sala. Su rostro quedaba oculto por la sombra de una de las columnas. Pero el reflejo del colgante que pendía de su cuello delató su identidad.

-¡Señor! -exclamó Lolo inclinando la cabeza y golpeando con el codo a su compañero-. 

-Creía haberos explicado de forma clara y concisa cuál era vuestra misión. 

Salieron del cerco y se situaron a cierta distancia del hombre. 

-Discúlpenos, Señor. No era nuestra...

-Cállate -le cortó con frialdad-. 

Ambos se miraron asustados ante la mirada de aquel tipo. Se encaminó hacia el sarcófago y rompió la cinta de plástico. 

-No deberíais haber entrado aquí. 

Paseó la mano desde la cabeza del hombre muerto hasta el pecho, sin rozarle, y sonrió. Los soldados no dieron crédito a lo que pasó a continuación. Una especie de aura oscura empezó a emanar del cuerpo. Lolo sintió un escalofrío y dio dos pasos alejándose de ellos. Por instinto, puso su mano en el pecho, sintiendo la pequeña cruz que siempre llevaba colgada en su cuello a través de la tela. 

-Se acerca la hora...


En el asiento trasero, Mamen sacó el teléfono móvil y llamó a un número.

-¿Sí?

-Mi Señor -dijo viendo pasar los edificios a través de la ventanilla-. Saben que tenemos el pergamino.

Al otro lado de la línea se hizo el silencio. 

-¿Señor? 

Sánchez suspiró.

-Bueno, era de suponer que tarde o temprano se enterarían. ¿Lo has enviado ya? 

-Estoy en ello, mi Señor -dijo cruzando las piernas-. Yo, por mi parte, me retrasaré en poco.

-Mamen, hay que ceñirse a las órdenes del Prior.

-Lo sé -dijo jugando con un mechón de pelo-. Pero no quiero dejar cabos sueltos. 

-¿Qué vas a hacer? -preguntó cada vez más tenso-. Bueno, mejor no me lo cuentes. Lo dejo en tus manos. Pero sabes que el tiempo apremia. Mamen, hay que llegar a San Martín antes del Viernes. 

-No se preocupe. Sé exactamente lo que tengo que hacer. Y, antes de que llegue la hora, estaré allí.

-Perfecto. Espero el paquete. Ya sabes dónde enviarlo.

-Claro, Señor. 

Colgó el teléfono y vio que el chófer la observaba a través del retrovisor interior. 

-Tú a lo tuyo -le dijo con dureza-. 

-¿Sigo con el plan? 

-Sí.

Volvió a marcar el teléfono y carraspeó mientras daba el tono de llamada.

-¡Hola Señora! -dijo con el tono de voz al cual Gómez estaba acostumbrado. El chófer la volvió a mirar, esta vez sorprendido por su cambio de actitud-. 

-¡Mamen! -dijo la voz de Carla al otro lado de la línea-. ¿Dónde estáis? ¡Llevo intentando localizaros desde ayer! 

-No se preocupe, mujer. Es que al sargento se le acabó la batería y no llevaba el cargador encima -dijo riendo-.

-Este Luis -comentó algo más aliviada-. 

-Escuche, me ha pedido que las venga a buscar. Quiere que nos encontremos con él en el aeropuerto. 

-¿Cómo? -preguntó sin entender-.

-Sí, ya hemos hablado con la doctora a la que quería ver el sargento y, como ya ha solucionado el tema al que había venido, está deseando regresar a España. Dice que está hasta los cojones de los americanos.

-No sé por qué, no me sorprende... ¿Y por qué no venís? Así se despide de Martin.

Mamen se revolvió incómoda.

-¡No, no! Es que él irá directo al aeropuerto... Se ha quedado con la doctora para terminar de hacer cuatro cosas... Mejor venid las dos.

Carla dudó por un instante.

-Bueno... Vale. ¿Dónde quedamos? 

-Os espero en el apartamento de Irene. La doctora me ha prestado su vehículo oficial, un BMW negro. 

-¿Tiene vehículo oficial y todo?

-¡Sí! ¡No veas como las gastan los científicos de aquí! ¡Ja, ja, ja!

-Vale, vale.

-Dentro de media hora en su calle, ¿vale? ¡AH! Y dila a Irene que venga también, que si no el jefe me va a matar...

-Yo se lo digo -rio Carla imaginándose a su marido si Irene no apareciera en el aeropuerto para despedirse de ellos-. Ahora nos vemos.

-Vale. ¡Hasta ahora!

Carla colgó el teléfono y sonrió aliviada de poder ver, por fin, a Luis. Desde que se fue tenía un mal presentimiento que no la dejó conciliar el sueño en toda la noche. 

Mamen, por su parte, colgó y sonrió. Su plan estaba yendo tal y como lo tenía planeado. 

-Tú -dijo acercando su rostro al chófer-. Vamos a recoger dos paquetes más y regresamos al aeropuerto. 

-Pero las órdenes...

-No te preocupes tanto -dijo pasando sus manos por los hombros del hombre-. Te veo demasiado tenso. 

Apretó sus dedos y masajeó su espalda. 

-Además, si esto sale bien, te deberé un gran favor... 

El hombre apartó los hombros.

-Te conozco demasiado bien, Mamen. A mí no me vas a engatusar con tus coqueteos.

Mamen rió y se dejó caer sobre el respaldo de su asiento.

-Pero te haré este favor por el tiempo que hace que nos conocemos. ¿Dónde hay que ir?

Le indicó la dirección y, girando por una de las calles, se dirigieron hacia el apartamento. Al girar en la esquina vieron las siluetas de tres personas esperando junto al portal, mirando a un lado y al otro de la calle.

-Mierda... -murmuró Mamen al verlos-. ¡Mira que las he dicho que vinieran las dos solas! 

-¿Qué hacemos? -preguntó el chófer-.

-No podemos perder más tiempo. Que suban.

Un coche negro paró en doble fila delante del pequeño grupo. Mamen descendió del coche y Carla e Irene se miraron entre sí, sorprendidas por el atuendo que llevaba. 

-¡Hola! -gritó levantando el brazo-. ¡Vamos! ¡Se nos ha hecho tarde y el jefe estará más cabreado que un mono!

Al llegar a su lado, le dijo a ambas que entraran en el vehículo y le pidió a Martin que esperara un momento, que debía hablar con él. Las siguió con la mirada. Se introdujeron en el vehículo y el chófer asintió con la cabeza, bloqueando las puertas traseras. Se volvió hacia Martin y sacó una pequeña pistola que guardaba en la parte trasera del cinturón. 

-No te lo tomes como algo personal -dijo mientras apuntaba a su cabeza-.

Martin no podía dejar de mirar incrédulo hacia el coche, donde Irene golpeaba el cristal intentando que Mamen entrara en razón, y la pistola que le apuntaba con mano firme.

-Lo siento -dijo en voz baja-. No debiste venir.

Un disparo seco recorrió la calle. Irene gritó desesperada pegada a la ventanilla mientras Carla, atónita por lo que acababa de pasar, la sujetó por los hombros en un intento inútil por calmarla. El cuerpo sin vida de Martin cayó desplomado al suelo, con los sesos derramados en la acera. Mamen guardó el arma y se dirigió con paso decidido hacia la puerta del copiloto. Al entrar, Irene se lanzó contra ella intentando arañarla desesperada.

-¡Hija de puta! -gritó-. ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué lo has hecho?! 

El chófer arrancó el vehículo y aceleró haciendo que cayera hacia atrás. Mamen aprovechó para ponerse de rodillas en su asiento y apuntó su arma hacia ellas.

-Cállate ya, estúpida -dijo con el ceño fruncido, pasando la mano por su mejilla, donde sus uñas habían abierto la carne-. Os dejé bien claro que debíais venir solas. Pero no... La niña malcriada tenía que traer al novio “metementodo”...  

Carla cogió por los brazos a su hija y la ayudó a sentarse a su lado. Las lágrimas caían descontroladas por sus mejillas mientras murmuraba una y otra vez el nombre de su amado. La atrajo hacia ella y la abrazó, hundiendo su rostro en su pecho. Miró a Mamen enfurecida.

-¿Qué coño has hecho? -dijo con voz dura, frunciendo el ceño-. ¡¿Por qué le has matado?! 

-Cállate, Carla. No quiero ni oír tu estúpida voz... -renegó-.

Carla no podía entender lo que había pasado. Entonces la imagen de Luis cruzó su mente y el recuerdo del malestar que no la dejó dormir se hizo mayor.

-¿D...Dónde está Luis? -preguntó con temblor en la voz, temiendo por la respuesta-.

-Con vosotras conmigo, estoy segura de que hará lo que nosotros queramos que haga. 

En cierto modo, se sintió aliviada. Parecía que Luis estaba a salvo. Pero su situación, en cambio, era crítica.

-Ahora, señoras, más vale que os estéis calladitas y bien quietas, ¿de acuerdo? No quiero tener que dispararos antes de cumplir con nuestra misión... -se sentó en su asiento y comprobó su arma-. Nos espera un viaje muy largo.

Carla sintió los sollozos de su hija en su regazo y sintió cómo se formaba un nudo en su garganta. La imagen de Martin, cayendo muerto contra el suelo con la cabeza abierta por el disparo, la golpeó en la boca del estómago. ¿Por qué? ¿Porqué Mamen había cambiado tanto? Y Luis... ¿Dónde estaba Luis? Preguntas y más preguntas que se cruzaban por su cabeza a velocidad de vértigo haciendo que se sintiera mareada. Miró a través de la ventanilla y recostó la cabeza en el asiento. Sus ojos estaban cristalinos. Irene levantó la cabeza y miró a su madre. El rostro desencajado de su hija la estremeció. 

-Tranquila, cariño... -alcanzó a decir antes de que un nudo sellara su voz-. Todo va a salir bien...

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Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

sábado, 13 de diciembre de 2014

La Llamada. Capítulo 13.

Capítulo escrito por J.C. Amante. Para acceder a la publicación de su blog haz click aquí.



Alyssa se despertó con una sensación de amplitud. Su cuerpo notó las sabanas y recordó que se encontraba en la sede de los Caballeros del temple. Se levantó con lentitud dándose cuenta de que había descansado de verdad. Se colocó bien el pelo pensando que hacía días que necesitaba descansar tan bien como esa noche. Pudo darse cuenta de que la habitación disponía de baño privado y no dudo en dejar que el agua tibia recorriera su cuerpo por completo.

Tardó unos momentos en vestirse y estar dispuesta para afrontar el nuevo día, la sensación era muy extraña... Ayer no creía que la orden del temple y el priorato existieran y hoy se encontraba del todo metida en la guerra que llevan tanto tiempo librando ambos bandos. Recogió su media melena en una cola alta mientras avanzaba por el pasillo después de haber salido de la habitación, pudo darse cuenta entonces  de que había una frenética actividad en todo el lugar, decidió parar a un joven que pasaba por su lado, este sostenía una carpeta llena de archivos.

—Perdona —artículo Alyssa— ¿qué es lo que está pasando?

—Oh... Al parecer esta noche han entrado en el despacho del gran maestre y han robado algo.

El joven contestó rápidamente la pregunta y siguió su camino sin dar la oportunidad a Alyssa de volver preguntar.

Recorrió lo que le quedaba de pasillo para llegar a la zona central de la sede. Si el día anterior le pareció todo armonioso, hoy podía ver alarmas por todos los lados, en las pantallas podía ver como los satélites buscaban algo sin descanso, llamadas entrante y salientes se mezclaban en un nudo de palabras y sonidos. Desvió su mirada y se encontró con Megan que le hizo una seña para que fuera para allí y así lo hizo. Esquivó un par de personas antes de llegar junto a su amiga.

—Madre mía Megan, ¿qué pasa?

—Alyssa... Han robado el pergamino que entregaste ayer.

— ¿Cómo? —Abrió sus ojos— ¿quién ha sido?

—Rápido, sígueme… al parecer ha sido Mamen.

Alyssa se limitó a seguir a Megan, esta se dirigía hacia el gran despacho de Cristian, tuvo que detener sus pasos un instante cuando casi se da de bruces con una de las tantas personas que trabajaban allí.

— ¿Cómo que ha sido Mamen? —preguntó mientras avanzaban con grandes zancadas— pero si es la ayudante de Gómez. 

—Pues es lo que dice el propio Gómez, al parecer y según su versión… fue acosado por ella y luego agredido dejándolo así fuera de juego.

La joven doctora Jules notó como sus mejillas se calentaban y supo que estarían adoptando el tono característico que toman cuando una persona nota algo de vergüenza.  Se concentró en no tenerla a fin de cuentas acababa de conocer a Gómez y a Mamen, pero se les veía tan profesionales que nunca pensó en que llegasen a esos extremos en su relación.

— ¿Pero ahora se encuentra bien él sargento? —siguió Alyssa.

—Bueno aun algo aturdido pero bien.

En ese momento pudieron observar como uno de los soldados era esposado con las novedosas esposas que no eran más que unas bridas de plástico duro. Se lo estaban llevando con paso firme mientras en su rostro se adivinaba una sensación de alivio mezclada con arrepentimiento por sus actos.

—Asumo Megan, que este soldado que se llevan a tenido algo que ver.

—Asumes bien —sonrió— al parecer este soldado quería que el asesino de su hijo pagase por sus actos y llegó a un trato con Mamen para que así fuera.

Llegaron al despacho de Cristian el cual se encontraba con Gómez, éste último sentado en una silla aun sujetándose la cabeza debido a lo que le pasó por la noche, el gran maestre por otra parte caminaba pensativo con un rostro de pocos amigos.

— ¿Se encuentra bien sargento?

Preguntó Alyssa mientras se acercaba al sargento, este alzó la mirada hacía ella y adoptó una postura más acorde con su fuerte personalidad.

—Si… si, no es nada se me está pasando el efecto.

Cristian detuvo sus pasos cuando las jóvenes se encontraron dentro, tomó un mando a distancia y apuntando a las puertas las cerro, volvió a guardar el mando, se giró y pasó su mano por el gran cuadro de detrás de su escritorio; este se convirtió en una enorme pantalla táctil. Hizo unos gestos, arrastró sus dedos y sus manos por la pantalla moviendo “carpetas” accediendo a un mapa de la zona.

—Esto es un mapa de la zona de New York. Está controlado por un satélite al cual tenemos acceso mediante un contacto en la nassa —hizo una pausa— espero que con él podamos averiguar el paradero de la ayudante del sargento.

—Pero ahora mismo nos lleva ventaja. —prosiguió Alyssa.

—Es cierto —volvió a contestar el templario— aun así no debemos de permitir que escape… ahora mismo los enemigos del temple tienen lo necesario para acabar con esta sociedad tal y como la conocemos.

—Maldita sea… ¡joder! Aun no puedo creer que me haya hecho esto.

—No se debe de culpar sargento Gómez —respondió Megan— era imposible que lo supiese.

— ¡Un momento! —Se levantó de su asiento el sargento— ¿y si está regresando a Toledo? es allí donde se descubrió la tumba.

—Tengo unidades de incognito en los dos aeropuertos principales de la ciudad, si es así, sabremos si pisa cualquiera de ellos.

Los cuatro se quedaron en el despacho del templario. Allí pasaron nervios mientras intentaban localizar a Mamen desde el gran mapa sin éxito. Las horas se sucedían una tras otra las noticias eran escasas y la mayoría suponían falsas alarmas.

Mamen ya había sido cauta de no dejar ningún tipo de rastro con el cual pudiesen llegar hasta ella. Es más había esperado el momento justo para delatarse frente a Gómez y que mejor momento que aquí en norte América, seguro que le sería fácil burlar al sargento en un país desconocido para él, pero quizás había subestimado a su enemigo y no había contado con todos los medios de los que este disponía, al fin y al cabo si la orden del temple había resurgido de su aniquilación en el medievo  y había llegado hasta la época actual debía de ser porque tenías los medios y la economía para hacerlo. 

Mamen se dirigía segura de sí misma hacia el almacén donde le esperaría el coche que la sacaría de allí, de esta manera culminaría su plan genialmente sin ser atrapada ya que ella era consciente de que a estas alturas en la sede del temple ya se conocería su traición y su implicación como agente del priorato de sion. 

En ese mismo momento, un satélite se posicionaba sobre su nueva posición en la órbita terrestre. La señal inequívoca de ese millonario aparato no se hizo esperar en la sede templaría donde en el despacho del gran maestre, la pantalla señaló un círculo rojo justo en la zona donde se encontraba Mamen. 

Las tazas de café quedaron en el olvido inmediatamente al ver la Alarma. Instintivamente Cristian se comunicó con sus unidades en la calle.

—Abortar la búsqueda en las terminales de aeropuerto nuestra mujer ha sido localizada al este de la ciudad, en la zona industrial.

—Recibido gran maestre —sonaron las unidades que vigilaban las zonas equivocadas.

—Los agentes que más cerca estén de la zona de contacto —miró a Gómez por un segundo, el cual asintió con la cabeza— procedan a la recuperación del objeto robado.

—Gran maestre... ¿Cuál es la prioridad del objeto que debemos de recuperar? 

—Absoluta —sonó contundente Cristian— repito... La prioridad el objeto es absoluta —miró a Gómez y este cruzó su mirada con él— La de la mujer variable, tomar las medidas que consideréis para recuperar lo robado. 

Los ojos de Gómez se perdieron en la nada... Sabía lo que significaba la mirada que había cruzado con Cristian y lo que significaban estas palabras. En el interior de su mente viajaban los recuerdos vividos con la que creía que había sido su compañera hasta ahora, sus puños se cerraron dejando blancos sus nudillos.

— ¿Qué hacemos ahora Cristian? —argumento Alyssa.

—Preparémonos. Tengo un coche esperando que nos llevara al lugar.

—De acuerdo iremos —apoyo Gómez aun con la Mirada clavada en ningún lado.

Todos se miraron con firmeza y se dirigieron guiados por el templario hacia el transporte.

Mamen hacía ya un rato que había entrado en el gran almacén, al parecer abandonado, allí se encontraba el chofer con su vehículo listos para recogerla, por un momento creyó que no había nadie allí pues no se veía rastro del automóvil que debía de recogerla, no fue así; forzó un poca la vista colocándola en una inmensa sombra del lugar y pudo intuir las líneas de un coche escoltado por la sombra. Una diminuta luz rojiza procedente de un cigarro delataba al conductor que la esperaba apoyado en el transporte.

—llegas tarde.   

— ¿crees qué es fácil encontrar este lugar sin que te sigan? —respondió Mamen

— ¿lo tienes?

—si... Lo tengo, ahora tenemos lo necesario para cumplir con nuestra misión

— Al parecer todo va según lo planeado ¿eh? —respondió altivamente el conductor.

— Bueno respecto a eso hay una complicación…

— Y… ¿Cuál es?

— Un respectivo cambio de planes para asegurar que no nos detengan. 

Sacó de su espalda el pergamino que aún se encontraba protegido por las dos planchas de metraquilato que Alyssa le había colocado.

— ahora te lo vas a llevar y yo me voy a mover para asegurarnos de que realmente no me han seguido. Luego… cuando esté segura te lo hare saber y me recogerás en otra zona.

— ¿pero estas segura de que quieres hacer esto?

—completamente… no podemos fallarle al prior*

Mientras hablaban, fuera del almacén se escuchó llegar un vehículo. Mamen se acercó a una de las ventanas y con cautela se asomó para observar. 

—Sabía que no los despistaríamos tan fácilmente —argumento Mamen— seguiremos el nuevo plan… sal de aquí y no llames mucho la atención. Si no te llamo hazle llegar el pergamino al prior.

—de acuerdo así lo hare. 

Contestó el conductor que ahora ya se encontraba dentro del vehiculó en marcha y preparado para salir de allí.

 Mientras un hombre y una mujer se bajaron del coche y se encaminaban hacia donde se encontraba ella. La joven miembro del priorato de sion dio una paso para atrás con la intención de esconderse mejor con la mala suerte de hacer caer unas piezas apiladas. El sonido se escuchó con fuerza y se mezcló con el rechinar del coche que se alejaba. El hombre y la mujer que acababan de llegar entraron al lugar de inmediato viendo a Mamen la cual cruzó unas miradas con ellos. 

Se encontraron tan cerca que el templario se abalanzó sobre Mamen para intentarla retener, esta esquivó su ataque con agilidad pero no pudo esquivar el golpe que venía de la mujer templaría el cual impactó en su rostro haciendo que este girara e hiciera retroceder un par de pasos a la miembro del priorato, esta tras tocarse la cara con el dorso de la mano miro a sus enemigos. 

—Vaya... Veo que me tendré que emplear a fondo.

—Entréganos el objeto —contestó el hombre.

Mamen evaluó la situación, sabía que no podría con los dos juntos así que priorizo sus amenazas. 

—Está bien... —levantó las manos despacio— voy a coger el pergamino.

Una de sus manos se movió despacio hacia su espalda bajo la atenta mirada de sus oponentes, la mujer templaría no dudo en desenfundar un arma y apuntar a Mamen. Lo que complico un poco la situación. 
—Quieta —dijo el hombre— no hagas ni un movimiento más.

—Vamos —contestó Mamen en tono apacible— solo voy a entregaros lo que me pedís, lo tengo en la espalda.

El hombre se acercó a ella con cautela con la intención de coger el pergamino mientras que las manos de su compañera se aferraban al arma que sostenía. Fue en ese momento cuando el hombre estuvo cerca de Mamen que esta sonrío con malicia y con un hábil movimiento hizo que sus posiciones cambiaran dejando al templario entre ambas mujeres. El movimiento fue rápido y empujó al hombre hacia su compañera no sin antes inyectarle un líquido en su cuerpo procedente de una aguja que había salido de su anillo. La templaría sostuvo al hombre viendo como el blanco de sus ojos se le tornaba rojizo, sus labios se hinchaban y adquirían un tono morado.

— ¡Adrián! —articulo la mujer del arma.

—no te preocupes por él ya está muerto.

El veneno actúa en segundos —hizo una pausa— acaso crees que os iba a entregar el pergamino... Ilusos.

Mientras decía estas palabras sacó una pistola de detrás de su cintura. Por un segundo las mujeres se miraron y ambas dispararon sus armas varias veces mientras buscaban cobertura, la templaría tuvo que dejar caer al suelo el cuerpo de su compañero en pleno tiroteo.

Varios disparos más se sucedieron entre ambas femeninas mientras cambiaban sus coberturas para no ser el blanco fácil de su enemiga.

—Mamen —se alzó la voz segura y firme de la templaría— sé que no te queda munición... ¡Entrega el pergamino!

Una sonrisa entre dientes de Mamen sonó con fuerza antes de contestar.

— ¿Crees que no sé qué tu tampoco tienes munición? Estos trucos no funcionan conmigo.

Un silencio se hizo en el almacén. Una luna creciente envuelta en nubes contemplaba el combate en aquel lugar abandonado, una pelea que podría decantar la balanza para bien o para mal.

—Los templarios no entendéis nuestra misión.

—te equivocas... Sí que la entendemos es por eso que queremos impedir que lo logréis... No podéis sumir al mundo de nuevo en un periodo de inestabilidad para vuestros propios fines. No me dejas otra que arrebatarte el pergamino con mis manos.

Ambas mujeres salieron de sus coberturas quedando una frente a la otra. Se acercaron tomando precauciones sus miradas eran frías y sin mediar palabra y con una gran técnica y conocimiento intercambiaron cuantiosos golpes. Uno de ellos llegó a la cara de la templaría que esquivó por poco un segundo llegando luego con su rodilla al estómago de Mamen la cual se dolió mediante un gemido y paró otro golpe que le iba a la cara. Los dos estilos de lucha estaban muy igualados y justó cuando amabas había recibido lo suyo por parte de su enemiga. Mamen pudo preparar un pequeño cuchillo que llevaba escondido en su bota mientras habían rodado por el suelo en un lance del combate. Se incorporaron y la miembro del priorato paró un golpe mientras con su otra mano hundía el cuchillo entre las costillas de su enemiga.

—siento tu muerte, pero es necesaria para que yo pueda cumplir con mi cometido.

—la... La orden de... Temple... No permitirá que... Lo consigáis —balbuceo la mujer herida de muerte.
La respiración de la templaria era entrecortada ahora, de sus labios brotaba la sangre que le subía desde sus pulmones. La mano de Mamen retiró el cuchillo lentamente del cuerpo de esta, que gimió cuando noto como la hoja rozaba sus costillas. Mamen no dejó caer a su enemiga sino que la acomodo mirándola a los ojos viendo como su vida se apagaba en ellos. 

Salió de allí y al pararse a pensar en lo que había caminado se dio cuenta de que eran varios kilómetros. Opto por seguir callejuelas oscuras y lugares poco frecuentados para intentar pasar desapercibida ya que los signos de pelea eran evidentes en ella y en sus ropas. Encontró un lugar apropiado, saco su móvil e hizo una llamada que respondió el chofer con el que ya debería de estar. Su voz no cambio… tan solo se limitó a darle una nueva dirección para que la viniese a buscar y salir de allí por fin con el pergamino.


* Prior: líder de la orden del priorato de sion

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Obra registrada a nombre de J.C.Amante.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Luz Mágica. (StoryCubes)

Nueva historia creada en base a los dados de MundoLiterario. Espero que os guste ^^ 
¡¡Besotes!!




Ángel era un niño de una imaginación sin igual. A sus padres ya les gustaba que fuera así, su gran imaginación le hacía tener miles de historias que contar, pero estaba llegando a un punto en el cual llegaba a perder el contacto con la realidad. Su profesora estaba muy preocupada por él. Cada día debía llamar su atención para que regresara y atendiera a sus explicaciones. Pero cuando parecía que prestaba de nuevo atención, su mente volaba de nuevo.

Una calurosa mañana de verano, estando en su casa, corrió hacia la sala de estar donde se encontraba su madre con Ana, su hermana pequeña, en brazos.

-¡Mamá! -gritó azorado-. ¡Mamá, escucha!

Su madre le miró extrañada.

-Pero ¿qué te pasa? Estás todo sofocado...

-¡Hay algo en mi habitación! -dijo recordando el extraño ruido que salió desde el centro de su cuarto-.

-¿Qué? -dijo su madre poniéndose en pie y acercándose a coger el muñeco que había sobre la mesa-.

Pasó su mano por la cara. Parecía agobiado. Pero su madre, pensando que sería otra de las historias que bullían dentro de su cabeza, no le prestó atención y, con gesto rutinario, le entregó el muñeco a la niña. Se volvió a sentar.

-A ver Ángel, ¿en qué habíamos quedado? -dijo sonriendo con dulzura-.

-¡Pero esta vez es verdad! ¡No son imaginaciones mías! ¡Te lo juro!

-Ya hemos hablado de esto, cariño. Entiendo que tienes ganas de contarme una de tus historias, pero ahora he de dormir a tu hermana, a ver si me deja descansar un poquito, que anoche no hubo manera de que durmiera...

Ángel apretó los puños de rabia y se acercó a ella.

-¡Pero esta vez no me lo he imaginado! -dijo cogiéndola del brazo y tirando de ella-. ¡Es verdad!

Con uno de los empujones, el muñeco de Ana cayó al suelo y la pequeña empezó a llorar.

-¡Ángel! ¡¿Quieres parar?!

Aquella reacción por parte de su madre le dejó parado, mirándola con cierto temor. A veces mamá parecía tener dos caras. Normalmente su rostro tenía dibujada una sonrisa y una mirada llena de cariño. Pero cuando llevaba varios días sin dormir, cambiaba de repente por una cara enfada, con ojos tristes y apagados. Era como una mujer con dos máscaras.

-V...Vale... -murmuró con el ceño fruncido-.

Se dio media vuelta y corrió hacia su habitación con los ojos llenos de lágrimas.

-Ya está, Ana... -oyó que decía mientras acunaba a la niña-. Venga cariño, duérmete un ratito, ¿vale?

Subió las escaleras y se detuvo frente a la puerta de su habitación. Estaba cerrada. Frente a él, el enorme póster con la letra L, logo de sus dibujos preferidos, parecía negarle la entrada.

-Era sólo mi imaginación... -se dijo a si mismo cogiendo el valor para volver a entrar-.

Puso la mano en el pomo redondo de la puerta y lo giró. Apenas abrió la puerta, una fuerte ventada le arrastró hacia el interior. Intentó sujetarse al marco de la puerta, pero el aire le elevó por los aires arrastrándolo hacia lo que parecía un vórtice blanco que, sin entender como, apareció en medio del cuarto. A la vez que era engullido sin remedio, pudo ver como parte de sus cosas giraban junto a él. Pudo ver el muñeco de acción con el que jugaba a todas horas, la almohada de su cama, el viejo juego de cuentas de madera... Estaba muy cerca del vórtice. Cerró los ojos con fuerza y sintió cómo su cuerpo era engullido por aquella extraña luz.

Al abrir los ojos, para su sorpresa, ya no estaba en su cuarto. Ni siquiera en su casa. Frente a él se abría una inmensa pradera que se perdía colina abajo hasta un pequeño riachuelo. Elevó la mirada y, en la cima de la montaña, pudo ver una torre. 

-Pero -dijo frotándose los ojos-. ¿Dónde estoy?

Decidió bajar hasta el riachuelo para beber un poco de agua, aquel extraño viaje, por alguna razón que desconocía, le había dado sed. A medida que descendía, pudo distinguir entre unos árboles lo que parecía una pequeña tienda de campaña. Intrigado, se acercó por si hubiera alguien.

-¿Hola? -dijo casi sin voz. Carraspeó y volvió a repetirlo, esta vez más alto-. ¡¿Hola?!

No hubo respuesta.

De pronto, una silueta apareció en el centro del riachuelo. Era una mujer vestida con un vestido vaporoso de color blanco con una balanza en la mano que parecía llamarle. Ángel reculó unos pasos asustado.

-Tranquilo -dijo una voz a sus espaldas-. No debes asustarte de ella.

Se giró sobresaltado y, con sorpresa, vio que el que le había hablado era, ni más ni menos, que un duende.

-Pe... pero... -no atinaba a decir las palabras. Aquello era imposible. ¿Un duende?-. T... Tú...

-Hola Ángel, hacía mucho que te esperábamos -dijo el duende sonriente-. Soy Linfor y ella es Justice.

Miró dirección al lago. La mujer llevaba una venda en los ojos, pero parecía muy hermosa. El duende le cogió por el brazo y le acercó al borde del río.

-Mi querido Ángel -dijo la tierna voz de la mujer-. Hacía tanto que esperábamos tu llegada...

Ángel no podía creer lo que estaba pasando, pensó que se había dejado llevar por su imaginación de nuevo y se pellizcó el brazo con fuerza para regresar a la realidad. Pero en lugar de volver a su cuarto, seguía junto al duende, quién le miraba con cara de no entender lo que acababa de hacer. Se ruborizó y apartó la cara avergonzado.

-Necesitamos tu ayuda -continuó diciendo la mujer-.

-¿Mi ayuda? -preguntó intrigado-.

-Eres aquel que con mano justa detendrá al ser oscuro que habita en aquella torre -dijo señalando la cima de la colina-.

Se giró a observar la torre con mayor detenimiento y sintió un escalofrío. La pradera brillaba con un sol radiante, pero en lo alto de la cima se cernían unos nubarrones negros que oscurecían lo que tocaban. La torre era lúgubre,  con sus piedras de roca negra y sus ventanas de cristales rotos.

-¿Un... un ser oscuro...? -titubeó asustado-.

-Debes liberar nuestra tierra de ese monstruo -añadió el duende-. Sólo tú puedes hacerlo.

-Pero yo no soy ningún héroe -dijo dando dos pasos hacia atrás intentando alejarse de ellos-.

-Pero tú eres el portador de la Luz Mágica -dijo Justice-.

-¿Qué?

No sabía de qué estaba hablando. ¿Una luz mágica? Aquello no tenía sentido.

-Vamos, despierta ya Ángel -se dijo a sí mismo pellizcándose de nuevo-. ¡Maldita imaginación!

-No puedes escapar de tu destino, eres el elegido -dijo Justice acercándose hacia él. No caminaba, simplemente se deplazaba sobre el agua como si volara-. El ser oscuro devorará nuestra tierra si no le detienes...

-Y no se quedará ahí, una vez haya agotado nuestra luz, viajará a tu mundo y también lo devorará, sumiéndolo en una oscuridad total -añadió Linfor-.

-¡Pero yo no soy ningún elegido! ¡Ni siquiera sé de qué luz estáis hablando!

Al girarse para marcharse de allí, algo cayó al suelo cerca de sus pies. Se detuvo un instante y vio la linterna que había guardado en su bolsillo antes de que toda aquella locura comenzara. Se agachó y la cogió con la mano.

-¡La Luz Mágica! -gritó Linfor sin poder ocultar su alegría-. ¿Ves cómo sí que eres el elegido?

-¿Esto es la luz mágica? -dijo levantando la linterna-.

-Acércate, Ángel -dijo Justice-.

Se acercó a ella y se ruborizó. Sí, era una joven preciosa.

-Coloca el arma en la balanza. Si no eres el elegido, la balanza caerá por el peso de la linterna hacia ese lado. Pero si eres el que todos esperan, quedará inmóvil.

Un poco incrédulo, colocó la linterna en una de las bandejas de la balanza, esperando que ésta se moviera. Pero, para su sorpresa, se quedó inmóvil.

-¡Es cierto! -gritó con sorpresa-. ¡Sí que soy el elegido!

Su misión sería subir hasta la torre para encontrarse con el ser oscuro que habitaba en ella. Pero Justice le advirtió que se cuidara de alumbrarse a sí mismo o a Linfor, quién le acompañaría en su aventura, con su arma. Pues la Luz Mágica, si bien acababa con la oscuridad de los seres oscuros, volvía malvados a los que ya brillaban de luz, y sus sombras quedarían atrapadas por las garras del Señor Oscuro.

-De acuerdo -dijo sujetando con fuerza la linterna-. Pues andando.

Linfor y él se encaminaron hacia la torre.

-Ángel -dijo una voz lejana-.

Miró a su alrededor extrañado.

-Ángel -volvió a decir la voz-.

De pronto todo oscureció. Al principio se asustó, pero entonces se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados. Al abrirlos, pudo comprobar que la voz que le había estado llamando era la de su madre, que estaba sentada junto a él en la sala de estar con Ana entre sus brazos.

-Cariño, ¿por qué no te vas a la cama? -dijo pasando su mano por el pelo de Ángel-. Estarás más cómodo que en el sofá...

Ángel se incorporó de golpe. Miró desconcertado a su alrededor. Estaba de nuevo en casa. Parecía que, otra vez, su imaginación le había jugado una mala pasada. Miró a su madre con un amago de sonrisa y asintió.

-Buenas noches, mamá...

-Buenas noches cariño.

Le besó en la frente y se dirigió hacia la cunita para acostar a Ana.

Ángel subió a su habitación y se dejó caer sobre la cama, abrazando la almohada. Le gustó la idea de ser el elegido, aquel que salvaría el mundo. Pero no había sido otra cosa que un sueño. Cerró los ojos y, de pronto, escuchó una voz que reconoció al instante.

-Ángel, Él te ha hecho regresar, pero encontraremos la manera de volver a abrir el portal-dijo Linfor desde un pequeño vórtice que se abrió cerca de la puerta-. Estate preparado...

Poco a poco el portal se fue cerrando hasta que la habitación quedó de nuevo a oscuras. Se puso en pie y vio que en su mano seguía sujetando con fuerza la linterna.

-Claro que sí -dijo en voz alta, con determinación-. Volveré.


Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

sábado, 29 de noviembre de 2014

La Llamada. Capítulo 12.



Gómez entró en su habitación. Estaba cansado por el viaje y tenía un ligero dolor de cabeza por todo lo que había pasado. Se sacó la chaqueta y la dejó sobre la silla que quedaba cerca de la cama. La habitación era amplia con una alfombra que ocupaba la mayoría del suelo y unas cortinas de color beis. Parecía la habitación de un hotel. Se acercó a la cortina y la apartó esperando ver la calle, pero no había ventana. Sólo era parte de la decoración. 

-Vaya... -murmuró decepcionado-.

Se acercó a la silla y sacó el móvil de la chaqueta. Miró la pantalla con la intención de llamar a Carla. No había cobertura. Con el móvil en la mano, se dejó caer sobre la cama.

-Espero que estén bien -dijo pasando la mano por la cara-. 

La fatiga hacía estragos en su estado de ánimo. 

En ese momento oyó que la puerta se abría. Extrañado, se giró a mirar.

-¡Ma...Mamen! -balbuceó sin poder creer lo que veía-.

Mamen entró en la habitación. Estaba acostumbrado a verla con sus pantalones anchos, el pelo recogido y esos andares tan masculinos que solo ella tenía, pero la que entró no era la Mamen que él conocía. 

Se acercó hasta la cama donde estaba él y sonrió soltando la melena que cayó sobre sus hombros. Gómez se incorporó.

-Pero ¿qué haces así vestida? -dijo perplejo de comprobar el cuerpo que escondían aquellos trajes tan poco agraciados que siempre llevaba-.

Desvió la vista hacia el espejo que quedaba cerca de la silla y se observó a sí misma. Vestía un pantalón ajustado de color negro con unas botas de tacón alto. Su pecho se podía intuir gracias al generoso escote que lucía con una camisa ceñida y llevaba un cinturón bajo que terminaba de culminar el modelo. Subió la mirada y movió su cintura para comprobar que el cinturón estuviera bien colocado.

-Ya estaba harta de ser lo que no era... -murmuró clavando su mirada en la de él-.

Gómez se sintió incómodo y apartó la vista. 
-Mi querido Luis -dijo melosa acercándose a él-. 
Por instinto, dio un paso atrás. Pero ella se acercó más aún. Alargó la mano y acarició su mejilla, acercándose tanto que su cuerpo rozó su brazo. Luis dio un respingo.
-¡Por el amor de dios, Mamen! ¡¿Qué coño haces?!
-Venga, sargento, no me negará que le ha sorprendido de manera grata mi nuevo “look” -dijo sonriendo con picardía-.

¡Ni siquiera hablaba como normalmente lo hacía! Gómez se sonrojó.
-Déjate de bobadas y vuelve a tu habitación, que quiero descansar -dijo nervioso, encaminándose hacia la puerta-. 

Al pasar junto a ella, Mamen le empujó haciéndole caer sobre la cama. Apenas se había levantado cuando se colocó sobre él y acercó sus labios a los suyos, paseando la lengua con suavidad por ellos e introduciéndola en su boca. Luis se sonrojó como nunca antes y se dejó llevar. Alargó la mano y la acercó hacia la estrecha cintura de su compañera. Pero la imagen de Carla apareció en su memoria. La apartó de un empujón y se puso en pie respirando agitado.
-¿Pero qué te pasa? ¡Joder! ¡Estoy casado! ¡¿O es que no te acuerdas?!

-Ya me sale con la mujercita -contestó irritada sentándose en el borde de la cama, cruzando las piernas y apoyándose en un codo, sobre la rodilla-. 
Le miró un instante que le pareció eterno y suspiró. Se puso en pie.
-No me vas a dejar opción, ¿verdad? -se le quedó mirando un instante sin decir palabra, mirándole de arriba a abajo-. He de decir que siempre me has gustado. Ese aire tan masculino... mmm... -dijo mordiéndose el labio inferior-. Y tan inocente...

-Por el amor de dios, Mamen -dijo Gómez separándose de ella-. ¿Se puede saber a qué coño viene esto?

-¿Me tiene miedo, sargento? -rió al ver cómo la rehuía-. 

Sacó algo del escote y, sin esperarlo, se abrazó a él. Luis la cogió por los brazos para separarla cuando notó una pequeña punzada en el cuello. La soltó y puso la mano en la zona dolorida.
-¿Qué has hecho?
-Mi querido Luis, eres tan ingenuo que nunca sospechaste de mí, ¿verdad? 

Gómez la miró desorientado. Empezó a sentir un ligero mareo y se acercó a la cama, sujetándose para no caer.

-¿Qué... qué me has hecho?

-Mi señor me envió a la comisaría para evitar que algún inepto se acercara a nosotros. Pero nunca pensé que me volvería loca por ti. 

Sus piernas no sujetaron su peso y cayó al suelo, arrastrando parte de la colcha con él.

-Esa estúpida a la que tanto quieres no se merece a alguien como tú -se agachó junto a él y cogió su mano. La colocó en su mejilla y la hizo bajar por el cuello hasta colocarla sobre su pecho-. Seguro que hace años que no tocas una piel tan suave...
-Apártate... apártate de mí... -dijo apartando la mano y cerrando un ojo para poder enfocar su visión-.

-Qué terco eres... -dijo antes de besarle en los labios-.

Mamen se puso en pie y guardó la jeringuilla. Antes de salir por la puerta se giró hacia él.

-Cuando despierten a nuestro ángel, por fin serás mío. Y esa furcia de Carla tendrá lo que se merece.
Salió con decisión y cerró la puerta de un portazo. Gómez se intentó poner en pie. Estaba confuso. Las palabras de Mamen le llegaron distorsionadas y apenas consiguió entender lo que decía. Pero de algo estaba seguro. Le había traicionado. Perdió el equilibrio y volvió a caer al suelo.  Empezó a sentir cómo sus párpados pesaban cada vez más. Hasta que la oscuridad le invadió.

Mamen cruzó los pasillos con rapidez mirando en cada esquina para no ser vista. En una de ellas se detuvo a inspeccionar. Al fondo se veía la puerta que daba al despacho de De Molay. Había un soldado en la puerta. Miró a ambos lados y salió a su encuentro. Al verla venir, el hombre tragó saliva y la miró de arriba a abajo con sorpresa.
-Soldado -dijo golpeando su nariz con cierto coqueteo-. No me mire así, que me va a incomodar... 

El soldado tosió para disimular.
-¿Tiene la clave? -le dijo-.

El hombre miró a un lado y a otro y le entregó un pequeño trozo de papel. 

-Bien hecho -dijo Mamen cogiéndolo-
Antes de que ésta entrara en el despacho, el soldado la sujetó por el brazo.

-¿Te acordarás de nuestro trato, verdad?

Ella le miró condescendiente.

-Yo misma me encargaré de que, en el nuevo mundo, el asesino de tu hijo lo pague -bajó ligeramente la cabeza y añadió con frialdad-. Y muy caro. 

El soldado respiró con cierto alivio y la dejó marchar. Mamen cerró la puerta y se acercó a la caja fuerte que vio mientras estuvo con Alyssa y los demás. 

-Sois demasiado confiados -murmuró con una sonrisa en los labios al ver la caja fuerte, bastante rudimentaria-. Me imagino que no pensabais que alguien de dentro os pudiera traicionar, ¿eh?
Cogió el pergamino y lo guardó en el porta-documentos que colgó a su espalda. Salió sin despedirse y subió las escaleras hacia la azotea desde donde se lanzó sin dudarlo ni un segundo. Un pequeño dron, negro como el azabache, la esperaba. Cayó sobre él. Se ató al cinturón la correa que pendía de uno de los lados y éste se alejó despacio y sin hacer ruido del edificio. Sobrevolaron el cielo nocturno sin ser detectados por los radares de la sede. Llegaron a un viejo almacén abandonado y se soltó del dron. Bajó de un salto y, mientras se dirigía hacia un vehículo negro con un hombre trajeado apoyado en la puerta del conductor con los brazos cruzados sobre el pecho, sacó su móvil y marcó un número de teléfono.

Mientras tanto, en un viejo castillo de Edimburgo, una reunión daba comienzo. 

Sánchez, el superior de Gómez, bajó del vehículo y se subió el cuello de su gabardina.
-Maldito tiempo... -murmuró-.

-Vamos, Señor -dijo el supuesto agente de la interpol, el Sr. Smith, abriendo un paraguas negro-. Nos están esperando.

Sánchez se colocó junto a él y ambos se encaminaron por el camino de grava hacia la entrada. Subieron las escaleras que daban acceso a la casa y llamaron al timbre con insistencia. Un hombre vestido de uniforme apareció tras la puerta.

-Les estábamos esperando, señores -dijo el mayordomo indicándoles con la mano que pasaran y realizando una reverencia-.

El hall era amplio y separaba las dos alas del castillo. El mayordomo se dirigió hacia la derecha y abrió las puertas de una amplia sala. 

-El Señor Sánchez y el Señor Smith -anunció-. 

Una mesa ovalada de madera de roble ocupaba el centro de la sala, rodeada con muebles y estanterías repletos de libros antiguos y pequeñas obras de arte. Y sentados a la mesa, diez hombres trajeados, con aspecto de lords de la antigua bretaña, les observaron en silencio. Sánchez y Smith se dirigieron hacia los dos asientos que quedaban vacíos y se sentaron. El hombre que presidía la mesa, justo frente a una enorme chimenea, encima de la cual había una pintura al óleo de ese mismo hombre, se incorporó.

-Les estábamos esperando -dijo haciendo un gesto a la sirvienta para que les sirviera un té-. Bienvenidos a mi humilde hogar.

-Humilde -murmuró Sánchez algo incómodo-. Sobretodo humilde...

-Justo en estos momentos estábamos hablando de su misión, Sr. Sánchez. ¿Hay noticias desde San Martín?

Sánchez se reclinó sobre la silla de terciopelo verde oliva y apoyó los brazos sobre los reposa-brazos.

-Tal como le dije en su momento, la caverna del sepulcro está bajo nuestro control. No debe preocuparse por eso.

-Eso dice usted -le interrumpió un tipo con gafas y vestido con un refinado traje escocés-. Pero hemos oído que unos intrusos llegaron a ella.

Sánchez se removió inquieto y le echó una mirada fugaz a Smith.
-Cierto. Pero el asunto está zanjado. No deben preocuparse por eso. Y ahora, por favor, continúen con la reunión.

Un pequeño murmullo se extendió por la sala. El dueño de la casa, Lord Michaels, les escuchó en silencio. Poco a poco, los comensales comenzaron a bajar el tono de sus voces hasta que el silencio reinó de nuevo.

-Bien. Continuemos.

La reunión se alargó durante un par de horas antes de que pararan para realizar un pequeño descanso. Muchos de los presentes se incorporaron y se dirigieron hacia una sala contigua donde se sentaron a fumar mientras tomaban un pequeño tentenpié. Smith se acercó a Sánchez y se sentó a su lado. 

-Señor -dijo en voz baja mirando de vez en cuando a su alrededor-. ¿Está seguro de que hemos hecho lo correcto?

Le miró sorprendido por la pregunta y respiró hondo cruzando los dedos sobre la mesa.

-Este mundo está podrido, Smith. No hay lugar para la esperanza... -dijo en voz baja-. ¿Acaso crees que no me he hecho esa misma pregunta miles de veces? 

Smith miró a su viejo amigo. Tenía los ojos hundidos.

-Es la única manera de hacer borrón y cuenta nueva.

El teléfono que guardaba en el bolsillo interior de su americana empezó a vibrar. Metió la mano y lo sacó mirando la pantalla antes de contestar.

-Sánchez al habla -dijo recuperando la contundencia de su voz-. ¿Quién es?

-Mi Señor. Tengo el manuscrito.

Una leve sonrisa apareció en su rostro. Se puso en pie y buscó a Lord Michaels. Éste le devolvió la mirada.

-Tenemos el manuscrito.

-¡Bien! -exclamó visiblemente emocionado-. ¡Vamos! ¡Hay que ponerse en marcha!

Sánchez se dirigió hacia la ventana.

-Mamen -dijo en voz baja-. ¿Y Gómez?

-No debe preocuparse por él, Señor.

-¿No le habrás...? -no pudo terminar la frase-. 

-Descuide, Señor. Si intenta interferir sé dónde están su mujer y su hija -Mamen apretó el puño que tenía libre al pensar en ellas-. No moverá un dedo. Se lo puedo asegurar.

-Perfecto. Ya sabes lo que hay que hacer.

-Claro Señor.

Sánchez cortó la llamada. Abrió una de las cortinas y elevó la vista hacia el cielo nublado. 


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Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.