martes, 25 de marzo de 2014

Sin Salida III. Refugio.


Cogí a James del brazo, ayudándole a levantarse. Miré a mi alrededor un instante y sujeté con fuerza mi M16.

-¡Vamos! ¡Hay que salir de este puto agujero! -gritaba John desde el rellano-. ¡Nos están rodeando!

-¿Vas bien? -le pregunté a James tirando de él-.

-Lo siento... me he convertido en una carga, jefe...

-Aquí nadie es una carga -repliqué-.

Macius se había incorporado y caminaba a escasos metros de nosotros. Me giré hacia él.

-¡Vamos Macius! ¡No te quedes atrás!

Ascendimos las escaleras con sigilo, intentando permanecer ocultos. Con suerte, no se habrían fijado en nosotros. La idea era buscar un lugar elevado dónde poder tener a tiro a esos desgraciados y, de paso, aprovechar el caos que reinaba en la calle para adentrarnos en el edificio de enfrente dónde John había visto esconderse a los del pelotón delantero. Llegamos a la azotea. Una puerta metálica, medio oxidada, nos cortó el paso. John levantó su pierna y la golpeó con fuerza en el pomo, reventando el cerrojo. La puerta se abrió ante nosotros a la vez que un aire caliente, cargado de arena, nos azotó.

-¡Allí! -exclamé señalando una chimenea de obra de gran tamaño que había al otro lado-.

Nos agazapamos y, con cuidado, vigilando a través de la mirilla de nuestras armas cualquier movimiento, nos refugiamos a la sombra de aquella estructura rectangular.

-Bien -comencé diciendo, dejando caer a James junto al muro-. John, tú vigila aquel flanco de allá, Macius...

Macius estaba aún en la puerta de salida, apretando con fuerza su M16 contra el cuerpo, mirando desesperado a un lado y a otro.

-El novato está cagado de miedo -comentó James riendo por lo bajo, sujetándose la pierna-.

-Mejor habría sido que no hubiera venido -añadió John con malicia, escupiendo a un lado-.

-Dejadlo ya -intervine-.

Corrí hacia él. Tenía la piel de la cara pálida y las manos temblorosas. Sabía que debía estar pasándolo mal, todos lo habíamos pasado mal, pero no era el momento ni el lugar para dejarse llevar por el pánico.

-¡Macius! -grité al llegar-. ¡¿Qué coño te crees que estás haciendo?! ¡Vamos!

El chico me miró un instante con los ojos abiertos de par en par. Estaba aterrorizado. Suspiré y me acerqué hacia él.

-A ver, Macius -dije apoyando mi mano en su hombro para hacer que me escuchara-. ¿Acaso no quieres regresar con Helen? ¿Es que quieres quedarte aquí a que te maten? ¿O vas a reaccionar de una puta vez?

Su cuerpo comenzó a temblar.

-Lo siento... -murmuró apartando la mirada-. Aquellos cuerpos...

-Maldita sea... ¡Sé que es duro! ¡Pero tienes que echarle huevos! Vamos a salir de aquí, ¿vale?, y lo vamos a hacer todos juntos, ¿de acuerdo?

Le cogí por la cabeza y le obligué a que me mirara.

-¡¿De acuerdo?!

Macius se quedó pensativo un instante, clavándome sus ojos verdes, sujetó el fusil con ambas manos y asintió con la cabeza.

-Bien. Vamos.

Una vez todos reunidos de nuevo, cada uno tomó su posición. Me asomé con sumo cuidado a estudiar el terreno.

En la calle, poco a poco empezaba a reinar la calma de nuevo. De los edificios derribados por las bombas que esos locos habían lanzado, salían columnas de humo negruzco. El enemigo, parecía estar satisfecho con aquel destrozo, y parecía tener la intención de retirarse. Pero justo cuando comenzamos a suspirar ligeramente aliviados, pensando que podríamos salir de allí con vida, unos disparos resonaron desde la otra punta de la calle. Unos tipos que habían entrado a buscar los cuerpos de los que se pensaban que ya debían estar muertos, cayeron abatidos por las balas. El caos volvió a reinar el lugar. Me agaché con el corazón en un puño, comprobé la munición, y me volví a asomar. Los gritos de los soldados, desconcertados, cayendo uno a uno, se clavó en mis oídos. Con la mira telescópica intenté buscar qué es lo que estaba pasando, cuando mis ojos se abrieron de par en par por la sorpresa. ¡Era el pelotón de avance! Dispuestos en diferentes puntos del viejo edificio, disparaban con una certeza que no dejaba lugar a dudas de por qué eran considerados uno de los pelotones mejor formados de nuestro regimiento. Me fijé en la reacción del enemigo y media sonrisa apareció en mis labios. Con mi placa, hice señales a nuestros compañeros. ¡Aún teníamos una posibilidad! Desde el edificio contrario, unos reflejos de luz me confirmaban que nos habían localizado. Corrí hacia James.

-¡Son el pelotón de Charles!

-¡Jefe! -gritó John desde el otro lado de la azotea, sin dejar de mirar a través de la mirilla de su arma-. ¡Se están reagrupando! ¡¿Qué hacemos?!

-Bien... -murmuré pensativo-. A ver...

Me incorporé y miré a mi alrededor. Macius parecía que había recuperado la compostura. Y eso nos sería muy útil, había demostrado lo hábil que era en los disparos de alta distancia.

-¡Vale! ¡Escuchad! -grité intentando que me oyeran con el ruido ensordecedor que nos envolvía-. ¡Entraremos en acción! ¡Nuestros compañeros están en minoría, y nosotros contamos con el factor sorpresa! ¡Macius!

Macius se giró hacia mí.

-¡Colócate ante aquella columna, y cuando tengas a alguien a tiro, machácale!

Asintió y corrió hacia el lugar indicado.

-¡John! ¡Tú cúbreme las espaldas!

-¡¿En qué estás pensando?!

-¡¿Ves al tipo de la boina morada?! -dije acercándome al borde del edificio-. He notado que el resto actúan de un modo bastante sumiso con él... Creo que es el cabecilla de esos cabronazos.

-¿Y qué? ¡Desde aquí podemos meterle un tiro entre ceja y ceja!

-¿Y acabar volando por los aires? Esta gente está chalada... Si ese bastardo muere, lo harán explotar todo.

-Vale, vale... ¿Pero entonces qué quieres hacer?

-¡Tú haz lo que te he dicho!

Corrí hacia las escaleras y bajé con rapidez los peldaños. La entrada al edificio parecía desierta. Me asomé con cautela. Despejado. Un vehículo a varios metros de dónde me encontraba me serviría de escudo. Corrí hasta él y me refugié. El ruido ensordecedor de los disparos atronaba mis oídos. Elevé la mirada y John me hizo un reflejo con su placa, estaba preparado.



 “-Perfecto -pensé-. Bueno, espero que esto salga bien...”

                                                                                     Continuará...

Obra registrada en SafeCreative a nombre de Carmen de Loma. 

martes, 18 de marzo de 2014

Sin Salida II. Conflicto.



-Señor Miller -dijo el ayudante de John Miller entrando por la puerta-.

Miller, el director de la NSA, levantó la mirada de su ordenador un instante y le hizo un gesto a su ayudante para que se acercara.

-Hemos recibido esto esta mañana. Creo que debería echarle un vistazo -dijo acercándole los papeles que llevaba en su mano-.

Miller alargó la mano y, recostándose en su sillón de piel oscura, leyó el documento. A medida que sus ojos leían las palabras allí escritas, sus manos iban aferrando con más fuerza el papel.

-¿Pero qué demonios significa esto?

-No lo sé, Señor, por eso he decidido enseñárselo a usted.

-Está bien, Mike, ya te puedes ir.

Miller giró su sillón hacia el ventanal que tenía a sus espaldas y, con las manos enlazadas en su pecho, con los índices rozando sus labios, observó el paisaje de aquella fría mañana, pensativo. Giró el rostro hacia el papel que había dejado sobre el escritorio, giró de nuevo el sillón y, cogiendo el auricular de su teléfono, marcó unos números.

-Smith -comenzó diciendo-. Soy Miller. Tenemos que hablar. De acuerdo. En media hora estoy allí.

Colgó el auricular y, colocándose la chaqueta, salió por la puerta.

-Mike, voy a salir. No tardaré.

-De acuerdo, Señor.

Mike le observó alejarse con cierta preocupación. Que después de recibir aquella información, su jefe saliera con aquel semblante serio, sólo podía significar malas noticias.

El taxi recorrió las calles de Washington a gran velocidad hasta detenerse frente a un starbucks café, en una de las avenidas cercanas al Instituto Smithsoniano. Miller bajó del coche, pagó al hombre que esperaba paciente al volante, y entró en el establecimiento. En una de las mesas de la planta algo más elevada, se encontraba Smith, uno de los peces gordos de la CIA.

-Buenos días, Miller -dijo tras darle un sorbo a su café-. Pero siéntate, hombre, y tómate un café, que tienes una cara de perro que no veas.

Miller se sacó la chaqueta y se sentó a su lado.

-¿A qué viene este repentino ataque de nostalgia?

-Hemos recibido esta información y necesito que me la verifiques -dijo, con bastante sequedad, acercándole la carpeta con la documentación-.

-¿De qué se trata?

Alargó su mano, y cogiendo los papeles, empezó a leer. Su rostro ensombreció.

-Este no es lugar para hablar de esto.

-Así que es cierto...

-No te lo puedo negar, si eso es lo que te interesa saber. Pero este no es el lugar para hablar de ello. Vayamos a mi coche, me esperan cerca de aquí.

Al sentarse en el vehículo, Miller miró a su antiguo compañero con recelo.

-Y bien, ¿qué narices está pasando? Según estos papeles, se ha enviado un pelotón en una misión no autorizada, y, para colmo, no se ha sabido nada de ellos en 12 horas. ¿Me puedes explicar qué significa todo esto?

-Miller, Miller... Sigues siendo un desconfiado...

-No, no soy desconfiado, sólo quiero saber quién ha dado la orden para que ese pelotón se acercara hasta esa maldita ciudad -pasó la mano por el rostro, agotado-. Y sólo habéis podido ser vosotros.

Smith sonrió con orgullo.

-Así somos nosotros, ¿no? Vamos, Miller, a ti qué más te da lo que le pase a unos pocos soldados...

Miller le fulminó con la mirada. Intentó mantener la calma y dijo:

-¿Por qué les habéis enviado allí?

-Esa guerra se está haciendo demasiado pesada, demasiado costosa. Tenemos que acabar con ella cuanto antes, y se nos ha presentado la oportunidad, eso es todo.

-¿Cómo? -exclamó sorprendido-.

-Hemos conseguido que esa gente se siente a dialogar. Pero, claro, en esta vida nada es gratis. Y ya se sabe, en toda guerra hay que hacer sacrificios...

-¿¡Pero de qué diantres estás hablando!? ¡¿Sacrificios?!

-A cambio de firmar la paz, querían la cabeza del jefe de la resistencia, y eso les hemos dado.

-Pero...

-Con la excusa de necesitar ayuda médica, les hemos enviado a aquel que buscan envuelto para regalo en el furgón médico. Por supuesto, es altamente confidencial, por lo que los que custodian el furgón, no saben nada al respecto. Y es mejor así.

-¿Y qué pasará con los soldados encargados de la misión? -preguntó Miller mirando a través de la ventana-.

-Bueno, cómo entenderás, no estamos en situación de poder enviar refuerzos a aquella zona, al fin y al cabo, sólo van a llevar medicamentos. Lo que pase a partir de ahora, es cosa de ellos. Seguramente, tendremos un triste accidente, dónde por las maldades del destino, el furgón estalla por alguna bomba abandonada.

-¡¿Pero tú te estás oyendo?! -gritó fuera de sí cogiendo a Smith por el cuello de la camisa-. ¡¿Y si alcanzan también a los soldados?! Por dios... ¡Van a una muerte casi segura!

-Lo siento, Miller, pero así son las cosas. Ya he hablado demasiado. Y sólo porque eres el director de la NSA, y no puedo esconderte nada. Pero es lo que hay. Será mejor que lo olvides, le des carpetazo y te vayas a tomar unas cervezas con los compañeros de trabajo.

Miller le miró desconcertado. ¿De verdad le estaba pidiendo que lo olvidara? Dejó caer los brazos, abatido, y salió del coche en silencio. Smith bajó la ventanilla del vehículo y dijo:

-Miller, en serio, olvídalo.

Y el coche arrancó perdiéndose entre el tráfico de aquella mañana.

Sentado de nuevo en su despacho, Miller no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Las palabras de Smith, frías cómo el hielo, pidiéndole que olvidara lo que sabía, se le estaban atragantando. Un flash cruzó su mente. Un flash de cuando él fue soldado. ¿Cómo se habría sentido si le hubieran abandonado a su suerte cómo estaban haciendo ellos con aquellos pobres soldados? Se reclinó sobre el sillón y elevó la mirada al cielo.

 -Miller, en qué lío te vas a meter ahora... -pensó cerrando los ojos, mientras un amago de sonrisa aparecía en sus labios, una sonrisa amarga que dejaba entrever lo que estaba dispuesto a pagar por sus futuras acciones-.

                                                                            Continuará...
                                                                               
Obra registrada en SafeCreative a nombre de Carmen de Loma. 

domingo, 16 de marzo de 2014

Sin Salida



En mitad de aquel maldito desierto, con la arena metiéndose en mis ojos, sentía que estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado. No recuerdo por qué narices acepté entrar en el ejército. Quizá simplemente me dejé llevar por lo que se esperaba que hiciera, descendiente de una familia en la que todos los hombres entraban a formar parte del ejército de tierra. Pero allí estaba, cargando con mi enorme macuto, custodiando el furgón médico hacia una ciudad perdida en ese inmenso terreno árido.

Mis compañeros, agotados por el largo camino recorrido, apenas habían abierto la boca. Y yo menos. Me sentía frustrado. Dejé vagar la mente hacia mi casa, mis amigos, mi familia... Recordé las lágrimas de mi madre al verme marchar y sentí cómo mi pecho se encogía. A ella nunca le gustó la idea de que me alistara, pero no pudo hacer ni decir nada para evitarlo. 

Unas fuertes ráfagas de viento nos obligaron a tapar nuestra boca con el pasamontañas. El calor era asfixiante.

-Joder... ¡Estoy harto de este maldito viento! -refunfuñó James a mi lado-.

Le miré de reojo y sonreí para mis adentros. No dijo nada más y nada menos que lo que todos estábamos pensando.

-¡¿Por qué narices tenemos que ir nosotros andando?! ¡Y encima tragándonos la arena del convoy! -añadió limpiando la arena de su chaleco-.

-No te quejes tanto -le recriminó John detrás de mí-. ¡Piensa que ésta es nuestra última misión!

-¡Eso, eso!

Macius había levantado sus brazos desperezándose, y sonreía sólo de pensar en lo que se le avecinaba.

-¡Por fin nos darán el permiso! ¡Estoy deseando volver a casa! ¡Ja, ja, ja! 

-Tú lo que quieres es volver para estar con Helen... -contesté girándome hacia él-.

-¡Qué cabrón! -exclamó James apretando el puño- ¡Si a mí me esperara un bellezón cómo ese, también me moriría de ganas de volver!

-¡Ja, ja, ja! ¡Ya te digo! -se le unió John-.

-Ei, no hables así de mi futura mujer, capullo... -contestó golpeándolo con el puño en el hombro-.

En la distancia, por fin pudimos vislumbrar la silueta de la ciudad dónde debíamos dejar, a buen recaudo, el furgón médico. Al parecer, tras sufrir un ataque indiscriminado por parte del ejército represor, habían pedido ayuda a las fuerzas internacionales para que les suministraran servicios médicos.

A medida que nos acercábamos, las casas, marrones por la arena que todo lo envolvía, estaban destartaladas. Se veían los agujeros de bala en muchas de ellas, y de vez en cuando, alguna casa en ruinas dejaba al descubierto la crudeza de aquella estúpida guerra. Atravesamos las calles en silencio.

-Muchachos, estad atentos -dijo el capitán a través del auricular-.

Apreté el fusil contra mi pecho y empezamos a mirar a un lado y a otro, dispuestos a entrar e combate en cualquier momento.

El grupo delantero hizo un gesto y el convoy se paró en seco.

-Un posible vehículo bomba a las tres -volvió a decir-.

Del todoterreno en el que viajaba el capitán, bajaron dos artificieros y se dirigieron hacia el coche sospechoso.

-Oye, ¿no te da mala espina todo esto?

Me giré hacia James sorprendido.

-¿Por qué lo dices?

-No hay ni un alma...

-Bueno, es normal, ¿no? -dije intentando tranquilizarle-. Después del ataque del otro día, esta pobre gente habrá huido de aquí.

-Ya, pero... Bueno, no me hagas caso. Quizá tengas razón.

Pero la verdad es que era, cómo mínimo, inquietante. Todas las veces que habíamos ido a alguna ciudad, había gente por la zona, intentando volver a su rutina diaria. Pero allí no había nadie. Ni rastro de vida.

-¡Falsa alarma! -gritó el artificiero haciendo un gesto con el brazo para que continuáramos-.

Reanudamos nuestro camino. Sólo faltaba girar en un par de calles y, por fin, llegaríamos al hospital. Estaba deseando llegar. Un mal presentimiento me había estado acompañando desde que nos habían asignado aquella misión y quería que terminara de una vez por todas.

Pero lo que encontramos nos dejó sin palabras. El hospital que se supone que debíamos encontrar, no existía. Y frente a nosotros, un sinfín de tanques, furgones de guerra y soldados armados hasta los dientes, nos esperaban.

-Pero qué... -dije sin entender qué diantres estaba pasando-.

-¡Es una emboscada! -gritó de repente el capitán a través del auricular-. ¡Corred a...!

Pero no pudo terminar la frase. Un misil se incrustaba a través del motor del todoterreno, haciéndolo volar por los aires. La explosión nos hizo correr a refugiarnos entre los escombros que nos rodeaban. John, a mi lado, respiraba agitado, pálido. Le puse la mano en el hombro, y colocándose el arma, asintió con la cabeza. Me acerqué al borde y miré de reojo buscando al resto de mis compañeros. A escasos metros de nosotros, James estaba en el suelo intentando apartar un trozo de metal que le aplastaba la pierna.

-¡James! -grité-.¡ John, voy a por él! ¡Cúbreme!

John apuntó con su fusil hacia los soldados, cubriéndonos las espaldas. Pero no alcancé a tocarle cuando otro estruendo me sorprendió por la derecha, haciéndome caer de culo por culpa de onda expansiva. Me giré aturdido, con los oídos tronando, intentando averiguar qué había pasado. Mis ojos se abrieron llenos de horror. Con un lanzallamas habían atacado el furgón médico. Con el calor el depósito de gasolina estalló. Cuerpos despedazados empezaron a caer a nuestro alrededor. Vi correr a Macius, sujetándose un brazo que tenía ensangrentado, hacia un edificio cercano. Sin saber cómo narices iba a salir de allí, corrí hacia James, le ayudé a apartarse el trozo de metal y corrí, con su brazo alrededor de mi cuello, hacia aquel mismo edificio, haciéndole un gesto a John para que nos siguiera, mientras los tiros resonaban por la ciudad sin descanso.

-¡¿Estáis bien?! -exclamé mientras sentaba a James junto a la pared y me arrodillaba para hacerle un torniquete en la pierna, que no dejaba de sangrar-. Maldita sea...

-¡Era una puta trampa! -exclamó John con las manos en la cabeza observándonos-. ¡Hemos caído en su puta trampa!

-Oye, Macius, ¿estás bien? -dije mirándole de reojo-.

Macius se había dejado caer a mi lado, sujetando su brazo herido, con la cara desencajada. Restos de sangre cubría su ropa. Y su mirada, perdida en la otra punta de la sala, estaba aterrada.

-H... Han... -balbuceó-. Han explotado delante de mis narices...

-Supéralo -murmuré apartando la vista-.

Me miró en silencio, y en el momento en que una sonrisa amarga apareció en sus labios, sentí un escalofrío. El horror que había visto, le había cambiado. Sabía muy bien lo que era aquella sensación, yo mismo la había vivido tiempo atrás en una de mis primeras misiones, pero no podía hacer nada por él. Tendría que superarlo solo. Bastante tenía ya con pensar cómo diantres íbamos a salir de allí.

Al rato, John, que había ido a vigilar la entrada, entró corriendo con la tez blanca.

-¡Vienen hacia aquí!

-¡¿Qué?! Mierda... -exclamé-.

Me levanté rápidamente, cogí del brazo a Macius, zarandeándole, y le obligué a mirarme.

-¡Macius! ¡Venga! ¡Reacciona! ¡Tenemos que salir de aquí! -me giré hacia John-. ¿Has conseguido contactar con la base?

John negó con la cabeza, bajando la mirada.

-Joder... ¿Qué demonios vamos a hacer?

Pasé la mano por el rostro intentando calmarme. Teníamos que buscar el modo de avisar a la base y sobrevivir cómo pudiéramos hasta que nos vinieran a buscar... Y para ello, lo primero que debíamos encontrar, era la radio que Charles, del grupo delantero, llevaba encima.

-Bueno, primero busquemos a los que hayan podido sobrevivir al ataque -dije-. ¿De acuerdo?

En aquel momento, un temblor nos paralizó. El edificio que había frente a nosotros, se derrumbaba tras el impacto de una bomba. ¡Nos estaban arrinconando! ¡¿Qué demonios íbamos a hacer?! ¡¿Cómo narices saldríamos de allí con vida?!


Continuará...

Obra registrada en SafeCreative a nombre de Carmen de Loma. 

viernes, 7 de marzo de 2014

Soledad



Aquí tumbada, mirando el techo de esta lúgubre habitación, paseo mi mente por mis recuerdos y siento cómo mi pecho se llena de tristeza. Pero soy incapaz de sacar esa sensación. Nunca he sido capaz de expresar lo que siento. Nunca. Siempre he soñado con enamorarme con locura, sentir ese calor especial que se siente cuando tienes a aquel al que tanto anhelas a tu lado. Pero yo nunca he querido a nadie tanto. Sí, he querido. Pero nunca he sentido esa fuerza que dicen que el amor te da. Siempre encerrando las sensaciones que entraban por mi pecho, me he negado a mi misma la oportunidad de ser feliz. ¿Y todo para qué? ¿Para no sufrir? En mi empeño, lo único que he conseguido ha sido precisamente eso... El dolor de sentirme sola, el dolor de sentirme vacía. Ahora busco aquellos sueños que siempre he perseguido, y me doy cuenta de que no he alcanzado ninguno. Ni siquiera he sido capaz de rozarlos con la punta de los dedos. Soñé con ser aquella a la que alguien amaría con tanto fervor que me dejaría envuelta en una burbuja, dónde el resto del mundo no podría alcanzarme. Que viajaría a través del océano sintiendo la brisa del mar en mis mejillas mientras el aire gélido del sur cortaba mi aliento. Sueños de libertad, de sentir la vida con la fuerza que tanto me fascina. Pero aquí estoy, en esta triste habitación, sintiendo que, poco a poco, mi vida se escapa sin haber sido capaz de sentir nada. La coraza que me coloqué para no sufrir, se ha tragado también cualquier resquicio de sensibilidad. Y ahora sólo me queda el amargo recuerdo de lo que pudo ser y no fue, lo que ya nunca más será.

Una brisa húmeda entra a través de la ventana, me tapo ligeramente con la sábana y me giro hacia la pared. El sosiego poco a poco da paso a esa sensación de amargura que sólo cerrando los ojos y viajando al mundo de Morfeo, soy capaz de soportar. Deseo que todo acabe ya...

Un tintineo lejano me despierta. Abro ligeramente un ojo, y la claridad del sol me deslumbra. ¿Dónde estoy? Un olor dulce me rodea, cómo el olor a tierra mojada después de una noche de tormenta. Me incorporo lentamente y, sentándome al borde de la cama, el cosquilleo de la hierba en mis pies descalzos me desconcierta. ¿Sigo dormida? Es mi habitación, pero parece distinta. Me acerco a la ventana y miro a través de ella. Una inmensa pradera se extiende hasta donde alcanza mi vista. ¿Pero qué...? Un amago de sonrisa aparece en la comisura de mis labios. Estoy dormida... De pronto, una silueta se vislumbra en la lejanía. Pasea por el prado dejando que la suave brisa revuelva su pelo. Se está acercando. Una extraña sensación aparece en mi pecho, una sensación que no consigo entender. Cada vez está más cerca. A escasos metros de mí, el hombre levanta la vista. Unos ojos grises que me desconciertan, me observan en silencio. Mi corazón se acelera. La sonrisa que aparece en sus labios entonces, convierte mi pecho en una montaña rusa. Mis mejillas sienten el calor de la sangre al ruborizarme. Y un anhelo que nunca antes había sentido me empieza a llenar el pecho. Se acerca más. Cuando le pierdo de vista, camino dando tumbos hasta la pared dónde apoyo mi espalda, desconcertada. ¿Qué es lo que me pasa? ¿Porqué una simple mirada me deja en este estado tan alterado? Pongo las manos en mi pecho. El corazón todavía late desbocado. Unos golpes en la puerta me dejan paralizada. ¡¿Y si es él?! Insiste. Me acerco temblorosa y sujeto el pomo frío de la puerta. La abro despacio. Estoy aterrada. No sé qué es lo que me está pasando, por qué mi pecho está tan alterado. Cuando mis ojos chocan contra los suyos, siento el calor de aquella mirada. No dice nada. Simplemente se queda allí, frente a mí, en silencio. Alarga la mano. ¡Dios! ¡Me va a dar algo! ¡¿Por qué no puedo despertarme?! ¡¿Qué demonios me está pasando?! Su mano roza la mía y la coge con ternura. Estoy petrificada... Sonríe y, en ese momento, en ese instante en que su sonrisa y sus ojos alcanzan mi retina, siento el calor de aquello que siempre busqué. Ahora lo entiendo, ahora sé qué es lo que tanto temía, a medida que se acercaba, lo que me aterraba era la extraña sensación de que rompían la coraza que me cubría. Una lágrima cristalina comienza a resbalar por mi mejilla. Tira de mí y con su rostro a escasos centímetros del mío, roza mi piel con un dedo, secándola.

-Por fin te encuentro... -dice con suavidad mientras se acerca más y más-.

En el momento en que sus labios se posan en los míos, una sacudida me devuelve a la realidad. Abro los ojos y, clavando la mirada en el techo, me acerco un dedo a los labios. De nuevo, la realidad me golpea con una fiereza que no puedo soportar. He sentido ese amor que tanto había soñado, he sentido ese calor que me dejó sin palabras. Simplemente su mirada, y la sonrisa tierna que adornaba su rostro, había borrado la sensación de soledad que me embriagaba. Me incorporo y me siento en el borde de la cama. Miro el reloj. Las siete. Me levanto y me dirijo al baño. Lavo mi rostro. El agua fría despierta, poco a poco, mis sentidos. Me miro al espejo y me doy cuenta de que la tristeza ensombrece mi mirada. Me recojo el cabello y salgo de casa. Como cada mañana, subo al tren y me siento en el último asiento, junto a la ventanilla. Apoyo el codo en la ventana y dejo reposar mi cabeza en la mano. Mientras veo el paisaje pasar ante mis ojos, con el traqueteo de fondo, el recuerdo del sueño que me había llenado tanto me embriaga. Siento un fuerte dolor en el pecho, al recordar que no era más que eso, un sueño. Al rato, un hombre se sienta frente a mí al otro lado del pasillo. Le miro aburrida. En ese instante, una oleada de sensaciones me recorre el cuerpo. Cuando sus ojos grises chocan con los míos, abiertos por la sorpresa, sus mejillas, al igual que las mías, se sonrojan. Y un amago de sonrisa aparece en sus labios.


  Obra registrada en SafeCreative a nombre de Carmen de Loma.                                                                              

Beso Eterno



Hoy me ha asaltado el recuerdo de tu dedo serpenteando en mi espalda desnuda. Cómo tus manos recorrían mi piel descendiendo por mi cintura hasta perderse entre el vello del lugar sin nombre, provocando que mi espalda se arqueara, sujetando un pecho jadeante que resguardaba un corazón latiendo desbocado, con los escalofríos que recorrían mi cuerpo mientras tu cálido aliento rozaba mi cuello. Dos cuerpos fundiéndose en uno dónde sólo las marcas dejadas por los látigos recuerdan quién eras, aquel joven que, lleno de osadía, levantó la vista cuando el señor de las tierras cruzaba el Paso, clavando tu mirada en la joven esposa, quién al cruzar su mirada contigo, sintió un calor que no había llegado a conocer hasta entonces.

He recordado cómo tu rostro apacible, lleno de serenidad y sosiego, descansaba a mi lado mientras mis dedos pasaban sobre las profundas cicatrices de tu espalda.

Y un nudo ha aparecido en mi garganta. Mi corazón se ha vuelto a partir al recordar cómo mis manos se teñían de carmesí mientras aferraban tu cuerpo con fuerza, negando con desesperación lo que mis ojos veían, cómo la daga destinada a arrebatarme la vida, atravesaba tu pecho partiendo el corazón que un día fue mío, dando tu vida por salvar la mía.

Pero hoy por fin podré volver a mirarte a la cara. Hoy me acercaré seductora a aquel que te arrancó de mis brazos, con un odio infinito grabado en mi retina. Con la misma daga que te arrebató la vida, cargada con todo el dolor, el odio y la amargura que mi pecho guarda, deslizaré el frío filo del metal por su garganta, y cuando sus ojos desorbitados, aterrados, sintiendo cómo poco a poco se escapa la vida a borbotones de su cuello se crucen con los míos, con su último aliento, una sonrisa fría y distante aparecerá en mi rostro.

Y por fin podré volver a aquella maldita fosa dónde fuiste lanzado para que los lobos y los buitres despedazaran tu cuerpo. Me acercaré a la piedra que coloqué en tu nombre para poder llorar por ti, para poder rezar por tu alma, y me dejaré caer a su lado. Sujetaré con firmeza la misma daga manchada con la sangre de aquel bastardo y, con suavidad y sin vacilar, rebanaré mi muñeca cortando las venas. Dejaré que la sangre fluya despacio a través de la herida y me abrazaré a la blanca piedra sintiendo cómo el frío me empieza a envolver, cómo el silencio comienza a engullir los sonidos del bosque y cómo, con la misma serenidad que descansaba en tu rostro, una lágrima resbalará lenta y pausadamente hacia mis labios. Y, con mi último aliento, sintiendo la paz tras haber cobrado mi deuda de sangre, cerraré los ojos esperando que, por fin, un alma errante pueda encontrar de nuevo a su ángel, fundiéndose en ese maravilloso beso eterno.


Obra registrada en SafeCreative a nombre de Carmen de Loma.