miércoles, 30 de julio de 2014

Chevalier VI

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Boisseau se detuvo en seco. Se giró hacia la entrada y apretó los puños de rabia. El Conde de Goncourt, de pie en la entrada, recorrió la cueva con la mirada y, extrañado, levantó la espada hacia ellos.

-¿Se puede saber qué ha pasado aquí? -dijo señalando los cuerpos sin vida de Claude y Marie-.

-Lo que haya podido pasar no es de tu incumbencia...

Pierre le miró con sorpresa. Los ojos de Boisseau estaban teñidos de oscuridad. Hundidos en un halo de desesperación y rabia que atemorizarían a cualquiera. ¿Había perdido todo resquicio de cordura?

-Barón. ¿Cómo osa decir semejante cosa?

Goncourt se acercó hacia ellos. Boisseau apretó la daga con sus dedos y sujetó con fuerza el brazo de Pierre, que seguía junto a él.

-Lo que haga o deje de hacer con mis criados es cosa mía -dijo con frialdad acercando a Pierre hacia él-.

Acercó la daga a su espalda. Pierre sintió la punta de acero clavarse en su piel, rasgando la camisa y tiñéndola de rojo. Intentó separarse de él, pero seguía prisionero por el brazo de su tío. Goncourt se percató de lo que intentaba y se detuvo.

-Boisseau, deja al chico -dijo con suavidad bajando la espada-. ¿Por qué no hablamos de lo acontecido en palacio? Sólo deseo conocer tu versión de los hechos...

Boisseau pareció contrariado. Pero cuando sus ojos recayeron en Marie, las dudas desaparecieron.

-No tengo nada que decir respecto a eso.

-Boisseau, por el amor de dios...

Goncourt pasó su mano por el rostro. No podía entender el cambio de su amigo. Siempre había sido un hombre noble, de corazón justo. ¿Cómo pudo asesinar sin más a su guardia, perseguir a su criado y asesinarle, y encima usar de escudo a su propio hijo? Miró a Claude y suspiró con tristeza.

-Claude siempre estuvo a tu lado, Jean. Era cómo un hermano para ti -murmuró acercándose hacia el cuerpo sin vida del criado. Se arrodilló junto a él y cerró los ojos abatido-. No puedo creer que hayas acabado con él cómo si fuera tu enemigo...

-Tú no sabes nada -contestó cada vez más enfurecido-. ¡Tú no tienes ni idea de lo que puede llegar a pasar!

-¿Te refieres a esto?

Goncourt se levantó y sacó de su cota el cuaderno de Boisseau.

-¡Mi cuaderno!

-Esto no es más que una excusa, Jean. Y lo sabes...

Goncourt miró de soslayo a Pierre, que parecía no entender lo que estaba pasando. Sentía la daga hundirse poco a poco en su espalda, y el temor a perder la vida y dejar a Marie sin descanso le atormentaba.

-Hagamos una cosa. Deja que Pierre se vaya. Me devuelves la daga que me has robado y olvidaré lo que he visto.

-¡No! ¡No pienso dejar a Marie con este loco! -gritó Pierre revolviéndose para zafarse de él-.

-Pierre, ¡cállate! -gritó Goncourt-.

Pierre enmudeció. Miró a Goncourt contrariado e intentó decir algo, pero la mirada de éste le detuvo. Goncourt volvió a mirar a Boisseau y hundió los ojos.

-Jean. No me obligues a hacer algo que no quiero hacer.

-¡No me vengas con ese tono! ¡No permitiré que tú también te entrometas!

Pierre aprovechó el momento en el que Boisseau se encaró al conde y se liberó de su brazo. Se escabulló de él, arrastrándose por el suelo, y se dirigió hacia Marie.

-¡Maldita sea! ¡Mira lo que has conseguido!

Boisseau corrió hacia Pierre. Vio la espada que Claude le dio y se agachó a recogerla justo antes de llegar a él. La levantó con rabia y golpeó con fuerza el hombro de su sobrino que, desconcertado, se giró a mirar a su tío, dejando escapar un grito de dolor. La espada se hundió en su hombro, cortando la clavícula en dos, y dejando su brazo inutilizado.

-¡Pierre! -gritó el conde-. ¡Maldita sea, Jean! ¡Has perdido el juicio!

Boisseau respiraba agitado. Su pecho subía y bajaba mientras aparecía un ligero temblor en sus manos. Miró a Pierre. Estaba asustado. La sangre brotaba con fuerza de la herida propinada en el hombro. Se dejó caer junto a Marie, apenas sin fuerzas para defenderse de él.

-No debiste entrometerte, Pierre... -murmuró Boisseau con la culpa reflejada en la mirada-. Te quiero más que a mi propia vida, pero este es el destino que me ha tocado vivir...

Pierre no podía hablar. Se sujetó el hombro intentando cerrar la herida y se arrastró junto al cuerpo de Marie.

-¡No la toques! -gritó Boisseau cuando Pierre llegó junto a ella-.

Pero Pierre estaba dispuesto a morir por ella.

Cuando su mano alcanzó su rostro, las lágrimas brotaron, cayendo por sus mejillas hasta humedecer el suelo.

-Pierre...

La voz de Marie le sobresaltó. Miró a su alrededor, pero no pudo ver nada.

-Mi querido Pierre... ¿Por qué?

A su lado, junto al cuerpo sin vida, un haz de luz comenzó a hacerse más intenso. Pierre, asustado, se alejó arrastrando su cuerpo con las piernas hacia atrás.

-Pero qué... -balbuceó nervioso-.

Poco a poco, la luz fue tomando la forma de un cuerpo humano. La melena ondulada de la joven cayó hacia un lado y su rostro quedó visible para ellos. Boisseau cayó en el suelo, presa del pánico. Goncourt, con los ojos tan abiertos que parecía que fueran a salirse de sus órbitas, miró a uno y a otro sin poder entender qué era lo que estaba pasando.

-Pierre...

¡Era Marie! Pierre no podía creer lo que veían sus ojos. ¡Marie estaba frente a él!

-Ma...Marie... -titubeó-. ¿De verdad eres tú?

-Lo siento, Pierre.

El rostro de Marie estaba cubierto por un velo de tristeza.

-Lo siento tanto...

Se acercó a él, alargando su mano, y rozó su mejilla con suavidad, sintiendo un dolor agudo en el pecho al ver la sangre que manchaba su ropa. Pierre no pudo contener las lágrimas.

-¡Sabía que seguías aquí! ¡Lo podía sentir!

-Al principio no sabía qué había pasado -comenzó a explicar la joven-. Pero después de ver la daga que empuña Boisseau lo he recordado todo.

Bajó la vista al suelo y suspiró con tristeza. Boisseau levantó la daga y la miró.

-No... No puede ser... -murmuró con la tez cada vez más pálida-.

Marie se incorporó. Recorrió la cueva con la mirada y se acercó hacia Boisseau. Éste se intentó alejar de ella aterrorizado. ¡Era la bestia!

-Boisseau, entiendo el temor que te ha llevado a cometer las atrocidades que has llevado a cabo.

Al llegar a su lado, acercó su rostro al de él y susurró:

 -Pero te ha utilizado igual que lo hizo con él -dijo señalando a Claude-. Pobres desgraciados...

Boisseau dejó caer la daga petrificado y se giró hacia ella con los músculos rígidos por el terror que recorría sus venas.

Marie se incorporó de nuevo y miró a Goncourt, que parecía extrañado por todo lo que sucedía a su alrededor.

-Goncourt -dijo Marie con sequedad-. Deja de fingir.

La mirada de Goncourt cambió. Una sonrisa frívola apareció en sus labios y, cruzando los brazos frente al pecho, dejó escapar una fuerte risotada.

-¿Me has reconocido?

-Al principio no entendía lo que estaba pasando, pero al ver la daga todo ha tomado sentido en mi cabeza. Y, no sabía por qué, me sentí también más fuerte.

Pierre no entendía nada. Se giró hacia el cuerpo sin vida de Marie y, en ese instante, en el momento en que sus ojos chocaron contra su cuerpo, la carne empezó a resbalar de los huesos. La imagen le dio arcadas. Tapó la boca impidiendo que un grito escapara de sus labios. Los huesos fueron desapareciendo y, de pronto, todo lo que quedó frente a él fue polvo. Se giró hacia Bosisseau, que también lo había visto. Pudo ver las gotas de sudor que resbalaban por su frente, reflejadas por el sol de la mañana que empezaba a entrar por la entrada de la cueva. Miró a Marie. Y, por un momento, sintió un escalofrío.

-De modo que lo has recordado todo...

Goncourt se acercó hasta Bosisseau y recogió la daga que había junto a él. No dijo nada. Deslizó su mirada por el rostro aterrorizado de Jean y sonrió. Se puso en pie y paseó el dedo por el filo afilado.

-Así, no tiene sentido seguir escondiéndome, ¿verdad?


Obra registrada en SafeCreative a nombre de Carmen de Loma. 

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martes, 29 de julio de 2014

Demon


Título: 
Autor: Wei Zi
Sacado de http://wei-zi.deviantart.com/

martes, 15 de julio de 2014

Chevalier V

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Mirada de un Caballero

Boisseau corrió a través de la vegetación. Los perros se oían cada vez más lejos. Paró junto a un inmenso roble y se apoyó en su corteza a recuperar el aliento. Sabía que tarde o temprano el conde daría con él. Pero antes debía terminar su misión como Chevalier. Respiró dos o tres bocanadas de aire y empezó a correr, adentrándose más y más en el bosque. 

Sus pensamientos cruzaban a velocidad de vértigo por su cabeza. Marie paseando por las calles de la aldea. Su rostro iluminado por aquella sonrisa que le dejó sin respiración el día que la conoció. La mirada felina que le aceleraba el pulso... Y Pierre. Maldito Pierre... Aquella mañana le envió a buscar las armas a casa del herrero. Boisseau subió a la azotea y le vio marchar. A escasos metros de la casa estaba ella. Pierre salió del portón y ambos se miraron. Sus mejillas se sonrojaron. Boisseau apretó los puños con rabia. ¡¿Por qué le tuvo que mandar a él?! Desde aquel día comenzaron a acercarse el uno al otro. Les veía paseando de la mano por las calles, charlando con cariño en la plaza mientras los rayos del atardecer acariciaban sus espaldas. No lo pudo soportar. Boisseau bajó y se sentó en su sillón. Cogió la copa de vino entre sus dedos y, enfurecido, la lanzó contra la pared. Uno de sus sirvientes vino corriendo y, tal y como se acercó a él, Boisseau se levantó y le empujó con fuerza haciéndole caer al suelo. Los sirvientes no entendían el por qué de aquella reacción y se alejaron asustados ante la mirada inquisitiva de su Señor. Claude corrió hacia él y le sujetó por los brazos antes de que llegara a alcanzar otra de las copas, pero Boisseau le golpeó con fuerza en la cara. La rabia que sentía le hacía temblar. Salió a buscar su montura. Golpeó con sus espuelas el lomo del corcel y cabalgó por los caminos sin rumbo, gritando enfurecido. Sólo podía ver el rostro de Marie cerca del de Pierre, acercando sus labios a los de él. Bajó del caballo y se dejó caer golpeando con sus puños el suelo. Fue entonces cuando le asaltó la voz divina. Cuándo la santa luz le envolvió y le encomendó su misión. 

Dejó de lado el rencor que sentía y se centró en la consecución de su tarea. Cruzó una arboleda y, de pronto, escuchó el relincho de un caballo. Boisseau se escondió detrás de un árbol y miró de soslayo. ¡Una obertura en la roca! Miró alrededor. Vio un caballo atado en un árbol. Reconoció el emblema de su familia y sonrió. Sabía que Claude no le defraudaría. Se acercó con paso firme. 
-Por fin... -murmuró sacando la daga de su cinturón-.

Se adentró en la cueva y vio que Pierre sujetaba el hombro de Claude con los ojos humedecidos. Claude estaba de rodillas junto a Marie.

-De acuerdo, Pierre... -dijo Claude apartando el pelo que cubría el rostro de Marie-. Entiérrala... Le diré a Boisseau que no os he encontrado.

Los ojos de Boisseau se abrieron por la sorpresa. Su orgullo quedó herido de muerte. Apretó los dientes con rabia y les observó sintiendo cómo el odio crecía en su pecho, oscureciendo su mirada.
-¿No los has encontrado? -dijo con ironía-.

Ambos se giraron sobresaltados. 

-¡Señor! -gritó Claude poniéndose en pie-. ¿Pero cuándo...?

Miró a Pierre contrariado y se acercó hacia el Barón. 

-Puedo explicárselo...

-¿No me digas? -murmuró Boisseau por lo bajo-. 

Boisseau parecía irritado. Claude le intentó sujetar por el brazo para explicarle lo que había pasado pero Boisseau se sacudió y se apartó de él.

-Maldito traidor... -dijo clavándole su fiera mirada-.

-Pero Señor, por favor, déjeme que...

-¡Cállate, bastardo! -gritó enfurecido encarándose a él-. No debí confiar en ti... ¡¿Me ibas a mentir cual vil rata?!

-¡No, Señor! ¡Es que yo...! -se giró a mirar a Pierre, que apretaba a Marie contra él, y enmudeció-.

-Tú, ¿qué? -le increpó Boisseau-.

Claude bajó la mirada y dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo. Se giró hacia su Señor y, casi sin voz, dijo:

-He seguido a su lado a pesar de todo lo que ha pasado este tiempo atrás. He soportado los golpes, las peleas, los insultos... He defendido su nombre incluso cuando era imposible de defender... -se acercó hacia él y sujetó la mano que blandía la daga-. Señor, ya va siendo hora de que olvide toda esta locura...

Boisseau puso los ojos en blanco y apartó el brazo colérico.

-¡¿Quién te crees que eres para decirme lo que debo o no debo hacer?! ¡¿Eh?! Maldito pordiosero... ¡Soy el Chevalier!
-¡Basta ya! -gritó Claude-. ¡No es más que un pobre desgraciado! La maldita misión de la que tanto alardea ¡no existe!  
-¡¿Cómo me puedes decir eso?! ¡El cuaderno...! 
Tocó su cota de maya en busca del cuaderno y palideció. 

-¡El maldito cuaderno lo escribió usted! ¡¿Es que no ve en lo que se ha convertido?! ¡Ha asesinado a una mujer inocente sólo por el rencor de que no le amara a usted!

-El cuaderno... -balbuceó Boisseau rebuscando por sus ropajes-. El cuaderno no está...

-¡Me está escuchando!
Claude le cogió por el brazo y le zarandeó. Estaba harto de las demencias de Boisseau. De ver cómo ahuyentaba a todo aquel que se le acercaba. Apreciaba a su Señor cómo ningún otro. Pero había llegado demasiado lejos. Miró a Marie y apretó el brazo de Boisseau.

-Señor, por favor -dijo bajando el tono de su voz-. Redima el daño que ha hecho... Permita que le de sepulcro a la joven Marie. Se merece poder descansar en paz...

Boisseau le miró desconcertado, con ojos desorbitados. Su tez blanquecina brilló por las gotas de sudor frío que comenzaron a resbalar de su frente.
-El conde... -balbuceó-. El cuaderno está en el palacio del conde...
-¡Me quiere escuchar! ¡Maldita sea! 

Boisseau miró hacia atrás, hacia la entrada a la cueva. Escuchó los ladridos de los perros del Conde y empezó a temblar. ¡Debía finalizar la misión! Miró la daga que sujetaba con mano temblorosa y apartó a Claude de un empujón.

-¡Tú no lo entiendes! -gritó fuera de sí-. ¡Hay que acabar con la bestia! 
Corrió hacia Pierre con la daga en alto. Pierre se levantó asustado y se colocó frente a Marie.

-¡No lo pienso permitir! -gritó alzando los brazos en cruz.
Boisseua paró en seco.
-¡Aparta Pierre! ¡Esto no tiene nada que ver contigo!

-¡No pienso apartarme! ¡Estás loco!

Claude se abalanzó sobre Boisseau y le sujetó por la espalda con fuerza, intentando arrancarle la daga de la mano. Boisseau se giró a mirarle desconcertado y enfureció de nuevo. El temor que le había dejado paralizado desapareció. 

-¡Suéltame, bastardo! ¡Si he de acabar con la vida de ese malnacido, lo haré! ¡Pero la misión se ha de concluir!

-¡No diga bobadas! -gritó Claude forcejeando-. ¡¿Se está escuchando?! ¡No puede estar hablando en serio!

-¡Suéltame!

-¡Por el amor de dios, Boisseau! ¡Le prometió a su hermano que cuidaría de él! ¡¿Es que no se acuerda?!

Boisseau se detuvo un instante y se giró a mirar a Pierre. Sus ojos verdes le recordaron a los de su hermano en el lecho de muerte. Pierre sólo era un niño cuando su hermano murió y le aceptó cómo a su propio hijo, pero... Pero... Boisseau frunció el ceño. 
-La misión es más importante que cualquier lazo de sangre -murmuró con determinación-.

Tiró del brazo para zafarse de Claude y se encaró a él mientras hundía la daga en el vientre de su amigo. 

-No puedo fallar... Esta vez no.

Claude le miró con los ojos abiertos por el pánico. La vida escapaba de su cuerpo mientras su mano aferraba con fuerza la de Boisseau. 

-No deje que la locura le domine... Señor... Usted vale mucho más que todo eso...

Cayó sobre sus rodillas y vomitó sangre. Pasó el dorso de la mano por su boca y limpió la sangre de sus labios. Boisseau le miró con altivez. 

-Lo siento. Pero no puedo permitir que te vuelvas a interponer en mi camino.

-¡Claude! -gritó Pierre corriendo hacia él-. 
Se agachó junto a él y le sujetó por los hombros.

-Huye... Pierre... ¡Cof! ¡Cof! Huye con el cuerpo de Marie...

Las fuerzas le fueron abandonando. Se recostó en el brazo de Pierre y, sacando su espada del cinturón, dijo:
-Úsala... No os dejará escapar así sin más... 

Pierre vio cómo los ojos de Claude se cerraban y su corazón dejaba de palpitar. Empuñó la espada con fuerza y se levantó encarándose a su tío.

-Padre estaría avergonzado de ti, Boisseau. 

-No me vengas a dar lecciones de honor. Tú no entenderías nunca la misión que me ha sido encomendada. ¡Soy el Chevalier! El encargado de acabar con la bestia que destruirá nuestro mundo...

-¡Cállate ya! ¡No eres más que un demente! ¡No hay misión alguna! ¡Estás loco!

Boisseau apretó los dientes. No. ¡No estaba loco! Él mismo había visto la desgracia que tendría lugar si la bestia despertaba... ¡Cómo el rojo de la sangre bañaría la faz de la tierra! Miró de reojo a Marie y, levantando de nuevo la daga, corrió hacia Pierre. 

-¡Alto! -gritó un hombre desde la entrada-. ¡Detente Boisseau!


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miércoles, 9 de julio de 2014

Dracula's Castle


Título: Dracula's Castle.
Artista: Whendell Souza L.
Sacado de su página: http://whendell.deviantart.com/


Aterrador. Con eso lo digo todo. El efecto de la neblina es colosal y el clima desolador crea la atmósfera perfecta para acoger el castillo del grandísimo Vladimir, el rey de los vampiros. 

jueves, 3 de julio de 2014

Chevalier IV.

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Bosque de Artea.
Autor: Isaure

Siento frío. Un frío que me deja una extraña sensación de vacío. He recorrido las calles de mi pueblo. He atravesado el bosque que tantos recuerdos me trae. Los largos paseos del brazo de Pierre, perdiéndonos entre la maraña de árboles hasta llegar allí. 

Dios mío... Es esta cueva... La fuerza que me ha estado arrastrando sin poder escapar de ella, ¿me ha traído hasta aquí?

Miro a mi alrededor desconcertada. Es la cueva en la que Pierre y yo nos entregábamos el uno al otro sin tapujos... Entonces le veo. Está sentado en una esquina, rodeando mi cuerpo con sus manos. Me acerco a él despacio, sintiendo una fuerte presión en el pecho. Pierre tiene los ojos enrojecidos por el llanto. Aprieta con fuerza mi cuerpo. Y tiembla. Tiembla con los sollozos que, poco a poco, desgarran mi alma.

-Marie... -solloza-. No debí dejarte sola...

Pierre... No es culpa tuya... Me acerco más y me arrodillo a su lado.

Si pudiera decirle todo lo que mi pecho desea gritar...

Un ruido a mis espaldas me sobresalta. Me giro asustada. La silueta de un hombre, apoyado en la roca, respirando con esfuerzo, me paraliza. El hombre se adentra en la cueva. 

-Pierre... ¿Por qué lo has hecho? -dice Claude acercándose hacia nosotros-. ¡No debiste llevártela! Por el amor de dios... ¡Si ya estaba muerta! 

Pierre le mira con rabia en su mirada.

-¡Cómo me puedes decir eso! ¡Claude! ¡¿Por qué no me dijiste que la tenía él?! -grita Pierre apartando mi cuerpo y poniéndose frente a él para protegerlo de Claude-.

Claude pasa a mi lado. Le llamo. Pero no puede oírme. Nadie puede.

-Ya sabes que no podía... -murmuró apartando la mirada avergonzado-. 

Se acerca más. Le tengo a escasos centímetros de mí. Y siento lástima. Ese pobre hombre lo ha debido pasar muy mal... Sus ojos reflejan un dolor y una amargura que no me deja indiferente. Me alejo de él a tientas. Deseo irme de allí. ¿Pero por qué sigo aquí? No puedo soportarlo. Me dejo caer sobre mis rodillas. Estoy cansada. Estoy cansada de seguir junto a ese cuerpo putrefacto que me mantiene prisionera de este mundo.

Pierre se levanta. Mira mi cuerpo y aprieta los puños con rabia.

-Por lo menos deja que le de sepultura... -dice deslizando la mirada hacia él-. 

-No puedo...

Claude se acerca más y se agacha para coger mi cuerpo.

-Claude, por favor... -murmura Pierre sujetándolo por el hombro-. Ella no se merece esto...

Claude mira mi rostro. Aparta el mechón de pelo que cubre mi ojo y, dejando caer la mano abatido, suspira.

-De acuerdo -dice recostándome contra la roca-. Entiérrala. Le diré a Boisseau que no os he podido encontrar...

Al oír que me van a enterrar siento alivio. ¡Quizá por fin pueda irme de aquí! ¡Quizá por fin me llegue la paz!



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