sábado, 29 de noviembre de 2014

La Llamada. Capítulo 12.



Gómez entró en su habitación. Estaba cansado por el viaje y tenía un ligero dolor de cabeza por todo lo que había pasado. Se sacó la chaqueta y la dejó sobre la silla que quedaba cerca de la cama. La habitación era amplia con una alfombra que ocupaba la mayoría del suelo y unas cortinas de color beis. Parecía la habitación de un hotel. Se acercó a la cortina y la apartó esperando ver la calle, pero no había ventana. Sólo era parte de la decoración. 

-Vaya... -murmuró decepcionado-.

Se acercó a la silla y sacó el móvil de la chaqueta. Miró la pantalla con la intención de llamar a Carla. No había cobertura. Con el móvil en la mano, se dejó caer sobre la cama.

-Espero que estén bien -dijo pasando la mano por la cara-. 

La fatiga hacía estragos en su estado de ánimo. 

En ese momento oyó que la puerta se abría. Extrañado, se giró a mirar.

-¡Ma...Mamen! -balbuceó sin poder creer lo que veía-.

Mamen entró en la habitación. Estaba acostumbrado a verla con sus pantalones anchos, el pelo recogido y esos andares tan masculinos que solo ella tenía, pero la que entró no era la Mamen que él conocía. 

Se acercó hasta la cama donde estaba él y sonrió soltando la melena que cayó sobre sus hombros. Gómez se incorporó.

-Pero ¿qué haces así vestida? -dijo perplejo de comprobar el cuerpo que escondían aquellos trajes tan poco agraciados que siempre llevaba-.

Desvió la vista hacia el espejo que quedaba cerca de la silla y se observó a sí misma. Vestía un pantalón ajustado de color negro con unas botas de tacón alto. Su pecho se podía intuir gracias al generoso escote que lucía con una camisa ceñida y llevaba un cinturón bajo que terminaba de culminar el modelo. Subió la mirada y movió su cintura para comprobar que el cinturón estuviera bien colocado.

-Ya estaba harta de ser lo que no era... -murmuró clavando su mirada en la de él-.

Gómez se sintió incómodo y apartó la vista. 
-Mi querido Luis -dijo melosa acercándose a él-. 
Por instinto, dio un paso atrás. Pero ella se acercó más aún. Alargó la mano y acarició su mejilla, acercándose tanto que su cuerpo rozó su brazo. Luis dio un respingo.
-¡Por el amor de dios, Mamen! ¡¿Qué coño haces?!
-Venga, sargento, no me negará que le ha sorprendido de manera grata mi nuevo “look” -dijo sonriendo con picardía-.

¡Ni siquiera hablaba como normalmente lo hacía! Gómez se sonrojó.
-Déjate de bobadas y vuelve a tu habitación, que quiero descansar -dijo nervioso, encaminándose hacia la puerta-. 

Al pasar junto a ella, Mamen le empujó haciéndole caer sobre la cama. Apenas se había levantado cuando se colocó sobre él y acercó sus labios a los suyos, paseando la lengua con suavidad por ellos e introduciéndola en su boca. Luis se sonrojó como nunca antes y se dejó llevar. Alargó la mano y la acercó hacia la estrecha cintura de su compañera. Pero la imagen de Carla apareció en su memoria. La apartó de un empujón y se puso en pie respirando agitado.
-¿Pero qué te pasa? ¡Joder! ¡Estoy casado! ¡¿O es que no te acuerdas?!

-Ya me sale con la mujercita -contestó irritada sentándose en el borde de la cama, cruzando las piernas y apoyándose en un codo, sobre la rodilla-. 
Le miró un instante que le pareció eterno y suspiró. Se puso en pie.
-No me vas a dejar opción, ¿verdad? -se le quedó mirando un instante sin decir palabra, mirándole de arriba a abajo-. He de decir que siempre me has gustado. Ese aire tan masculino... mmm... -dijo mordiéndose el labio inferior-. Y tan inocente...

-Por el amor de dios, Mamen -dijo Gómez separándose de ella-. ¿Se puede saber a qué coño viene esto?

-¿Me tiene miedo, sargento? -rió al ver cómo la rehuía-. 

Sacó algo del escote y, sin esperarlo, se abrazó a él. Luis la cogió por los brazos para separarla cuando notó una pequeña punzada en el cuello. La soltó y puso la mano en la zona dolorida.
-¿Qué has hecho?
-Mi querido Luis, eres tan ingenuo que nunca sospechaste de mí, ¿verdad? 

Gómez la miró desorientado. Empezó a sentir un ligero mareo y se acercó a la cama, sujetándose para no caer.

-¿Qué... qué me has hecho?

-Mi señor me envió a la comisaría para evitar que algún inepto se acercara a nosotros. Pero nunca pensé que me volvería loca por ti. 

Sus piernas no sujetaron su peso y cayó al suelo, arrastrando parte de la colcha con él.

-Esa estúpida a la que tanto quieres no se merece a alguien como tú -se agachó junto a él y cogió su mano. La colocó en su mejilla y la hizo bajar por el cuello hasta colocarla sobre su pecho-. Seguro que hace años que no tocas una piel tan suave...
-Apártate... apártate de mí... -dijo apartando la mano y cerrando un ojo para poder enfocar su visión-.

-Qué terco eres... -dijo antes de besarle en los labios-.

Mamen se puso en pie y guardó la jeringuilla. Antes de salir por la puerta se giró hacia él.

-Cuando despierten a nuestro ángel, por fin serás mío. Y esa furcia de Carla tendrá lo que se merece.
Salió con decisión y cerró la puerta de un portazo. Gómez se intentó poner en pie. Estaba confuso. Las palabras de Mamen le llegaron distorsionadas y apenas consiguió entender lo que decía. Pero de algo estaba seguro. Le había traicionado. Perdió el equilibrio y volvió a caer al suelo.  Empezó a sentir cómo sus párpados pesaban cada vez más. Hasta que la oscuridad le invadió.

Mamen cruzó los pasillos con rapidez mirando en cada esquina para no ser vista. En una de ellas se detuvo a inspeccionar. Al fondo se veía la puerta que daba al despacho de De Molay. Había un soldado en la puerta. Miró a ambos lados y salió a su encuentro. Al verla venir, el hombre tragó saliva y la miró de arriba a abajo con sorpresa.
-Soldado -dijo golpeando su nariz con cierto coqueteo-. No me mire así, que me va a incomodar... 

El soldado tosió para disimular.
-¿Tiene la clave? -le dijo-.

El hombre miró a un lado y a otro y le entregó un pequeño trozo de papel. 

-Bien hecho -dijo Mamen cogiéndolo-
Antes de que ésta entrara en el despacho, el soldado la sujetó por el brazo.

-¿Te acordarás de nuestro trato, verdad?

Ella le miró condescendiente.

-Yo misma me encargaré de que, en el nuevo mundo, el asesino de tu hijo lo pague -bajó ligeramente la cabeza y añadió con frialdad-. Y muy caro. 

El soldado respiró con cierto alivio y la dejó marchar. Mamen cerró la puerta y se acercó a la caja fuerte que vio mientras estuvo con Alyssa y los demás. 

-Sois demasiado confiados -murmuró con una sonrisa en los labios al ver la caja fuerte, bastante rudimentaria-. Me imagino que no pensabais que alguien de dentro os pudiera traicionar, ¿eh?
Cogió el pergamino y lo guardó en el porta-documentos que colgó a su espalda. Salió sin despedirse y subió las escaleras hacia la azotea desde donde se lanzó sin dudarlo ni un segundo. Un pequeño dron, negro como el azabache, la esperaba. Cayó sobre él. Se ató al cinturón la correa que pendía de uno de los lados y éste se alejó despacio y sin hacer ruido del edificio. Sobrevolaron el cielo nocturno sin ser detectados por los radares de la sede. Llegaron a un viejo almacén abandonado y se soltó del dron. Bajó de un salto y, mientras se dirigía hacia un vehículo negro con un hombre trajeado apoyado en la puerta del conductor con los brazos cruzados sobre el pecho, sacó su móvil y marcó un número de teléfono.

Mientras tanto, en un viejo castillo de Edimburgo, una reunión daba comienzo. 

Sánchez, el superior de Gómez, bajó del vehículo y se subió el cuello de su gabardina.
-Maldito tiempo... -murmuró-.

-Vamos, Señor -dijo el supuesto agente de la interpol, el Sr. Smith, abriendo un paraguas negro-. Nos están esperando.

Sánchez se colocó junto a él y ambos se encaminaron por el camino de grava hacia la entrada. Subieron las escaleras que daban acceso a la casa y llamaron al timbre con insistencia. Un hombre vestido de uniforme apareció tras la puerta.

-Les estábamos esperando, señores -dijo el mayordomo indicándoles con la mano que pasaran y realizando una reverencia-.

El hall era amplio y separaba las dos alas del castillo. El mayordomo se dirigió hacia la derecha y abrió las puertas de una amplia sala. 

-El Señor Sánchez y el Señor Smith -anunció-. 

Una mesa ovalada de madera de roble ocupaba el centro de la sala, rodeada con muebles y estanterías repletos de libros antiguos y pequeñas obras de arte. Y sentados a la mesa, diez hombres trajeados, con aspecto de lords de la antigua bretaña, les observaron en silencio. Sánchez y Smith se dirigieron hacia los dos asientos que quedaban vacíos y se sentaron. El hombre que presidía la mesa, justo frente a una enorme chimenea, encima de la cual había una pintura al óleo de ese mismo hombre, se incorporó.

-Les estábamos esperando -dijo haciendo un gesto a la sirvienta para que les sirviera un té-. Bienvenidos a mi humilde hogar.

-Humilde -murmuró Sánchez algo incómodo-. Sobretodo humilde...

-Justo en estos momentos estábamos hablando de su misión, Sr. Sánchez. ¿Hay noticias desde San Martín?

Sánchez se reclinó sobre la silla de terciopelo verde oliva y apoyó los brazos sobre los reposa-brazos.

-Tal como le dije en su momento, la caverna del sepulcro está bajo nuestro control. No debe preocuparse por eso.

-Eso dice usted -le interrumpió un tipo con gafas y vestido con un refinado traje escocés-. Pero hemos oído que unos intrusos llegaron a ella.

Sánchez se removió inquieto y le echó una mirada fugaz a Smith.
-Cierto. Pero el asunto está zanjado. No deben preocuparse por eso. Y ahora, por favor, continúen con la reunión.

Un pequeño murmullo se extendió por la sala. El dueño de la casa, Lord Michaels, les escuchó en silencio. Poco a poco, los comensales comenzaron a bajar el tono de sus voces hasta que el silencio reinó de nuevo.

-Bien. Continuemos.

La reunión se alargó durante un par de horas antes de que pararan para realizar un pequeño descanso. Muchos de los presentes se incorporaron y se dirigieron hacia una sala contigua donde se sentaron a fumar mientras tomaban un pequeño tentenpié. Smith se acercó a Sánchez y se sentó a su lado. 

-Señor -dijo en voz baja mirando de vez en cuando a su alrededor-. ¿Está seguro de que hemos hecho lo correcto?

Le miró sorprendido por la pregunta y respiró hondo cruzando los dedos sobre la mesa.

-Este mundo está podrido, Smith. No hay lugar para la esperanza... -dijo en voz baja-. ¿Acaso crees que no me he hecho esa misma pregunta miles de veces? 

Smith miró a su viejo amigo. Tenía los ojos hundidos.

-Es la única manera de hacer borrón y cuenta nueva.

El teléfono que guardaba en el bolsillo interior de su americana empezó a vibrar. Metió la mano y lo sacó mirando la pantalla antes de contestar.

-Sánchez al habla -dijo recuperando la contundencia de su voz-. ¿Quién es?

-Mi Señor. Tengo el manuscrito.

Una leve sonrisa apareció en su rostro. Se puso en pie y buscó a Lord Michaels. Éste le devolvió la mirada.

-Tenemos el manuscrito.

-¡Bien! -exclamó visiblemente emocionado-. ¡Vamos! ¡Hay que ponerse en marcha!

Sánchez se dirigió hacia la ventana.

-Mamen -dijo en voz baja-. ¿Y Gómez?

-No debe preocuparse por él, Señor.

-¿No le habrás...? -no pudo terminar la frase-. 

-Descuide, Señor. Si intenta interferir sé dónde están su mujer y su hija -Mamen apretó el puño que tenía libre al pensar en ellas-. No moverá un dedo. Se lo puedo asegurar.

-Perfecto. Ya sabes lo que hay que hacer.

-Claro Señor.

Sánchez cortó la llamada. Abrió una de las cortinas y elevó la vista hacia el cielo nublado. 


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Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.



lunes, 24 de noviembre de 2014

La Llamada. Capítulo 11.

Capítulo escrito por J.C. Amante. Para acceder a la publicación de su blog, haz click aquí.





Ante ellos se extendía una balconada repleta de enormes libros como si de una antigua biblioteca se tratara. Esta balconada rodeaba toda la gran sala que se encontraba abajo, del techo colgaban unas enormes luces de araña que daban luz a toda la majestuosidad de la sede. Avanzaron unos pasos y justo frente a ellos una gran escalera de caracol descendía enroscándose sobre ella misma. 

En la parte inferior convergían el pasado y el futuro en un enorme centro de control. Los últimos modelos de ordenadores se encontraban escoltados por multitud de cuadernos de notas y pergaminos antiguos, las personas que al parecer trabajaban allí no se percataron de la presencia de nuestros protagonistas. Tomaban notas tanto en las modernas máquinas como a pluma. La actividad era constante pero muy ordenada, para nada se escuchaba el bullicio característico de algún lugar parecido a aquel.

La decoración era de madera antigua tallada a mano, parecía como si hubiese sido fabricada en otra época y luego la hubiesen desmontado pieza a pieza para montarla aquí en este lugar secreto. En el centro de la sala un pedestal de mármol negro aguantaba una estatua del mismo material en gris de dos jinetes sobre un mismo caballo, sus ropajes medievales confirmaban que era un símbolo inequívoco de los templarios.

Una vez estuvieron todos en la parte más baja de la escalera, todas las miradas se posaron sobre ellos haciéndolos sentir muy incómodos.

-Mamen. La próxima vez que nos digan de dejar un caso, recuérdame que no te haga ni caso cuando quieras meterte donde no te llaman...

-Va jefe, no sea tan quejica. ¡Piense en que estamos formando parte de la historia!

Con un hilo de voz dialogaban Mamen y el sargento mientras Alyssa y Megan permanecían casi sin habla.

-Puede retirase -mandó el templario al soldado.

-¡Señor! -contestó este con voz firme para retirarse.

-Bien. Pues es aquí desde donde operamos. Bueno esto es una de las sedes, obviamente hay alguna más repartida por el mundo

Alyssa que aún seguía estupefacta dio unos pasos hacia adelante, la gente ya no les prestaba atención y habían vuelto todos a sus trabajos. La joven se paseó por al lado de un mesa y su boca tardo en articular las palabras que estaba buscando en su cabeza, señalando un antiguo pergamino se dirigió con sorpresa al templario

-¿Es...es el escrito de Constantino I el grande?

-En efecto, es el mismo, lo estamos volviendo a estudiar debido a que los avances en la tecnología son de un salto cualitativo enorme.

-Pero si yo lo vi cuando visite Roma en un museo, vi el...

-¿El verdadero? No -cortó el hombre trajeado- el que está en el museo no es ni siquiera la copia de este.

-¿Co...cómo? ¿Cómo que no es ni la copia de éste?

-No, no es la copia, verás intentamos pasar desapercibidos y solemos llegar a algunos acuerdos con los gobiernos de según que países. Por decirlo de alguna manera somos nosotros los que les decimos -hizo comillas con los dedos- lo que quieren saber.

-O sea que tienen gente infiltrada en los países -argumento Megan-.

-Pero, por favor, nos estamos desviando del tema en concreto -pasó por al lado de Alyssa- si me seguís, intentare responder a vuestras preguntas.

Los pasos del hombre que parecía tener todas las respuestas a sus preguntas se encaminaron hacia una puerta y se perdieron tras ésta, el grupo no dudó en seguirlo siempre escoltado por alguna que otra escueta mirada.

Alcanzaron a su guía y avanzaron por estrechos pasillos decorados con lo que parecían ser objetos muy antiguos. Llegaron a una gran sala donde delante de ellos se erguía orgullosa una puerta de madera ornamentada con varios motivos, algunos de ellos referentes a los templarios, allí dos soldados vestidos de negro vigilaban la estancia. Estos cambiaron su forma a una más adecuada cuando vieron aparecer al grupo y en concreto al que los había llevado a esta allí.

-¡Señor! -dijeron los dos al unísono-.

-Descansad.

Entonó el hombre que ahora se encontraba ya frente a la puerta abriendo ésta misma. Una vez dentro invitó a entrar a Alyssa, Gómez y la demás compañía.

-Bienvenidos a mi rinconcito de la sede del temple -sonrío-. Aquí es donde elaboro la mayor parte de mí trabajo.

Mientras todos quedaban igual de maravillados por lo que había dentro. Una joven secretaria entró azorada casi tras ellos y se dirigió al que hablaba en ese momento.

-Gran maestre -hizo una pausa- estos son los informes que me pidió, si faltase cualquier cosa hágamelo saber.

-Estupendo muchas gracias... Así lo haré.

Por primera vez y espontáneamente tanto Alyssa como Gómez cruzaron una mirada de complicidad. Al parecer descubrir quién era aquel hombre significaba mucho para ambos.

La secretaria, tal y como entró salió. Espalda recta y mentón elevado muy segura de si misma sin ninguna mirada o gesto que delatara que la presencia del grupo la hubiese distraído de su trabajo. Uno de los soldados cerró la puerta al tiempo que el gran maestre dejaba los informes sobre la mesa.

-¿Gran Maestre? -sonó la voz de Alyssa.

-¿Usted es el Gran Maestre de la orden del temple? -acompañó la áspera voz de Gómez-.

Alyssa había formulado la pregunta y como si Gómez la hubiera leído la apoyó con otra igual de contundente. Megan y Mamen no daban crédito.

-Si... En efecto, es mi título dentro de la orden pero mi nombre es Cristian de Molay.

Su vista se alzó a los presentes mientras éste tomaba asiento en su sillón de escritorio.

-Pero entonces está diciendo que es descendiente de Jacques de Molay

Argumentó Megan dejando boquiabiertos a sus compañeros. Mamen la miro estupefacta y al hacerlo un objeto en particular colocado en una estantería llamó su atención por completo, una placa de colores oro permanecía allí con su escritura grabada. Gómez se dio cuenta de que Mamen divagaba por sus pensamientos y al mirarla ella le hizo una seña que él entendió, pero dejaría pasar un tiempo antes de mirar donde le había indicado su compañera.

-Señorita, es usted muy perspicaz -bromeo Cristian- la orden del temple se ha mantenido desde la muerte de mi antepasado en la hoguera con el resultado de ser uno de sus descendientes quién la rija ahora.

-Entonces podrá contestar a nuestras preguntas -se sumó de nuevo Alyssa-.

-Eso espero, señorita Jules.

Fue entonces cuando Gómez vio lo que Mamen le había indicado. Su boca se abrió inconscientemente y quedó así por un segundo tras el cual tragó saliva. Esa placa con ese símbolo la había visto, incluso la había tocado. La había tenido en sus manos en el despacho de su capitán, era un trofeo, el cual le había dicho que era de cuando jugaba a golf.

-Disculpe que le interrumpe, señor de Molay. ¿Me puede decir qué significa esa placa? -argumentó Gómez señalando el objeto-.

Cristian lo miró como descolocado pues había esperado una primera pregunta sobre el asunto a tratar.

-Bueno es una placa que se entrega a los miembros de la orden por su buen servicio a ella. Añado que es difícil de conseguir.

Con aquellas palabras y bajo su experiencia, Gómez sabia que en todo el asunto ahora había un cabo suelto.

Alyssa aprovechó el momento de silencio que se formó para formular una pregunta clave.

-¿Qué es lo que está sucediendo?

Las miradas de todos se posaron en ella y en el que debía responder.

-Estamos ante una situación critica... La orden contra la que llevamos luchando hace tantos siglos ahora es más fuerte que nunca. Somos menos miembros que ellos y es por eso que los últimos acontecimientos han sido los que estáis conociendo.

-¿De qué orden habla? -preguntó Gómez desconcertado-

-Creemos que es el Priorato de Sion.

-¿Cómo? -respondieron todos a la vez-.

-Se dice que es solo una leyenda que exista esa orden -habló Mamen-.

-Bueno hasta hace un momento tampoco creíais que la orden del temple existiese- respondió el gran maestre-

-¿Pero qué es lo que buscan? -siguió preguntando Alyssa-

-Lo que buscan es el dominio total de la raza humana mediante prácticas de demonología y angeología.

Estas palabras casi fulminaron al grupo de nuestros protagonistas. Sus caras no daban crédito a lo que escuchaban y pensaban que era imposible lo que les estaba empezando a contar.

-Espere, espere, espere... -intervino Gómez-. ¿Pero de qué demonios está hablando? Y a lo que vamos, ¿qué diantres tenemos que ver nosotros en todo esto? 

-Bueno, vuestros papeles en esta historia hacen que seáis peligrosos, pues aun sabiendo lo poco que sabéis al priorato no le gusta dejar cabos sueltos. Por eso han intentado asesinaros a Mamen y a ti, e incluso a Alyssa.

-¿Pero por qué? -añadió la joven doctora-.

-Fácil -respondió Cristian- tú descubriste en su momento el documento perdido... -hizo una pausa- Fue escondido por mis antepasados. En él está el ritual para devolver a la vida -hizo comillas- a un ángel caído y convertido en demonio llamado Silcharde. Este demonio es invocado para que te otorgue el poder de influir en los demás y en la gente de más poder. De hecho, creemos que es el mismo que orquesta los hilos para la total destrucción. Os mostraré algo mas.
Cristian se levanto de su sillón y se encaminó hacía un cuadro, pasó su mano cerca de él y activó en el mismo lienzo una pantalla de última generación. En ella unas fotos se mostraban, capturas de las dos guerras mas grandes de nuestra historia en las que aprecian personas importantes e influyentes de ambas épocas en excavaciones arqueológicas de enorme magnitud.

-Espera... Las marcas que se ven grabadas en la piedra en estas antiguas fotos son como las que vi en la foto del sarcófago de San Martín de Montalbán. -artículo Mamen-

-En efecto... La orden del temple fue dejando pistas falsas porque sabíamos que el priorato aprovecharía cualquier ocasión para hacerse con el sarcófago e invocar al demonio -hizo una pausa- por eso aprovecho a la Alemania de la Primera Guerra Mundial y a la Alemania nazi de la segunada. Por suerte sin éxito, pero no contábamos con que Alyssa descubriera el verdadero paradero de la tumba y el pergamino.

-De todas formas ahora no pueden hacer nada sin el pergamino, verdad? -continuó Mamen-

-Eso creemos pero hemos de contar que el priorato también tiene su recursos conseguidos a lo largo de su historia. Por el momento se han hecho con el sarcófago y lo de su interior. Lo que me hace pensar que tenemos un traidor en la orden del temple que les ha hecho llegar hasta el lugar de la tumba.

Un silencio se hizo en el despacho dado que los argumentos del gran maestre eran de peso.

-Claro -hablo Alyssa- pensarlo... Yo descubrí el documento casi por casualidad mientras buscaba otra cosa. Y tardé en descifrar las coordenadas de la tumba. Los templarios no necesitan de las coordenadas puesto que ya las saben.

-entonces ha debido de ser alguien igual de importante ha usted gran maestre -continuó Megan-

-Entonces Ahora solo nos queda encontrar al traidor y encerrar a estos cerdos para que dejen de buscar esos secretos, ¿no? -terminó la frase Gómez-.

-dicho así, suena fácil -siguió Alyssa-

-están siendo unos días duros para todos. Os ofrezco alojamiento esta noche bajo la protección de la orden -hizo una breve pausa- Alyssa... Te invito a que guardemos el escrito en un lugar seguro de aquí.

Alyssa dudo unos instantes antes de entregarle el pergamino al gran maestre el cual lo guardo en la caja fuerte.

-uno de los soldados de la orden os acompañara a las habitaciones... Espero que descanséis.


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Obra registrada a nombre de J.C. Amante.


sábado, 22 de noviembre de 2014

Un adiós.

Microcuento basado en una imagen.





Eras aquel por el que mi cuerpo se estremecía. El que me sacaba una sonrisa cada vez que tu mirada se posaba en la mía. Recuerdo tus labios besándome y mi estómago aún siente el hormigueo que tenía entonces. Pero ya no estás aquí... Me dejaste. Te fuiste y jamás te podré volver a estrechar entre mis brazos.

Jamás imaginé que podría llegar a amar así. Que inundarías mis pensamientos cada minuto del día. Que esperaría con inquietud el momento de llegar a casa para ver tu rostro apacible. Abrir la puerta y verte sentado en tu sillón, con aquella mirada profunda perdida en el viejo libro que aún guardo en la estantería y que jamás podré arrancar de mi vida.

Recuerdo tus manos acariciando mi piel. Cómo mi cuerpo se estremecía con las suaves caricias que me regalabas cada noche. Como tu cuerpo y el mío se fundían en uno, unidos bajo el balanceo de un placer más allá del propio cuerpo.

Pero ya no estás... Y no lo estarás jamás... ¿Y qué hago yo? ¿Dime? ¿Qué hago yo a partir de ahora? Estoy perdida sin tus palabras, sin tu compañía. Estoy agotada, ¿sabes? Los días pasan tan lentos, ¡tan inaguantables! Eres un mentiroso... ¡Juraste estar a mi lado! ¡Qué no me dejarías! Y mírate, tumbado en ese maldito colchón, rodeado por la madera de ese estúpido ataúd. No te podré perdonar... ¿Cómo perdonar que te fuiste sin ni siquiera decir adiós, que me has dejado sola en este mundo de mierda que me asfixia hasta casi la exasperación? Tu pecho era el resorte que me sustentaba. Tu aliento el que me daba vida.


Cojo tu mano. Está fría. Una lágrima, cargada con todo el dolor y la amargura que mi pecho guarda, resbala por mi mejilla hasta humedecer mis labios.


Y, aún así... Aún así... Te quiero.  

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.


domingo, 16 de noviembre de 2014

La Llamada. Capítulo 10.



Gómez se quedó sorprendido por el rostro demacrado de la mujer. Pero no le quiso dar mayor importancia. Imaginó que después de recibir la noticia de que su compañera había sido asesinada, debió quedar tocada. Mamen ya se encargó durante el trayecto hasta su casa de echarle en cara su modo de decírselo. 

-En primer lugar...

-Siéntense, por favor -le interrumpió Alyssa sentándose de nuevo y cogiendo la taza de té entre sus manos-.

-Gracias.

Mamen y Gómez se sentaron en la mesa y reanudaron la conversación.

-Decía, que en primer lugar me gustaría disculparme por el modo en que hablé con usted antes -dijo Gómez mirando de reojo a Mamen, que asintió con la cabeza-. Ahora, en respuesta a su pregunta de antes, la señorita Lucy fue asesinada en mi pueblo.

-Así es -intervino Mamen antes de que soltara sin más el modo en que murió-. La encontramos en la Ermita de Santa María de Melque, en San Martín.

Gómez miró a Alyssa intentando leer su expresión corporal. Alyssa pareció revolverse incómoda.

-¿Por qué la envió allí? -dijo Gómez incriminándola-. 

Alyssa miró a Megan, desvió la mirada a la taza y dijo con un hilo de voz.

-El Dr. Thomson me llamó aquella tarde. Dijo que por fin habían encontrado la sala. Pero que se olvidó de darle a Lucy la documentación gráfica. No puedo decirle nada más...

No podía sacarse de la cabeza la conversación con el tipo que la alertó de que tanto ella como Lucy corrían peligro.

-¿Se da cuenta de que la envió a morir?

-¡Gómez! ¡No sea capullo! -gritó Mamen poniéndose en pie-.

Alyssa le miró con los ojos abiertos por la sorpresa y acto seguido se tapó la cara y empezó a llorar.

-¡Yo no lo sabía! -gritó-. 

-¿No le extrañó que Thomson la pidiera que fuera precisamente allí a esas horas de la noche?

-¡No me di cuenta de la hora! -el dolor dio paso a la furia-. Además, ¿qué demonios está insinuando? ¿Qué el Dr. Thomson la mató?

Se levantó y poniendo la mano en la frente se dirigió hacia la cocina. Megan, sin entender a qué venía lo que acababa de pasar, fue detrás de ella.

-Gómez -dijo Mamen en voz baja-. Pero ¿de qué va? Así lo único que va a conseguir es que se cierre en banda.

-¿No te has fijado que cuando le he preguntado por qué la envió allí, se ha puesto nerviosa? 

-Sí, pero ¡yo también me pondría nerviosa si un tipo como usted me acusara de ser culpable de la muerte de una compañera!

-Mamen, hazme caso. Está escondiendo algo.

Mamen le miró en silencio. Sabía que Gómez poseía una gran intuición, pero se negaba a aceptar que Alyssa fuera culpable de algún modo. Megan apareció por la puerta y Mamen se levantó.

-¿Puedo ir a hablar con ella? -preguntó antes de que Gómez se pudiera negar-. 

Gómez la miró enfurecido. Quiso impedírselo, pero terminó por suspirar, dándose por vencido. 

-Está en la cocina, esa puerta de ahí.

-Gracias.

Mamen entró. Alyssa estaba apoyada en el mármol de la cocina, mirando por la ventana. Parecía enfadada.

-Señorita Jules, no se lo tome a mal.

Alyssa se giró a mirarla.

-¡¿Qué no me lo tome a mal?!

-Es un bruto, el pobre. Y cuando le tocan a la familia... 

Mamen hizo un aspaviento y resopló. Alyssa la miró extrañada.

-¿Qué quiere decir con que le toquen a su familia?

-¿Por qué no viene al salón y empezamos de cero? Yo contendré a esa mala bestia -rió-.

Alyssa se sintió algo más cómoda con esa mujer. Y aceptó.

-De acuerdo, pero si el tipo ese me vuelve a acusar de algo que no he hecho les echaré de  aquí -dijo con dureza-.

Mamen asintió y regresaron al comedor. Gómez tosió y esquivó la mirada inquisitiva de Mamen. 

-Señor Gómez -dijo Alyssa sentándose en su sitio-. Yo no sabía que iban a matar a Lucy. De haberlo sabido le habría prohibido que se acercara a esa maldita ermita.

Su voz sonó segura. Gómez la observó en silencio. 

-Y ahora, si no le importa, explíqueme, exactamente, qué es lo que pasó.

-De acuerdo. Pero espero que usted también sea sincera con nosotros. 

Alyssa se fijó en los ojos de ese hombre. Tenía una mirada profunda. Y sin darse cuenta, empezó a confiar en él.

-Cuando encontramos el cuerpo de Lucy, unos tipos de la interpol nos quitaron el caso. Pero aquí la señorita -dijo señalando a Mamen-. como no se sabe estar quieta, me dijo que me había conseguido una entrevista con el jefe de la investigación en la Complutense.

-El Dr. Thomson, ¿no? -dijo Alyssa-.

-Así es. Lo que no podía sospechar era lo que me encontraría. 

Gómez se quedó en silencio y apretó los puños a la vez que endurecía el gesto.

-Gómez -murmuró Mamen-. Cálmese.

-El Dr. murió delante de mí -desvió la mirada-. Y el tipo que lo hizo... Ese hijo de la gran puta amenazó con matar a mi mujer.

Alyssa abrió los ojos con sorpresa y miró a Mamen, que asintió con la cabeza.

-Antes de morir, el Dr. Thomson me pidió que le diera esto en persona.

Se levantó y de su chaqueta sacó el sobre marrón. 

-Ahora, Señorita Jules -dijo sin sentarse-. Explíqueme qué narices hay en esta foto y que ha sido el detonante para que dos personas hayan muerto. 

Estiró el brazo y cogió el sobre. Cuando sacó la fotografía, sus ojos se humedecieron al ver el rostro sonriente de su compañera y amiga. 

-¿Qué estaban buscando en el castillo templario?

Alyssa sujetó con fuerza la fotografía y tardó unos segundos en responder.

-No puedo decírselo...

-No me venga con que no me lo puede decir -dijo apoyando las manos en la mesa, acercando su rostro al de ella-. Su trabajo no me interesa. Le puedo asegurar que no pienso ir corriendo a explicarle a nadie lo que narices estuvieran estudiando. Sólo quiero saber qué es tan importante como para que les mataran del modo en que lo hicieron.

Alyssa miró de nuevo la fotografía.

-Es la sala donde creemos que se esconde un gran tesoro para la humanidad -dijo mientras observaba la foto-. 

Se acercó la foto a la cara.

-Pero... ¿Qué es eso?

Megan se acercó a ella y miró la fotografía.

-¿Un sarcófago? -dijo extrañada-.

Mamen y Gómez se miraron.

-¿Acaso no buscaban eso?

-Bueno, no sabíamos exactamente qué es lo que encontraríamos en la sala. Pero desde luego no un sarcófago -dijo Alyssa pasando la mano por el rostro, con evidentes signos de agotamiento-.

-¿Conoce al tipo que se esconde en la columna?

-¿En la columna? -dijo sin comprender-. 

Volvió a escudriñar la fotografía. 

-¡Dios! -gritó colocando la mano en su boca-. ¡Está apuntando a Lucy con un arma! 

-¿Reconoce a ese hombre?

-Diría que no... 

De pronto, un estruendo hizo que Gómez, por instinto, cogiera la cabeza de Alyssa y la empotrara contra la mesa. Mamen se levantó y cogió del brazo a Megan, obligándola a agacharse. La ventana del comedor se hizo añicos y la lámpara que quedaba justo detrás de donde estaban sentados, reventó.

-¡Joder! -gritó Gómez mirando a su alrededor-. ¡A suelo! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Todos al suelo!

Alyssa no entendía lo que estaba pasando hasta que una bala impactó en la mesa cerca de donde estaban.

-¡¿Cómo coño han dado con nosotros?! -gritó Mamen-. 

-¡No puede ser! ¡William tenía razón! 

Gómez la miró con dureza pero no dijo nada. La cogió por el brazo y tiró de ella hacia la puerta.

-¡Vamos Mamen! ¡Hay que salir de aquí!

Otro disparo impactó en la pared, cerca de la puerta.

-¡Joder! ¡Hay que salir de aquí! -gritó buscando el origen de los disparos con la mirada-. ¡Apartaros de las ventanas! 

Mamen y Megan les siguieron de cerca. Salieron al rellano y corrieron hasta el ascensor. 

-¡¿Dónde podemos ir?! -exclamó Megan con lágrimas en los ojos-. ¡Por el amor de dios! ¡Nos han disparado!

Alyssa la cogió de la mano.

-Megan, tenemos que ser fuertes, ¿de acuerdo?

Megan la miró y asintió.

Al llegar al ascensor Gómez golpeó con fuerza el botón. 

-Vamos vamos ¡vamos! -dijo mirando hacia la escalera-. 

Unos pasos acelerados resonaron desde el hueco de la escalera.

-Mierda -dijo corriendo hacia la escalera-.

Miró por el hueco y vio un par de tipos trajeados que subían a gran velocidad hacia su piso.

-¡Ya vienen! -gritó corriendo hacia ellas-. 

Volvió a golpear el ascensor. Alyssa miró hacia las escaleras.

-Si saben donde estamos, seguro que nos esperan en la puerta del ascensor -dijo más para sí misma que para los demás-. ¡Vamos! ¡Bajaremos por aquí!

Gómez y Mamen se miraron entre sí.

-¡Venga! -insistió Alyssa deteniéndose-.

Corrieron de nuevo hacia el apartamento. Entraron agachados, evitando que les vieran a través de las ventanas y se introdujeron en el dormitorio de Megan.

-¡Claro! -exclamó Megan al darse cuenta de las intenciones de Alyssa-. ¡La escalera de emergencia!

Se acercaron a la ventana. Una pequeña escalera metálica descendía piso por piso hasta un pequeño callejón. Alyssa abrió la ventana y se coló por ella.

-¡Vamos! ¡Hay que darse prisa!

Uno a uno descendieron por la pequeña escalera. Estaban alcanzando el suelo cuando, por la esquina, apareció otro tipo trajeado que les apuntó con su arma. Gómez empujó a Mamen con fuerza, que cayó detrás de un contenedor de basuras. Los pasos del tipo se acercaban. Gómez rodeó el contenedor y buscó algo duro que pudiera lanzar contra el tipo. Encontró un trozo de metal bastante grueso. Con una sonrisa, recordando los tiempos en los que de niño jugaba a guerra de piedras con sus amigos, lanzó el metal que impactó en la cabeza del hombre, cayendo desplomado al suelo.

-¡Joder, jefe! ¡No sabía que tuviera tanta puntería lanzando objetos! -dijo Mamen golpeando el hombro de Gómez.

-Aún mantengo mi puntería -rió-. Vamos. Salgamos de aquí. Hay que ir a algún sitio donde haya gente.

Corrieron hacia la calle. Cuando alcanzaron la bocacalle, un coche giró veloz en la esquina. De una de las ventanillas, apareció uno de los tipos trajeados con una metralleta en la mano. 

-¡Al suelo! -gritó Gómez-.

Pero antes de que dispararan, una furgoneta se empotró contra el vehículo. Los cuatros miraron la escena sin poderse apenas mover. Un hombre, vestido con ropa militar negra, salió del asiento del copiloto de la furgoneta y corrió hacia el coche. Al llegar junto a las ventanillas, sacó una pequeña pistola y disparó a sangre fría contra los ocupantes del vehículo. Volvió a introducirse en la furgoneta y ésta arrancó, frenando en seco frente a ellos.

-¡Doctora Jules! -dijo otro tipo abriendo la puerta lateral-.

Alyssa levantó la vista extrañada al escuchar su nombre y se quedó de piedra al reconocer al hombre.

-¡Subid! ¡Vamos!

Tardaron unos segundos en reaccionar. Se incorporaron y corrieron hacia la furgoneta. Entraron y, cerrando la puerta con rapidez, salieron a gran velocidad, perdiéndose entre el tráfico de aquella mañana. 

Alyssa parecía consternada. Miró al hombre que les dijo de entrar con extrañeza, pero no dijo nada.

Gómez fue el primero en romper el silencio. 

-Gracias -dijo observando de reojo a Alyssa-. Nos ha salvado el pellejo...

-Es lo menos que podíamos hacer -dijo el desconocido-.

-Tú.... -titubeó Alyssa, por fin-. Tú eres el de aquel día...

-¿A qué te refieres? -preguntó Megan-.

-Él me avisó de que corríamos peligro. 

-Lo siento -dijo el hombre bajando la vista-. No pudimos hacer nada por su compañera. Se suponía que no debáis llegar tan lejos.

-A ver -intervino Gómez-. ¿Alguien me puede explicar qué demonios está pasando?

El hombre se revolvió en su asiento. Era evidente que fuera lo que fuera lo que estaba pasando, le incomodaba. Levantó el brazo y pasó su mano por el pelo. Fue entonces cuando Mamen se fijó en el anillo que llevaba.

-No me jodas... -murmuró-. 

-¿Qué pasa? -dijo Gómez-.

-Usted es... 

Se detuvo un instante, incrédula.

-¿Qué pasa, Mamen? 

-Ese anillo... ¡Es la cruz templaria! 

El hombre miró su anillo y pasó sus dedos por él. Había llegado el momento de saber la verdad.

-Sí. No quería desvelar nuestra identidad. Pero vistos los últimos acontecimientos, no tenemos más opción que involucrarles. 

Todos parecían sorprendidos.

-Señorita Jules. Nunca debió encontrar aquel pergamino.

-¿Cómo? -dijo sintiéndose acusada-.

-Hemos tenido sumo cuidado en proteger la localización de esa tumba...

-¿Tumba?

-Sí. Sé que en su laboratorio creían haber encontrado el cáliz sagrado. Pero...

El hombre se detuvo a pensar qué es lo que diría, buscando la mejor manera de explicar lo que sucedía.

En ese momento, el vehículo se detuvo. El hombre miró a su compañero y asintió con la cabeza.

-Hemos llegado.

-Espere -dijo Alyssa intrigada-. ¿A qué se refiere?

-La respuesta a su pregunta tendrá que esperar.

Abrió la puerta de la furgoneta y descendió.

-Vamos. Seguidme.

Al bajar, se encontraron en un párking vacío. Se encaminaron hacia la puerta metálica que quedaba más cerca y se introdujeron en el ascensor.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, el hombre, señalando la sala que se abría frente a ellos, dijo:

-Bienvenidos a la Sede del Temple.



Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en Safecreative.



sábado, 15 de noviembre de 2014

Una noche inolvidable. (Juego de dados de MundoLiterario)

Aquí os dejo el relato que hice para el juego de dados de la web literaria, Mundo Literario, que sin duda os recomiendo visitar. Un saludo.



Aquella noche, Laura y sus amigas fueron a pasar la noche a un bungalow del cámping que quedaba a a las afueras del pueblo. Era la primera noche que pasaban fuera y la espera hasta que llegó el día se hizo eterna. Laura miró el reloj y, en ese momento, sonó el pitido del móvil. Miró y tenía un whassap.

«¡¡Lauraaaaa!! ¡Qué ya es la hora! (carita sonriente)».

Era de Mónica, su mejor amiga. Llevaban días planeando aquella noche. Irían al cámping, comprarían algo para beber, jugarían a los dados y luego, si todo iba según lo previsto, vendrían los chicos a culminar la fiesta.

La madre de Laura entró en ese momento.

–Laura, ¿ya lo tienes todo?

–Sí, no te preocupes –dijo guardando el móvil en el bolso.

–A ver qué vais a hacer, ¿eh?

–No te preocupes tanto, mami, que sólo vamos a hacer una fiesta de pijamas, pero fuera de casa.

Su madre la miró intentando sonsacarla si había algo más, pero Laura sabía poner esa cara inocente que era la perdición de su madre.

–Vale, cariño. Pero prométeme que no haréis ninguna tontería. En esta época hay muchos extranjeros, y no quiero que os den ningún susto...

–¡Mamá! ¡Qué tengo 17 años ya! Además, es una noche, no nos vamos para mil años.

–Lo sé, pero no me gusta...

–Además, los 18 no se cumplen todos los días –añadió sonriente, plantándole un beso en la mejilla.

Miró el reloj y cogió la mochila.

–Bueno, me voy, que Mónica me espera.

–Vale, cualquier cosa ya sabes, me avisas.

–Que sí... –dijo con tono cansado.

Salió a la calle. La mañana estaba soleada y el calor de aquel sol primaveral se agradecía. Se encaminó hacia la casa de su amiga y, al llegar, Mónica la esperaba en el portal.

–¡Moni! ¡Felicidades! –gritó corriendo hacia ella y apretándola en un fuerte abrazo–. ¡Tía, qué ya tienes los 18!

Mónica rió nerviosa.

–¡Sí! ¡Mayor de edad! –exclamó emocionada–. ¡Va a ser la mejor fiesta de cumpleaños de la historia!

–¡SIIII! ¡Aún no me creo que tus padres te hayan dejado alquilar el bungalow!

Entre nervios y risas, se dirigieron hacia el cámping dónde las esperaban María, Montse y Ana. Una vez todas reunidas, se acercaron a recepción y el chico, que se puso colorado al ver a cinco chicas de su edad, les dio la llave.

–Está al final de la parcela –dijo bajando la mirada con vergüenza.

–¡Qué mono! –susurró Laura agarrando el brazo de Ana.

–¡Sí! –contestó dejando en su sitio la postal que había cogido para mirar.

El bungalow que les dieron era de madera oscura y el sendero que subía hasta la puerta estaba bordeado por flores de varios colores.

–¡Qué chulo! –exclamó Mónica.

–¡Sí! ¡Vamos! ¡Me pido la habitación de arriba! –gritó Laura corriendo hacia él.

El día fue pasando entre risas. La pequeña cocina se convirtió en un caos a la hora de comer. Y la sobremesa se alargó hasta que el sol comenzó a descender. Y, por fin, llegó la hora de la fiesta. Los chicos no tardarían en llegar y eso provocó que los nervios empezaran a aflorar.

El primero en llegar fue Pedro.

–¡Hola chicas! –dijo entrando por la puerta.

–¡Hola! –contestaron mientras iban de una habitación a otra, unas con neceseres y otras con zapatos en la mano.

–¡¿Dónde dejo esto?! –dijo levantando la bolsa con las botellas de licor.

–¡Déjalas en la cocina! –contestó Mónica desde su habitación.

Llamaron a la puerta. Pedro se acercó y abrió.

–¡Ei! ¡Qué pasa, tío! –le dijo a Nando chocando las manos.

–¡Qué pasa! Oye –dijo mostrando un sobre que tenía en la mano–. Esto estaba en la mesa de fuera.

Pedro cogió el sobre.

–¿Y qué es?

–Ni idea...

Laura apareció en ese momento. Nando la miró de arriba a abajo y se sonrojó al verla sonreír.

–¿Qué pasa? –dijo acercándose hacia ellos con curiosidad, evitando mirarle directamente a los ojos.

–Toma, Nando la ha encontrado en la mesa de fuera.

Laura cogió el sobre y lo volteó con curiosidad.

–¡Moni! ¡Hay un sobre para ti! –gritó al ver el nombre de Mónica en una pequeña esquina-.

Mónica se acercó a ellos. Le dio una cerveza a cada chico y cogió el sobre que Laura le tendió.

–¿Qué es? –preguntó extrañada.

–No sé, ábrelo –dijo Laura.

Abrió el sobre y sacó el papel que guardaba. Lo desplegó y vio que lo único que ponía era un enorme signo de interrogación.

–Pero, ¿qué es esto?

En ese momento la canción de moda sonó por el bungalow. Era el móvil de Mónica. Corrió hacia la mesa y contestó.

–¿Sí?

–¿Has recibido el sobre? –dijo una voz de ordenador al otro lado de la línea.

Mónica miró a los demás extrañada.

–¿Quién eres?

–Si no resuelves el acertijo, uno de vosotros lo pagará...

Y colgó.

Mónica se quedó mirando el móvil sin entender lo que acababa de pasar.

–¿Quién era? –dijo Laura preocupada por el gesto de su amiga.

–Debe ser una broma...


La fiesta empezó y todo parecía transcurrir con normalidad, cuando la bombilla de la sala estalló.

–¡AH! –gritaron todas con fuerza al verse a oscuras.

–¡No me gusta la oscuridad! –gritó Montse cogiéndose a María con fuerza.

–¡Ja, ja, ja! –rió Pedro–. ¡Qué es solo la bombilla!

Nando sacó su móvil y alumbró la sala. Todo parecía normal hasta que encendieron la lámpara que había junto al sofá.

–¡¿Qué es eso?! –gritó Laura señalando el techo–.

Todos elevaron las miradas. La huella de un pie descalzo estaba en medio del techo.

–Oye, esto no tiene gracia... –dijo Mónica cada vez menos eufórica.

Lo que tenía que haber sido una fiesta, parecía más una película de terror. El miedo empezó a apoderarse de ellos. María y Montse se agarraron la una a la otra.

–¿Y si esto es por culpa de la carta esa? –dijo Montse.

–Venga ya... –contestó Pedro–. ¡Eso no puede ser!

–Quizá no –añadió Mónica cada vez más pálida–. Pero... ¡¿Y si el tipo que ha llamado antes está detrás de todo esto?!

Laura la miró asustada.

–No... no hablarás en serio... –dijo recordando las palabras de su madre.

–Que no mujer –dijo Nando intentando parecer calmado, cogiéndola por la cintura–. Además, yo no dejaré que te ocurra nada malo.

Laura empezó a reír nerviosa.

El móvil volvió a sonar.

–Sigue la flecha –dijo la voz de ordenador antes de colgar.

Mónica palideció.

–¿Quién... quién era? –dijo María con temblor en la voz.

–D...dice que... Dice que sigamos la flecha...

–¡Qué flecha ni qué ostias! –exclamó Nando cogiéndola el móvil de la mano–. Esto no tiene sentido.

Miró la última llamada. El número estaba oculto.

De pronto, como por arte de magia, una serie de flechas empezaron a aparecer pintadas en la pared.

–¡La leche! –gritó Pedro con sorpresa.

–¡Esto no es normal! –gritó Montse–. ¡Yo me largo de aquí!

–¡Espera, Montse! –dijo María cogiéndola del brazo–. ¡Es muy tarde!

–¡Me da igual! ¡Esto es de locos!

Tiró de su brazo y se soltó para salir corriendo hacia la puerta.

–¡Espera! ¡Las flechas llevan hacia la puerta! –gritó Nando.

Montse se detuvo en seco.

–¡¿Y qué hacemos, eh?! –gritó presa del pánico–. ¡No pienso quedarme aquí para que ese chiflado juegue con nosotros! ¡Me voy a avisar a recepción!

Abrió la puerta y salió por ella ante la atónita mirada de sus amigos.

Un grito se oyó desde el exterior. Mónica y Laura se miraron con pánico en los ojos.

–¡Era Montse! –gritó María corriendo hacia la puerta.

Nando la cogió por el brazo.

–¡Espera! –María le miró con lágrimas en los ojos–. Saldremos todos juntos...

Asintió con la cabeza. Pedro se acercó a ella y pasó su brazo por encima de sus hombros. Laura se acercó a Nando y le cogió de su camisa, escondiéndose detrás de él. Sentir su calor la reconfortó.

El primero en asomarse fue Nando.

–D... dios mío... –balbuceó.

Los demás se miraron entre sí. Mónica, con el estómago encogido, sintiéndose culpable por todo lo que estaba sucediendo, les apartó y se asomó al exterior. Se volvió a escuchar un grito y, cuando el rostro de Mónica se quedó petrificado por la sorpresa, unas fuertes carcajadas empezaron a resonar por la parcela.

–¡Ja, ja, ja! ¡Vaya cara Mónica! –rió Luis, sujetándose el vientre.

–Pero... pero...

–¡Ja, ja, ja! –rió Montse apareciendo por la parte trasera del bungalow–. ¡Os habéis cagado!

–Pero... pero qué significa esto –balbuceó Mónica.

Laura miró desconcertada a Nando que empezó a reír con fuerza.

–Esto, ¡por todas las películas de terror que nos habéis hecho tragar! –dijo Luis acercándose a Mónica y besándola en los labios–. Feliz cumpleaños.

–¡Seréis cabrones! –gritó enfurecida.

Pero los nervios fueron dando paso a la risa floja.

–¿Todos estabais metidos?

–No –dijo Nando cogiendo la mano de Laura–. Ella tampoco tenía ni idea.

–¿Y por qué no me lo dijisteis? –dijo Laura ofendida.

–Si te lo hubiéramos contado, ella se habría enterado...

–Pero...

–¡Ja, ja, ja! Eso es verdad –dijo Mónica sonriendo a su amiga. Se volvió hacia Luis y cogiéndole por la nuca murmuró–: No olvidaré esta noche en mi vida.

Y le besó.



Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.