sábado, 28 de febrero de 2015

Y te encontré.



El día que me crucé con él por primera vez, pensé que era el típico engreído. Con un atractivo que hacía volverse a todas mis amigas, me resultaba empalagoso. Nunca me han gustado los hombres que se pasan horas y horas delante de un espejo poniendo caras para después colarte una sonrisa que esconde un vacío en el que te podrías hasta perder.

Pero aquel día me di cuenta de que, por mucho que creas conocer a alguien por su fachada, en realidad no sabes ni una milésima parte de lo que su piel esconde.

Volvía de tomar unas copas en el bar de siempre. Mis amigas se entretuvieron hablando con unos tipos y yo no tenía ganas de aguantar a unos hombres con varias copas de más que, cuando te descuidabas, te cogían de la cintura y pegaban sus labios a tu oído para soltarte una retaila de sandeces que prefiero no recordar.

Cogí la calle que llegaba al río y subí dirección al puente. A esas horas apenas se veía un alma. Sujeté el bolso y aceleré el paso. Quería llegar cuanto antes a casa, sacarme los zapatos de tacón y ponerme el pijama para tirarme en el sofá y tragarme cualquier bodrio que estuvieran emitiendo por la tele.

En la parte más alta del río, me pareció ver una silueta apoyada en la barandilla. Crucé la calle para evitar cruzarme con ella cuando, para mi sorpresa, saltó la barandilla de un brinco y se precipitó al vacío. Con el corazón acelerado por el susto, corrí hacia ese lado del puente y me asomé. Un cuerpo emergía en ese momento.

No me dio tiempo a pensar. Me saqué los zapatos y corrí hacia la punta del puente. Cuando llegué a la orilla del río, vi que lo que se había tirado del puente era un hombre que, en ese momento, hundía la cabeza.

-Mierda -murmuré-.

Miré a un lado y a otro, ¡debía pedir ayuda! ¡Pero estaba sola!

-¡Eh! -grité metiendo mis pies en el agua viendo como su cabeza subía a la superficie-. ¡Oye!

-¿Qué hago? ¿Qué hago? -pensé sintiendo cómo la adrenalina subía creándome una extraña sensación de poder-.

Me adentré hasta hundir mis piernas hasta medio muslo y, cogiendo aire, me lancé a por él.

Nunca se me ha dado muy bien nadar, así que, no sé ni cómo, le enganché de la capucha de su sudadera y le arrastré, dando más de un trago al agua, hasta la orilla. Le cogí por los hombros y tiré de él todo lo que pude para sacarle.

Cuál fue mi sorpresa cuando reconocí su cara. ¡Era el chico por el que todas perdían los papeles! Le dejé en el suelo y me dejé caer a su lado, respirando agitada por el esfuerzo y sintiendo cómo mi corazón bombeaba la sangre con fuerza. Desvié la vista hacia el chico. Tenía una herida en la cabeza de la que caía un reguero de sangre.

-¿Estará muerto? -me dije-.

Me acerqué a él. Sentí pánico de pensar en tocar su cuello y no notar el pulso, pero también rabia, mira que si después de lanzarme al asqueroso río resultaba estar muerto... Sacudí la cabeza para borrar esas ideas y me acerqué a él de rodillas.

-Eh, oye, ¿estás bien? -dije bajito, cogiéndole del hombro y zarandeándole-. Va tío, no me hagas esto...

Coloqué mis dedos en su cuello y esperé. Un suspiro de alivio escapó de mis labios al notar el latido, lento, de su corazón.

No había separado mi mano de su cuello cuando la agarró y, sentándose con cara de pánico, tiró de mí para apartarme de su lado. Miró a ambos lados. Parecía desorientado. Un pinchazo en la cabeza le obligó a tocarse la zona dolorida y, al separar la mano, vio que estaba manchada de sangre. Me miró cómo si no supiera lo que había pasado. En ese momento, cuando aquellos ojos me observaron, sentí algo cambiando dentro de mí.

-¿Qué...? -murmuró-.

Miró el puente y vi que apretaba sus puños, arañando el barro.

-Oye, ¿estás bien? -dije poniéndome en pie-.

Busqué un pañuelo en mi bolso, pero estaba todo empapado. Me encogí de hombros y cogí uno, acercándome a él.

-Qué.. qué haces -dijo al ver que iba hacia él-.

-Pues mirarte esa herida de la cabeza -dije algo molesta por el tono de su voz-. ¿A qué voy a ir si no?

Le sujeté del cogote. No era demasiado profunda, pero había que limpiarla y, cómo mínimo, ponerle unas tiras americanas.

-Tiene que verte un médico.

Noté que hundía la cabeza.

-¿Me has sacado tú?

Le miré sorprendida.

-Pues claro. A quién se le ocurre saltar así de un puente en media noche. ¡Para haberte matado! ¿Puedes andar?

Intentó levantarse.

-Creo que sí.

-Vamos anda, que te acompaño al hospital.

-¡NO! No necesito tu ayuda, ¿vale?

-¿Pero cómo no vas a necesitar mi ayuda? ¡Mírate!

-Déjame en paz -dijo con todo el desprecio de que fue capaz-.

En ese momento recordé porqué me daba tanta rabia. Fruncí el ceño y me puse en pie.

-Tú mismo, chaval. La próxima vez a ver si te ahogas.

Se me escapó. No lo pensaba, pero lo dije. Me dio tanta rabia que ni siquiera tuviera el detalle de agradecer que arriesgara mi vida por él... Cogí el bolso del suelo y me encaminé hacia el puente. Él me vio marchar en silencio. No dijo absolutamente nada. Recogí los zapatos que aún estaban en la acera y me dirigí hacia casa, unas manzanas al otro lado.

-En qué hora habré salido hoy de casa... -pensé-.

Alcancé mi calle y, por fin, estaba delante de mi portal.

-¡Eh! -gritó alguien detrás mío-.

Cuando me giré para mirar, mi corazón casi sale disparado de mi boca.

-¡Oye! ¡Espera!

Busqué las llaves en mi bolso revolviendo de manera descontrolada las cosas, de un lado a otro. Saqué el llavero pero en ese momento me alcanzó.

-Oye, te estoy hablando -dijo poniendo su mano delante de mi, apoyado en el cristal y respirando agitado-.

Metí la llave en el cerrojo del portal.

-G...Gracias -lo dijo bajito-.

Guardé silencio.

-Esto... -apartó la cara-. ¿Podrías dejarme algo de ropa? No puedo ir así a casa...

Me le quedé mirando. ¿Pero este tipo estaba loco o qué? ¿Cómo se podía pensar que iba a dejarle subir a mi casa?

-Claro -contesté-.

-¡¿Qué?! ¡¿Pero qué hago?! -pensé-. ¡Estás tonta o qué!

-Gracias...

Sonrió. Una sonrisa en la que sus ojos me impactaron por la tristeza que escondían.

Abrí la puerta y le dejé pasar. Subí los dos tramos de escaleras y abrí la casa. Al entrar, mi gata me vino a recibir.

-Hola Katy -dije con cariño cogiéndola en brazos. Me giré hacia él-. ¿No pensarás entrar con esos zapatos?

Se miró los pies y se sonrojó al ver las huellas de barro que dejó a su paso. Se los quitó y los dejó junto a la puerta. Entramos en el piso. Le dije que me esperara en el salón y fui al baño a por una toalla.

-Toma -dije lanzándola-. Sécate un poco, yo voy a buscar algo que te puedas poner.

¿Qué le podía dejar? ¡Si no tenía nada de hombre! Rebusqué por el armario y encontré una camiseta amplia que solía usar para dormir. Abrí unos cajones y otros, y no encontré nada más que unos pantalones de deporte de cuando vivía con mi ex. Fui al salón y se los dejé en la mesa.

-No tengo nada más.

Lo cogió y se asomó a la ventana.

-Pero me voy a congelar si salgo así a la calle.

-Pues no has pensado en el frío cuando te has tirado al agua, ¿no?

-Lo siento... -hundió la cabeza y murmuró-. Tenías que haberme dejado allí...

-No digas tonterías... -dije soltando un suspiro de agotamiento-. Mira, estoy cansada y solo quiero darme una ducha y dormir. Quédate en el sofá, ¿vale? Mañana seguro que la ropa estará seca.

Me miró con sorpresa. No entendía a qué venía aquella confianza que le ofrecía, el caso es que ni yo podía entender lo que estaba haciendo. Pero ya estaba hecho, así que, ¿qué otra cosa podía hacer? Era como si hubiera encontrado a un perrito abandonado y hubiera sido incapaz de dejarle en la calle. Así que, me di la vuelta y me dirigí hacia el baño.

-Me voy a dar una ducha. Cuando salga, si quieres, puedes darte tú una.

Y desaparecí por el umbral.

Cuando salí, con mi camiseta y pantalones de pijama y con el pelo envuelto en una toalla, le encontré de pie, con la ropa limpia en la mano, tal y como le dejé. Se me escapó la risa. ¡No se había ni movido!

-¿Qué? -dijo extrañado-.

-Nada -dije tosiendo para disimular-. Ya puedes ducharte si quieres. Cuando estés, te miraré bien esa herida de la cabeza y a dormir.

-Cl...claro...

Mientras se duchaba, fui al botiquín y saqué el alcohol y las tiras. Cogí una pastilla para el dolor de cabeza y regresé a la habitación para secarme el pelo. Escuché que abría la puerta del baño y fui al salón con una manta.

Al verle casi me da la risa otra vez. ¡Estaba tan ridículo con la camiseta, que era evidente que le quedaba pequeña, y los pantalones verdes de mi ex!

-¿Así querías que fuera por la calle? -dijo tirando de la camiseta hacia abajo-.

-No tengo otra cosa...

Pensé en qué pensarían mis amigas si le vieran así y sonreí. El guaperas que siempre iba impoluto y con un estilo que era de envidiar, con una camiseta rosa pálida y unos pantalones cortos, y encima de un verde cutre como el que más. Guapísimo, vamos.

-Anda, siéntate -dije dejando las cosas sobre la mesa-.

Se sentó. La herida era limpia. Vertí un poco de alcohol sobre ella y pasé una gasa para terminar de limpiarla. Coloqué un par de tiras para cerrarla y la tapé con otra gasa y un poco de esparadrapo.

-Sigo pensando que debería verte un médico.

-No es nada. No te preocupes.

-Tú mismo. Bueno -dije cerrando el bote de alcohol-. Si necesitas algo estoy en la habitación del fondo. Buenas noches.

-Buenas noches...

No podía creer cómo podía estar tan tranquila con un desconocido en casa. Cerré la puerta de mi habitación y me apoyé en la puerta.

-Definitivamente me estoy volviendo loca... -murmuré-.

En el silencio de la noche, unos ruidos me alertaron. No sabía muy bien qué eran, así que me levanté de la cama sin encender la luz y abrí la puerta con mucho cuidado de no hacer ruido.

-¿Sollozos? -pensé al oír mejor lo que venía del salón-. ¿Está llorando?

No me pude contener. Saber que alguien está llorando me supera. Salí, encendí la luz del pasillo y me dirigí hacia el salón. Cuando entré, le encontré sentado en el sofá, envuelto en la manta, con la cara roja de llorar.

-Oye -dije desde la puerta-. ¿Estás bien?

No me contestó. Me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero no dijo palabra. Me acerqué a él y me senté a su lado en el sofá.

-Sé que no es de mi incumbencia, pero... ¿Por qué lo has hecho?

Hundió la cara en las rodillas.

-Entiendo que no quieras contármelo, pero es que no puedo entender cómo alguien como tú, que tiene todo lo que quiere, puede intentar quitarse la vida.

-No lo entenderías...

-A lo mejor si lo hablas, te sentirás mejor...

-No quiero hablar de ello -dijo casi sin voz-.

-Bueno -dije levantándome-. Si quieres hablar ya sabes dónde estoy.

Me sorprendí a mi misma dándole un beso en la frente.

-Buenas noches... -dije con tristeza-.

Ese hombre que siempre me había parecido soberbio y engreído, resultó ser una persona con un dolor en su pecho de una envergadura tal que estuvo dispuesto a acabar con su vida para borrarlo. Siempre le vi sonreír, ¿dónde escondía ese dolor?

Cuando parecía que me iba a quedar dormida, noté que alguien se sentaba en la cama. Me levanté y encendí la luz de la mesilla asustada.

-¿Qué... qué haces aquí?

No dijo nada, las lágrimas caían por su rostro sin poder ser contenidas. Me quise levantar, pero entonces se dejó caer sobre mí y me abrazó, con la cara hundida en mis rodillas. Su cuerpo empezó a temblar por sollozos incontrolables. Paralizada por la sorpresa, acerqué mi mano a su cabeza. Primero dudé, pero terminé por acariciarlo con ternura. Lloraba como un niño desconsolado. Los ojos se me humedecieron.

No sé el rato que estuve allí, inmóvil, con mi mano pasando por su cabeza mientras él lloraba sin consuelo. De puro agotamiento, se quedó dormido. Quise despertarle para que se fuera al sofá pero, con un hilo de voz, dijo:

-¿Puedo quedarme aquí contigo? No quiero estar solo...

Acepté. Se tumbó en la cama, mirando hacia el otro lado, acurrucado y abrazando su almohada.



Y así es como conocí a un hombre que cambió mi modo de ver el mundo. Resultó ser alguien sensible que se escondía tras una coraza para que no le hicieran daño, una coraza que le alejó de los demás. Incapaz de poder expresar sus sentimientos, el dolor se enquistó de tal manera que la única salida que encontró para tanto sufrimiento fue intentar escapar de este mundo. Pero ahí estaba yo para impedírselo. Cómo, un destino sin sentido del humor, nos hizo encontrarnos del modo más extraño.

Ahora, cada vez que la sonrisa adorna su rostro, me siento feliz. Me hace reír, es la única persona que me hace reír de verdad. Y con la que voy a pasar el resto de mi vida.

miércoles, 11 de febrero de 2015

La Llamada. Capítulo 18.

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Puerta de Bisagra. Toledo.

El trabajo de transportar a Cristian hasta la parte más alta fue duro. Gómez le cogía con fuerza, sujetando el brazo del Maestre alrededor de su cuello, y Alyssa le sujetaba del otro, intentando no tropezar.

-¿Sabes dónde estamos? -preguntó-.

-La verdad es que no... -dijo Luis haciendo verdaderos esfuerzos por olvidar el dolor que subía de su pierna-.

-Deberíamos estar cerca de Toledo -intervino Cristian con un hilo de voz-. ¡Ah!

Un latigazo en el costado le obligó a parar.

-¿Estás bien? -preguntó la doctora con la preocupación escrita en la cara-.

-Vamos. No debemos perder más tiempo.

Alcanzaron la cima de una pequeña colina. Al otro lado cruzaba una carretera y Gómez decidió bajar a pedir ayuda, con suerte, algún vehículo pasaría por allí. Le pidió a Alyssa que se sentara con Cristian y vendría a ayudarla cuando encontrara un medio de trasporte.

Al cabo de un rato, un todo-terreno blanco pasó por la zona. Conducía despacio. El piloto miraba hacia uno de los lados de la carretera y el copiloto, un tipo con gafas de sol oscuras, hacia el otro. Cuando les vio, Gómez se acercó al arcén y levantó los brazos haciendo señales para que pararan.

-¡Perdonad! -gritó corriendo hacia el vehículo que se detuvo unos metros más allá-. ¡Necesitamos ayuda!

Alcanzó el vehículo y se acercó a la ventanilla del copiloto.

-Señor, ¿se encuentra bien? -dijo el hombre al ver las magulladuras de su cara-.

-Hemos sufrido un accidente. Mi compañero está herido de cierta gravedad y necesitamos llegar a Toledo.

El hombre miró a su acompañante. Éste miró el GPS de su móvil y afirmó con la cabeza. Cuando descendió del vehículo, Gómez dio dos pasos hacia atrás. En la solapa de sus chaquetas se podía ver el emblema de los templarios.

-Llévenos hasta el herido.

-¿Sois templarios?

-Eso a usted no le incumbe -dijo el que conducía con tono desagradable-. Vamos, no podemos perder más tiempo. Buscamos a alguien.

Gómez sonrió al escuchar esas palabras.

-Pues si buscan lo que creo que están buscando, estamos todos de suerte. Acompáñenme.

Les guió hasta la colina donde Alyssa y Gómez les esperaban. Al ver al Maestre, corrieron hasta él.

-¡Señor! ¿Está usted bien? ¿Qué ha pasado?

-Hemos perdido contacto con el helicóptero y hemos estado buscándoles -añadió el otro buscando con la mirada al piloto-. ¿Y Daniel, señor?

Cristian hundió la cabeza.

-No ha sobrevivido al accidente -dijo con un hilo de voz-.

Alyssa y Gómez guardaron silencio.

-Bueno, vamos -dijo el conductor-. No podemos perder más tiempo. En la sede les curaremos las heridas.

Se dirigieron hacia el vehículo. Ayudaron a Cristian a sentarse y arrancaron el motor, acelerando dirección Toledo.



En el cortijo se respiraba la emoción de saber que el momento estaba cerca. Y con el pergamino en sus manos, el ritual sería un éxito.

A Carla e Irene las metieron en una habitación sin ventanas, las ataron a las sillas y cerraron la puerta con llave.

-Hija -dijo intentando acercarse a ella-. ¿Estás mejor?

Irene levantó la cabeza y miró a su madre. Tenía los ojos hundidos.

-Mamá...

Su voz se quebró.

Carla apretó los puños llena de ira. Pensó en Luis. ¿Dónde estaría? ¿Estaría bien?

-Hija de puta... -renegó pensando en Mamen-.

En ese momento el cerrojo de la puerta se abrió. Fue Sánchez quien entró por el umbral.

-Hola Carla -dijo acercándose a ellas y sentándose en el sillón que quedaba en frente-.

Carla no podía dar crédito a lo que veía. Irene levantó la vista y miró a su madre con perplejidad.

-¿Señor Sánchez? -llegó a decir-. ¿Qué...Qué hace aquí?

-Lo siento, Carla. Esto no debía haber salido así... No debisteis involucraros en algo que os quedaba grande.

-¡No me venga con jilipolleces! -Carla tiró de sus muñecas en un afán por enfrentarse al jefe de su marido-. ¡¿Qué coño está pasando?!

Miró a su hija.

-¡Habéis matado a Martin!

Sánchez la miró extrañado y Carla soltó una carcajada irónica.

-No me diga que ni siquiera lo sabía...

-Lo siento mucho, Irene -dijo pasando la mano por su rodilla-. Pero en toda guerra hay bajas inevitables.

-¡Pero qué guerra ni qué narices! ¡Él no tenía nada que ver con esto! -gritó Irene de pronto-.

Las lágrimas resbalaban por su rostro.

-Bueno, no cabe lugar discutir sobre esto ahora. Sólo pasaba para ver si estabais bien -dijo incorporándose-.

-Sánchez -le detuvo Carla antes de que saliera-. Por lo menos dime una cosa. ¿Luis está bien?

Sánchez se giró a mirarla antes de abrir la puerta.

-Sí. De momento.

Salió y volvió a cerrar con llave.

Se dirigió hacia la sala donde Mamen hablaba con Smith.

-Mamen, ven un momento.

Mamen miró a Smith extrañada por el tono de su jefe y se acercó.

-¿Qué pasa?

-¿Has matado al chico, al americano?

-Sí, bueno, es que no me quedó más remedio -se defendió, dibujando una sonrisa inocente en su rostro-.

Sánchez suspiró.

-Por el amor de dios, Mamen, eres de gatillo fácil... -murmuró-. Debiste pensártelo antes de hacerlo... Además, ¿por qué las has traído?

Aquella pregunta la pilló desprevenida.

-Las necesitaremos. Gómez viene detrás nuestro. Si no las usamos podría llegar a ser peligroso.

Sánchez la miró con dureza.

-No. Ahora sí que será peligroso. Pensaba que le conocías.

Mamen, extrañada, quiso preguntarle a qué venía eso. Pero Sánchez le dio la espalda y la dejó con la palabra en la boca.



Al llegar a la Sede de Toledo, que no era otra cosa que un ático en un edificio a las afueras de la ciudad, les llevaron a curar a una sala que parecía de hospital. Mientras desinfectaban las heridas, un hombre, vestido con el uniforme negro que ya estaban acostumbrados a ver, entró en la sala.

-Les hemos localizado -dijo irguiéndose frente al Maestre y colocando su mano a modo de saludo-.

-Perfecto -dijo con una mueca de dolor al sentir el alcohol en una de sus heridas-.

-No están en el castillo, como creíamos en un principio. Según los hombres que tenemos allí, se encuentran en un cortijo a las afueras.

-Gracias por la información.

-¿Y qué vamos a hacer ahora? -preguntó Gómez nervioso-.

Si no estaban en el castillo, lo más probable era que Carla e Irene tampoco.

-De momento deben recuperarse de sus heridas, sargento -dijo el conductor del todo-terreno-.

-Así es, cuando nos hayan curado trazaremos el plan de ataque.

Gómez frunció el entrecejo. Le terminaron de vendar la pierna herida, se colocó bien el pantalón y salió de la habitación. Parecía enfadado. Alyssa le vio salir y, tras quitarse de encima al enfermero, salió detrás de él.

-¡Gómez! ¡Espera!

Luis se giró a mirarla.

-¿Estás bien?

-¿Cómo quieres que esté bien? Estamos perdiendo un tiempo que no tenemos -dijo pasando la mano por su cara-. Maldita sea...

Se giró hacia la sala. Varios hombres, sentados frente a unos ordenadores de última generación, discutían sobre los datos que tenían en sus pantallas. Vio la imagen de satélite de una vieja casona que reconoció al instante, y sus ojos se abrieron brillando de un modo especial. Se dirigió hacia Alyssa.

-Voy a fumar un cigarrillo, necesito salir de este agujero -dijo buscando entre sus bolsillos la cajetilla de tabaco-.

-Claro...

Salió de la sala. Vigiló que nadie le estuviera mirando y se dirigió a hurtadillas hacia la habitación dónde el tipo que les recogió dejó las llaves del vehículo. Miró a ambos lados y se introdujo. Buscó entre los armarios. La llave estaba colgada en un llavero de pared que había en la puerta de uno de ellos. Cogió la llave del todo-terreno y se acercó de nuevo a la puerta. Miró por la rendija. No había nadie, estaban demasiado ocupados intentando decidir cuál sería el próximo paso a dar. Salió, cerró la puerta con cuidado y se dirigió hacia la entrada principal. Estaba a punto de salir cuando uno de ellos le detuvo.

-¿Dónde va?

-Esto... -dijo nervioso-. Voy a fumar un poco.

-Puede salir a la terraza, señor.

-No, no... Necesito pisar la calle, si no le importa.

El hombre le miró de arriba a abajo. Parecía estar agotado y sintió lástima por el recién llegado.

-Claro, hombre. Llame al ático primera y le abriré para que suba.

Gómez respiró aliviado.

-Gracias, no tardaré.

Salió al rellano y, al cerrar la puerta, bajó por las escaleras mientras sacaba el móvil que había cogido prestado de la misma sala.

-¡Carlos! -dijo cuando contestaron al otro lado de la línea-.

-¡Sargento! ¡Llevo intentando localizarlo desde hace horas!

-¡Necesito tu ayuda! Quiero que vengas a buscarme.

-Claro, ¿dónde tengo que ir?

-Estoy en Toledo. Te espero en la Puerta de Bisagra. Y date prisa.

Carlos afirmó y colgó el teléfono.

Llegó a la planta baja del edificio, se apoyó en sus rodillas para recuperar el aliento y corrió como pudo hacia el sitio indicado.

Al alcanzar la subida hacia la puerta, vio que Carlos llegaba en su Seat Ibiza y daba una vuelta a la rotonda buscándole con la mirada. Corrió hasta llegar allí, se colocó al borde de la carretera y levantó el brazo para que le viera. Al verle, aparcó de mala manera y subió al coche, sentándose en el lado del copiloto. La pierna herida le dio un calambre y se pasó la mano por la zona vendada, intentando aliviar el dolor.

-Hola Sargento. ¿Pero qué le ha pasado? -dijo sorprendido al ver sus heridas-.

-Es una larga historia. Vamos, hay que regresar a San Martín. Aunque... -se quedó pensativo un instante y se giró para mirarle-. ¿Tu padre aún es aficionado a la caza?

-Claro. ¿por qué lo pregunta?

-Necesitamos armas.

Carlos, sorprendido ante aquella afirmación, arrancó el vehículo y condujo dirección a casa.

Durante el trayecto, Gómez le explicó la locura ante la que se encontraban. No podía creerlo. Pero menos aún cuando le explicó lo que Mamen había hecho.

-¿Mamen? Joder... Esto sí que no me lo esperaba...

-Ni yo. Pero así son las cosas. Pero tarde o temprano se las verá conmigo. Y entonces...

Carlos se fijó en cómo apretaba los puños. Gómez estaba dispuesto a todo. Y él lo sabía. Guardó silencio un instante.

-¿Aún mantiene contacto con los de su regimiento? -dijo de pronto sin dejar de mirar al frente-.

-¿Por qué lo dices? -preguntó sorprendido por la pregunta-.

-Si es cierto lo que me ha explicado, seguro que habrá más gente del cuerpo involucrado. Y no nos vendría mal algo de ayuda.

-Ahora que lo dices... Hace tiempo que no hablo con ellos, pero quizá nos puedan ayudar.



En la Sala del Sarcófago, los dos soldados que vigilaban la entrada no volvieron a recibir visita alguna. Pero podían oír las voces que venían de la superficie.

-Parece que ha empezado el movimiento -dijo Ángel mirando hacia el techo-.

-Sí, eso parece -Lolo se giró hacia la sala. Desde que el hombre con el colgante les visitó, el cuerpo del extraño ser no cesó de emitir aquel aura oscura que tanto le perturbaba. Pasó la mano por el crucifijo y añadió-. Y esa cosa no ha dejado de sacar esa especie de humo negro...

-¿Qué? -dijo girándose hacia el ataúd-. ¿De qué humo estás hablando?

-¿Es que no lo ves? Esa especie de aura negra que envuelve todo su cuerpo.

-Macho, ni idea de lo que me hablas...

En ese momento su móvil empezó a vibrar en el bolsillo de su chaleco. Lo sacó y miró quién llamaba.

-Quién será ahora -dijo Lolo con sorpresa-. Voy a cogerlo.

Se alejó unos metros para buscar algo de cobertura y descolgó.

-¿Si?

-¿Lolo?

-¡Hombre, Luis! ¡Cuánto tiempo!

-Hola. Siento haber tardado tanto en llamar. ¿Tienes un momento?

-Lo siento, ahora me pillas en un trabajo... Oye, ¿ha pasado algo? -preguntó al percibir cierta ansiedad en su voz-.

-Espera un momento -dijo Gómez-.

-Bajo un momento, enseguida vuelvo. ¿Qué quieres que coja?

Oyó que decía alguien al otro lado.

-Todo lo que puedas.

-De acuerdo.

Oyó que cerraban la puerta de un coche.

-Ya estoy contigo. Lolo, escucha, necesito vuestra ayuda.

Gómez le explicó todo lo que había pasado. Lo del asesinato en la ermita, el altercado en la universidad, cómo Mamen les traicionó y lo de su mujer. Lolo miró hacia Ángel. Éste levantó las manos interrogándole con gestos y Lolo movió su mano indicándole que luego le explicaría.

-Así que esto es lo que hay. Me importa una mierda la guerra entre legiones que ni siquiera creía que existían. Gane quien gane, este mundo está tan podrido que no creo que se note cambio alguno. Sólo sé que tienen a mi mujer y a mi hija, y que voy a hacer todo lo que esté en mi mano por recuperarlas.

Lolo se quedó pensativo un instante y se giró a mirar a su compañero.

-Deja que lo hable con Ángel, que está conmigo, y ahora te llamo.

Colgó el teléfono.

-¿Quién era?

-¿Te acuerdas de Luis Gómez?

-¡Coño! ¡Luis! Claro que le recuerdo. ¿Qué quería?

-¿Sabes la morterada que nos iban a soltar al acabar el trabajo? Pues creo que nos vamos a quedar sin ella...

Le explicó lo que Gómez le dijo y Ángel, que al principio dudaba, dijo:

-A la mierda el dinero. De todas maneras esos tíos no me han gustado nunca.

Lolo sonrió sintiéndose, en cierto modo, aliviado. Desde que comenzó su misión sentía que algo no iba bien. Aquella cosa que dormía en el ataúd no debía despertar. Fuera lo que fuese, le generaba un malestar que no había sentido hasta entonces. Y no le gustaba.

-De acuerdo. Pues deja que le llame.

Marcó el botón de rellamada.

-¿Luis? Cuenta con nosotros.

-¡¿Sí?! ¡Muchas gracias!

-Tú nos salvaste la vida en los Balcanes, es lo mínimo que podemos hacer por ti. Además -dijo girándose hacia el sarcófago-. Creo que te llevarás una sorpresa cuando sepas en lo que estamos trabajando.

-¿Por qué?

-Porque precisamente estamos vigilando al “angelito” -dijo con una sonrisa en los labios-.

-¡¿Qué?!

-Hace unos días nos contrataron para vigilar una sala del castillo, y mira por dónde, ha resultado ser la sala del demonio que dices que quieren despertar.

Gómez sonrió. Por fin las cosas se ponían a su favor.

-Así que, ¿qué quieres que hagamos? -preguntó Lolo-.

-Ellos tienen lo que yo más quiero. Pues ahora, yo cogeré lo que ellos más quieren.

-De acuerdo. Te limpiaremos el camino hasta aquí. Ya sabes por donde te será más fácil entrar -dijo guiñándole un ojo a Ángel-.

-Claro que sí. Voy para la Ermita. Hasta ahora.


Carlos aparcó a una distancia prudencial del viejo edificio de piedra. Bajaron del vehículo y se acercaron al maletero.

-¿Qué hacemos aquí, sargento?

-Se nota que aún eres joven... -dijo sonriendo-. Esto es de antes de que cerraran la ermita al público. De niños nos gustaba jugar por esta zona y encontramos un pasadizo que unía la ermita con el castillo. Tengo entendido que lo bloquearon para cortar el acceso, pero intentaremos colarnos.

Carlos le miró con incredulidad. Desvió la vista desde la ermita al castillo, que se veía de lejos, y sonrió.

-Pues andando -dijo dándole una escopeta-.

Cogió otra, guardó la munición en sus bolsillos y, tras forzar la entrada, se adentraron en la penumbra del santuario.


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Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

viernes, 6 de febrero de 2015

Blander.



No recuerdo cuando fue la última vez que le vi. Era el hombre más duro con el que me he encontrado a lo largo de mi vida. Su semblante, siempre oculto tras ese pañuelo azul que cubría su cuello, es todo un enigma. Pero poseía los ojos más penetrantes que he podido ver. 

Me ha estado persiguiendo desde entonces. Siento su aliento cerca, apuntándome con ese maldito sable. Con la mira de su arma apuntándome de lejos. Mitad hombres, mitad máquinas, son la peor escoria que ha inventado el ser humano. 

Y aquí estoy yo, el último de mi especie, cargando con la losa de ser el único superviviente. Dados caza por nuestro pelaje, nos han ido exterminando. Mis garras han despedazado miles de cuerpos metálicos en una odisea por vengar la masacre de mi pueblo. Pero ya no me quedan apenas fuerzas. Y las que me quedan son para enfrentarme a él. 

Me encontrará. Lo sé. Puedo oler el aceite que corre por sus venas. Y, ese día, ese maldito día en el que por fin me de caza como a un felino más, por fin me podré reunir con ellos. Pero, a cambio, su vida se desvanecerá entre mis fauces, desgarrado por la ira y el odio que me profesa.

Registrado a nombre de Carmen de Loma en Safecreative.

martes, 3 de febrero de 2015

La Llamada. Capítulo 17.

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Capítulo escrito por J.C. Amante (El creador de leyendas). Para acceder a la publicación de su blog, haz click aquí.




El jet en el que viajaba Mamen surcaba el manto oscuro de la noche cuando estaba llegando a su destino. Con unos movimientos elegantes en el cielo el aparato se posicionó para tomar tierra ladeando las alas hacia un lado para girar suavemente. La que fue ayudante de Gómez miro por la ventana y vio como el avión se mezclaba entre las nubes a la vez que observaba el fino trazo plateado que dibujaba la luna. Sonrío al saber que la siguiente noche seria la noche por la que tanto habían trabajado, sería la noche de la llamada.

Señorita Mamen en breve tomaremos tierra —sonó la voz del piloto por los altavoces.

Carla que se encontraba en un sueño muy poco profundo, abrió los ojos al escuchar el mensaje, sin darse cuenta los cruzó con los de Mamen e instintivamente y al no estar preparada aparto la mirada. La ayudante de Gómez chasqueo lclick gua con motivo de pesar por tener que cargar con la familia del sargento. Ajena a todo esto se encontraba la hija de Carla y Gómez la cual dormía profundamente pero con la pena aún en su cuerpo.

Las luces de tierra se iban acercando al avión a medida que este descendía, un suave golpe seguido por un chirriante sonido indicó Mamen que había tocado tierra, la hija de Carla, Irene se sobresaltó en su asiento, sintiéndose segura cuando vio el rostro cansado de su madre. Una azafata abrió la puerta con total diligencia y se posicionó en su lugar con las manos a la espalda.

Vamos saliendo... Sin intentar nada, me entiendes Carla— sonó Mamen.

Madre e hija se levantaron de sus asientos aun esposadas, en sus rostros se reflejaba la incomodidad del viaje en esa situación. Siguieron los pasos de Mamen la cual las dejó pasar primero para bajar por la escalerilla. Pudieron ver como una pequeña comitiva de dos coches tipo todoterreno y hombres de negro las recibía, taparon sus rostros con tela negra y las introdujeron en un vehículo. Cuando Mamen llegó a abajo habló con un hombre.

Bienvenida de nuevo Mamen.

Saludos Nicolás. La verdad es que es agradable volver a pisar el suelo de tu país. —Hizo una pausa— ¿está todo preparado?

todo va según lo planeado para la gran noche de mañana.

estupendo. Llévame al lugar acordado.

El hombre asentó con la cabeza y le abrió educadamente la puerta de un coche. Cuando Mamen se acomodó en el asiento de piel, el hombre alzó un dedo e hizo una señal de rodeo a modo de "en marcha". Los coches se perdieron entre los caminos que salían de aquel aeropuerto.

Las aspas de un helicóptero sonaban solitarias sobre la inmensidad del océano. El aparato luchaba contra un fuerte viento que le venía de frente.

Gran maestre... Señor —habló el piloto.

Dime —contestó Cristian desde sus grandes orejeras con micro.

El combustible no durará mucho más si seguimos con este viento de frente.

Es de total importancia llegar a nuestro destino, haga lo que pueda... Es un buen piloto sabrá minimizar el consumo estoy seguro.

Una ráfaga azoto con violencia al helicóptero haciendo que Alyssa y los demás se movieran de sus asientos inestablemente. Por instinto Alyssa tomo la mano del sargento.

Tranquila... Son solo las turbulencias —La Doctora soltó la mano de la policía ruborizada.

Pues parecen ser bastante importantes las turbulencias, nunca había sufrido unas así y tampoco en un helicóptero.

Cristian se giró hacia ellos mirando a ambos por igual.

El piloto me informa que vamos justos de combustible y el viento en contra no está ayudando en mucho para administrarlo.

Pero llegaremos al destino verdad. —contestó Alyssa.

Creo que sí enseguida dejaremos el océano para entrar en tierra, es un buen piloto seguro que nos saca de esta.

Gómez y Alyssa se miraron por un momento a la vez que Cristian se colocaba junto al piloto.

El range Rover negro llegaba al cortijo. Varios coches de la misma gama estaban ya allí estacionados. En el momento en que frenaba, Mamen tomaba entre sus manos el antiguo pergamino, en su expresión se reflejaba el éxito que estaba teniendo, le habían encomendado una misión muy complicada y hasta el momento no había fallado en ningún momento.

Un hombre acompañado de otros dos, abrió la puerta, la agente del priorato salió con movimientos pausados dejando que el aire de aquel lugar recorriera su piel y meciera sus mechones.

Señorita Mamen… le están esperando —pausó su voz— wallck le acompañara.

Asentó a este último con la cabeza en señal de saludo, mientras los ojos dela fémina se posaban en el dueño de tan varonil voz.

Traigo a dos… invitadas —dijo marcando unas comillas con su tono— hacer que su estancia sea agradable serán una buena moneda de cambio si se complican las cosas.

Descuide, así lo haremos.

Hizo una señal con la cabeza al otro hombre que le acompañaba y este fue a prestarle ayuda para hacerse con las prisioneras. Mientras Mamen se alejaba acompañada por uno de los hombres. Irene y Carla eran llevadas en otra dirección, algún grillo distante seguía con su característico sonido sus taciturnos pasos.

Mamen era guiada por los pasillos y dependencias del gran cortijo, sus andares junto con los del hombre resonaban envueltos en un alto silencio, la respiración de la agente del priorato que antes era tranquila se aceleró un poco aunque consiguió controlarla, por su mente pasaban muchas preguntas, la más recurrente era la de si aquello sería una trampa de los templarios, y es que en aquella guerra que se libraba entre las dos órdenes desde hace tanto tiempo no te podías fiarte de nadie.

El helicóptero era azotado por vientos más fuertes y el fuselaje del mismo ya se había quejado a modo de fuertes ruidos en la chapa. El rotor de cola dejó de funcionar y seguidamente dejó de funcionar el rotor principal, la oscuridad en aquel cielo era tal que parecía engullir al aparato.
No les dio tiempo a decir nada pero desde el último aviso sabían que lo que podía llegar a pasar, ahora mismo estaba pasando. Ya se habían asegurado fuertemente a sus asientos y el piloto seguía con su lucha por retomar el control.

Señor estamos sin combustible, el rotor principal y el secundario han dejado de funcionar.

El helicóptero comenzó a girar fuertemente, sus giros rápidos de trescientos sesenta grados hacían que Jules y Gómez se fueran hacia afuera. La doctora aguantaba la presión como podía ya que tenía a Gómez chafándola contra la puerta del aparato, ella tenía los ojos cerrados y en su rostro se dibujaba una mueca de dolor que intercalaba con unos gritos ahogados de pánico. Gómez por su lado intentaba sujetarse a algo para no chafar a la doctora, sus gritos eran de esfuerzo y todo esto se mezclaba con los sonidos de alarmas.

¿A qué altitud estamos? —dijo Cristian.

A unos ochocientos pies— respondió el piloto.

Entonces ha estado haciendo un acercamiento progresivo.

En efecto señor… mi intención es mitigar los daños por la caída.

Tanto Cristian como el piloto tardaron en efectuar esta conversación ya que los efectos de la fuerza centrífuga eran presentes en ellos. Cristian pudo mirar con el rabillo del ojo hacia atrás y vio la escena de Alyssa y el sargento justo cuando el piloto informó.

Trescientos… doscientos… ciento cincuenta… cien…

El helicóptero comenzó a golpear las copas de los árboles, segando algunas de estas, ramas enormes reventaban los cristales y se colaban en el habitáculo, nuestros protagonistas eran golpeados por objetos del interior del aparato, poco después este mismo tocó tierra de manera brutal, levantando una gran nueve de polvo y revotando un par de veces. Cuando todo pasó un silencio envolvió el accidente.

Mamen ahora esperaba sola en una sala donde prácticamente no había nada, sus paredes eran de antiguo tocho rojo restauradas por una hábil mano, varias columnas de madera sostenían bigas del mismo material. Todo muy rustico pero construido o remodelado hace poco.

¡Por fin!— sonó una voz tras ella que la hizo girarse de golpe.

Señor Sánchez— contestó ella.

Él se acercó y tomándola por los hombros le dio dos besos que fueron correspondidos igual.

Veo que no has perdido el tiempo y que lo que se te encomendó lo has cumplido.

Nada es mejor que servir a la orden y sus propósitos.

tienes en las manos el pergamino.

En efecto aquí lo tengo. La doctora decidió enmarcarlo en metraquilato para conservarlo mejor, así que ha sido fácil traerlo hasta aquí.

Me alegro enormemente de que lo hayas hecho.

Al igual que me alegro yo— sonó una voz más profunda desde las sombras.

Una figura se dejaba ver poco a poco mientras avanzaba hasta ellos escoltada por varios hombre fornidos.

Mamen, déjame que te presente al gran prior de la orden a la cual servís, Yemdet Nasr.

Automáticamente Sánchez clavó una rodilla al suelo he hizo una reverencia, aun no estaba acostumbrado a tal saludo ya que los del temple no la hacían así y eso se notó en su rostro. Mamen quedo petrificada por unos momentos y finalmente hizo lo mismo que Sánchez. La habían preparado para aquel momento desde niña pero nunca creyó que fuera a estar delante del mismísimo prior.

Si eres tan amable de entregarme el pergamino… tu misión habrá sido completada hermana.

Sonó la voz de Yemdet oscura como la noche que los acompañaba. La joven alzó sus manos con el pergamino y este fue retirado con delicadeza tenebrosa, un escalofrió recorrió la espina dorsal de la agente del priorato que aún no alzaba la vista.

Podéis alzaros hermanos míos —pausó su voz mientras lo hacían— esta noche se acaba ya y mañana tras el reinado del sol, cuando no haya luna visible en el firmamento traeremos nuestro reinado al mundo. Descansad ahora… seréis avisados por cumplir con vuestro deber.

Los pasos del hombre se fueron por donde llegaron y Mamen notó un alivio, como si al irse aquel hombre una presión en su pecho desapareciera. Miró a Sánchez que le sonrió muy levemente.

Hemos cumplido con lo que nos mandaron ahora debemos de esperar como se nos ha dicho. Retírate y descansa… te acompañaran a tu habitación.

Mamen asentó con la cabeza y se dejó guiar por el mismo hombre que la acompañó hasta aquí.

El sol del día siguiente salió radiante, ascendió y siguió su camino mientras pasaban las horas. Una pequeña y débil brisa acariciaba el lugar del accidente donde chocó el helicóptero mientras las horas pasaban y el sol seguía ascendiendo hasta su zenit. Comenzó a caer tal y como subió, cuando había pasado ya unas horas de su posición más alta. Una ramita impulsada por el viento toco la cara de la doctora que yacía en el suelo hasta ese momento inconsciente, al querer moverse se dio cuenta del gran dolor que sufría todo su cuerpo, se lamentó y pudo escuchar una voz que se dirigía a ella.

Alyssa… doctora Jules.

La joven hizo acopio de sus fuerzas y consiguió levantarse con esfuerzo, se centró e intento localizar la voz. Era la de Gómez que se encontraba atrapado, se dirigió hacia él.

Creía que estabas muerta… llevo horas llamándote.

La verdad es que no sé cómo no lo estamos después del accidente… ¿Dónde está Cristian?

Después de que la nube de polvo desapareciera lo vi caminar tambaleándose hacia el interior del bosque, no sé dónde puede estar.

¿Y el piloto?

Mientras hablaban Alyssa miraba de ir moviendo con suavidad la estructura que atrapaba al sargento.

Tampoco ha respondido a mis llamadas… estamos jodidos.

No se preocupe aparenta más de lo que parece.

La doctora se llevó la mano a una herida de su cabeza y su cara formó una de mueca el dolor. Reconoció medicamente al sargento y cuando lo hubo hecho le siguió hablando.

¿siente todas las partes de su cuerpo?

Que si las siento… ¡joder! me duele todo entero.

La doctora sonrió al ver que el carismático lenguaje de Gómez afloraba hasta en aquella situación.

Vale creo que puedo mover esto… en cuanto lo consiga salga de ahí.

Se colocó en una mejor posición y tensó su cuerpo entero para levantar unos hierros, tardó unos minutos en conseguirlo pero en cuanto lo hizo Gómez se arrastró para salir de allí.

Que ganas tenia de sacarme eso de encima.

Pasó sus manos por la zona dolorida, mientras Alyssa se levantaba del lugar y reconocía la situación, al hacerlo dio un respingo.

¿Qué sucede? —dijo Gómez incorporándose.

Lo que vio el mismo respondió a su propia pregunta. El piloto estaba muerto en su asiento con solo la mitad de la cara… algo le había amputado el resto.

Una jodida lastima hizo lo que pudo para salvarnos y murió haciéndolo. —sonó el sargento.

Debemos de encontrar a Cristian —contesto la doctora.

Vayamos por ahí que es por donde lo vi marcharse.

Ambos se encaminaron en la dirección elegida no sin antes rescatar el “kit” de primeros auxilios o lo que quedaba de él, bebieron algo de agua de las bolsas preparadas para tal fin y curaron parte de sus heridas. Al cabo de una hora dieron con el cuerpo del Gran maestre, apoyado en una árbol, sus heridas eran profundas y su estado algo peor que el de ellos. Los dos corrieron en su ayuda y tras evaluarlo inicialmente respiraron tranquilos al ver que seguía vivo. Lo asistieron le dieron agua y barritas energéticas del botiquín.

Joder se acerca la noche y es esta noche cuando los del priorato harán de las suyas.

—Aún tenemos tiempo… solo debemos de encontrar el modo de salir de aquí.

—Te parecerá fácil salir de esta espesura —contesto Gómez con ironía.

Fue cuando recordó que tenía a un agente vigilando a los del priorato, el agente Carlos, vio una luz de esperanza y hecho la mano al móvil; al sacarlo se dio cuenta de que estaba roto. Alyssa lo entendió y fue a buscar el suyo… no lo encontró y Cristian tampoco lo llevaba encima.

—Subamos a esa colina veremos mejor la situación desde allí arriba —dijo Gómez.

Prepararon a Cristian que parecía recobrar el sentido poco a poco y se encaminaron lo más rápido que pudieron hacia el punto más alto de aquel lugar.

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Obra registrada a nombre de J.C. Amante (El creador de leyendas).