lunes, 23 de marzo de 2015

La Llamada. Capítulo 20.


–¡Vamos! ¡Vamos! -gritó Gómez agitado-.

Entraron en el pasadizo. Dejaron caer el cuerpo al suelo y corrieron a cerrar la puerta metálica. Lolo buscó algo con qué atrancarla.

–¡Joder! ¡Están demasiado cerca! –gritó Ángel, que empujaba la puerta, al ver cómo el metal cedía por el impacto de uno de los proyectiles.

–¡Hay que salir de aquí cómo sea! ¡Vamos!

Una barra metálica que servía para aguantar parte del techo sirvió para atrancar el pomo de la puerta. La colocó y regresó junto al sargento y el joven.

–¿Y ahora qué?

–Hay que salir de este matadero –dijo Gómez agachándose junto al cuerpo.

Unos pasos que venían de la ermita les alertaron.

–Sargento, esto no me gusta nada... –murmuró Lolo a su lado–. Se supone que nadie conoce esta entrada.

–Ni a mí. Ángel, quédate con Carlos. Vamos a ver qué está pasando.

–De acuerdo.

* * *

El móvil de Sánchez vibró dentro de su chaqueta. Se apartó de sus compañeros y contestó.

–Sánchez al habla.

–Señor. Según me han comunicado desde el castillo, se han llevado el cuerpo.

–¡¿Qué?! Maldita sea...

Sir William se giró hacia él al oír la exclamación que escapó de sus labios. Sánchez le miró y, frunciendo el ceño, le dio la espalda.

–Ya podéis ir a recuperarlo como sea –añadió más bajo–. Y no quiero fallos.

–Descuide Señor.

William se acercó a él.

–¿Ha pasado algo, señor Sánchez? Le veo un tanto alterado –dijo con su altivez habitual.

–Nada de lo que no pueda ocuparme –contestó con rudeza.

–Bien. No creo que a nuestro Prior le guste que hayan complicaciones de última hora. Además, conoce de sobras las consecuencias, en el caso de que algo falle.

–No hay complicaciones –dijo apretando los puños con rabia–. Ahora, si me disculpa, –buscó a Smith con la mirada y movió su cabeza haciéndole saber que le necesitaba–, he de salir un momento.

Smith asintió y ambos se dirigieron hacia la salida mientras Sánchez sacaba el teléfono y marcaba un número. En ese momento, Yemdet Nasr entraba en la sala tras su discurso. Al ver el rostro desencajado de Sánchez, se acercó a William.

–¿Ha pasado algo, William?

–Le dije que no debía confiar en esa escoria templaria, mi señor.

Yemdet se asomó por la ventana y vio cómo Sánchez, Smith y Mamen subían a un vehículo.

–No se preocupe, Sir William. Lo que ha de suceder, sucederá.

Una sonrisa fría se dibujó en sus labios a la vez que William se acercaba a la ventana y se asomaba a mirar. El vehículo arrancó y salió del cortijo levantando una gran polvareda.

* * *

Gómez situó los dedos en su rostro y le indicó a Lolo la posición que debía tomar. Sujetó su arma con fuerza, y sin dejar de mirar a través de la mirilla, avanzaron con cautela. Unas voces se oían cada vez más cerca, aunque era difícil entender lo que decían debido al eco que generaban las paredes.

–¿Una mujer? –preguntó Lolo extrañado.

–No puede ser...

Gómez salió corriendo. Lolo, pillado por sorpresa, tardó unos segundos en reaccionar.

–¡Mierda! –refunfuñó arrancando a correr.

Cuando alcanzó a su compañero, Gómez apuntaba con su arma a un grupo formado por dos personas, una de ellas, una joven que parecía conocerle.

–¡Gómez! –dijo la mujer con acento americano–. ¡¿Pero qué haces?!

–He preguntado que qué hacéis aquí. Y espero una respuesta.

–Sargento –intervino Cristian–. Cálmese y hablemos un momento. Baje su arma, por favor.

Lolo se colocó junto a él y apuntó a su vez a los desconocidos.

–Luis, ¿todo bien?

–Te presento al Maestre de los Templarios, el señor Cristian de Molay y a la doctora que nos ha metido en este embrollo, la señorita Jules.

Alyssa no daba crédito a lo que estaba pasando. Incapaz de entender por qué Gómez se había escapado y por qué les apuntaba con su arma, intentó acercarse a él.

–No se acerque, doctora. No tengo intención de hacerles daño, pero no voy a dejar que os interpongáis en mi camino.

–A ver, señor Gómez, por favor, deje que...

–No. Deje que le explique YO la situación. Han puesto a mi familia en peligro, señor Cristian. No sé si entiende lo que eso significa, pero tenga por seguro que no pienso dejarlas en sus manos. He visto cómo las gastan esos desgraciados y no quiero ni pensar en lo que las podrían hacer.

–Pero... ¡Pero tú solo no podrás hacer nada! –añadió Alyssa visiblemente afectada por la situación.

–Yo solo no. Por supuesto. Y, por eso, no lo estoy. –Se giró hacia su compañero–. Lolo, ayuda a los otros dos. Nos vamos.

–Sí, señor.

Lolo corrió hacia el lugar en el que estaban Ángel y Carlos.

–A ver, Sargento. Por favor, ¡nosotros estamos de su parte! ¿Es que no lo entiende?

–¡¿Y cómo puedo estar seguro de ello?! ¡¿Cómo sé que una vez que tengan lo que quieren no dejará que ellas mueran?!

–¡Por el amor de dios, Sargento! ¡Nos han salvado la vida! –exclamó Alyssa.

–Le recuerdo que fue su compañera la que le traicionó, señor Gómez. Y no nosotros.

Mientras hablaban, uno de los soldados que esperaban fuera entró corriendo.

–¡Maestre! –dijo parándose en seco al ver la escena–. Tenemos problemas.

–¿Qué ha pasado?

El hombre dudó por un instante y miró a Gómez y a su compañero.

–No se preocupe por ellos. Conteste, por favor.

–Un grupo de vehículos viene hacia aquí. Según me han informado, son los mismos vehículos que habían aparcados en el cortijo.

–¿A la ermita?

–Sí, señor. No sabemos cómo han podido saber de nosotros, pero no tardarán en llegar.

–Maldita sea... Y solo somos cuatro...

Gómez se movió inquieto y miró hacia el fondo del túnel. Si venían hacia allí, debía escapar cuanto antes. El grupo de Gómez apareció por la curva en ese momento, cargando con el pesado cuerpo del demonio.

–Ya estamos aquí, ¿qué hacemos con él?

–Bueno, señores. Ahora nosotros nos vamos a ir. Me imagino que no hace falta que les diga que no nos sigan, ¿verdad? –Se giró hacia sus compañeros y con un movimiento del brazo, les indicó que le siguieran–. ¡Andando!

–Así que este es su plan...

Cristian pasó la mano por la nuca. Alyssa les miró con incredulidad al ver lo que llevaban en volandas.

–Por eso vienen hacia aquí. De verdad, sargento, le tomaba por un tipo más listo.

–¡No me joda, maestre! –gritó enfurecido dirigiéndose hacia él y cogiéndole por el cuello de la camisa.

El soldado, al verle, apuntó su arma hacia él.

–¡Baje el arma, soldado! –gritó Cristian–. Se ha llevado a la criatura, Gómez, pero no ha pensado en las consecuencias. Ahora sí que correrán peligro. ¡Es usted el que les ha entregado las vidas de su mujer e hija!

–Eso es justo lo que estoy buscando –murmuró.

La radio del soldado volvió a pitar.

–¡Ya están aquí, Señor! –gritó azorado.

* * *

Sánchez y los demás descendieron de los vehículos. Cogieron las armas del maletero y mandaron acercarse al resto, que en ese momento paraban junto a ellos.

–¡Veamos señores! –dijo Sánchez comprobando la munición–. De la ermita al castillo hay un pasadizo. Estoy seguro de que están por aquí escondidos. No quiero fallos, ¿de acuerdo? Y, recuerden, los quiero muertos.

–¿El cadáver del Enviado se puede manipular con total tranquilidad? –preguntó uno de ellos tras colocarse el pasamontañas negro.

–De momento sí. Pero evitad que sufra daños. Si algo sale mal, serán nuestras cabezas las que rodarán esta noche.

Varios de ellos se miraron entre sí.

–Bien. Andando.

El grupo de asalto se dispersó por la zona. Unos se dirigieron hacia la parte de atrás de la ermita mientras otros rodeaban el perímetro. Sánchez, Smith y Mamen se dirigieron, junto a varios de los soldados, hacia la entrada principal, esquivando el cadáver del templario que abatieron al llegar con los vehículos. Los soldados se situaron flanqueando la puerta. Uno se asomó con cautela mirando el interior a través de la mira de su arma. Hizo una señal y se introdujeron sin hacer apenas ruido. Caminaron pegados a la pared. La ermita estaba en silencio. Sánchez hizo un gesto con el dedo, señalando hacia al fondo. Asintieron. Se acercaron con cuidado. La estatua que escondía la entrada al pasadizo estaba abierta.

–Lo suponía –murmuró Sánchez.

Hizo un leve gesto con la mano indicando que debían bajar cuando un disparo rozó su mejilla.

–¡A cubierto! –gritó.

El grupo corrió a refugiarse entre el mobiliario malgastado de la ermita. Lolo fue el primero en aparecer. Moviéndose con la agilidad a la que estaba acostumbrado, miró a su alrededor. Vio que uno de los soldados se escondía cerca del altar. Le indicó a Ángel su posición y este asintió. Se agachó y caminó con cuidado de no hacer ruido. Era su turno. Un disparo contra la mesa hizo que el soldado se asomara para devolver el tiro cuando Ángel se situó a su espalda. Sacó la navaja de su pierna y rebanó el cuello del hombre.

«Uno menos», pensó.

–Mierda... son los del regimiento de Gómez –susurró Sánchez al verles la cara, escondido tras una columna junto a Mamen.

–Y qué más da, señor. Podemos acabar con ellos. Deje que me encargue yo.

–No. Antes debemos comprobar que tienen al Enviado.

Guardaron silencio y esperaron expectantes. Sánchez le hizo un gesto a otro de los soldados que estaba tras uno de los bancos de madera. El hombre se acercó con sigilo. Apuntó su arma a la cabeza de Ángel que, en ese momento, se limpiaba la sangre que le había salpicado la cara.

–¡Cuidado! –gritó Gómez apareciendo tras la estatua.

Apuntó su escopeta contra el soldado y disparó. El hombre saltó a un lado y cayó ileso. Se arrastró y se volvió a ocultar. Gómez corrió hacia sus colegas que se refugiaban tras la enorme piedra que hacía las veces de altar.

–¿Cuántos son?

–No los he podido contar, pero creo que son más de cinco. He oído movimiento en la parte derecha y al fondo.

–Hay que joderse... –refunfuñó Gómez–. Se complican las cosas.

–Luis, creo que podemos confiar en el señor y en la doctora –dijo Lolo.

–Ya lo sé... Pero no quería que quedaran involucrados en esto. Maldita sea... Si han venido aquí es porque Sánchez está con ellos. Y ya sabéis lo que eso significa.

–¿Sánchez? –preguntó Lolo–. ¿No estarás hablando del Sánchez que creo?

–Sí.

Miró de soslayo por el lateral de la mesa. Si Sánchez estaba allí, les iba a resultar difícil escapar. Les conocía demasiado bien. Y eso complicaba la realización de cualquier estrategia.

–¿Y ahora qué hacemos?

–Pues lo que mejor se nos da –dijo Ángel con una sonrisa en la cara–. Liarla parda.

Lolo y Gómez se miraron y empezaron a reír.

–Por los viejos tiempos, compañeros –dijo cargando el subfusil.

Asintieron y, sin dar tiempo a que reaccionaran, salieron del escondite disparando en la dirección en la que, momentos antes, situaron los escondites de los demás.

–¡Joder! –exclamó Mamen al esquivar por los pelos uno de los proyectiles–. ¡Cuidado, Señor!

Sánchez se colocó hacia el borde y disparó. El ruido se hizo ensordecedor. Las balas cruzaban el aire impactando contra paredes y objetos, haciendo saltar por los aires astillas y trozos de piedra. Uno de los soldados del priorato cayó muerto al suelo con una bala que destrozó su cara. Los tres corrían de un lado a otro, cubriéndose las espaldas, como si bailaran al son macabro de los estallidos de sus armas. Otro soldado caía al suelo. Sólo quedaban tres. Smith vio cómo Lolo corría hacia el escondite de su compañero. Salió veloz de entre los bancos del santuario y disparó su arma a la vez que una bala atravesaba su pecho. Sánchez, alertado por los disparos, reculó y se fue a refugiar en otra columna.

–¡Lolo! –grtió Ángel al ver caer a su amigo.

Corrió hacia él y tiró de su brazo para ponerle a cubierto.

Sánchez llamó por radio a los que rodeaban la ermita.

–¡¿Qué coño estáis haciendo?! ¡Entrar de una vez! ¡Necesitamos ayuda!

–¡Negativo! –exclamó el soldado con el ruido de una batalla campal en el exterior–. ¡Están por todas partes!

–¡¿Qué?! –gritó fuera de sí–. ¡¿Son templarios?!

–¡No, Señor! –Disparó su arma–. ¡Más bien parecen de la policía local!

–¡Malditos inútiles! ¡Acabar con ellos! ¡Ya!

Lanzó la radio contra el suelo cargado de ira y se recostó en la piedra intentando pensar con claridad. Vio que Mamen estaba cerca de la salida.

–¡Mamen! ¡Tu turno! ¡Tráelas aquí!

Mamen sonrió emocionada ante lo que estaba por venir. Corrió hacia el exterior y se perdió entre los vehículos.

–¡Soldados! ¡Salgamos de aquí! ¡Ya!

Los pocos soldados que aún se mantenían en pie corrieron al exterior disparando a los, poco experimentados, agentes que vinieron en ayuda de Gómez y compañía.

–¡Sí! –gritó Ángel levantando su arma al ver cómo huían despavoridos del interior de la ermita.

–¡Lolo! ¡¿Estás bien?! -dijo Gómez arrodillándose junto a su compañero.

–¿Esto? Un rasguño de nada –contestó bromeando, mientras sujetaba su hombro con fuerza.

Gómez se giró hacia Ángel.

–Ve a buscarlos abajo. Hay que salir de aquí. No creo que tarden en volver.

–Sí, ya voy.

–S...Señor G...Gómez –balbuceó Smith respirando con dificultad.

Gómez se puso en pie y le buscó con la mirada. Estaba recostado sobre unas maderas, con las manos aferrando su arma. Tenía una herida en el pecho de la que salía abundante sangre. Se acercó hacia él.

–¡Cuidado Luis! ¡Está armado!

–No te preocupes –dijo girándose hacia Lolo–. No le quedan fuerzas ni para sujetarla.

Se agachó junto él. Examinó la herida y suspiró con lástima. No le quedaban más que unos minutos de vida.

–S...Sánchez... No debimos aceptar su oferta... ¡Cof! ¡Cof! Es... Está cegado por el deseo... –Una bocanada de sangre salió despedida de su boca. Pasó su mano para intentar limpiarse–. De...Deseo de venganza...

Gómez miró a sus compañeros. Los tres sabían de lo que estaba hablando. Pero ninguno dijo nada.

–No... No deje que arrui...arruine su vida, s...sargento. Por... por favor... Le tiene aprecio, pero el dolor... el dolor... –Su voz fue disminuyendo de volumen–. El dolor...

La mano que sostenía el fusil de asalto cayó al suelo. Gómez colocó su dedo en el cuello y comprobó que no tuviera pulso. Cerró sus ojos, pasando la mano por su rostro, y se puso en pie.

«Maldita sea, Sánchez», pensó mirando el cuerpo sin vida. «En qué lío te has metido. Pensé que lo habías superado...»

Ángel corrió hacia el pasadizo y apareció a los pocos minutos con los demás, cargando como podían con el cuerpo.

–¿Les habéis dicho que se retiren? –preguntó Gómez.

–Sí, no te preocupes, en cuanto he dejado de oír disparos he dado el aviso –contestó Carlos dejando el extraño ser sobre el altar.

–Perfecto. Espero que no le haya pasado nada a ninguno.

–¿Y ahora qué piensas hacer? –preguntó Cristian.

–Ahora, señor de Molay, nos toca esperar. Estoy convencido de que querrán utilizar a Carla y a Irene como moneda de cambio.

Cristian le miró sorprendido.

–¿A sí que eso era lo que estaba buscando desde el principio?

–Exacto. No tenía intención de hacer el intercambio aquí, hubiera preferido un lugar donde hubiera gente. Pero habéis aparecido vosotros y no me ha quedado otro remedio. –Se dirigió hacia la doctora–. Lo siento, Alyssa. No pensé que vendrías...

Puso la mano en su hombro y Alyssa se sonrojó por el cambio de actitud del sargento.

–Hubiera preferido que no te vieras involucrada en todo esto. –Apartó la mirada–. Y siento haberte apuntado con el arma...

–No pasa nada –dijo sonriendo, recuperando su firmeza–. Pero, la próxima vez, no me dejes de lado. Quizá pueda serte de ayuda, ¿vale?

Gómez sonrió. Por primera vez, desde que empezó aquella locura, Gómez sonrió.


Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.




viernes, 20 de marzo de 2015

Oscuro Deseo.

Imagen de Jeff the Killer.


Aquella noche la sed de sangre era mayor de lo habitual. Mis manos temblaban por el anhelo del tan ansiado líquido rojo. Me senté en mi escritorio, frente al espejo. Tomé el lápiz de ojos y lo paseé con cuidado por todo el párpado. El temblor iba en aumento. Las marcas negras acentuaron mi oscura mirada. Sonreí.

«Así. Así está perfecto».

Dejé el lápiz en la mesa y saqué del cajón un pintalabios rojo. Lo miré. El color escarlata me hacía vibrar de deseo. Lo acerqué a mis labios y fui recorriéndolos con fuerza, arrancando pedazos al pasarlo. Lo dejé caer y me volví a mirar.

«Sí...»

Sonreí y mi rostro formó una extraña mueca que me hizo estremecer. Me puse en pie. Cogí la chaqueta y me la puse, abotonando con cuidado cada botón. Salí hacia la entrada. En la mesita descansaba mi cuchillo favorito. Era grande, una hoja del tamaño de mi mano. Aún quedaban restos de la noche anterior. El recuerdo de la carne desgarrada me creó un extraño bienestar. Deseé con todas mis fuerzas volver a sentir aquel inmenso placer y acerqué el filo a mis labios, paseando mi lengua por él, saboreando cada lágrima, cada gemido, cada grito de desesperación.

Guardé el arma en el bolsillo. Había llegado la hora. La hora de decir:

–Go To Sleep.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

martes, 3 de marzo de 2015

La Llamada. Capítulo 19.

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Capítulo escrito por J.C.Amante (ElCreadorDeLeyendas). Para acceder a la publicación de su blog, haz click aquí.


El sol había pasado de ser amarillento a tener un tono rojizo, cada minuto que pasaba el astro rey se escondía más y más como si se apagase para descansar en las horas del reinado de la luna. Alyssa, aun dolorida se interesaba por el estado del gran maestre de la orden del temple, el cual aun con mucho dolor por sus heridas no dejaba nada al azar. Supervisaba los movimientos de sus informáticos los cuales movían sus ágiles dedos por los teclados y pantallas para captar los movimientos de sus enemigos, estas pantallas mostraban el cortijo donde había tenido lugar la reunión del priorato.

— ¡Ahí! —Exclamó Cristian colocando un dedo en la pantalla— Ahí es donde retienen a la familia del sargento.

El rostro de Alyssa de relajó por un momento y pensó en Gómez, al parecer gracias a la tecnología habían descubierto donde se encontraba la familia de Luis, esta miró en la sala creyendo que Gómez habría terminado de fumarse su cigarrillo y aparecería en ese justo momento, pero no fue así, Cristian también lo busco a la vez que sonaba su voz.

—sargento, sabemos dónde está su familia, vamos a preparar un plan para rescatarlas... ¿Sargento?

Alyssa y Cristian se miraron y la joven doctora se acercó a él.

—hace un rato que mencionó que quería ir a fumarse un cigarrillo.

—Maldita sea —Cristian miro a su hombre en la puerta.

—Es cierto señor —contestó este— hace un rato que ha salido pero aún no ha regresado.

—Desde aquí no se le ve gran maestre —dijo otro desde el balcón mientras miraba a la calle.

—Gómez no cometas una estupidez —se dijo Alyssa para sí misma.

— ¿Qué sucede doctora? —se sumó Cristian.

—Hace un momento he hablado con él. La verdad es que la paciencia no es su fuerte, más aún cuando se trata de su familia.

—Me temo que el sargento ha decidió acelerar el protocolo señor. —Dijo uno de los hombres que habían ido a buscarlos a la montaña —se ha llevado el todo terreno y un móvil.

—Localizar el móvil —sonó de inmediato la orden del gran maestre.

En unos momentos una señal apareció en las pantallas, su ubicación era clara. Se encontraba en la ermita.

—Bien, no quiero mucho revuelo así que me acompañaran dos hombres hasta allí los demás vigilarán el cortijo. —Miro a Alyssa— tú...

—No pienso quedarme sin hacer nada —respondió tajante ella.

—Pero esto se va a poner muy feo.

—Desde que descubrí el pergamino se puso feo así que, no pienso quedarme al margen.

Sus ojos se humedecieron, quizás por el recuerdo de su amiga Lucy y la proximidad de donde la asesinaron.

—Está bien. Entiendo tus sentimiento ven con nosotros, pero ten cuidado.

Alyssa asintió con la cabeza mientras sus miradas se cruzaban. Los preparativos empezaron y en poco rato lo tenían todo listo, partieron hacia allí sin demora.

Mientras tanto en el cortijo, el priorato de sion cuidaba cada aspecto de lo que sucedería en el castillo entrada aquella noche que con cada minuto acechaba con cubrir con su oscuridad la ciudad de Toledo.

En un cuarto casi en penumbra del cortijo se encontraba Yemdet Nasr, líder del priorato de sion, allí sus movimientos con las brazos y las manos parecían dibujar los símbolos en el aire de un antiquísimo ritual de preparación para lo que tenía que venir, cuando hubo acabado salió de aquella habitación envuelto en su gran capa negra y con la capucha sobre su cabeza cubriéndole parte del rostro. Avanzó por pasillo de la construcción típica de la zona hasta llegar a una especie de balconada por la cual se asomó; al hacerlo todos los miembros de aquella antigua orden alzaron su vista hacia el sin mover sus posicione las cuales eran de perfectas líneas entre los miembros. Un silencio aun mayor del que ya reinaba se hizo cuando el líder alzó sus brazos.

—Hermanos y hermanas… mucho tiempo ha pasado hasta legar a este gran momento que nos une… mucho tiempo, y muchos de vosotros y de vosotras me habéis acompañado en este tortuoso y peligroso camino —sus brazos se relajaron y se apoyaron en la baranda— he nos aquí a punto dar vida al que hará que nuestra orden domine por encima del resto, un derecho que nos pertenece desde tiempos inmemoriales —hombres y mujeres seguían con los ojos puestos en su líder— después de una larga búsqueda por fin hemos dado con el pergamino que contiene los escritos para despertar a Silcharde, pergamino que solo yo puedo leer con claridad pues su antigua escritura es sumeria y yo mismo desciendo de esta antigua civilización.

Algunos de los presentes tragaron saliva inconscientemente, no todos los días se tiene delante a un descendiente directo de una antigua civilización.

—Es por eso que os necesito más que nunca — siguió el prior— os necesito unidos junto a mí para afianzar nuestro poder y a través de nuestro acto reinar sobre la tierra como verdaderamente se ha de reinar. Es la hora hermanos y hermanas miembros del priorato.

Como si sus pies no tocaran el suelo, el prior se retiró hacia atrás dejándose engullir por las sombras de la habitación y dejando a todos con unas ideas totalmente claras. Cuando hubo desaparecido todos empezaron a disponer lo necesario para viajar hacia el castillo.

Gómez y Carlos se adentraban por el pasadizo oscuro y húmedo que conectaba la ermita con el castillo, los recuerdos se agolpaban en la cabeza del sargento, se podía ver de niño jugando allí, recorriendo una y otra vez aquel pasadizo secreto junto con sus amigos, solo que esta vez sabía que no era un juego y su concentración era total, su cuerpo tomo una postura que hacía tiempo que no tomaba, la postura de un soldado que avanza sabiendo que se puede encontrar con el enemigo en cualquier momento, Carlos lo seguía casi perplejo, no conocía esa faceta de su sargento y a la vez entendía muchas cosas del día a día con él en la comisaría.

Un leve eco de sus pasos sonaba en la oscuridad acompañado por el repiqueteo de las gotas de agua que se filtraban desde el techo. Gómez detuvo sus pasos en seco, extendió una mano hacia atrás para detener a Carlos que casi choca con él, luego asomó su mirada por una esquina para cerciorase de que no venía o había nadie.

—Sigamos —murmuro—por aquí.

Carlos lo miro con determinación y siguieron por ese camino, llegaron hasta unas largas escaleras que daban a una puerta, esta parecía la puerta de una antigua celda, completamente de hierro con una diminuta ventana con barrotes. Gómez tiro de ella pero esta no se movió.

— ¡Joder! Está cerrada desde el otro lado —volvió a probar— mierda, no se puede.

Carlos lo miraba esperando que se le ocurriera algo al sargento al cual consideraba un hombre de recursos.

Luis se acuclilló y pasó una mano por su rostro, claramente se veía que trataba de pensar en algo que no los delatara. De pronto su semblante cambio para mejor y se colocó derecho apoyado sobre un hombro en la puerta.

—Guarda silencio Carlos.

Tras estas palabras emitió unos silbidos característicos, tras esperar unos segundos los volvió a emitir. Volvieron a esperar.

— ¿Que hacemos sargento?

—Esperamos la respuesta a los silbidos, Lolo, Ángel y yo, nos comunicábamos así cuando nos escondíamos.

Volvió a emitir los silbidos y esta vez obtuvieron respuesta en forma de pasos que se acercaban hasta allí. Pero no devolvieron los silbidos.

—Se acerca alguien sargento, ¿serán ellos?

—Lo dudo, no han respondido a los silbidos con otros silbidos.

Escondido en las sombras, Luis y Carlos veían acercarse a un hombre armado con un subfusil, dicho hombre no parecía ninguno de los compañeros de Luis y este más se convencía cuanto más cerca estaba pues ahora apuntaba hostilmente contra la puerta.

— ¿Quién va?

Digo en un idioma que no entendieron gusto cuando se escuchó un disparo ahogado por un silenciador que estremeció a los dos hombres que se escondían tras la puerta. Tras escuchar caer un peso muerto, las respuestas a los silbidos de Luis sonaron.

—Joder ahora si sois vosotros.

—Bueno solo yo, Ángel está custodiando a ese ser.

—Llévame hasta Ángel y abre esta jodida puerta.

Tras buscar las llaves en el cadáver del hombre que había abatido. Lolo abrió la puerta y el y Luis se fundieron en un abrazo de colegas ante la atenta mirada de Carlos que ya había escuchado historias sobre ellos junto con su sargento.

—Claro te llevo con el enseguida, no vas a creer lo que estamos custodiando.

—Créeme —respondió Luis de inmediato— Lo más probable es que sí que te crea.

Lolo lo miro mientras avanzaban hacia la zona del sarcófago.

—Estamos trabajando para una gente muy extraña la verdad y al parecer esta noche tienen pensado algo gordo.

—Si muy gordo... Pero se van a llevar una sorpresa muy grande cuando vean que no tienen su pieza clave. No pienso permitir que jueguen con mi familia y aquí se lo voy a demostrar.

Llegaron a la zona del sarcófago y Luis se reencontró con Ángel, ambos se saludaron de una manera muy parecida a la anterior con Lolo. El sargento no perdió el tiempo y sus ojos se clavaron en el ser de dentro del sarcófago.

— ¡Joder! Alyssa pero que cojones has descubierto.

Dijo para sí mismo mientras los demás se agrupaban tras él.

—Cuál es el plan sargento.

Se atrevió a hablar Carlos haciendo que las miradas de los dos antiguos compañeros y amigos de Luis se clavaran en él.

—Bien... Mi idea es sacar esto de aquí por donde hemos venido. Somos cuatro así que creo que podremos.
 
—Hay un problema —dijo Lolo— en breve se pondrán en contacto con el hombre que he abatido. Los más seguro que es que se den cuenta de que falla algo.

Luis quedo pensativo durante unos segundos.

—Podemos coger su radio y hacernos pasar por el para ganar tiempo.

—Negativo Luis —hablo Ángel— utilizan unas contraseñas en un idioma que desconocemos... Es mas no nos han facilitado ninguna información. Tan solo estar aquí.

—De acuerdo tendremos que jugárnosla. Coger el cuerpo, lo envolveremos con la misma ropa que cubre el interior del sarcófago.

Los hombres se pusieron manos a la obra y en poco rato lo tenían listo.

— ¡Maldita sea! Que sensación más rara se me ha quedado en el cuerpo.

Mencionó Ángel mientras volvía a coger su subfusil.

—Si es verdad, a mí también se me ha puesto en el cuerpo una extraña y mala sensación —añadió Carlos.

—Pues no os acojinéis que ahora nos toca sacarlo de aquí. Cogerlo y vayamos con cuidado.

Alzaron el cuerpo entre los cuatro y empezaron a moverse. En ese mismo instante Cristian y Alyssa junto con dos hombre llegaban a la ermita, allí pudieron ver el vehículo estacionado sin mucho miramiento. Con tan sólo mirarse, el gran maestre y la doctora decidieron entrar en la pequeña iglesia. A simple vista no vieron nada ni a nadie así que siguieron buscando.

Cristian de Molay, mas versado en esto que su compañera Alyssa, la llamo cuando descubrió algo.

—Alyssa... Ven —le hizo unas señas con la mano.

— ¿Qué has encontrado? -respondió ella cuando llego.

—Mira estas huellas, síguelas con la mirada.

Unas leves huellas de barro se dibujaban en el antiguo suelo desgastado de la ermita.

—Desaparecen tras aquella estatua.

Alyssa miró al templario con una cara mezcla de emoción y de intriga.

—Creo que Gómez conoce bien este lugar después de todo. Vamos a ver como entramos —hizo una pausa para luego dar una orden a sus hombres — vosotros vigilar el perímetro.

Los hombres asintieron diligentemente mientras Alyssa ya se encaminaba con paso cauto hacia la figura.

—Por mi experiencia debe de haber algún mecanismo oculto que nos permita entrar.

Alyssa se giró cuando escuchó estas palabras del gran maestre.

—Y... ¿Debe de estar en la misma estatua?

—No necesariamente —respondió mientras sus manos se paseaban por la figura.

La doctora hacía lo propio buscando por la pared, al parecer sin éxito alguno. Pasaron unos minutos y de pronto sonó un mecanismo que liberó la estatua de la pared. Cristian y Alyssa se miraron con cara de satisfacción por haberlo descubierto.

—entremos... Pero ten cuidado Alyssa.

Cristian desplazó la figura y una pequeña puerta apareció ante ellos mostrando una penumbra y un ambiente frío y húmedo. Decididos entraron allí.

Los cuatro hombres transportaban al sujeto cuando unas voces se escucharon procedentes de otro pasadizo.

—Joder ya vienen, se han dado cuenta de que algo les ha fallado —dijo Lolo.

—Mierda no os paréis seguir —replicó Luis.


Cuando empezaron a apretar el ritmo, las voces que había escuchado ahora les chillaban a ellos desde lo lejos. Al parecer les ordenaban detenerse pero no hicieron caso, así que ahora en lugar de chillarles les dispararon haciendo sonar las balas en las paredes. Carlos devolvió los disparos con su pistola sin soltar la parte de peso que sostenía lo que le hizo errar los disparos. Finalmente los hombres entre disparos y ya demasiado forzados consiguieron entrar en el pasadizo pero los hombres armados del priorato aun los seguían.

Obra registrada a nombre de J.C.Amante.