viernes, 25 de septiembre de 2015

Sala Vacía.




–En aquel momento no sabía lo que había pasado.

Me recuesto sobre el respaldo de la silla y cojo el cigarrillo que el tipo que está frente a mí me ofrece.

Estaba tumbada en esa camilla, con el rostro sereno. Parecía soñar despierta con sus ojos azules tan abiertos. Me resultó tan hermosa... –Paso la mano por mis labios y sonrío mientras noto mi miembro endurecerse–. Sí... Realmente hermosa...

El tipo aprieta los puños y hace un amago de incorporarse. Pero el del traje oscuro y porte tranquilo le sujeta por el brazo y le detiene. Me hace un gesto con la cabeza para que continúe. Sonrío complacido ante su amabilidad y continúo mi relato.

La cuestión es... A ver, cómo se lo podría explicar a dos ignorantes como vosotros... La cuestión es que aquella mirada felina, aquellas manos delicadas y suaves... –Mi miembro vuelve a vibrar–. No puedo pensar en ella sin sentir deseo de nuevo... ¡Ja, ja, ja!

¡Será hijo de puta! –grita al fin el hombre de la chaqueta de cuero negro.

Se pone en pie y me agarra por el cuello de este mono naranja tan poco favorecedor que me han puesto. A mí, por favor, como pueden ponerme a mí este atuendo tan horrendo... En fin, me eleva unos centímetros y me obliga a acercarme a él.

Puto descerebrado –espeta con rabia y un odio, quizá, desmesurado–. ¡¿Dónde diablos está?!

Le doy una calada al cigarrillo. En esa postura no me es fácil, pero consigo tragar el delicado humo y lo dejo escapar sobre su cara. Es gracioso ver cómo desespera...

Quizá debería calmar a sus perros, inspector –le digo al hombre trajeado ladeando la cabeza para poder ver su cara oculta tras el cuerpo de su compañero.

Pero no dice una sola palabra. Sigue en silencio, sentado en la silla frente a mí, con los brazos cruzados frente al pecho y el rostro impasible.

Maldita sea... Ni después de lo que he dicho muestra sentimiento alguno... Perro del diablo...

Noto que me menean del cuello.

Si vuelves a tirarme el humo//

¡Basta!

Por fin, por fin se ha dignado a hablar. Y menos mal. Miro al hombre que me sujeta con fuerza por el cuello. Si no le llega a detener quizá me hubiera golpeado con fuerza...

Inspector, ¡¿es que no quiere recuperar a su hija?! –grita mirándole sin soltarme.

Su hija... Mmm... Qué aroma más dulce desprendía su hija...

¡Joder Santi! ¡Mira la cara de este puto desgraciado! ¡A saber qué está recordando ahora! –grita soltándome de golpe y alejándose de la mesa con los dientes casi rechinando.

¿No viste la habitación? –dice el inspector.

Le observo con curiosidad.

Su mirada... No logro descifrar qué es lo que emana. Y su voz... Su voz es tan parecida a la de ella...

El hombre se detiene en seco y le mira. Desvía la vista hacia la fotografía que descansa sobre la mesa, donde se muestra la que fue mi consulta, y tuerce el gesto con desagrado.

Está muerta, Ángel. Muerta.

No dice más. Solo esas cuatro palabras que me dejan extasiado. Sonrío esperando a que diga algo más. Que muestre su dolor. Pero el espléndido Inspector Santiago Ruiz no habla.

Maldita sea... Quiero que hable... Me recuerda tanto a los alaridos de desesperación de ella... Mmm... Dios... Qué ricas palabras las que salían de su boca...

¡Puto pervertido! –grita el de la chaqueta de cuero al ver mi gesto placentero.

¡Mierda! ¡Me va a dar!

Miro al inspector. Seguro que él le detiene...

¡¿Qué?! El hombre corre hacia mí. ¡Detenle, maldita sea!

Un fuerte golpe rompe mi ceja y me hace caer de la silla.

Ángel, sal fuera. Por favor.

¡Se la merecía! –se excusa el otro.

Miro con sorpresa al inspector. ¿Nos vamos a quedar a solas? Interesante giro del destino...

El hombre de la chaqueta le dice cosas sin sentido para mí. Quiere quedarse, pide disculpas por haber perdido la cabeza y haberme golpeado, pero termina por salir por la puerta escupiendo fuego con su mirada. Menos mal, un perro rabioso menos con el que lidiar...

Doctor Fernandez –comienza diciendo cuando el otro tipejo cierra la puerta de un portazo. Le miro desde el suelo, sintiendo como la sangre resbala por mi pómulo hacia el suelo. ¿Qué estará pensando? Este hombre me tiene descolocado. Llevo mucho tiempo observándole y jamás he sido capaz de descifrar lo que pasa por su cabeza. Pero fue entonces cuando el destino la trajo a mí como enviada por los dioses... Aún recuerdo el día que llamé a mi siguiente paciente y entró ella... Mmmm... Aquella sonrisa, aquellos ojos... Eran los mismos que llevaba tiempo estudiando de lejos, desde que coincidimos en aquella cafetería y tropecé por casualidad con él. Me sujetó con fuerza y me dijo que tuviera cuidado. Cuidado... Ironías del destino, porque cuidado debía tener él y no yo ¡ja, ja, ja! Desde aquel día ha sido mi obsesión... Y cuando ella entró...–. Solo quiero que me explique el porqué. Porqué mató a mi pequeña.

Su pequeña... Si era ya toda una mujer. Con sus veinticinco años recién cumplidos de pequeña nada.

Bueno... –digo saboreando el momento. Por fin le tengo a mi lado. Y está pendiente solo de mí. Solo y exclusivamente de mí.

Pero se incorpora y se dirige hacia la puerta. ¿Cómo? ¿Por qué?

Un segundo –dice saliendo y dejándome a solas.

Me pongo en pie y me miro en el espejo. Mi rostro está envejecido. Tengo arrugas que antes no había visto. Recuerdo a la mujer y me estremezco pensando que es él quién yace bajo mis piernas.

Disculpe las molestias.

Cuando me giro a mirarle algo ha cambiado en su mirada. Tiene una oscuridad... ¿Qué ha pasado? Entonces me doy cuenta de que lleva una bolsa de plástico en la mano con una cinta adhesiva roja sellándola.

¿Lo reconoces? –dice mostrando su contenido.

Cómo olvidarlo. Es mi martillo. Casualidades de la vida que el día que perdí el control de mis actos estuviera colgando el diploma que llevaba años queriendo colocar en la sala...

Lo saca y lo voltea. Aún quedan restos de sangre en su borde.

Dígame, doctor. ¿Cuántas veces gritó que pararas antes de acabar con su vida?

Ahora sí está por y para mí...

Mi querido inspector... ¿Acaso importan las nimiedades en una situación como esa?

En ese momento me mira. Sus ojos, por primera vez, me dan miedo. Soy un hombre menudo. Y él es corpulento. Pero siempre tuve la sensación de que yo sería el dominante.

Entones, como eso son nimiedades como dices, no te importará que te las haga recordar, ¿verdad?

¿Qué me las va a recordar? pregunto extrañado. No entiendo esa afirmación. De una inteligencia insultante para el resto, y soy incapaz de entender esa simple oración...

No me lo esperaba. Cuando le veo venir con el martillo, no me esperaba que hiciera lo que hizo. Sí, lo hundió con una fuerza desmesurada en mi cabeza. Lo hundió de tal manera que mis sesos se desparramaron por la sala. Aún recuerdo el dolor insoportable que me golpeó. Y el dulce aroma de la sangre. De hecho, aún lo sigo sintiendo porque cada maldito día, cada maldita noche, me toca revivir ese fatídico momento.

¿Mi castigo? Bueno, podría decirse que es un castigo. Aunque para mí sigue siendo un placer volver a ver su mirada. Volver a sentir su pesar. Tenerle para mí. Y así seguirá siendo, hasta el final de los tiempos. O quizá más.

Registrado a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.



martes, 15 de septiembre de 2015

Amor Imposible.

Ya acabó el verano. Acabó el pasear por la orilla del mar con los pies descalzos. El contemplar las estrellas desde aquel banco. Terminó dormir hasta tarde, disfrutar de la compañía de amigos lejanos y familia a la que apenas puedes ver por culpa de la distancia. Y con el final del verano, regresa la rutina. Y regresa la inspiración para seguir a vuestro lado. Os quiero dar mil millones de gracias por continuar a mi lado, aun después de tantos días ausente del blog. Y agradeceros de todo corazón que dediquéis un poco de vuestro tiempo a leer mis escritos. Y en especial para aquellos que me dedican sus palabras en algún que otro comentario. Gracias. Mil gracias.
Y bueno, como no podía ser de otra manera, regreso con este micro de un amor prohibido que espero sea de vuestro agrado ^^ ¡Besotes!




Hoy solo puedo pensar en ti. En tus ojos. En tu sonrisa. Solo puedo desear estar sentada en tu regazo, con tus manos acariciando mi espalda y mis labios sobre los tuyos, fundiéndose en un beso donde el calor, poco a poco, se vuelva asfixiante. Donde mi piel se estremece con el suave tacto de tus dedos y mis manos acarician tu pelo, jugando divertida. 

Hoy solo puedo imaginarte a mi lado. Cogidos de la mano paseando por los verdes prados. Y mi corazón se acelera al sentir tu brazo rodearme por la cintura y atrayéndome hacia a ti para caminar abrazados. 

Pero eso no podrá suceder. No puedo dejar que eso ocurra porque si me dejo llevar y te acepto en mi pecho, ¿cómo podré echarte de él cuando el sentimiento sea mayor que mi voluntad? ¿Cómo escapar, entonces, de ese deseo que nace de mis entrañas y me desgarra? 

Algún día quizá tenga el valor de dejarme llevar por la locura a la que tu presencia me incita. Quizá algún día lo deje todo de lado y me lance a tus brazos como una y mil veces me pedías... Pero hasta entonces, lo único que puedo hacer es desearte suerte en tu camino. Y esperar que, algún día, nos volvamos a encontrar.

Att.
Tu cielo.