sábado, 31 de octubre de 2015

Noche en el Cementerio.


Especial para la noche de los difuntos...



Noche del 31 de Octubre. Cementerio de Santa Isabel. Aranjuez.


—¿Tenéis todo lo que habíamos dicho de traer? —preguntó Luis al resto de sus amigos cuando llegó a la estación de tren.

Luis, Quique, Trini y Sofía habían decidido hacer algo excitante para aquella noche de todos los santos. Estaban aburridos de pasar aquella madrugada encerrados en alguna discoteca, disfrazados de zombies, vampiros o brujas. Y desde lo ocurrido en la fiesta del Madrid Arena, todas las macrofiestas a las que tanto les gustaba ir se habían terminado. Así que aquel año Luis tuvo una idea algo extravagante y más tenebrosa. Pasarían la noche en el cementerio.

—Sí, mira, he traido la bebida —dijo Quique abriendo la mochila y mostrando su interior.

—Nosotras hemos traído los bocatas y eso que dijimos —dijo Sofía que estaba junto a Trini, quién se encendía un cigarrillo en ese momento.

—De acuerdo. Y yo llevo las linternas y los petas. ¿Vamos?

Todos asintieron y se encaminaron hacia el cementerio. A esas horas, la carretera estaba desierta. Los enormes árboles ocultaban el cielo con sus ramas, cuyas hojas secas pisaban mientras avanzaban, y se levantó un viento frío y húmedo que les obligó a abrocharse las chaquetas.

Cuando alcanzaron el cementerio, la tarea principal debía ser colarse sin que el guarda les pillara. El primero en acercarse fue Luis. Miró a través de la reja. El silencio era sepulcral. La luna llena de aquella noche de otoño le daba un aspecto extraño al cementerio. Observó las lápidas repletas de flores recién colocadas por la víspera de todos los santos y miró en dirección al edificio en el cual se suponía que debía estar el guardia. No había luz.

—Chicos —dijo en voz baja—, vía libre.

El resto se acercó hacia él. Se colocaron y, uno a uno, se fueron colando en el interior. Mientras paseaban a través de las lápidas, el frío se hacía cada vez más intenso. Ninguno decía palabra. Podían sentir cómo el miedo, poco a poco, iba colándose en su pecho.

Decidieron instalarse cerca de unos nichos cuyas estatuas de ángeles parecían protegerles y sacaron las cosas para empezar con la «fiesta del cementerio», tal y como el mismo Luis la había bautizado.

Fueron pasando los minutos y, entre bocado y bocado, y trago y trago, los nervios por estar haciendo algo ilegal y por encontrarse rodeados de muertos se fueron disipando. El alcohol les fue desinhibiendo. Las risas se fueron alzando y todo parecía transcurrir con total normalidad.

—Pues menuda fiesta de terror —dijo Quique dándole una calada al porro que acababa de encender—. Pensé que el cementerio daría más miedo.

Se puso de pie en una de las lápidas y se abrazó a la figura de piedra que la adornaba. Sofía era la única a la que aquello no terminaba de gustarle. No se sentía cómoda. Vio cómo Quique besaba en los labios a la mujer de piedra y se puso en pie.

—Va, Quique, no te pases —dijo al ver que la estatua representaba a la virgen.

—Qué —dijo riendo con fuerza—. Si solo le doy lo que nunca tuvo, pobre mujer ¡ja, ja, ja!

Aquello no tenía ninguna gracia. Estaban molestando el descanso eterno de los que allí dormían. Desde un principio quiso negarse, pero como todos habían dicho que sí, terminó cediendo.

De repente, un extraño resplandor anaranjado se hizo cada vez más intenso hacia la parte del cementerio donde se encontraban los panteones familiares más antiguos.

—Ostias, ¿habéis visto eso? —dijo Trini en voz baja cogiéndose del brazo de Sofía.

—Vamos —susurró Luis—. Veamos qué es.

A hurtadillas, se acercaron esquivando los diferentes nichos. A medida que se fueron aproximando, el resplandor anaranjado se hacía más fuerte.

—Parece fuego —susurró Quique.

Se escondieron detrás de los arbustos que cercaban el paseo central del cementerio y observaron en silencio. No podían creer lo que veían. Cerca de media veintena de personas, vestidas con una túnica negra de grandes capuchones que ocultaban sus rostros, recitaban unos versos extraños alrededor de una hoguera.

—¿Quién cojones son esos? —preguntó Luis algo confundido. Pensó que estarían solos. Que pasarían la noche bebiendo, que las chicas se asustarían y que podrían tener algo de sexo entre los muertos. Pero aquello le partía los planes.

—Menuda fiestaca que se han montado esos —dijo Quique poniéndose en pie—. Ellos sí que saben montar una fiesta en el cementerio —golpeó el hombro de Luis y añadió—: No como tú, garrulo.

En ese momento, los tipos de las túnicas guardaron silencio y se voltearon hacia ellos. Luis tiró de la chaqueta de Quique y le obligó a agacharse.

—Cállate estúpido —le dijo mientras observaba a los que, por alguna razón, le resultaron sospechosos.

El grupo de encapuchados, tras quedarse varios minutos en silencio, sólo roto por el crepitar del fuego, fueron desfilando sin emitir sonido alguno hacia el interior del cementerio.

—¿Dónde van? —preguntó Sofía cada vez más nerviosa. Aquello no le gustaba. ¿Quienes eran esos tipos? ¿Y qué hacían un 31 de octubre en el cementerio, vestidos así y recitando aquellos versos que se le antojaron macabros?

—Esto no me gusta... —murmuró Luis—. Vamos, será mejor que nos vayamos.

Se puso en pie y se quedó mirando la hoguera en silencio. Sofía y el resto le imitaron cuando, sin entender ni cómo ni porqué, todo se tornó negro.

* * *

Sofía abrió los ojos y colocó la mano en su cabeza. Tenía fuertes punzadas golpeando su sien. Miró a su alrededor pero era incapaz de ver nada. Estaba oscuro. Intentó erguirse, pero su cabeza chocó contra algo. Su corazón empezó a bombear sangre con fuerza. Con manos temblorosas, palpó a su alrededor. Estaba encerrada en algún sitio. La claustrofobia empezó a aparecer. Sentía que se ahogaba.

—¡¿Hola?! —gritó desesperada con la esperanza de que sus amigos la escucharan—. ¡Luis! ¡Quique! ¡Trini! —Guardó silencio expectante. Nadie contestó—. ¡Por favor! ¡No tiene gracia!

La sensación de ahogo era cada vez mayor. Sus ojos empezaron a humedecerse y empezó a golpear lo que demonios la encerrara en aquella postura. Al principio pensó en un ataud y su corazón se desbocó haciendo que golpeara con fuerza y llena de desesperación, gritando enloquecida, pero luego se dio cuenta de que parecía más una caja cuadrada baja. Intentó calmarse. Debía estar serena para pensar en el modo de salir de allí. Hacía frío pero gotas de sudor resbalaban de su frente, cada vez más pálida. El dolor de cabeza volvió, esta vez más punzante. Apretó su frente con ambas manos y aguantó la respiración hasta que pasó.

—Mierda... —sollozó—. Luis... No tiene gracia...

Un grito desgarrador la encogió el estómago. Sus ojos se abrieron que parecía que iban a salirse de sus órbitas y su respiración se hizo más violenta. Oía su propio corazón latir con fuerza. Otra vez ese grito que erizó su piel. Se quedó inmóvil. Ese timbre de voz le era familiar. Intentó recordar de quién podía ser. Pero el pánico la devoraba de tal manera que era incapaz de recordarlo. Los gritos se fueron sucediendo cada vez más a menudo. Y con cada alarido la voz perdía fuerza. ¿Qué diantres estaba pasando? ¿Quién podía gritar de aquella manera?

—¡Trini!

¡Era Quique! ¡Acababa de oír la voz de Quique llamando a Trini! Golpeó la madera con más fuerza. Con cada golpe sus manos temblaban de dolor, pero no podía rendirse. ¡Tenía que salir de allí!

—¡Suéltala hijo de puta! —gritó Quique.

Sofía se detuvo en seco. ¿Había alguien más? Agudizó el oído.

Se oyó un golpe seco y Trini volvió a gritar. Un grito desgarrador. ¿Qué estaba pasando? Su frágil cuerpo empezó a temblar.

—¡No! ¡Trini! —exclamó el chico. Le pareció que Quique forcejeaba de alguna manera—. ¡Hijo puta! ¡Suéltame! ¡Déjame cabrón!

De pronto un golpe seco sobre ella la paralizó.

—No deberíais haber venido, niñato estúpido... —dijo una voz que le llegó con eco a través de la madera—. Pero no hay mal que por bien no venga.

—¿Quiénes sois, desgraciados? —oyó que decía su amigo. Su voz la estremeció. Sollozaba.

—¿Acaso no es obvio? —dijo la voz.

Esperó que Quique respondiera. Pero solo pudo oír un leve gemido de sorpresa.

La orquesta de ruidos macabros que tuvo lugar a continuación la estremecieron obligándola a acurrucarse para intentar controlar los espasmos que agitaban su cuerpo. Unos ruidos escalofriantes que le recordaban a cuando se partían astillas, seguidos de un sonido gutural como de algo masticando de forma grotesca. Un olor nauseabundo similar al del azufre se filtró por los poros de la madera. Sintió ganas de vomitar. Y al azufre se le unió un olor ferroso. Algo goteó sobre su frente. Una gota cálida cayó desde la parte alta de la caja y cayó justo en el centro de su frente. Con el dedo la tocó. La acercó a su nariz. El olor ferroso era mayor. No podía ver, la oscuridad era absoluta, de modo que acercó el dedo a su boca y lo rozó con la punta de la lengua. El pánico se hizo mayor. Sus manos comenzaron a temblar descontroladas y su mente a divagar aterrada. Era sangre. Lo que resbalaba de la caja hacia ella era sangre...

Quiso gritar para llamar a su amigo. Era él quién estaba sobre ella. ¿Acaso la sangre...? Se tapó la boca con ambas manos e intentó mantenerse inmóvil para que nadie se percatara de su presencia.

Los segundos fueron pasando. El macabro concierto seguía. Esta vez los gritos eran de un hombre joven. Luis. Era inconfundible. Era su amado Luis. Las lágrimas resbalaban de sus ojos por el rabillo y caían hacia abajo empujadas por la gravedad, mezclándose con la sangre que manchaba su cara.

El cansancio empezó a hacer mella en ella. Se sentía mareada. Tenía náuseas por culpa del hedor que todo lo impregnaba. El terror que recorría cada célula de su cuerpo la inmovilizaba.

Cuando el silencio volvió a reinar en el lugar, apenas podía mantener los ojos abiertos. Su mente había dibujado con nitidez cada ruido que escuchaba. Imaginó cada crujido, cada golpe, cada alarido. La imagen dantesca que se dibujaba en su cabeza la dejaba catatónica, incapaz de mover un solo músculo. Trini, Quique, Luis... Los tres habían caído bajo aquella extraña imagen que se había dibujado para sí misma y que esos hombres, cuyos cantos se clavaban en su mente, alentaban una y otra vez.

Sus párpados no aguantaban más. Pesaban. Cedió un instante y cerró los ojos. Una imagen se vertió nítida en su mente. Unos ojos amarillos, de pupila alargada y una frialdad aterradora, la observaban. Los abrió con el corazón latiendo desbocado. Pero el cansancio era mayor. Quiso aguantar despierta. Luchó contra ese sueño soporífero que la embriagaba. Pero cedió al agotamiento de nuevo. Los ojos amarillos seguían allí. Pero esta vez le acompañó una extraña voz. Una voz de ultratumba que se filtró por sus oídos dejando su cuerpo en estado de trance.

—Ven a mí, Sofía —decía con una calma extrema—. No te resistas... Eres mía... Mi concubina... 

Obra registrada a nombre de Carmen De Loma en SafeCreative.

lunes, 19 de octubre de 2015

Haydar.

Esta historia pertenece al apartado "Colaboración entre blogs". En esta ocasión, la historia estará escrita a dos manos con José Baena (Visita su blog aquí.), un escritor que desborda fantasía por los cuatro costados ^^  
La historia constará de diez capítulos, los cuales los impares estarán escritos por él y los pares por mí. Y, como creo que no me dejo nada más que explicar, os dejo con el primer capítulo (escrito por él) que espero que os haga pasar un buen rato. Fantasía, aventuras y amor. 




En algún recóndito lugar del enorme desierto de Arabia, Haydar y un reducido grupo de los miembros de su tripulación por fin encontraron el lugar que buscaban. Lo supieron por los restos de lo que parecía ser algún monumento muy, pero que muy antiguo. Sólo quedaban trozos de pilares desperdigados por el suelo hecho de unas losetas, ya muy deterioradas, y perdidas en su mayoría… además, de algunos restos de pared, y estatuas.

–¿Dónde crees que se encuentra lo que buscamos Haydar? –preguntó Nasser, su hombre de mayor confianza.

–Tranquilo pirata… No lo sé. Pero ya me conoces… ¿Alguna vez me he marchado de una misión, sin obtener lo que buscaba?

–No.

–¿Entonces?

–Llevas razón, no sé ni porqué pregunto.

Uno de los piratas que formaban el grupo que Haydar se había llevado, uno de los no habituales en sus misiones, se había retirado un poco del grupo curioseando por el lugar, tanto que llegó a un gran claro donde ya no había losetas, sino arena del desierto…

Al sentir sus pisadas sobre la arena, segundos después, ésta comenzó a removerse como si de un géiser o volcán en ebullición se tratase, y tras esto aparecieron uno tras otro, dos escorpiones gigantes de más de tres metros de largo, por uno de alto. El pirata, aterrorizado, se quedó bloqueado, y uno de aquellos monstruos sin dudarlo le clavó el aguijón, lo zarandeó y lo lanzó por los aires, cayendo sobre el otro, que con una de sus pinzas lo agarró por el cuello antes que tocara el suelo, y se lo apretó hasta degollarlo.

–Vamos a que esperáis! Seguro que es por ahí. Protegen la entrada. Tenemos que acabar con ellos.

El grupo de piratas corrió tras él hasta alcanzar a los escorpiones, que los amenazaban desafiantes.

Tras él, se situaron Nasser y Alí, el tercero al mando.

–¡Os dejo ese para vosotros! ¡Éste es para mí!

Sus hombres que sabían de lo que era capaz, lo dejaron solo y fueron a por el otro.

El enorme escorpión lanzó su aguijón una y otra vez, pero Haydar era rápido y escurridizo como el que más, y esquivaba uno tras otro los ataques. En uno de ellos, tras esquivarlo, de un golpe de cimitarra, la espada árabe, le cortó el aguijón y la bestia lanzó un chirrido estridente de dolor.

En ese momento escuchó como uno de sus hombres también lanzaba un alarido, y miró como el otro escorpión que aunque no tenía veneno ya que lo utilizó con el que se cargó, sí podía utilizar su aguijón como arma, y tenía a uno ensartado, sacudiéndolo de un lado a otro; sus hombres aprovecharon el momento para atacarlo a saco y clavarle uno tras otro sus armas…

El despiste casi le cuesta la vida a Haydar, ya que una de sus pinzas casi le alcanza la cabeza, pero pudo contenerla con su resistente espada, y tras un gran esfuerzo, separarse de él.

–¡Ahora verás! ¡Tenía pensado que jugásemos durante más rato pero veo que no quieres que sea tu amigo! ¡Tú lo has querido!

Dio una tremenda voltereta en el aire y cayó encima del monstruo. Sentado sobre él, agarró su cimitarra con las dos manos y se la clavó fuertemente donde debía tener el corazón, si es que aquel bicho tenía algo parecido… La bestia tardó unos segundos nada más en caer sin vida sobre la arena. Cuando miró hacia sus compañeros, estaban rematando lo que quedaba del otro. Después, fueron al lugar exacto donde los escorpiones emergieron, para entrar uno a uno en el templo oculto bajo la arena.

–¡Yo seré el primero! ¡Seguidme!

Haydar se colocó en el punto exacto, y vio como muy despacio la arena lo fue engullendo como si de tierras movedizas se tratasen. Enseguida desapareció, al igual que el agujero, que quedó totalmente cubierto de nuevo.

Al otro lado, cayó junto con bastante arena sobre el suelo del templo escondido.

Fuera, uno tras otro, fueron secundándolo...

...Horas más tarde, todos excepto los dos que murieron en la lucha con los escorpiones gigantes, salían ilesos del templo con la recompensa en sus manos.

Ya de vuelta en "La Furia de los Mares", su barco pirata, viajaban por el mar de Persia rumbo a Bagdad, la ciudad califal.

–¿Así que vas a ver a Walesa? –le preguntó Nasser, mientras festejaban con cerveza y vino su logro.

–Ya sabes que no puedo pasar mucho tiempo sin tener a esa mujer entre mis brazos… es como una droga que alimenta mi corazón.

–Y Mirza… ¿esa qué es, entonces?

–Te he respondido un millar de veces ya, quizás… Esa pirata, es una diablesa, una gata en celo, que alimenta otra parte de mi cuerpo… –dijo sonriendo picaron, mirando a su tripulación.

–Jajaja –rió Nasser– Y, ¿cuál de esas dos partes de tu cuerpo es más importante para ti amigo?

–Ya sabes, que aunque Mirza es muy importante para mí, no cambiaría a Walesa por ninguna otra, y podría hacerlo por muchas.

–Sí, por varias en cada puerto –bromeó entonces Alí–. Ya quisiera que las chicas me dedicaran uno solo de los sueños húmedos que te dedican a ti.

–¿Y vosotros a quien preferís? –preguntó Nasser a toda la tripulación.

–¡Yo a Mirza! ¡Yo a Walesa! –cada uno dejaba claro por quien se decantaba…

****

Corría el año 788 dC. de la época dorada del apogeo abbasí. Harún al Rashid era el califa actual, y Bagdad o Madinah as Salam (ciudad de la paz, en referencia al paraíso) fundada años antes por su abuelo Al Mansur en Mesopotamia en la orilla occidental del río Tigris, considerada la capital del Islam, el lugar donde residía.

Harún era hijo de Al Mahdi, que murió tres años antes, y Al Jayzuran. Sucedió en el año 786 con veinte años a su hermano mayor y rival Musa al Hadi que murió ese mismo año misteriosamente asesinado (se cree que debido a un complot entre Harún y su madre).

En el Palacio de la puerta de oro situado en el centro de la ciudad, hecho de mármol, con una cúpula verde en su parte central a cuarenta y nueve metros de altura, el califa debatía con sus hombres de confianza. Entre otros, se encontraban, Yahya ibn Khalid Barmak (Yahya el Barmací), funcionario y amigo íntimo de la familia real, que se había convertido en su tutor y figura paterna, y Giafar el Barmecida, su visir o principal ministro.

–Ha llegado a mis oídos que el príncipe de la dinastía Omeya, y primer emir independiente de Córdoba, fundador de la dinastía Umawi, Abderramán I, se está muriendo. ¿Sabéis algo? –preguntó Harún.

–Algo hemos oído. Y sí, es cierto –contestó uno de los presentes.

–Seguro que le sucederá alguno de sus hijos Hisham, Sulayman, o Abd Allah –se pronunció Yahya.

–Y de Ibrahim... ¿Qué sabéis? -volvió a hablar el califa.

–Mis enviados dicen que desde que se asentó en el valle de M´Zab hace un año, gobierna allí con mucho acierto –dijo uno de sus principales contactos en el noreste del desierto del Sáhara.

–Valla. Parece ser un gran líder.

–Puede, pero no tiene que preocuparos -lo tranquilizó Yahya.

–¿Y de Idrís, mi principal enemigo?

–Desde que lo derrotasteis cerca de la Meca, en la batalla de Fatk, y prometisteis acabar con él y toda su familia, en su huida a atravesado casi todo el desierto. Dicen que ha sido acogido en Volubilis por la tribu bereber de los Awraba.

–Maldito... Si es así. No podemos hacer nada. Esta noticia me ha dejado... Declaro terminada la reunión.

Harún tras abandonar la sala fue a ver a su madre Al Jayzuran.

–Qué pasa hijo. Te veo intranquilo. Qué ha pasado en la reunión.

–Parece ser que a todos nuestros enemigos les sonríe la suerte. Bueno, a todos menos a Abderraman que por lo visto se muere. Pero a Idrís... lo protege una tribu bereber. Y no es buena idea enfrentarse a ellos. Se le podrían unir otras tribus, y eso no nos conviene. Madre... ¿no será que al ser biznieto de Alí, el yerno del profeta Mahoma, Alá lo protege?

–No digas tonterías. Tú también desciendes a través de tu padre de Abbas tío del profeta. Si fuese así, Alá pensaría en ti antes que en él. Por tus venas sí que corre sangre descendiente de Mahoma. Anda, olvídate de todo. Dejemos que ese Idrís viva su vida donde quiera que se encuentre. Eso sí, no le permitiremos nunca volver.

–Tienes razón, madre. Olvidémonos de todo. Debo relajarme... ¿Dónde se encuentran mis hijos?

–Amin lo dejé con su madre Zubaida. Mamun no sé, creo que estaba también con la suya... esa persa de la que te encaprichaste.... seguramente, ya estén jugando juntos.

–¿Por qué no vas a buscarlos y me los traes?

–Enseguida...

Al poco rato, Harún disfrutaba de la compañía de sus críos.

–Parece mentira que ya tengáis dos años –dijo.

****

En una de las pequeñas y recónditas islas piratas del mar Egeo, en su única taberna llamada "La Calavera Ardiente" un capitán pirata bebía ron apoyado sobre la barra. Se veía un tipo atlético, moreno de piel y melena castaña, llevaba una barba de tres días, perilla y bigote. Sus ojos azul como el agua cristalina de una playa paradisíaca, se escondían tras una mirada dura y oscura.

–Veo que te llegó el mensaje que te envié con mi gaviota -dijo una exuberante mujer pirata, de larga melena castaña, que radiaba sexualidad por los cuatro costados.

–Mirza... -al pirata aunque la estaba esperando, casi se le atraganta la bebida en la garganta, cuando la vio aparecer.

–¡Otra botella de ron! –le pidió al tabernero–. La vamos a necesitar. ¿Verdad Sadiq? -le dijo mientras lo miraba de arriba a abajo y viceversa, y jugueteaba con su dedo por su cuerpo.

–Aquí la tienes. Veo que sigues tan estupenda como siempre –le dijo el posadero.

–La acción me mantiene en forma –le contestó la pirata–. Mejor nos vamos a la mesa de aquel rincón. Tenemos que conversar, y esto está atestado de piratas, que nos venderían al primero que le ofreciesen una bolsa llena de monedas para poder gastar.

Ya en la mesa...

–Hablaré bajito, porque aquí hasta las paredes tienen oídos.

–Dime. Para que me has convocado.

–Sabes... la última vez que estuve con Haydar...

–¡Para eso me traes aquí! ¡Para hablar de ese presuntuoso! ¡Veo que aún bebes los vientos por él! –dijo levantando la voz al tiempo que dejaba la silla y se ponía de pie dispuesto a marcharse, claramente malhumorado.

–SSSSSSSHHHHHH. Baja la voz. Tranquilo. Siéntate. Sabes muy bien, que solo está interesado en esa tal Walesa. No sé qué ha visto en ella... Quería decir que logré emborracharlo -se guardó para sí que después se acostó con él-, y en su embriaguez, me contó sus planes. Me dijo cuál iba a ser su próxima aventura. Según me contó esta vez el premio merece la pena de verdad...

–Y, ¿cómo es que compartes este secreto conmigo? -Sadiq la conocía muy bien y aunque se moría por sus huesos, no se fiaba de ella.

–Verás si trabajamos juntos, tú con tu tripulación y yo con la mía, para que Haydar no sospeche, podemos formar un buen equipo, y arrebatarle ese premio.

–De acuerdo -dijo él, en su mente tenía pensado traicionarla en el último momento, cuando obtuviese la recompensa.

–Bien. Discutamos los detalles arriba, nos espera un lecho mullido –le dijo mientras con una mano tiraba de él y con la otra agarraba la botella para llevársela. Ella también tenía pensado lo mismo, traicionarlo. Le gustaba aprovecharse de los hombres, acostarse con ellos, y cuando no los necesitaba, los desechaba. Solo respetaba a su tripulación, y un poco a Sadiq, porque era su amigo, era bueno en la cama, y sentía lástima por él, porque sabía que le atraía, y aunque eso era mutuo, ella podía pasar de él cuando quisiese, y él, no; y a Haydar, por el que aunque sí sentía algo, también solía utilizar.

–Veo que lo tenías todo pensado –le dijo él, mientras subían las escaleras.

****

Haydar y su tripulación llegaron a su destino...

Tras dejar su barco amarrado en el puerto de las aguas del río Tigris, el capitán por fin se encontraba en Bagdad, una ciudad con sus arrabales, o barrios fuera de ésta, construida como una alcazaba, dentro de un muro exterior de un espesor de cincuenta metros con la forma de un círculo de dos kilómetros de diámetro, algo que se conocía como la Ronda de ciudad, con torres coronadas por almenas redondeadas, el cual estaba protegido por un foso lleno de agua y un terraplén hecho de ladrillos y cal... y otro anillo de piedra interior de cuarenta y cuatro metros de espesor en su base, y doce en su parte superior, con una altura de treinta metros incluyendo las almenas, construido posteriormente.

Alrededor de toda la medina se situaban las viviendas, y los comercios; y en el centro... la mezquita, el cuartel de la guardia, mansiones y residencias de los funcionarios, y la plaza donde estaba situado el palacio. Sus avenidas eran radiales, y estaba llena de parques, jardines, villas, y bellos paseos. En el este de la ciudad vivía la comunidad cristiana formada por la guarnición bizantina que capturó Harún en el 780 dC. en el castillo fronterizo de Samalu.

Al Califa no le gustaba la ciudad, la llamaba "la sauna", debido a su calor sofocante y a las polvaredas procedentes del desierto. Sin embargo, además de la capital del islam, estaba convirtiéndose en uno de los principales centros político, económico, militar, cultural y artístico del mundo.

Cubierto por una gran capucha que apenas dejaba ver parte del rostro, Haydar entró por una de las cuatro puertas de la muralla, situadas a poco más de dos kilómetros una de la otra, conocidas por el mismo nombre de los lugares a los que conducían los caminos que salían de ellas, como Kufa, Basora, Jurasan y Siria, esta última cerca del cuartel de la guardia.

Dobles y hechas de hierro eran tan pesadas que necesitaban de varios hombres para abrirlas y cerrarlas.

Poco después de llegar ya estaba ligando con una bella muchacha con la que había tenido algún que otro encuentro en otra ocasión. A su paso, levantaba envidia sana entre los hombres, y pasiones entre las lugareñas, que prácticamente se le lanzaban al cuello.

Walesa siempre había vivido en Bagdad. Allí había nacido y allí hacía su vida. Aunque pertenecía a la clase baja, entre el populacho no existía nadie que no la conociese. Era la chica de Haydar, eso había circulado desde hacía bastante tiempo por toda la medina. Pero su fama venía de mucho antes, desde que tuvo apenas quince años se la conocía como "la bendecida de Alá", por ser la chica más bella de la capital del Islam, y seguramente, de todos sus territorios. Hecho que rápidamente llegó a los oídos del aclamado pirata, que no tardó en ir a conocerla. Además, desde muy niña siempre fue muy familiar, responsable, madura, y trabajadora, ayudando a sus padres en todo lo que podía. Así que a una edad muy temprana ya era conocida por media ciudad. Sus más allegados decían que tenía un gran corazón y un fuerte carácter.

Después de visitar la mezquita y dirigir unas oraciones en la quibla, el muro orientado a la Meca, Walesa soltó el Corán en la mihra, una pequeña estancia situada en ésta dedicada a este menester, y salió del templo para dirigirse al zoco, para comprar en el mercado algunos encargos que le hizo su madre para la comida.

Ya en él, pronto se hizo con los pedidos, la mayoría especias... cuando se disponía a marcharse, oyó una voz que llevaba bastante tiempo sin escuchar:

–¿Puedo ayudarte con la tinaja?

Walesa se quedó dos segundos sin poder mover un músculo, aquella persona se encontraba detrás de ella, y el corazón amenazaba con salírsele por la boca con cada latido.

–¿Haydar? -pronunció sin atreverse a darse la vuelta.

–Sí. Soy yo. He vuelto a Bagdad para verte.

–Pero... tenías prohibido pisar la medina –dijo esta vez, tras girarse y mirarlo directamente a los ojos, le temblaba todo el cuerpo.

–Lo sé, pero no podía irme a otra aventura, sin verte antes. No lo aguantaría –dijo a la vez que se le acercó y le acarició un mechón azabache que se le había soltado.

–No estoy tan segura de ello. He oído rumores... –dijo retirándose y mostrándose menos cariñosa.

–¿Y qué dicen las malas lenguas de mí?

–Ya sabía que eras un mujeriego... pero la gente habla de algo más serio... de una tal Mirza... una pirata como tú.

–Ah, es eso.

En ese momento, dos flechas casi estuvieron a punto de alcanzarlo... una rompió la tinaja, vertiendo su contenido, y la otra rasgó la tela del puesto que había justo a su lado.

–¡Es Haydar! ¡Qué no escape! -gritó Turán, el jefe de la guardia real, a los que lo acompañaban.

El pirata agarró contra su pecho a Walesa y le plantó un apasionado beso en la boca.

–Espérame esta noche con la ventana abierta. Te lo explicaré todo. Ahora tengo que irme -en unos segundos, se encontraba a varios metros de allí...

–¡Ten cuidado! –le gritó ella momentos antes que la guardia pasara a su lado.

El capitán se metió en una tintorería y subió las escaleras a la azotea donde había varias personas metiendo y sacando telas dentro de los tintes... la guardia entró también y cuando llegaron arriba estaba saltando de un edificio a otro. Cuando éstos alcanzaron el borde y vieron la distancia que había, se frenaron en seco.

–¡Malditos cobardes! –dijo Turán cuando llegó hasta ellos–. No te dejaré escapar -rumió entre dientes. Con que volvió rápidamente hacia atrás y tomó toda la carrerilla que pudo, y saltó... casi no lo cuenta. Quedó colgado solo sujeto por la punta de los dedos al techo. Cuando consiguió subir, el pirata solo se veía en la lejanía, unos tres tejados más adelante. No se dio por vencido, y siguió la persecución.

Haydar gozaba de una agilidad y reflejos extraordinarios, ponía un pié aquí, una mano allá, y así saltaba de un sitio a otro, con piruetas, volteretas, esquivando, sorteando obstáculos. Todo hasta que pisó una viga de madera en mal estado, que se partió y lo dejó atrapado en el aire, en el techo. El jefe de la guardia real lo vio y continuó con mucha más esperanza -ya eres mío-. dijo para sí.

Cuando su perseguidor ya casi lo alcanzaba, consiguió escapar de su trampa, justo para enfrentarse a él.

Su enemigo lo atacó enérgicamente. Pudo comprobar que sabía utilizar su cimitarra como nadie. Conocía a aquel tipo, sabía de su fama como guerrero, reconocida en todo el reino, pero nunca antes se había enfrentado a él. Así que no esperaba que fuese tan bueno. Durante la liza, el techo sobre el que pisaban crujía con cada uno de sus movimientos, todas las vigas debían estar tan deterioradas como la otra.

Aunque tenían estilos distintos, el de Turán era disciplinado, movimientos estudiados que se basaban en la precisión y la inteligencia; el de Haydar todo lo contrario, improvisación, sorpresa, y movimientos intentando engañar a su oponente, enmascarando el siguiente ataque, e intentando despistarlo, con piruetas y acrobacias, espectaculares... los dos estaban muy igualados; sólo que el pirata tenía una herida en las costillas de cuando quedó atrapado, que estaba comenzando a sangrar.

El jefe de la guardia se percató y lanzó un rápido ataque sobre ese lado, él tuvo que sacar la otra cimitarra para pararlo con ambas. Luego hizo un baile de espadas, para intentar confundir a su contrario, y cuando menos lo esperó pegó un fuerte salto con el que se elevó prácticamente un metro en el aire, y cayó sobre él con sus dos armas... su oponente lo paró como pudo, pero entonces, el fuerte golpe y el peso de ambos hizo que parte del techo sobre sus pies se derrumbase y ambos cayesen varios metros más abajo en una estancia. Haydar que cayó encima, aprovechó que Turán estaba aturdido por el dolor y el polvo y se fugó corriendo por la calle. Cuando el jefe de la guardia real salió fuera de la vivienda vio algo sorprendente, muy a lo lejos, al final de la calle, el pirata estaba subiendo por una cuerda mágica luminosa que se sostenía erguida en el aire, luego, al llegar arriba de un alto muro, la recogió y escapó, desapareciendo de su vista.

Haydar bajó por ella al otro lado del muro, y la guardó de nuevo. Entonces se dio cuenta que su herida era cosa seria, no paraba de sangrar. Debía tener alguna costilla lastimada.

En la puerta de la vivienda donde habían luchado, desde donde había visto aquel prodigio...

–¡Mierda! ¡No sé cómo lo hace, pero ese condenado pirata siempre se nos escapa! ¡No sé qué habrá hecho para que Alá esté de su lado! –maldijo Turán, encolerizado.

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En una remota y perdida isla secreta, a ojos del resto del mundo, del mar Egeo, propiedad de un malvado brujo llamado Zainab... que odiaba desde hacía mucho a Haydar debido a que éste se hizo con una mágica alfombra voladora que él había ansiado y buscado mucho tiempo antes, y que odió aún más cuando tras conocer a Walesa al secuestrarla, para intercambiarla por aquello que siempre anheló, se enamoró de ella, y supo tras quedarse sin ambas, que ésta también correspondía en su amor al pirata, al verla abrazada a él, besándolo, tras su rescate... éste estaba, junto a su ayudante, y su mascota un loro parlante estudiando un malévolo plan para acabar de una vez por todas con su enemigo...