martes, 20 de diciembre de 2016

Marejada (Parte final)

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Eran dos almas encontradas, dos seres separados por milenios y encontrados por el destino. Conocidos gracias a los sueños, ambos sabían que no eran peligrosos el uno para el otro. Pero no así el resto de los de su especie: Los humanos, deseosos de encontrar nuevas especies para estudiarlas y ver si pueden sacar provecho de ellas; Las sirenas aladas, olvidadas por los seres celestiales, recluidas en el fondo marino, defendiéndose cada vez con mayor dificultad de los terrestres. Y, ambos, con el odio y el deseo de poder por bandera.

Mariel miró al terrestre que tenía delante con creciente curiosidad. Ángel, por su parte, estaba fascinado por la risa de aquella extraña criatura.

Sabes —dijo Ángel arrodillándose delante de ella y apoyando su cara en la mano—, sé que vas a pensar que estoy loco, pero... ¿Sabes que he soñado contigo?

Mariel soltó una leve risita.

Menuda bobada... ¿Cómo vas a soñar conmigo? —dijo intentando dominar los nervios que le produjo saber que él también había soñado con ella.

¡Lo digo en serio! —exclamó con un aspaviento—. Y no es porque esté loco... A ver, sí que voy a terapia, pero ¡te juro que te he visto en sueños! —se la quedó mirando un instante, y con un suave murmullo añadió—: Además, sería imposible olvidar esa bonita sonrisa...

Mariel se ruborizó. Ya recordaba de qué le sonaba la cara de aquel terrestre. Ella también había soñado con él. Y siempre era el mismo sueño. Él la cogía de la mano cuando las lágrimas caían sin poder ser retenidas y, con una leve sonrisa, le borraba el dolor que su pecho sentía. Noche tras noche, aquel extraño de cara alargada y mentón marcado, con los ojos marrones más hermosos que recordaba, había ido colándose en su pecho. Y ahora... Ahora...

Un fuerte fogonazo, seguido de un estruendo que hizo retumbar los cristales del balcón, hizo que ambos levantaran la vista al cielo. Las nubes negras centelleaban una y otra vez. Y, a cada segundo, el cielo rugía de nuevo.

Parece que la tormenta va a apretar... Será una suerte —dijo Ángel poniéndose en pie y mirando por el murete hacia la calle—, con la que va a caer podré llevarte de vuelta al mar sin que nadie nos vea, ¿no...?

Mariel esperó a que terminara la frase, pero se fijó en que el cuerpo del terrestre se había puesto rígido y sus manos aferraban con fuerza el ladrillo bañado de cemento.

¿Qué... qué te pasa? —titubeó.

Pero Ángel no contestó. Su rostro había palidecido y su boca, entreabierta, no emitió sonido alguno. Mariel empezó a preocuparse e hizo un amago de acercarse al muro para poder levantar su cuerpo.

Entonces se giró hacia ella. Su cara desencajada, con los ojos abiertos que parecía que se fueran a salir de sus órbitas, dibujaba el terror en su mirada.

Ángel, ¿pero qué te pasa? —preguntó cada vez más nerviosa.

De pronto sintió una punzada en su pecho al reconocer el ruido que poco a poco fue envolviendo el silencio, roto por aquellos relámpagos que azotaban el cielo con furia.

La masa de agua llegó pocos segundos después.

El golpe contra el edificio fue de tal fiereza que los cimientos se tambalearon. El agua saltó el muro y arrastró al terrestre. Mariel notó la fuerza de la corriente que la empujaba y sintió cómo el agua agarraba su muñeca como si se tratara de una lengua viscosa que tiró de ella intentando sacarla de aquella prisión de hormigón.

¡Ángel! —gritó sujetándose con fuerza al muro para no ser arrastrada hacia el interior de la masa de agua. El cuerpo del humano golpeó el cristal del balcón que se rompió en pedazos y se coló en el interior.

Golpes cada vez más severos azotaban el edificio una y otra vez.

La ciudad entera fue tragada por la ola gigantesca, ahogando a los habitantes antes de que ni siquiera pudieran darse cuenta. Coches y farolas eran engullidos y escupidos por el agua una y otra vez. Los edificios más débiles no aguantaron la embestida y se derrumbaron haciendo que la ola se volviera aún más letal. Mariel intentó desesperada librarse de la lengua que tiraba de ella, pero por más esfuerzos que hacía apenas si podía agarrarse. Miró al humano, su sueño. Intentaba ponerse en pie en la sala, aguantando la fuerza del agua que caía escaleras abajo por la puerta de la casa. Su rostro sangraba. Alzó la vista y la vio. El pánico devoraba su mirada.

¡Mariel! —gritó alguien desde el cielo.

La joven alzó la vista y vio a su hermano volando a varios metros de ella. El joven voló hasta ella y con una daga de coral rompió la lengua de agua que aferraba a su hermana.

¡Hermana!

La cogió por la cintura y la elevó unos metros hacia el cielo.

¡Antiel! ¡¿Pero qué ha pasado?! ¿Qué es todo este agua?—dijo señalando la masa de líquido a sus pies—. Dios mío... —Se tapó la boca con las manos horrorizada—. La ciudad...

Escuché tu grito de auxilio —dijo Antiel con cierta congoja en su voz. Mariel no podía apartar la vista del horror que se vivía en tierra—. Estaba con padre...

Miró a su hermano con incredulidad.

No... No puede ser...

Lo siento hermana, no sabía qué hacer... Pensé que me dejaría venir a buscarte, pero ¡entonces enloqueció! ¡Y mandó a Kýma en tu busca!

Antiel pasó la mano por su pelo nervioso.

¡A Kýma! ¡¿Porqué le dejaste hacer eso?!

¡No tenía elección! ¡Estabas en peligro! Y padre... padre... —Desvió la vista hacia la masa de agua—. No podía dejar que esa bestia te llevara ante él... ¡Ha perdido la cabeza, Mariel! ¡Ha asesinado a una ciudad entera! ¿Qué hará contigo cuando te lleve ante él?

Mariel bajó el rostro. Sabía perfectamente lo que le pasaría. Su madre había pasado por ello antes, ¿cómo no saberlo?

El edificio bajo ellos comenzó a resquebrajarse. La joven miró hacia la casa del terrestre y sintió la necesidad imperiosa de correr en su ayuda. Su padre jamás la perdonaría por salvar a un humano. Pero su sentencia estaba dictada antes de regresar a casa. Miró a su hermano, le besó en la mejilla, apartó el brazo que la sujetaba y se dejó caer. Antiel intentó detenerla, pero antes de alcanzarla el cuerpo de su hermana se zambulló en el interior de Kýma.

La joven nadó con todas sus fuerzas y se adentró en el edificio buscando a su salvador. Se lo debía. Y no sólo por haberla salvado, sino porque si él moría tenía la sensación de que su vida dejaría de tener sentido.

El techo del edificio se desprendió.

Una maraña de hierros y trozos de hormigón comenzó a caer hacia ella. Esquivando casquetes, nadando lo rápido que su dolorida cola le dejaba, alcanzó a oír unos golpes en una de las puertas. Era una puerta metálica a medio abrir por donde asomaba un brazo que se agitaba nervioso. Dio un coletazo y nadó hacia allí. Una mujer, desesperada, golpeaba las puertas del ascensor intentando salir de él, aguantando con la otra mano el cuerpo sin vida de un niño. Cuando la mujer la vio, dejó escapar un grito que, inevitablemente, provocó que el agua entrara definitivamente en sus pulmones. Murió.

Mariel reculó asustada. ¡Tenía poco tiempo!

¡Ángel! —gritó—. ¡Ángel!

Pero ni rastro del hombre.

¡Mariel! ¡Mariel vuelve!

Era su hermano desde la superficie.

La lengua de agua viscosa la volvió a agarrar con fuerza, tirando de ella hacia el exterior. La joven se revolvió como pudo, agitándose y girando sobre sí misma, pero no conseguía liberarse. La arrastró golpeando su cuerpo contra todo lo que se cruzaba en su camino. Su ala rota quedó ensartada en una viga de madera partida. Intentó soltarse pero Kýma tiraba de ella sin piedad. Se desgarró. Mariel dejó escapar un alarido y vio cómo parte de su delicada ala era arrancada de su cuerpo. Sus ojos se llenaron de lágrimas. No tenía tiempo de compadecerse de sí misma y volvió a forcejear contra su captora. Mientras ascendía atravesaron lo que había sido el hogar del terrestre. Miró a un lado y al otro buscándole. «¡Ángel!», pensó al verle. Atrapado entre unos hierros del tejado, el hombre hacía verdaderos esfuerzos por liberarse antes de que el agua cubriera su rostro.

Desesperada, viendo cómo el terrestre poco a poco iba quedando sepultado por el agua, consiguió agarrar un trozo de vidrio con el que atacó la lengua de líquido que la sujetaba. Tras un forcejeo que se le hizo eterno, consiguió librarse de ella. Nadó veloz hacia Ángel, que respiraba el poco aire que quedaba entre el agua y el techo de su casa. Cuando le alcanzó, el agua le cubrió por completo. Agarró el metal con ambas manos y tiró con fuerza intentando abrir un hueco por el que el hombre pudiera escapar.

¡No te preocupes! —gritó apartando cascotes a un lado y a otro—. ¡Te sacaré de ahí!

Ángel se apartó del entresijo de hierros, ladrillos y madera e intentó a su vez mover la viga que le impedía salir de aquella esquina. Sintió cómo el oxígeno iba consumiéndose en sus pulmones. Y las fuerzas fueron menguando.

Se rindió.

Miró a la sirena de hermosas alas azules y sonrió. «Qué bonita eres...», pensó, recordando las veces que la había contemplado así mientras dormía.

Mariel se detuvo al notar que la observaba.

No te preocupes Ángel —dijo notando cómo se le quebraba la voz—, te... te sacaré de aquí, te lo prometo...

Sus ojos se inundaron de lágrimas.

Agarró con fuerza un trozo de piedra e intentó apartarlo con todas sus fuerzas cuando notó el calor de su mano sobre las suyas. Miró sorprendida.

«Déjalo, pequeña...», pensó.

Ella negó con la cabeza.

No... No pienso dejarte aquí —sollozó mientras las lágrimas, que brillaban como si tuvieran luz, resbalaban por sus mejillas.

Tiró de su brazo para acercarla hacia él y, cuando estuvo lo bastante cerca, pasó la mano por su mejilla y apartó una de las lágrimas con el dedo.

Humano y sirena se miraron a los ojos y, sin hablar, se dijeron lo que tanto tiempo llevaban esperando decirse el uno al otro.

Ángel sonrió y Mariel, por primera vez, sintió en sus propias carnes lo que sentía en sueños.

«Vete, mi sirena... Ve y vive por mí...»

Ángel empezó a notar cómo su visión se nublaba. Necesitaba respirar. Soltó a su niña, a aquella a la que, sin saberlo, había amado desde siempre, y dejó que, por fin, el agua entrara por sus orificios. Un dolor horrendo le abrasó mientras el agua entraba en sus pulmones. Y la oscuridad le envolvió al fin.

Había muerto. Ángel, el terrestre que le había salvado de morir en aquel espigón, se había ido para siempre.

Kýma pareció reírse desde el fondo de la enorme ola. Agarró la cintura de la sirena y la condujo hacia el exterior del edificio.

En la superficie, reflejos azulados brillaban de vez en cuando. Eran los intentos desesperados de Antiel por entrar en el seno de Kýma para salvar a su hermana. Pero el escudo de ésta impedía que pudiera ni siquiera acercarse.

Cuando vio a su hermana guiada por el brazo acuoso hacia el mar, voló hacia ella desesperado. No podía permitir que su padre la encerrara. Recordaba cómo su madre, encerrada en su prisión de coral y piedras preciosas, perdió la cordura hasta el punto de quitarse su propia vida. Pero al verla se detuvo en seco. Mariel no parecía dispuesta a revelarse contra su destino...


Ahora vaga sin rumbo por su celda de belleza incalculable. Recorre las estancias del castillo con la sombra de la tristeza cubriendo su mirada y su brillo. Sabe que él no va a regresar jamás. Y, sin él, sin esa mirada dulce y tierna, su vida carece de sentido. Sólo le queda el recuerdo, rememorar cada segundo que pasó junto a él hasta que los años pasen, los siglos, los milenios... Y, por fin, su tormento acabe.

FIN.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

lunes, 31 de octubre de 2016

Última Emisión.


ESPECIAL HALLOWEEN




La noche era fría. La luna apenas si se veía oculta tras aquellas espesas nubes negras. La humedad calaba en los huesos. Y el silencio envolvía cada rincón de aquella casa. Toqué el frío pomo de metal cromado. Lo agarré con fuerza y giré despacio empujando la madera con cautela.

El interior estaba oscuro.

Di un par de pasos hacia el interior. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Eran muchos los rumores que corrían acerca de aquella casa de estilo isabelino de lo alto de la colina de Rosewood. Una casa antigua, olvidada por todos. Su terreno era rico, se decía que bajo sus cimientos se escondía un yacimiento importante de combustibles fósiles, pero jamás se logró vender. Aunque el verdadero tesoro se encontraba en su interior.

Encendí la linterna y, colocando la GoPro en mi cabeza, empecé a grabar lo que me rodeaba. La entrada era amplia, con una escalera de madera que ascendía hacia el piso superior, justo frente a la puerta. Estaba cubierta por una alfombra de colores desgastados. El polvo se podía respirar. Me acerqué a ella y pasé la mano por la barandilla de metal forjado que la rodeaba. Estaba fría. Y sucia. Sentí la humedad que la cubría. Respiré hondo y continué con la grabación.

A la derecha de la escalera había una puerta entreabierta. Me acerqué. Mis pasos resonaban por la casa haciendo que la vieja madera, carcomida y podrida, chirriara al notar mi peso. Empujé con suavidad la doble puerta y sentí mi corazón bombear la sangre aún con más fuerza.

Ahí estaba. El piano de Lady Margan. Un ejemplar de incalculable valor pero que nadie se había atrevido a tocar desde su muerte. Miré a mis espaldas, y mi cámara volvió a grabar la entrada, iluminada por un rayo de luna que se filtró a través de las nubes, y entró a la casa por una rendija del ventanal de la entrada. Me pareció ver una sombra en la puerta de la sala de enfrente. Retrocedí la vista de nuevo incapaz de discernir si eran imaginaciones mías o lo que había visto era real, pero no había nada. El miedo empezaba a gastarme malas pasadas. Tragué saliva y me adentré.

La sala del piano no era más que un salón con varias butacas y una mesa baja de patas de léon. Había una enorme chimenea en el lado norte adornada con piedra tallada de ángeles diversos y que sostenía lámparas de aceite tan antiguas como la misma casa. Y, sobre ella, descansaba el retrato de una mujer. Estaba sentada en la butaca que quedaba a mi espalda vestida con un faldón negro abotonado y ceñido a la cintura y una camisa negra. Su pelo castaño estaba recogido por un moño que había visto en otras pinturas de la época. Y apoyaba sus delgadas manos de largos dedos en la falda. Me acerqué un poco más para poder grabarlo mejor. Enfoqué la linterna hacia su cara y me sorprendió su belleza. Era una mujer de facciones finas y ojos claros que sonreía. Aquella sonrisa...

Unas campanadas resonaron por la casa retumbando en las paredes. Di un respingo. Me giré con rapidez. El ruido venía de la sala de enfrente.

Tranquilo —murmuré intentando calmarme, rompiendo el silencio—, será el reloj de péndulo que me comentaron antes de venir.

Me tranquilizó escuchar mi propia voz. Recobré la entereza y me dirigí hacia el piano.

Era un piano de cola de color caoba. Tenía la tapa del teclado levantada. Y el banco de terciopelo rojo estaba tirado en el suelo. Tragué saliva y me fui acercando, enfocando el piano con la linterna. A cada paso que daba, el recuerdo de lo que se decía de aquella casa se iba presentando en mi memoria como si se trataran de escenas que hubiera vivido en persona. Cuando llegué a su lado y enfoqué el teclado, mi cuerpo quedó rígido. Las manchas de sangre salpicaban su superficie. Sonreí.

Señores —dije con voz potente para que quedara grabado—, tal y como les prometí en el vídeo anterior, aquí tenéis el piano de Lady Margan. Y, con permiso de la dama, me dispondré a tocarlo.

«Con este vídeo voy a romper la red», pensé imaginando el elevado número de visitas que debía tener en aquellos momentos con aquel directo. «Y cuando edite el vídeo con la música y los efectos, el toque macabro será brutal».

Recorrí con la cámara todo el piano, enfocando con el haz de luz cada rincón. En una de esas, al exhalar el aire de mis pulmones, se creó vaho. El frío empezó a llenar los poros de mi piel. Un frío gélido y seco que no había sentido hasta entonces. Mi vello se erizó. Sujeté la linterna con mi boca y froté mis manos con fuerza intentando entrar en calor. Y entonces pasó. Una mancha de sangre fresca apareció en una de las teclas blancas a la vez que se hundía y creaba un sonido ensordecedor que retumbó por la habitación. Se me cayó la linterna al suelo. Di dos pasos atrás.

Lo... Lo habéis visto, ¿verdad? —dije sin poder disimular el temblor en mi voz.

Recogí la linterna del suelo y me alejé del piano sin dejar de mirar para que quedara grabado. Estaba asustado, pero no perdería la oportunidad de grabar a un fantasma en directo. Como si de magia se tratara, una silueta comenzó a aparecer junto a él. Parecía humo que iba tomando forma humana. Parecía una mujer. Colocó el banco y se sentó en él. Aquella vestimenta...

«Dios mío...»

Lady Margan tocaría una vez más.

Los largos dedos de la mujer se deslizaron por el teclado, acariciando las teclas con suma elegancia. La música empezó a sonar. Una melodía triste que me fue envolviendo. Empecé a sentirme inusualmente relajado, como en un suave trance que hacía que dejara de sentir.

Intenté moverme. No me gustaba aquella calma.

La mujer giró su rostro lo suficiente para mirarme y entonces dibujó la misma sonrisa que había visto en el cuadro.

Sentí pavor. Quise salir corriendo. Debía huir. Pero mi cuerpo, hipnotizado por aquellos dedos macabros que tocaban y tocaban sin parar, no reaccionó. «¡HUYE!», grité. Pero no me moví.

La mujer seguía con su mirada puesta en mí.

La música se fue acelerando. Sus dedos se movían a un ritmo casi imposible de seguir. Su sonrisa se acentuó y su rostro tomó un tono oscuro. Sus cuencas se tornaron negras y la sonrisa cambió. Abrió la boca de modo espeluznante, antinatural, con la mandíbula desencajada y unos dientes puntiagudos temibles, a la vez que dejó escapar un grito desgarrador que atravesó mi cuerpo. Jamás me había sentido tan horrorizado. Incapaz de moverme, sentí el líquido caliente de mi orina al caer por mi pernera. El golpe de voz hizo que la GoPro cayera al suelo. Quedó enfocando la escena.



Millones de monitores de todo el mundo fueron testigos del horror.

La mujer se acercó hacia su presa. Su rostro pálido sonreía. Las teclas seguían sonando sin ser tocadas. Y, de pronto, la sangre lo manchó todo. Una gota cayó sobre el objetivo de la cámara y la visión desde los diferentes dispositivos se tornó roja. El joven comenzó a gritar desesperado. Gritos insoportables de escuchar que se mezclaban con los ruidos de su carne al ser desgarrada. Las vísceras pronto se derramaron en el suelo con el chico aún consciente, que miraba con ojos desorbitados cómo su vida se escapaba ante la atenta mirada de millones de personas. Las lágrimas pronto empezaron a caer. Lágrimas provocadas por el más terrorífico de los miedos. Poco a poco, los gritos se fueron convirtiendo en leves gemidos.

Y, por fin, silencio.

Las manos de la mujer, teñidas con la sangre de su víctima, volvieron a tocar la suave melodía, triste y melancólica. Hasta que, con un agudo pitido, la batería de la cámara se consumió.

FIN DE LA EMISIÓN.


martes, 27 de septiembre de 2016

Marejada (Parte 3)

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«¿Dónde estoy?», pensé al abrir los ojos. Tenía un fuerte dolor de cabeza y mi cuerpo estaba entumecido. No reconocía el lugar en el que me encontraba. Estaba en el suelo tumbada sobre un colchón, con una especie de tela cubriendo mi cuerpo. Levanté la vista y vi un cielo negro que resplandecía por los rayos que una y otra vez lo cruzaban. La lluvia incesante me empapaba, devolviéndole la vida a mis células. Pasé la mano por mi cabeza y sentí una fuerte punzada al tocar algo que tenía pegado en la frente. «¿Qué ha pasado?». No recordaba nada. Confusa, me esforcé por intentar recuperar los recuerdos perdidos. Como un flash, me vi saltando alegre sobre las olas. Y mi corazón se aceleró al recordar como mi cuerpo era arrastrado sin remedio al desplegar las alas. «Oh, no... Como se entere Antiel que desplegué las alas ¡se enfadará mucho!». Antiel era mi hermano. Volví a mirar a mi alrededor. Estaba rodeada por un muro bajo. Y a mi derecha tenía lo que parecía una pared con una puerta acristalada de donde salía algo de luz. Por suerte no había nadie cerca, pero el miedo empezó a crecer en mi pecho. Las palabras de mi padre, el general del ejército de los Ángeles del Mar rebotaban por mi mente.

¡No quiero que os acerquéis a la supercie! —gritó enfurecido el primer día que vi el cielo azul—. ¡Si os vieran y os cogieran esos mosntruos no sabéis las atrocidades que harían con vosotros!

Mi hermano había ido a saltar sobre las olas. Y yo, que no era más que una cría, le seguí. Para mi mala fortuna, aquel día padre regresó antes de lo previsto y al no encontrarme cerca del arrecife salió en mi busca. Cuando nos encontró, entró en cólera. Mi hermano se enfrentó a él. No creía en esas historias terribles que contaba sobre los seres que habitaban en la superficie. Pero sabía que había cometido un grave error al permitirme estar junto a ellos.

Pero padre, ¡si estamos a millas de tierra! ¡Es imposible que encontremos terrestres por esta zona! —se defendió.

Sus amigos, al ver que la mirada del general se volvía cada vez más iracunda, corrieron despavoridos hacia el arrecife, disculpándose de lejos.

¡Cállate! ¡No ves que has puesto en peligro a tu hermana! —estalló al fin.

¡Ha venido porque ha querido! ¡Nadie le ha dicho que nos siguiera!

Yo me escondí detrás de una roca. Padre me asustaba cuando se ponía así. Guardó silencio un instante con el entrecejo fruncido.

Eres igual que tu madre —dijo con todo el reproche que fue capaz de disparar.

Antiel enmudeció. Noté cómo sus manos se cerraron con fuerza y apretaba los labios.

Prefiero ser como ella, que ser un estirado hipócrita como tú —contestó al fin.

Dijo aquellas palabras con el dolor de quién añora con locura a una persona. Yo no tengo recuerdos de mi madre. Era muy pequeña cuando falleció. Pero Antiel sí había vivido muchos momentos a su lado, y siempre le brillaban los ojos de una forma especial cuando me hablaba de ella. Nunca le he visto sonreír del modo que lo hacía al recordarla. El día que le pregunté cómo murió, simplemente suspiró y me dijo que se fue, sí, pero que se fue feliz.

Mariel, mamá era muy especial —me dijo una vez—. Y tú te pareces mucho a ella. No dejes que las normas y la seriedad y sequedad de padre corten tus ganas de vivir...

Un ruido me sobresaltó devolviéndome a la realidad. Miré a mi derecha y, de pie, junto a la puerta de vidrio, empapándose con la lluvia, había un terrestre. Sentí cómo el pánico me devoraba. ¡Un terrestre! ¡No! Me incorporé mareándome un instante. Apoyé mis manos en el suelo y me intenté alejar todo lo que pude de aquel ser.

—Esto... —dijo con temblor en el habla—. ¿Ya... ya te has despertado? —Dio un par de pasos para acercarse a mí. El miedo me empezó a dominar y seguí arrastrándome hasta quedar contra el muro que me rodeaba. Estaba tan asustada que mi cuerpo comenzó a temblar—. No te asustes —dijo con la mano alzada hacia mí—, no voy a hacerte daño.

«Un momento, ¿cómo es que entiendo lo que me está diciendo?», pensé contrariada. Pero no era momento para pensar en eso, meneé mi cabeza para dejar de pensar en tonterías, debía encontrar el modo de huir de allí. Intenté por todos los medios llegar a lo alto del muro, tirando de mi cuerpo con los brazos. Desplegué mis alas en un intento desesperado por alzar el vuelo, pero una de ellas no se movió. El humano seguía acercándose a mí.

—No... ¡No te acerques! —dije alzando la voz.

Pero siguió dando pequeños pasos en mi dirección.

La imagen de mi hermano apareció en mi mente y sólo pude gritar desesperada pidiendo auxilio. Un grito agudo y estridente que provocó que aquel ser se tapara los oídos con fuerza.

* * *

—Antiel, ¿cuántas veces te tengo que repetir que si lanzas así la flecha jamás alcanzará su objetivo? —le dijo el general a su hijo.

Antiel entrenaba cada día antes del amanecer bajo la tutela de su padre para intentar contentarlo.

—Lo sé, lo sé —replicó—, deja que lo intente otra vez.

Cogió de nuevo el arco y lo puso en posición. Recordó la postura de los dedos que solía poner su padre antes de lanzar la flecha y le imitó. Estiró de ella con fuerza y tensó la cuerda todo lo que pudo. Su objetivo se situaba a varias millas: un pequeño aro por el cual debía colar la flecha sin tocarlo. Se concentró en el objetivo y frunció ligeramente el ceño.

«¡Antiel!»

El grito desesperado de su hermana resonó con fuerza en su cabeza y le desconcentró. Soltó la flecha y ésta se dirigió irremediablemente hacia su padre.

—¡¿Estás loco?! —gritó esquivándola—. ¡¿Quieres atravesarme con eso?!

Antiel miró a un lado y a otro. ¡Aquella voz era la de su hermana! Otro grito ensordecedor atravesó su cabeza y en esta ocasión, una serie de imágenes lo acompañaron. Era la joven Mariel. Estaba saltando las olas y reía feliz. De golpe la imagen cambió y la vio volar sin rumo arrastrada por el fuerte viento. Y la última, la escena que hizo que cada músculo de su cuerpo quedara rígido, fue ver a su hermana en tierra, acorralada bajo la lluvia por un terrestre. Cuando la imagen se desvaneció, en su retina aún quedó grabada la expresión de terror de ella.

Su padre, con la decepción escrita en la cara, se dirigió hacia él.

—¡Ya estás en babia otra vez! —le regañó mientras le cogía por el brazo para quitarle el arco—. Mientras sigas siendo un irresponsable no vuelvas a pedirme que te entrene.

Cuando levantó la vista del arco hacia su hijo, se dio cuenta de que el joven no le había escuchado. Fue a recriminarle su impertinencia cuando se dio cuenta de que algo le pasaba. Entonces, con un pequeño balbuceo, el chico nombró a su hermana.

—¿Qué ocurre Antiel? —preguntó disminuyendo el tono agresivo. Pero Antiel solo podía pensar en cómo ayudar a Mariel. —¡Antiel! ¡Quieres contestarme!

El joven volvió en sí. Miró a su padre y desvió la mirada buscando el modo de escabullirse de él, aunque por muchas vueltas que le daba no se le ocurría el modo de ayudarla. Ni sabía dónde estaba, ni cómo podría adentrarse en tierra firme.

Finalmente, después de reflexionar en silencio, mirando los ojos cada vez más preocupados de su padre, dejó escapar un suspiro abatido y se soltó de la mano que lo aferraba con fuerza.

—Padre... Mariel está en peligro.

* * *

—Si sigues gritando así vas a despertar a todo el vecindario —dijo el terrestre agachándose para quedar a mi altura, a una distancia prudencial. Sonrió con ternura. —Siento haberte asustado... No pretendo hacerte daño. Te lo juro. Llegaste a mí arrastrada por el viento y caíste golpeándote y quedando inconsciente. No sabía qué hacer y te he traído a casa para curarte la herida... Por cierto, me llamo Ángel. —Guardé silencio. La sonrisa de ese hombre... No sé porqué, pero era como si la hubiera visto en algún lugar. Una punzada en la cabeza me obligó a sujetarme la frente. —Deberías tumbarte, el corte es bastante feo y puede que te marees si estás en pie.

Haciendo caso omiso a lo que decía, sentí escalofríos al pensar que un humano me había tocado. Y si había estado inconsciente ¿qué clase de barbaridades habría hecho conmigo? Nerviosa, empecé a palpar mi cuerpo. Miré cada trozo de piel que tenía al descubierto.

—¿Qué haces? No deberías moverte tanto. Tienes un ala partida y el golpe en la frente se te volverá a abrir si no paras... —Entonces cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo y se ruborizó—. ¡Oye! ¡¿No estarás pensando que yo...?!

No... No parecía que me hubiera hecho nada. Me le quedé observando un instante. Se movía nervioso de un lado a otro pasando la mano por el pelo una y otra vez.

—En serio... ¡No te he tocado! Bueno, a ver, sí te he tocado... ¡Pero lo estrictamente necesario para traerte aquí y curar tus heridas! —Hablaba rápido y me costó entender lo que decía, pero me resultó gracioso el modo como se movía. No lo pude remediar, y se me escapó una risita. Se detuvo frente a mí y añadió—: Ahora te ríes de mí... Un momento. ¿Te estás riendo?

No pude contenerme. Entre los nervios, el miedo y aquel extraño que se movía de un lado a otro balbuceando de aquella manera, empecé a reír cada vez con más ganas. Era superior a mí. Las situaciones más inverosímiles siempre me hacían reír, supongo que como estrategia para calmar mis miedos.


CONTINUARÁ...

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Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

viernes, 29 de julio de 2016

Marejada (Parte 2)

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No sabría explicar lo que sentí al tocarla. Solo fue un instante, un segundo que pareció detenerse y prolongarse hasta el infinito mientras mil sensaciones me arrollaron dejándome confundido y desorientado. Pude verme a mí mismo de pie en aquel espigón, contemplando el vasto océano. Mi visión se agudizó de pronto y como si mi conciencia fuera arrastrada hacia el horizonte, salí despedido hacia mar adentro. La velocidad que iba cogiendo me mareó. Sentí mi cuerpo liviano como el aire. De prontó me precipité hacia el agua y descubrí un fondo oceánico lúgubre. Un barco hundido desde hacía más de cien años, bancos de peces sin color, basura por doquier... Sentí cierta congoja... Los humanos somos lo peor... Pero entonces salí de nuevo arrastrado por aquella fuerza inexplicable y atravesé millas y millas de agua helada hasta que, sin más, el viaje cesó en seco. Volteé sobre mí mismo. ¿Dónde estaba? De la fealdad que acababa de dejar atrás no quedaba nada. Ahora ante mí se abría un mundo subacuático lleno de vida y color. Corales de vivos colores albergaban innumerables especies de peces que jamás había visto antes. Y en medio de ellos, sentada en una roca, riendo mientras jugaba con pequeños pececitos, estaba ella: la extraña mujer de cola de pez y alas azules a la que acababa de tocar. Intenté controlar las sensaciones que iban recorriendo mi cuerpo.

«No es más que un sueño», me decía a mí mismo una y otra vez. «Seguro que al tocar esa cosa me he caído y me he golpeado la cabeza».

Pero parecía tan real...

Su sonrisa... Otra vez esa bonita sonrisa... Sacudí mi cabeza. «¡Deja de soñar con ella! ¡No es real!», me grité lleno de rabia. No era real. ¡No podía serlo! Seguro que mi cabeza me había jugado una mala pasada. ¿Cómo si no iba a haber llegado a este lugar lleno de color y vida?

Mi conciencia volvió a ser empujada con rabia. Inconscientemente me negué a ir, deseaba recrearme en aquella cara que parecía calmar mi ansiedad a la vez que me perturbaba por sentir semejante calma. Pero salí depedido de nuevo. Regresé al barco hundido. Salí del agua y, a lo lejos, me vi de pie en la punta del espigón. Regresaba a mi cuerpo...

Al volver en mí, vi la punta de mi zapato rozando las escamas de la cola de la mujer misteriosa. Lo aparté con rapidez. ¿Qué había pasado? Di un paso atrás asustado. «Tengo que irme de aquí», pensé cada vez más confuso.

Me di la vuelta decidido a salir corriendo de aquel maldito espigón, dispuesto a borrar de mi cabeza todo lo pasado. No soportaba la idea de estar volviéndome aún más loco de lo que estaba. Palpé el bolsillo de mi chaqueta buscando mi móvil. «Luis. Necesito hablar con Luis...», pensé. Luis era mi terapeuta. Saqué el teléfono y comprobé que, aunque estaba húmedo, el abrigo lo había protegido de quedar empapado. Busqué en la agenda y localicé el número personal de Luis, quién me lo dio por si en un momento dado el bajón era demasiado fuerte para que le llamara con urgencia. No estaba de bajón, ¿o quizá si? Ya no sabía qué pensar. Coloqué el dedo sobre la pantalla, a escasos milímetros del cristal, y me detuve antes de marcar. Miré de soslayo el cuerpo inerte de la joven. Movió la aleta de su cola de forma casi imperceptible. Pasé mi mano por el rostro. «Mierda...», pensé odiándome a mí mismo por lo que iba a hacer.

Volví a guardar el móvil en mi bolsillo y aspiré el aire con fuerza intentando calmar la ansiedad que sentía. Retrocedí los pasos andados y volví a situarme cerca de aquel extraño ser. Me agaché a su lado. Con la congoja aplastándome el pecho, alargué mi mano y aparté un mechón de pelo azulado que caía sobre su cara. Mi estómago dio un vuelco al ver su cara de forma tan nítida. Un reguero de sangre verdosa caía desde su cabeza y manchaba parte de su rostro. Saqué fuerzas del propio temor que sentía y la toqué en el hombro, zarandeándola con cuidado.

—¿Ho...Hola? —titubeé—. Oye, ¿estás bien? —«Qué pregunta más tonta», pensé. «¿Cómo va a estar bien si no se ha movido desde que cayó aquí?». —Tienes... Tienes una herida, deberías ir a que te viera un médico.

Al pronunciar esas palabras me sentí como un verdadero estúpido. ¿Un médico? ¿En serio? ¿Cómo iba a ir a que la viera un médico si no tenía piernas? Sonreí avergonzado y apoyé mi cabeza en la mano con el codo cobre mi rodilla. «Maldita sea...». No tenía más remedio. Debía llevarla yo. Pero si me presentaba con aquel espécimen en un hospital...

La tormenta no arraciaba. El agua de lluvia seguía cayendo con fuerza. Cogí el cuerpo de la joven alada entre mis brazos y me puse en pie. Me sorprendió lo poco que pesaba. Y su tacto era frío. Soltó un leve gemido y se acurrucó sobre mi pecho aún inconsciente. Sentí mi corazón acelerarse. Me quedé un instante observándola y, por fin, sonreí.

—Tranquila —murmuré—. Yo cuidaré de ti.

Caminé como pude con ella entre mis brazos, saltando de piedra en piedra. Estuve a punto de resbalar y caer, pero por suerte seguía teniendo buen equilibrio. Alcancé el asfalto. Un rayo cruzó el cielo seguido de un fuerte estruendo. Levanté la vista al cieloun instante y me dirigí hacia mi coche, un utilitario de color negro bastante nuevo, que compré cuando todo parecía irme bien. Abrí la puerta del copiloto y coloqué a la mujer. Abroché el cinturón de seguridad para evitar que se cayera del asiento y, tras sacarme el abrigo, la cubrí con él.

Me senté a su lado y arranqué el coche. Coloqué mis manos al volante y miré de soslayo a la joven. «No sé cómo narices se supone que voy a cuidar a una cosa así», pensé mientras paseaba mi vista por su cuerpo. «En fin, no me queda más remedio». Pisé el acelerador y me perdí por el entramado de calles de aquella vieja ciudad pesquera del norte.

Empezaba a caer la noche y las calles estaban desiertas. Quizá demasiado, pero con la que estaba cayendo, era lógico. Llegué a casa y metí el coche en el parking. En aquel momento lo único que pasaba por mi cabeza era el deseo de no cruzarme con ningún vecino. ¿Cómo iba a explicar lo que llevaba en mis brazos? Si es que era real, claro...

CONTINUARÁ...

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jueves, 30 de junio de 2016

Marejada (Parte 1)



«Siempre me ha gustado el mar. Es fascinante su inmensidad, su belleza, su fuerza... Me encanta acercarme al espigón, colocarme sobre las rocas y observar el horizonte donde el agua es el único paisaje.

Hoy me siento especialmente decaído. Mi vida ha dejado de tener sentido desde que ella se fue para no volver. Y ahora no me queda más que la belleza de este silencio que me rodea, roto únicamente por las olas rompiendo con fiereza contra la roca.»

Levanté la vista al cielo. Las nubes, cada vez más negras, empezaron a cerrarse entorno al sol, ocultando su brillo.

«Hasta el sol pierde su encanto...», pensé dejando escapar un suspiro.

Estaba decaído. Demasiado. Y mi mente se nublaba de tormentos y pensamientos de huída de esta vida que me ahogaba.

Miré el horizonte una vez más. El viento empezó a soplar con más fuerza. La humedad empezaba a calar mis huesos. Subí el cuello de mi parca y metí las manos en mis bolsillos. Las olas rompían mar adentro bañando la superficie acuática con su blanca espuma. De repente, algo salió del agua y volvió a hundirse con gracia tras dar una voltereta en el aire. Azorado, me acerqué aún más al borde de piedra de aquel viejo espigón abandonado.

«¿Un delfín tan cerca de la costa?», pensé.

Qué equivocado estaba...

* * *

«El mar... Qué inmenso y hermoso es mi hogar...»

Nadaba entre los bancos de peces que empezaban a revolucionarse por el oleaje que empezaba a azotar la superficie. Me encantaban los días de fuerte marejada. Las olas iban aumentando su tamaño y saltar sobre ellas era lo más divertido que había descubierto. Mi hermano siempre me decía que salir a la superficie cuando el mar estaba enfurecido, era la experiencia más emocionante que había vivido, aunque siempre hacía especial incapié en que no desplegara mis alas fuera del agua. Y cuánta razón tenía. Moví mi cola con fuerza y salté fuera del agua. El aire me azotó la cara, ayudándome a girar y a caer de nuevo en el seno del océano.

—¡Qué maravilla! —exclamé girando sobre mí misma.

Abrí mis alas y levanté la vista. El ruido ensordecedor que azotaba la superficie había desaparecido al hundirme de nuevo en el agua. Sonreí y cerrando de nuevo las alas, golpeé el agua con fuerza y me elevé de nuevo. Esta vez el salto fue mayor, llegando a sacar todo mi cuerpo del líquido elemento. Pero por instinto, y sin poder evitarlo, dejé que mis alas se desplegaran al aire. Asustada por el error que acababa de cometer, intenté cerrarlas, pero el viento las utilizó a modo de velas y me arrastró con fuerza hacia arriba, alejándome de mi amada casa.

* * *

—¡Joder! —exclamé al ver que lo que había salido del agua no era un delfín como pensé en un principio—. ¡¿Pero qué es eso?!

Lo que yo creí un cetáceo, resultó ser una especie de pájaro con cola de pez. Y, fuera lo que fuera aquella cosa, estaba siendo arrastrada por el fuerte viento. Ví como intentaba cerrar las alas pero era incapaz de coger el control. Empezó a voltear una y otra vez. El viento cambió de dirección y, para mi sorpresa, empezó a arrastrarle hacia donde estaba yo.

No pude creer lo que pasó a escasos metros sobre mí. Aquella imagen... Aquel rostro con el que llevaba días soñando y que me pareció una broma macabra del destino, pues me torturaba con su sonrisa, haciendome sentir lo que sentía cuando estaba ella, ahora pasaba ante mis ojos con gesto asustado. Apenas me vio, envuelta en ese plumaje azulado que adornaba sus alas. El viento levantó una enorme ola que al romper contra la roca me devoró. Empapado, busqué a aquel extraño ser. El viento y el agua le habían hecho chocar contra las rocas y yacía inmóvil sobre las piedras. Corrí hacia ella aguantando el equilibrio como podía al saltar de piedra en piedra con las olas bañándome cada vez que llegaban a costa.

Me detuve en seco a un par de metros. ¿Y si era peligrosa? Nunca había visto una criatura semejante. Pensé que estaba loco y miré a mi alrededor por si hubiera alguien cerca que puediera ver lo mismo que yo, pero estaba solo. Un relámpago cruzó el cielo y la lluvia empezó a caer sobre nosotros.

No sé el rato que estuve allí de pie, bajo la lluvia incesante y el fuerte viento, luchando contra mis propios demonios. Desde que soñé con aquella cara la desazón y la soledad se habían ido adueñando cada día más de mí. Creí que tenía superada la ruptura con Ángela, pero cada vez que soñaba con esa extraña, cada vez que me sonreía, el recuerdo del amor perdido, el sentir de nuevo calor en mis entrañas, me hacía despertar más desolado. Llegué a intentar dejar de soñar para no verla, debía sacar esa cara de mi cabeza, e incluso empecé terapia porque creí que estaba volviéndome loco. Y, así, sin más, aquel rostro que me había desquiciado y robado la paz, aparecía frente a mí. Era una locura. ¿Cómo puede ser que soñara con una cara que ahora podía contemplar con mis propios ojos? ¿Y lo que era peor, que perteneciera a una criatura semejante?

Tragué saliva y me llené de coraje. Salté a la piedra que quedaba a su derecha y, con cuidado, toqué su cola con la punta de mi zapato...

Continuará...

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Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

jueves, 9 de junio de 2016

Haydar. El Leviatán.



Hola amigos!! Vuelve nuestro pirata más aguerrido :D ¡¡Haydar!! 

Después de que Haydar aceptara la ayuda del Califa para recuperar el Cetro de la Luz Dorada, que Walesa fuera presa por la sensual Mirza y que nuestro (y, si me lo permitís, mi favorito ^^ jijiji) pirata Sadiq venciera al Guardián de la Isla del malvado brujo Zainab pero cayera prisionero del hechicero; comienza el viaje hacia la Isla de Thera, refugio del mágico Cetro. ¿Qué aventuras tendrán que vivir nuestros amigos hasta llegar a la isla? Pues para saberlo, ya sabéis lo que os toca, jejeje ¡a leer!

En esta ocasión, el capítulo está escrito por mi compi de letras José Baena, y el capítulo está en su blog. Así que para acceder a él, solo tenéis que darle al siguiente enlace:


Espero que os guste tanto como me ha gustado a mí :D 

¡¡Un besazo guapísim@s!! Y mil gracias por seguir aquí. Aunque esté un poco desaparecida, os sigo llevando en mi corazón ;) ¡Disfrutad del finde que casi está aquí! Abrazooooo

viernes, 22 de abril de 2016

Lágrimas de Hada.



La tierra árida se extendía por kilómetros ante ella. Laura siempre viajaba sola en busca de agua, dejaba a su retoño a buen recaudo en la chabola y emprendía su viaje en busca del tesoro líquido, cada vez más difícil de encontrar. Eran demasiados los peligros que podía encontrar como para cargar con su pequeño vástago y el calor asfixiante le podría deshidratar más aún de lo que estaba.

El sol se elevaba sobre ella quemando su piel. Aunque se cubría con harapos todo lo que podía, los rayos hirientes de la gran estrella la dañaban con rabia. Se detuvo para secar las gotas de sudor que perlaron su rostro y volteó sobre sí misma. «Por aquí ya anduve ayer», pensó mirando el horizonte de piedra rojiza. Levantó la vista al cielo. El sol estaba en lo más alto, hora de su máxima potencia. «O encuentro agua rápido o tendré serios problemas para regresar».

Continuó su camino. Vio un pequeño montículo a lo lejos. Nunca se había alejado tanto pero estaba segura de que si no lo hacía, no encontraría el tan ansiado líquido. Le dio un pequeño sorbo a su reserva de agua y se encaminó con paso decidido. «He de hacerlo, por Miguel», pensó recordando la cara delgada y sucia de su pequeño.

Cuando llegó, la montaña se elevaba unos metros sobre ella. Miró a su alrededor con cautela, no sabía si por allí habría bandidos. Aún tenía clavado en su pecho el recuerdo de cómo una banda de malnacidos asesinaban sin escrúpulos a su amor para robarle el pico y la pala que llevaba. Ella aún estaba embarazada, pero aquel día quiso acompañarle en la búsqueda que nunca acaba. Sintió un escalofrío y los ojos se le humedecieron. Aspiró aire con fuerza borrando los tristes recuerdos y se comenzó a enfilar ladera arriba.

Al llegar a la cima, no podía creer lo que sus ojos veían. Había algo arrodillado en una pequeña hondonada. Al principio le pareció un animal. Sujetó el pico que cargaba en su mano con fuerza y se escondió entre una rocas que quedaban cerca. Se asomó con cautela, con la espalda pegada a la ardiente piedra. Lo que demonios fuera aquella cosa, se movió. Laura se tapó la boca con las manos y se escondió con el corazón bombeando sangre con fuerza. «¿Qué es eso?», pensó. Al moverse, la manta que cubría aquella cosa cayó al suelo y una especie de alas se desplegaron de su espalda. Jamás había visto algo semejante. ¿Era un bicho? Pero su tamaño era demasiado grande para ser un insecto... ¿Quizá un pájaro? Tragó saliva. Le carcomía la curiosidad, era el animal más extraño de todos los que había visto. Debía observarlo más de cerca. Se arrodilló en el suelo y se fue acercando, con sumo sigilo, siempre escondida tras las rocas. Se detuvo expectante, a la espera de oír cualquier ruido que delatara que la había descubierto. Pero todo seguía en silencio. Se asomó.

Lilly estaba de rodillas en el suelo. Sus lágrimas caían sin poder ser contenidas mientras con sus manos heridas y sucias enterraba el último vestigio de lo que fue su amada tierra. Sus alas habían perdido todo su esplendor, rotas y desvencijadas por la falta de pureza y magia. Y su cuerpo había ido perdiendo su brillo original, pasando a un tono ceniza. Su pelo —antes brillante, lleno de vida, del cual solían nacer pequeñas y diminutas flores para adornarlo— estaba sucio y despeinado. No quedaban flores. No quedaba resquicio alguno de belleza. Una piedra rodó cerca. Se mantuvo inmóvil un instante y se giró. Con el movimiento, el manto que cubría su cuerpo cayó a un lado desplegando sus maltrechas alas. Apenas con fuerzas para levantarse, lo recogió del suelo y volvió a cubrirse con él.

Laura estaba estupefacta ante aquella extraña criatura. Era una mujer, o eso le pareció al ver su rostro demacrado. Pero poseía alas cual mariposa. La vio llorar, vio sus lágrimas cayendo hacia el suelo, humedeciendo su delicada cara, y no lo pudo soportar. Se armó con todo el valor que pudo y salió de su escondite. Cuando Lilly la vio acercarse se apartó de ella asutada. «¡Una humana!», pensó horrorizada. Pero Laura, viendo el miedo en sus ojos y una tristeza que se clavó en su pecho, en lugar de retroceder, se acercó más a ella. Se arrodilló frente a ella y dudando al principio, dijo con voz trémula:
—¿Es...estás bien? —Lilly se apartó aún más ella. Laura alargó su mano para rozar su cara y ella estiró el cuello rehuyéndola—. No voy a hacerte daño... Dime, eres... ¿eres un hada? —Aquella idea se apareció en su cabeza al ver los ojos llorosos de la criatura. Todo encajó como un puzzle. Su rostro, sus alas, sus ojos... Sólo podía ser un hada. Sintiendo una lástima creciente, acercó su mano y secó una de las lágrimas que caía por la mejilla de Lilly— No tengas miedo —dijo forzando una sonrisa—, yo no le haría daño a nadie...

Lilly sintió un calor especial de aquella mano que acariciaba su mejilla. No pudo contenerse, y sujetándola con suavidad, apretando su cara contra ella, comenzó a llorar desconsolada. Laura la miró con ternura. Sonrió con amabilidad y la atrajo hacia ella, rodeando su frágil cuerpo con los brazos.

Así estuvieron un rato. Lilly se fue calmando y por fin dejó de llorar, aunque los sollozos aún sacudían su cuerpo. Laura le preguntó cómo podía ser que un hada —seres imaginarios olvidados en los viejos libros que ahora servían para encender las hogueras— pudiera estar delante de ella.

—Soy la última que queda —dijo el hada separándose de ella y levantando la vista al cielo que empezaba a teñirse de rojo por la puesta de sol. Miró a su alrededor y la tristeza volvió a nublar su mirada—. Aún recuerdo cuando este valle estaba sembrado de vida...

—¿Pero cuántos años tienes? —preguntó Laura extrañada. Ella recordaba vagamente las historias que su abuelo le explicaba de cuando habían árboles, pero de eso hacía ya demasiado tiempo.

—Las hadas somos inmortales —dijo esbozando una tímida sonrisa—. O eso creía... —Bajó la mirada al suelo—. Jamás pensé que algo así podría suceder, pero he visto morir a cada una de mis hermanas.

Y con un leve suspiro, comenzó a relatar su historia:

La tierra era hermosa. El verde mágico de las plantas, de los árboles, de la hierba, cubría la inmensa extensión ahora reducida a desierto. Y los mares, de un azul celeste que hipnotizaba, rebosaban de vida. Los ríos poseían las aguas más puras y cristalinas, y abastecían de su sed a todos los que habitaban los bosques y montañas por los que pasaban. Había infinidad de especies animales viviendo en armonía, en un equilibrio frágil pero imprescindible, en el que unos morían para que otros pudieran vivir. Era el ciclo de la vida. Y nosotras, las hadas, disfrutábamos de su compañía.

Una especie en concreto comenzó a desarrollar una inteligencia que nos fascinó. Era una especie débil, que solía ser alimento fácil para los grandes depredadores. Pero sus individuos se unieron y empezaron a crear artilugios para su defensa.

Esa especie erais vosotros. Los humanos.

Nosotras estábamos fascinadas ante aquellos hombres y mujeres. Cómo sus ganas de vivir podían hacer que se enfrentaran a cualquier peligro y salieran victoriosos. La Madre Tierra nos avisó de que erais peligrosos, pero ¿cómo podía ser peligrosa una especie que brindaba por la vida con bailes y música? ¿Cómo temer a aquellos que decoraban las paredes de piedra con preciosos dibujos sacados de su imaginación?

Poco podíamos sospechar en lo que se convertiría...

El número de hombres y mujeres fue en aumento. Sus poblados fueron creciendo y su forma de vivir empezó a dañar nuestro hogar. Talaban árboles, arrancaban flores, herían a nuestra Madre Tierra arrancándola de cuajo partes de su cuerpo... Pero aunque su avaricia empezaba a tomar forma, aunque su codicia no parecía tener fin, en algunos de ellos seguía existiendo una luz especial. No podían ser tan terribles. Habíamos sido testigos del amor tan profundo que guardaban en su pecho. Un amor que hacía que dos almas se encontraran y fundieran en una. Un amor que nos hacía vibrar de alegría. Alentadas por su imaginación, nuestro poder fue creciendo. Ellos creían en nosotras, ¿cómo no creer nosotras en ellos?

Pero el tiempo fue pasando. El ser humano empezó a contaminar las aguas de los ríos. Empezó a envenenar el aire que respiramos. Ya no mataban animales para poder vivir. Los asesinaban de modo cruel solo por diversión. Y lo que es peor, se mataban unos a otros por el mismo motivo. Cada vez que un niño salía herido por la locura de un hombre o una mujer, nuestras fuerzas se veían mermadas. Solo ellos nos mantenían con vida en sus mentes. Pero los niños fueron creciendo. Y la magia empezó a desaparecer por culpa de lo que ellos llamaron tecnología. Ya nadie paseaba por los pocos bosques que quedaban libres de su destrucción, nadie dirigía una mirada al firmamento cargado de estrellas que les cubría. Los amantes, aquellos que siempre nos devolvían las esperanzas por esas criaturas perversas, ahora sólo yacían buscando placer... No había amor. No había compasión.

Y finalmente, su codicia arrasó nuestro hogar. Ya no quedan árboles que nos den su sombra ni los cantos de los pájaros revoloteando alrededor. No quedan ríos de aguas claras. No queda recuerdo alguno de lo que una vez fue verdor.

Lilly enmudeció por culpa del llanto. Laura no podía creer que fuera cierta tanta belleza. Su mundo era un desierto. Un árido lugar donde apenas había comida y agua. La gente era cruel y sólo reinaba una cosa: La supervivencia. A costa de lo que fuera, sobrevivir. El hada cogió la mano de la mujer y la abrió. Desenterró algo del suelo y, con sumo cuidado, lo colocó en su mano, cerrando sus dedos con cariño.

—Es la última semilla. El último presente de nuestra madre. A mí no me queda esperanza, solo deseo reunirme con mis hermanas. Pero tú eres buena. Lo he notado al sentir el tacto de tu mano en mi mejilla. Plántala. Cuídala. Ofrécele tu amor y tu compasión, y quizá Madre pueda regresar de entre los muertos...

La voz de Lilly se fue haciendo cada vez más inaudible. Sus manos, temblorosas, soltaron la de Laura y con un leve susurro su cuerpo se empezó a desvanecer.

Laura se quedó allí sentada en silencio, apretando con fuerza la semilla que aguantaba en su puño. Una suave brisa acarició su pelo cuando aquel ser mágico dijo su último adiós. Levantó la vista al cielo y, por primera vez, descubrió la belleza en aquel lienzo azulado, teñido por innumerables tonalidades rosas. Y contempló, para su regocijo, la aparición de la primera estrella del firmamento. Brillante. Hipnotizante... Si aquella sensación que la embriagaba no era magia, ¿qué otra cosa podía ser? Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Había sido testigo del nacimiento de una nueva estrella. Lilly, desde lo alto del firmamento, velaba por ella.

Aquel día tomó una decisión. Ya no viviría para sobrevivir. Viviría para devolverle a la Madre Tierra aquello que sus antepasados le habían arrebatado. Viviría para que su hijo pudiera ver con sus propios ojos la belleza que con tanto amor le había explicado aquel ser débil que siempre guardaría en el rincón más profundo de su corazón.


Por ella, por ti, por los que están por venir... Cuídala. Es nuestro hogar, nuestra casa. Y solo tenemos uno.


Dedicado a todos aquellos que luchan porque la tierra siga siendo un lugar digno donde vivir.  


Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SaveCreative.