viernes, 15 de enero de 2016

Te Daré Caza




Poco sospechaban lo que estaba a punto de suceder. Mientras Carla paseaba cogiendo su mano, los árboles iban despojándese de sus hojas. Era otoño, un otoño especialmente frío. Su pequeño pisaba una y otra vez la hojarasca y reía. Carla le miró y sonrió.

—Es bonito, ¿verdad? —dijo con ternura.

Unas nubes negras comenzaron a aparecer por el horizonte y el viento empezó a soplar con más fuerza. El pequeño apretó a su mano.

—Parece que se prepara una tormenta —dijo agachándose frente a él para subirle la cremallera de la parca—. Será mejor que regresemos a casa.

Cogió al niño en brazos y se dispuso a coger el camino de vuelta a casa. El aire era frío y la temperatura comenzó a descender con rapidez. El tímido sol quedó oculto por las oscuras nubes y Carla apretó el paso.

—Si no nos damos prisa nos va a llover —dijo apretando la cabeza de la criatura contra su pecho.

Elevó la vista al cielo. Los nubarrones eran amenazantes. Aceleró aún más el paso.

Su casa, una vieja casa de madera, estaba situada junto a un lago alejada varios kilómetros del pueblo más cercano. Desde que se separó de su marido, ella decidió mudarse a la que había sido su casa de veraneo cuando era niña. El pueblo le recordaba demasiado a los malos tiempos. Un tiempo en el que el dolor de los golpes y las palabras de desprecio eran su día a día. En cambio allí podía ser ella de nuevo. Podía pasear sin miedo a encontrarse con aquel que se suponía que la quería.

En la base de la colina podía verse el lago.

—Ya estamos cerca... —murmuró.

Su pequeño se había dormido con el suave balanceo de sus brazos al andar.

Las primeras gotas no tardaron en llegar.

Cuando por fin alcanzaron la valla de madera blanca que bordeaba la casa, el viento y la lluvia calaban sus huesos. Carla corrió hasta la puerta y entraron al refugio del hogar. Dejó al pequeño en el sillón y se quitó el abrigo empapado que colgó en el perchero de la entrada. Se acercó al hogar y prendió fuego a los troncos que ya había dejado preparados. Mientras la chimenea se encendía, se acercó a su pequeño y le quitó la parca.

Sonó el teléfono. Colocó la manta sobre el pequeño, que aún dormía, y fue a la cocina. Descolgó el auricular.

—¿Sí? —dijo mientras se secaba el pelo con el trapo que tenía más a mano—. ¡Ah! Hola mamá... Sí, lo he visto. Aquí ha empezado a llover ahora... No, no te preocupes, estamos bien.... Sí, es que habíamos salido a pasear, ya sabes cómo le gusta a tu nieto pisar las hojas secas je, je... Que no, de verdad, no te preocupes más. Estamos bien. ¿Y papá? —dijo intentando que su madre dejara de preocuparse—. Bueno, ya sabes que es un poco testarudo... Que no, mamá, que estamos bien. Ni se os ocurra coger el coche con la que está cayendo... Que no, no seas pesada... Vale. Yo también te quiero... Un beso.

Colgó el teléfono y sonrió. Si no hubiera sido por su ayuda... Pero se preocupaban demasiado.

Se calentó agua y preparó una infusión. Fue al salón y se sentó junto a su hijo, tapándose las piernas con la manta.

—Qué día más feo que se ha quedado al final —le dijo en un suave susurro mientras acariciaba su pierna.

Al cabo de un rato, el ruido de un motor se oyó en el exterior.

—Mira que les he dicho que no vinieran —dijo frunciendo el ceño y poniéndose en pie.

Se acercó a la ventana de la cocina, que daba a la entrada de la finca. Corrió la cortina, pero no llegó a distinguir el vehículo con la lluvia. Colocó la tetera al fuego llena de agua y encendió la cafetera para su padre, a quién le gustaba mucho el café recién hecho. Mientras tanto, llamaron a la puerta.

—¡Voy! —gritó.

Terminó de colocar los cuatro cacharros que había sobre la mesa en la encimera y corrió para abrirles.

—No... —dijo aturdida por la sorpresa al ver que no se trataba de sus padres.

—Hola Carla —dijo un hombre de alta estatura y bastante corpulento—. ¿Me has echado de menos?

—No puede ser... —dijo dando un paso atrás.

—¿Así es cómo me recibes después de tanto tiempo? —dijo el hombre con sarcasmo.

—¿Cómo nos has encontrado? —dijo intentado controlar el temblor en su voz.

—Bueno —contestó bajando la cara y enseñando su sonrisa más pérfida—, te dije que te encontraría ¿no es cierto?

—¿Y a qué has venido? —preguntó con toda la serenidad que pudo.

—Tenía ganas de ver a mi hijo. Hace ya seis meses que os perdí de vista y como entenderás, tengo derecho a saber de mi familia.

—El juez no lo cree así.

—¿El juez? Ese imbécil no tiene ni idea. Lo que es mío, es mío, ¿o acaso no lo recuerdas?

Carla tragó saliva. Inspiró con fuerza y cogiendo la puerta con la mano, quiso cerrarla de un golpe.

El hombre colocó el pie y la frenó en seco.

—¿Ya me quieres echar, cielo?

Carla miró a su alrededor. El paragüero quedaba cerca. Cogió su paraguas azul celeste y lo utilizó a modo de bate para golpear al desgraciado que sonreía frente a ella. Se apartó para esquivarla y aprovechó el momento para cerrar la puerta. Echó la llave —que por suerte siempre dejaba puesta por dentro cuando regresaba a casa— y puso la cadena.

—¡No pienso irme, cielito! —gritó a través de la madera—. ¡Llevo demasiado tiempo esperando encontrarme con mi familia!

«Maldita sea... ¡Pensé que seguiría en la cárcel!», pensó aturdida.

—¡Lárgate Kike! ¡O llamaré a la policía!

—¡No! —se quedó callado un instante—. De acuerdo, tú ganas... No quiero volver a la maldita cárcel...

«¿Así sin más?», pensó desconfiada. Pero en ese momento Kike empezó a canturrear una vieja canción. Y, con ella, el recuerdo de los golpes, las amenazas de muerte, el cuchillo en su garganta y los llantos de su niño la hicieron estremecer. El miedo iba regresando a ella. Y con el miedo el pánico. «Dios... No me va a dejar... ¡Este hijo de puta no me va a dejar hasta que no me mate!», pensó mientras las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos. En un intento por tranquilizarse, apretó los puños con fuerza y se limpió las lágrimas con la manga. «No es momento de ponerse a llorar... Ahora no soy la que era. Lo primero es buscar ayuda».

Corrió hasta la cocina y descolgó el teléfono, pero la fuerte tormenta les había dejado sin línea. «Mierda. ¿Y ahora qué?», pensó mientras escuchaba de lejos el canturreo de Kike. «He de salir de aquí...».

Por suerte se conocía cada rincón de aquella vieja casa. Corrió hacia las habitaciones que quedaban al fondo y cogió su bolso. Guardó un pijama del niño y varios pañales y corrió hacia el salón. Tocó la parca que había dejado en una silla cerca de la lumbre. Aún estaba húmeda. La agarró y se acercó al pequeño.

—Ma-ma —dijo soñoliento mientras le ponía las mangas.

—Shh... Vamos, tenemos que irnos...

A todo esto, se dio cuenta de que hacía rato que no escuchaba el odioso canturreo. Se detuvo en seco y agudizó el oído.

«¿Se habrá ido en serio?». Meneó la cabeza. Kike no era de los que dejaban las cosas así como así... Cogió al pequeño en brazos y corrió hacia el desván. Desde allí tendría una visión del patio y podría bajar a hurtadillas para montar en el coche e ir hasta casa de sus padres.

El escondite perfecto ahora era la ratonera perfecta.

Kike escuchó movimiento en el interior de la casa.

«Así, gatita, busca el modo de esconderte», pensó cada vez más entusiasmado. Sería una auténtica cacería, y Carla sería su pequeño trofeo. Cuando la hubiese cazado, aparte de hacerla pagar los meses que estuvo encerrado en la cárcel, la haría suya de nuevo.

Se alejó un poco de la pared y observó la casa con detenimiento. Parecía estar todo cerrado. Entonces levantó la vista y vio un ventanuco en la parte más alta de la casa que tenía el cristal roto. Kike sonrió para sus adentros. «Sí», pensó. «Ya eres mía».

Carla tiró de la cuerda para bajar la escalera.

—Espera aquí, ¿vale? —le dijo al pequeño que se quedó de pie junto a la escalera frotándose los ojos.

Comenzó a subir. La madera crujía con cada paso que daba. Asomó la cabeza. Estaba bastante oscuro y apenas podía distinguir nada. Vio la ventana por la que pensaba salir al exterior. Tal y como recordaba, estaba rota y, como ella era menuda, podría salir por ella sin demasiada dificultad. El problema sería bajar al crío. Pero eso lo pensaría una vez estuviera en el exterior. Bajó de nuevo y se colocó el fular portabebés para cargar con el pequeño a la espalda.

—Vamos.

Pero antes de terminar de atar la tela, el canturreo de Kike la paralizó. Levantó la cabeza con todos los músculos tensos. ¿Cómo narices había conseguido entrar? Recordó la ventana.

—No puede ser... —balbuceó aterrada.

—Sabes que estamos conectados, mi amor. Vamos, solo quiero reunir de nuevo a la familia...

Carla cogió al niño y corrió hacia el pasillo. Debía salir de allí. Llegó a la puerta e intentó abrirla. El pequeño empezó a llorar.

—Tranquilo... tranquilo... —decía intentando calmar su llanto mientras sus manos temblorosas sujetaban como podían la cadena para quitarla y así poder abrir la puerta.

Kike se situó a su espalda y golpeó con fuerza la madera a la vez que dejaba caer su peso en la mano.

—¿Ya te vas? Si esto acaba de empezar, querida mía...

La cogió por el cuello. Carla dejó caer al niño que empezó a llorar desconsolado por el susto y sujetó la mano de su ex con fuerza.

—No vas a volver a alejarte de mí, Carla. Soy tu amor, ¿recuerdas? Eres mía... Mi más preciada posesión.

Apretó aún más su puño. Carla empezó a sentir la asfixia. Los gritos de su hijo la desesperaban. Con sumo esfuerzo, tanteó con la mano para encontrar el paraguas que había dejado apoyado en la pared. «¡Aquí!», pensó al notar el mango de madera. Lo sujetó como pudo y le golpeó con todas sus fuerzas. La suerte quiso que le golpeara en la rodilla de tal manera que le provocó un espasmo, soltando a su presa por un instante. Pero su respuesta no se hizo esperar. Con el puño cerrado, la golpeó en plena cara haciéndola caer a un lado.

Carla notó cómo su ojo ardía y sintió el calor de la sangre que comenzó a resbalar hacia su boca desde la brecha que se había abierto en el pómulo. Se irguió como pudo, agarró al niño del brazo y corrió hacia el salón. Kike estaba embravecido. Carla nunca se había defendido de aquella manera y el odio y el deseo se entremezclaron de tal manera que le hicieron perder el juicio. Ya no quería recuperarla. Quería golpearla, verla sufrir, deseaba sentir su vida entre sus manos.

Salió detrás de ella y de un placaje la hizo caer al suelo. Pataleó intentando zafarse de su captor, pero el hombre pesaba demasiado. Kike se tumbó sobre su espalda y acercó su cara a su cabeza.

—O mía... O de nadie —murmuró a la vez que se incorporaba y se sentaba sobre su espalda.

Carla gimió por la falta de aire que provocaba el peso del hombre en su espalda. Kike la cogió de un brazo y se lo retorció levantándolo hacia atrás y hacia arriba.

—P...Para... Por favor. ¡Me haces daño!

Pero no cesó. Cogió el otro brazo y repitió lo mismo. Un crujido la obligó a gritar de dolor.

—¡Ah! ¡Para! ¡Por favor, Kike! ¡Me has sacado el hombro!

El hombre la soltó y se puso en pie. Carla se dio la vuelta y se sujetó el brazo dolorido. Cuando levantó la vista y vio los ojos de su ex su tez palideció. Nunca antes le había visto con aquella expresión en su rostro. Tenía la mirada de un alma sedienta de sangre, de un hombre que solo desea ver muerte. Con sus ojos tan abiertos que parecía que fueran a salirse de sus órbitas y con aquella sonrisa tétrica dibujada en los labios, daba verdadero pavor.

A partir de aquel momento no le dio tregua. Empezó con una patada en las costillas. Y luego otra. Y otra. Los puños iban y venían. La sangre comenzó a brotar de su cara. Los fuertes hematomas que recorrían su cuerpo ardían. Apenas llegaba a escuchar los alaridos de su pequeño, sentado en el suelo a escasos metros de ella. Con cada golpe se le escapaba un poquito de vida. Miró al niño. Sollozaba llamándola. Estiró el brazo para intentar rozarle una vez más. Sabía que había llegado su hora.

Un ruido seco resonó en la habitación, seguido de un fogonazo. El olor de la pólvora comenzó a esparcirse por la sala entrando por sus fosas nasales. Sin fuerzas para poder pensar, notó un golpe seco contra su pecho. Su visión era borrosa. Ya apenas sentía dolor, adormecida por su propio subconsciente.

—¡Carla! 

«¿Mamá?», pensó al oír su voz como si tuviera eco y estuviera muy lejos. Pero no podía apenas moverse. Abrió un ojo y levantó la vista un instante. Su padre sujetaba con firmeza su escopeta, apuntando al cuerpo sin vida de Kike que yacía sobre ella.

FIN


Por desgracia, son demasiadas las personas que pasan por un calvario similar al de nuestra protagonista. Y muchas, demasiadas, acaban pereciendo a manos de sus parejas. NO MÁS VÍCTIMAS POR «AMOR». 

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

4 comentarios:

  1. Hola!

    Madre mía Carmen. Extrañaba un montón leerte, pero que relato, realmente estremecedor. Ojalá la sociedad se concienciara de que las mujeres son iguales a los hombres. Y ojalá no volviéramos a ver casos de estos, que por desgracia se siguen dando.

    Realmente estupendo el relato. Un auténtico placer volver a leerte.

    ¡Un fuerte abrazo!

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    1. ¡Hola Fran!

      Cuanto me alegro de tenerte por aqui de nuevo! ^^

      Muchísimas gracias :) Sí, ojalá el número de víctimas fuera cero. Al fin y al cabo, todos somos seres humanos, no?

      Un besazo! Que vaya muy bien el finde!

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  2. Hola Carmen, qué mal imaginé todo por la foto jaja. Al ver esa escopeta humeante, me imaginaba una historia en la que alguien daría caza a alguna bestia maligna, y me ha pillado todo de sorpresa. Sí que es una historia donde hay una caza y una bestia, aunque personificadas ambas cosas en el maltratador que sale de la cárcel para buscar su venganza. Y sí, hay un escopetazo al final jaja.

    Bromas aparte, es un buen texto, lograda la tensión que suponen estas situaciones (demasiado reales y como mencionaste en muchos casos la víctima también muere), y todo envuelto en esa tormenta. ¡Un beso!

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    1. ¡Hola José C.!

      Sí, es un texto que tiene un mostruo, aunque no el que imaginabas, jeje Si quieres un mostruo, en el «apartamento 301» sí que tienes a uno ^^

      Muchas gracias, lo cierto es que es un tema delicado y muy triste porque lo viven muchas personas en su día a día... Y quería, de algún modo, aportar algo a modo de apoyo.

      Un abrazo bien grande, y un millón de gracias por leer y por dejar tu comentario :) ¡Feliz miércoles, compañero de letras!

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