miércoles, 9 de marzo de 2016

Haydar. El Guardián.

¡Hola amigos/as! 

Por fin, después de haceros esperar más de la cuenta (¡¡lo siento!!), os traigo el cuarto capítulo de la historia Haydar, que escribo junto a mi compañero y amigo José Baena (si queréis visitar su blog, que os recomiendo, es el siguiente enlace http://jbaenac.blogspot.com/). 

Pues nada, solo me queda dejaros con la lectura, que espero que os haga pasar un buen rato :) ¡Abrazo fuerte! Y, como siempre, gracias por pasaros a leer, por vuestros amables comentarios (que adoro ^^) y por compartir, ayudándome a llegar a más lectores. 




Sadiq viajaba en la proa del barco apoyado en la baranda de madera dejando que el viento le golpeara en la cara. Estaba pensativo. Su encuentro con Mirza había saciado su deseo pero le había dejado con un mal regusto: ella seguía prefiriendo a Haydar.

—Capitán —le interrumpió su segundo al mando devolviéndolo a la realidad—, no tardaremos en divisar la isla. ¿Qué quieres que hagamos?

Sadiq se irguió y desvió la vista hacia el horizonte.

—De momento estad atentos. Ese bellaco es un brujo poderoso y no creo que sea fácil acercarnos a la isla así sin más —dijo con semblante serio mientras golpeaba con los dedos la barandilla con cierto nerviosismo.

—Vale, avisaré al resto.

El hombre se despidió con un toque de cabeza y se dispuso a prepararse para la llegada.

La isla apareció a lo lejos. Al principio como un pequeño islote perdido en mitad del océano. Pero a medida que se fueron acercando se fue perfilando su contorno.

El capitán se dirigió hacia el timón.

—No te acerques más —le dijo al timonel cogiendo el catalejo para poder observar la isla más de cerca—, fondearemos aquí. Primero echaremos un vistazo a la isla y para eso será mejor acercarnos en uno de los botes. No quiero que por culpa de ser poco precavidos mi barco sufra daños.

—Lo que mande —acató el hombre.

El chinchorro —una pequeña embarcación de remos— colgaba a uno de los lados del barco. Sadiq junto a tres de sus hombres subieron a bordo. El capitán dio la orden de bajar al agua y varios de los bucaneros desataron los cabos que lo amarraban y lo dejaron caer con cuidado. Ya en el agua, cada uno de los presentes tomó un remo y comenzaron a avanzar hacia la isla.

Cuanto más cerca estaban de tierra, más nerviosos se iban poniendo. Habían oído numerosas historias acerca de ese brujo, Zainab. Y ninguna de ellas era precisamente amable. Según contaban las malas lenguas dominaba la magia negra y era capaz de invocar a las más temibles criaturas. Pero lo que de verdad alteraba a los hombres era lo que se explicaba de la época en que trabajaba en el palacio del Califa. Se decía que —intentando superar sus limitaciones— había llegado a pactar con un ente maléfico que cobró un alto precio por cederle parte de sus conocimientos. En aquella época, numerosas personas desaparecían sin dejar rastro. Aunque, a su vez, corrían rumores de que fueron apareciendo restos humanos esparcidos por los alrededores de palacio.

—Capitán —dijo el hombre situado a su derecha sin dejar de remar hacia tierra firme—. ¿Crees que el brujo estará en la isla?

Sadiq desvió la vista hacia tierra y apretó la mandíbula. Tardó varios segundos en contestar:

—Según tengo entendido, si no ha regresado ya, estará a punto de hacerlo.

—¿Y cómo narices vamos a escondernos de un brujo? —preguntó Aurio, que estaba frente a él, un hombre de baja estatura y pelo negro con una calva poco disimulada, levantando la ceja izquierda.

Sadiq miró con dureza al hombre. Si bien entendía que estuvieran nerviosos, no le gustó el tono de su hombre. Sobretodo porque fue el más reacio a embarcarse en aquella locura y sembraba la duda entre los demás.

—Dejaros de tanta palabrería y seguid remando —dijo con sequedad haciendo que los hombres bajaran la cabeza y remaran con mayor rapidez—. Si somos cautelosos —añadió intentando calmarlos—, no tiene porqué encontrarnos. Además, lo único que debemos hacer es seguirle de cerca para averiguar si conoce el paradero del maldito cetro.

Los hombres parecieron quedarse algo más tranquilos.

«Espero que sepas dónde te estás metiendo, Mirza», pensó sacando su cimitarra y pasando un pañuelo por su hoja.

Al alcanzar la orilla de una de las playas de arena blanca, descendieron del chinchorro y lo escondieron entre unas rocas. La isla era de un tamaño considerable, pero no lo bastante como para albergar un pueblo o una ciudad. Sadiq sacó el catalejo y echó un vistazo a lo que alcanzaba su vista. Una montaña se elevaba al este de la isla.

—Vamos hacia allá. No sé porqué, pero me da la impresión de que nuestro amigo estará en aquella dirección —dijo guardando el catalejo en su cinturón.

* * *

A bordo de «La Fulana de Alá» Mirza se acercó al camarote donde habían trasladado a Walesa después de que algunos hombres se intentaran sobrepasar con ella. Quería ver con sus propios ojos a esa con cara de niña que tan embelesados tenía a todos. Sacó el manojo de llaves y abrió la cerradura. La joven estaba acurrucada en una esquina de la habitación. Sollozaba y temblaba.

Al escuchar la cerradura de la puerta, Walesa levantó la cabeza que tenía apoyada en las rodillas. Estaba encadenada a la pata de la cama por una de las muñecas. Cuando vio entrar a aquella mujer de amplias caderas y cintura fina, con la ropa ceñida y su espesa melena supo en seguida de quién se trataba. Seguro que era Mirza, la mujer que se decía era la que calmaba el ardiente deseo de su amado Haydar. Pero, ¿porqué la había raptado? ¿Qué se traía entre manos esa pirata descarada que la miraba de arriba a abajo con tanto desprecio?

Mirza se acercó a ella y se agachó sin dejar de observarla. Sólo la había visto una vez y en el rapto apenas había tenido tiempo de estudiarla. «Menuda mojigata», pensó al ver cómo la joven intentaba alejarse sin dejar de temblar. «No sé qué puede ver en esta niñata, la verdad. Linda sí que lo es», pensó cogiendo su mentón y obligando a la muchacha a que la mirara. Walesa intentó apartar la cara pero la pirata la agarraba con fuerza. «Pero no solo de belleza se conquista a un hombre».

—Así que Walesa, ¿no? —dijo con todo el desprecio que pudo soltando a la joven y poniéndose de nuevo en pie. La irritaba pensar que Haydar la amara más que a ella.

—¿Qué queréis de mí? —dijo con voz temblorosa—. Mis padres no tienen nada de valor. No podrán daros nada por mi libertad.

—Ilusa —respondió Mirza. Frunció el ceño. ¿De verdad creía que la había traído a su preciado barco para sacar dinero de ella? Por favor, su presencia en aquella embarcación solo ensuciaba su reputación—. Veo que eres más tonta de lo que pensaba. ¿Porqué crees que podría haberte traído aquí?

La sonrisa que apareció en sus labios, con aquella mirada inquisitiva hizo que Walesa se pusiera aún más nerviosa. ¿Porqué la quería entonces si no era para pedir un rescate? De pronto, abrió los ojos con sorpresa y la miró a los ojos.

—No... No me digas que Haydar tiene algo que ver... —murmuró apenas en un hilo de voz. Si era por Haydar... Ella conocía de su relación con aquella mujer despampanante, ¿por qué no iba a conocer la pirata su relación con él? Sintió cómo un sudor frío empapó su frente.

—Hombre, te ha costado, pero parece que al final lo vas captando —carcajeó a la vez que se arrodillaba frente a ella—. Si te soy sincera, me das asco, niñata estúpida. Oír hablar de ti me produce náuseas: «Es la joven más linda del califato», «es tierna y amable», «es una jovencita encantadora». Hasta algunos de los de la tripulación quedaron embelesados al subirte al barco. —Apretó los dientes uno contra otro y arañó el suelo de madera con sus uñas. Walesa parecía una flor delicada y eso a sus hombres les volvía locos. Para ellos, que siempre estuvieron junto a ella: una mujer segura y de una firmeza y dureza que no les dejaba opción a tocarla, una mujer débil era muy apetecible. Se puso en pie, se dirigió hacia la puerta y añadió—: Tienes suerte de que te tenga encerrada en mi camarote. Pero ya puedes rezar a Alá que no me harte de tenerte cerca, porque si me canso de ti no pondré impedimentos en que mis hombres pasen un buen rato contigo. —Walesa quiso decir algo en su defensa pero Mirza puso el dedo en sus labios y la mandó callar—. Será mejor que no digas nada. No queremos que me canse de ti antes de tiempo, ¿verdad? Además, te necesito entera hasta que consiga lo que estoy buscando.

—Por favor —suplicó la joven colocándose de rodillas—, haz saber a mis padres que estoy bien...

«¿Sus padres?», pensó la capitana mirándola con expresión de asombro. «La acabo de decir que puedo hacer que mis hombres la violen cuando quiera y ella se preocupa más de que sus padres no se preocupen por ella». Pero no dejaría que eso la ablandara. Era su prisionera. Y su carta de chantaje.

—Tú limítate a portarte bien —contestó con sequedad.

Cuando la pirata salió del camarote, Walesa empezó a llorar desconsolada. Si por su culpa su familia salía herida, o perjudicada, se sentiría culpable el resto de su vida. Y no digamos el hecho de que la utilizaran en contra de Haydar. No se lo podría perdonar jamás. Le amaba y no podía soportar la idea de que le pasara algo por su culpa.

* * *

Mientras tanto, en Bagdad, la madre de Albur, Tyra, entró en casa y se sentó en la mesa. Se sentía feliz por haber vuelto a ver a su hijo. Pero sabía que llevaba una vida rodeado de malhechores, siendo él mismo uno de ellos, aunque él lo desconocía. Sonrió pensando en cómo la intentaba engañar diciéndole que estaba en tal o cuál barco mercante.

Estaba ensimismada en sus recuerdos, aquellos días en los que los niños del barrio se reían de su hijo por tener un color de pelo distinto al de cualquiera de aquellas tierras. Albur lo había pasado muy mal. Recordó el día que entró corriendo en casa con la ropa y la cara sucias de estiércol. Aquel día maldijo su suerte por haber ido a parar a manos de su esposo, a quién jamás pudo contradecir. Los niños, que cuanto más mayores más crueles se volvían, quisieron gastarle una broma pesada. Pero como él —harto de ser el hazmerreír del barrio— se enfrentó a ellos, la escaramuza acabó con su hijo lanzado contra una montaña de estiércol, con las consecuentes carcajadas e insultos de los demás.

A partir de aquel día su hijo se volvió más esquivo y solitario. Dejó de acompañarla al mercado y se fue aislando del mundo. Se pasaba las horas en el desierto aprendiendo a lanzar cuchillos y a usar su espada, la espada que con tanto orgullo le regaló su tío. Hasta que, por obra del destino, conoció a ese pirata espabilado y dicharachero. Fue el día que su padre, a quién odiaba hasta la muerte por tratarla con desprecio y violencia, asesinó a su tío.

«Lo siento, Albur», pensó con ojos húmedos. Su cuñado siempre fue amable con ella. Era un hombre de buen carácter que siempre la trató con el respeto que su esposo no le tenía. «Lo siento tanto...»

No se podía sacar de la cabeza los ojos de su hijo al ver a su tío ensartado en la hoja de la espada de su padre, quien escupía verdaderas barbaridades hacia su hermano mientras éste, con una leve sonrisa, la miraba a ella. Salvó su vida —aquella maldita estocada iba destinada a ella— pero fue él quién murió. Y Albur, enloquecido de rabia, quiso matarlo allí mismo. De no ser porque ella se abalanzó sobre él para evitar que hiciera una locura, le habría asesinado para vengar la muerte de aquel que le dio cariño. La miró sin entender por qué seguía defendiendo a ese malnacido. No podía entender por qué su madre se empeñaba en defender a semejante desgraciado. Pero para ella era más complicado de lo que parecía. Tras años bajo su tutela, siendo la esclava de ese bárbaro, aguantando sus vejaciones, sus insultos, sus golpes, sus violaciones, había perdido toda la fuerza y el coraje de su pueblo. Había perdido todo el apoyo y el poder de sus dioses quienes la habían abandonado a su suerte tras aceptar esa maldita religión como suya. Y cedió. Para salvar su vida y la de su hijo cedió y olvidó quién era.

Aquel día Albur se fue para no volver. Y conoció a Haydar, con quién emprendería una nueva vida alejado de lo que había sido su hogar.


La oscuridad fue abriéndose paso. En la penumbra, las lágrimas de Tyra resbalaban por sus mejillas. Se limpió la cara con el delantal que llevaba puesto y se puso en pie dispuesta a preparar la cena.
Alguien entró golpeando todo lo que encontraba a su paso y la mujer dejó caer la cuchara de palo que sujetaba en sus manos. Había regresado a casa. Y estaba de mal humor.

—¡Maldita sea! ¡Esos rufianes del clan de los Saadi! —gritó malhumorado. Buscó a su mujer con la mirada y gritó—: ¡Mujer! ¡¿Así recibes a tu señor?!

Tyra sintió cómo su cuerpo empezaba a temblar. Se tragó el pánico que poco a poco la iba devorando, y salió de la cocina a su encuentro.

—Mi señor —dijo con un hilo de voz a la vez que bajaba la cabeza en señal de sumisión.

—Tengo hambre, dame de cenar.

El hombre, cuando se dignó a mirar a su esposa, vio que uno de los mechones de su melena salían del hiyab que cubría su cabeza y pecho. Frunció el ceño y se acercó hacia ella a grandes zancadas. Cuando Tyra se dio cuenta de su error corrió a esconderlo, pero ya era demasiado tarde. Su esposo la agarró con fuerza por el velo, cogiendo también su pelo, y la zarandeó.

—¡Maldita hereje! —espetó cargado de ira—. ¡¿Cuántas veces te he dicho que no debes enseñar el pelo?! ¡Puta descarada! ¡¿Tantos años y aún no has aprendido?!

La mujer sabía lo que se avecinaba. Intentó apaciguarle suplicando su perdón, prometiéndole mil cosas que sabía que eran de su agrado, aunque para ella fueran la peor de las deshonras. Pero —aún así— los golpes empezaron. Primero uno. Luego otro... Y ella guardó silencio. Un silencio que iba rompiendo su alma en pedazos.

* * *

Mientras tanto, en el «Furia de los mares» Nasser, Turán y Haydar se sentaron en el camarote del último, alrededor de una botella de licor. Nasser le ofreció la botella al capitán de la guardia real, aunque éste lo rechazó por sus creencias religiosas.

—Tú te lo pierdes —dijo encogiéndose de hombros y sirviéndose un buen trago.

—¿Y bien? ¿Qué tenéis planeado hacer? —dijo Turán acomodándose en el respaldo de su silla—. Si ese cetro es tan poderoso como decís, y tan peligroso, no será tarea fácil encontrarlo.

Haydar dejó escapar una sonora carcajada.

—¡Y esa es la gracia! ¡Cuanto más peligroso sea, más diversión para nosotros!

Turán miró a Nasser con sorpresa Y este levantó las manos y negó con la cabeza.

—No tiene remedio, capitán —dijo dándole un trago a su copa—. Le encanta vivir al límite.

El capitán de la guardia real observó a Haydar. Sabía que no era un pirata común, pero su reacción no sabía si era la de un valiente empedernido o la de un loco de atar. ¿Acaso no temía a la muerte?

Haydar se puso en pie y fue en busca de las cartas.

—Según esto —dijo dejándolas sobre la mesa—, debemos dirigirnos hacia el Mar Egeo.

—¿El mar Egeo? —intervino Turán—. Hay un largo camino hasta llegar a él.

—No hace falta que lo jures —añadió Nasser agotado solo de pensar en el viaje en dromedario que tendrían que hacer hasta llegar a Damasco para continuar hasta el puerto marítimo de Sidón.

—Lo sé, lo sé. Será un viaje largo, pero merecerá la pena el camino recorrido. De eso estoy seguro —contestó su superior.

—Bueno, si es allí donde se ha de ir, se irá —dijo el capitán algo receloso.

Nasser volvió a tomar su copa y la vació de un trago.

—Malditos dromedarios... Me van a dejar el culo destrozado —se quejó.

Haydar empezó a reír con fuerza. Sabía que a su compañero no le gustaba recorrer la tierra, pero no había modo más rápido que aquel para alcanzar el mar.

—Vamos hombre —dijo rodeando el cuello de su amigo con el brazo—, piensa que volveremos al «Furia de los Mares II». Hace meses que no vamos por allí. Y seguro que en la «Calavera ardiente» nos espera algún que otro bellezón. —Le guiñó un ojo y retomando la seriedad añadió—: En cuanto a la isla, por lo que he podido averiguar, debe ser una isla cercana a Creta.

—Mmm... Creta, ¿eh? —comentó Nasser pensativo—. Creo que esa isla no es volcánica.

—No he dicho que sea Creta —respondió con una sonrisa enigmática—. ¿No habéis oído nunca la historia de una civilización que sucumbió tras la erupción de un volcán? ¿No podría ser que esa exterminación fuera algo más que un suceso natural?

Turán y Nasser se miraron mutuamente. Y fue el capitán el primero en responder.

—¿Estás pensando en la erupción de Théra?

Haydar amplió su sonrisa.

—¡Exacto! Piénsalo, una erupción que acabó con una civilización, unas cartas que proceden de las islas del Egeo y que marcan el paradero del cetro en una de ellas que además ha de ser volcánica. ¿No es demasiada casualidad?

Nasser se rascó la perilla pensativo.

—Podría ser, sí... Théra es una isla con mucho misterio...

—No podría, amigo —dijo Haydar cogiéndole por el hombro—. Lo es. Esa es la isla a la que debemos dirigirnos.

Turán releía una y otra vez las cartas que el pirata había dejado sobre la mesa. Y por más vueltas que le daba, por muy descabellada que fuera su explicación, era la que más encajaba con el contenido de los pliegos que sujetaba entre sus manos.

—Sí, parece que tienes razón —afirmó.

—Pues a qué esperamos —dijo Haydar rellenando las copas y levantando la suya. Nasser le imitó—. ¡Rumbo a Théra!

—¡Rumbo a Théra! —dijo chocando su copa contra la de su superior.

Turán, a modo de aceptación, cogió su copa vacía, e imitó a los piratas.

Ahora el destino estaba claro. Sólo quedaba llegar sin altercados.

* * *

A varios kilómetros de allí, el grupo de Sadiq continuaba su acercamiento hacia la montaña cuando vieron un enorme ave rapaz acercarse volando. Corrieron a esconderse.

—¡Que Alá nos proteja! —gritó el viejo gruñón—. ¡Ese ave es un enviado del diablo!

—¡Calmaos y escondeos! —gritó Sadiq intentando calmar a sus cada vez más nerviosos hombres.

El ave pasó volando sobre ellos. Era de una envergadura sobrenatural y poseía unas garras temibles. Y en su lomo, como si se tratara de un caballo, viajaban dos hombres. El Roc se dirigió hacia la montaña y descendió sobre la roca con una fuerte aletada. El primero en descender del enorme ave fue Zainab.

—Mi señor —comentó Gunaid algo aturdido por el viaje—, ¿confía en ese tal Idrís?

—Por supuesto que no. Es un traidor que no dudará en vendernos al mismísimo diablo. Pero nos vendrá bien para tomar por la fuerza el palacio del califa. Además, creo que nos podría servir como ofrenda en un futuro...

La sonrisa macabra de su señor hizo que Gunaid, que acababa de pisar la tierra, tragara saliva. Sabía perfectamente a qué se refería con eso de servir como ofrenda, y la idea le espeluznaba.


—Se ha detenido allí —dijo el capitán en voz baja señalando la montaña. El ave, una vez libre de la carga que llevaba en su lomo, sobrevoló los árboles cercanos y desapareció en el horizonte—. Y por lo que parece, el brujo ha regresado a la isla... —Los hombres empezaron a cuchichear entre ellos. Nunca antes habían visto semejante monstruo—. Bueno, sigamos. Debemos llegar a ellos. Cuanto antes averigüemos lo que saben, antes podremos salir de la isla.

Cuando se acercaron al escarpado sendero que accedía a la cueva de Zainab, el sonido de ramas quebrándose les detuvo en seco.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó el más joven de todos sin mover un solo músculo.

Guardaron silencio. El ruido parecía acercarse más y más. Por instinto, sus manos se fueron posando sobre sus armas.

Para su sorpresa, de entre la hojarasca del bosque, apareció un ser de forma humanoide de menos de 20 cm de altura. Los hombres, que esperaban algo terrorífico después de ver el inmenso pájaro anterior, se echaron a reír.

—¡Ja, ja, ja! —carcajeó el viejo—. ¿Qué diantres eres tú?

Sujetó su espada y la acercó al extraño ser que se movió intentando esquivar la punta.

Sadiq le observó un instante. Era menudo, con un rostro bastante feo. Pero parecía inofensivo, sobretodo si se tenía en cuenta su estatura. Desvió la vista hacia la montaña con el ceño fruncido. Algo no iba bien. Zainab era demasiado retorcido como para que dejara las cosas al azar.

—Vamos capitán —dijo el joven—, no ponga esa cara. Un golpe de espada y esa cosa alimentará a los gusanos.

—Claro... —contestó sin estar muy convencido, levantando su cimitarra.

No podían perder más el tiempo. Y quizá la suerte les acompañara en aquella ocasión. De modo que con un fuerte giro intentó hundir la espada en aquel minúsculo cuerpo. Esquivó la estocada. Sadiq, sorprendido por la agilidad del monstruo, sacó la espada que había quedado clavada en el suelo y tuvo que aguantar las burlas de sus compañeros quienes comenzaron a reír al ver que su capitán fallaba.

—Maldita cosa —renegó de mal humor. Miró la cima de la montaña. Debían continuar su camino antes de que el brujo supiera de su estancia en la isla y descubrir lo que buscaban para poder escapar de allí—. Bah, no perdamos más el tiempo con ese bicho. Vamos, continuemos con nuestro camino.

Entre risas, empezaron a caminar por el sendero dejando atrás al extraño ser cuando, de pronto, un gruñido les hizo detenerse. Cuando se giraron a mirar al pequeño monstruo sus rostros palidecieron. El pequeño ser estaba aumentando su tamaño. Ya era del tamaño del viejo de ellos. Los piratas recularon unos pasos.

—Pero qué... —comentó el más joven.

—¡Vamos! ¡Esto no me gusta! —gritó Sadiq animando a sus compañeros a salir corriendo de allí.

La bestia seguía aumentando su tamaño. Tan alto como los árboles, con su boca llena de afilados y desfigurados dientes, con un rostro horrendo y una mirada fría y despiadada, el pequeño monstruo ahora era un gigante de cerca de diez metros de altura y complexión fuerte.

—¡Joder! —exclamó el viejo—. ¡Es un gigante! ¡El brujo tiene un gigante!

En aquel momento, la bestia dejó escapar un fuerte rugido que rebotó por las paredes de roca que les rodeaban.


En la cueva, el loro que siempre acompañaba a Zainab entró veloz hacia su amo:

—Intrusos, intrusos... —dijo con su voz estridente.

Guanid miró al brujo.

—Así que tenemos intrusos, ¿eh? Bien. Veamos cómo se defienden del Guardián.

El discípulo asintió y ambos, con el loro sobre el hombro del hechicero, se dirigieron hacia la entrada de la cueva. Al asomarse pudieron ver cómo el Guardián había regresado a su tamaño original y acechaba a cuatro hombres.

—Piratas... —dijo Zainab en voz baja—. Parece que nuestro amigo Haydar ha empezado a moverse.

—Mi señor —le interrumpió Gunaid—, reconozco a ese tipo, el del pañuelo rojo en la frente. Si mis recuerdos no me traicionan, diría que es Sadiq, el capitán del «Esperanza».

—¿Sadiq? Mmm... No he oído hablar de él.

—Es normal, desde que Haydar ocupó el puesto de mejor pirata los demás han pasado a un segundo plano. Pero ahí donde lo veis, es un tipo bastante temible. Tiene fama de ser bastante frío y calculador y, por lo que sé, no es muy amigo de ese tal Haydar que digamos. Al contrario, he oído que odia a ese engreído hasta desearle la muerte.

Zainab se giró hacia los cuatro hombres.

—Así que odia a Haydar, ¿eh? —murmuró cruzando los brazos frente al pecho mientras observaba al pirata. Sin duda parecía un hombre ágil y fuerte. Estaba deseando ver cómo se desenvolvía ante el Guardián de su isla. Aún recordaba el trabajo que le costó dominar a aquella bestia. De casi quince metros de altura y con una fuerza sobrehumana, era un gigante cíclope procedente de unas lejanas tierras. Tuvo un alto coste en poder que cayera bajo su dominación, pero finalmente, tras tres largos y duros días, la bestia cedió. Zainab sonrió—. Veamos qué tan fuerte es ese pirata...


El cíclope, enfurecido por haber sido objeto de burlas y risas por parte de aquellos diminutos humanos, levanto su enorme brazo y lo lanzó contra uno de ellos. El pirata, un hombre rubio de barba cuidada, rodó a un lado y consiguió esquivar el golpe, pero el tremendo mamporro contra el suelo le hizo salir disparado hacia unos arbustos.

—¡Vamos! ¡Corred! —gritó Sadiq haciendo aspavientos con sus brazos, consciente de que no tenían nada que hacer los cuatro contra aquella enorme mole. Corrió hacia el hombre que cayó a varios metros de él y le cogió por el brazo ayudándole a levantar—. ¡Rápido! ¡Hay que esconderse!

«Si al menos fuéramos más hombres quizá podríamos hacerle frente, pero solo somos cuatro», pensó tirando del hombre y girándose cada dos por tres para comprobar que los demás le seguían.

—¡Argh! —gruñó enfurecido el Guardián.

Se acercó por detrás al más viejo. Corría como podía esquivando las piedras que entorpecían su camino. El sudor hacía brillar su calva. El cíclope se acercó a una de las enormes rocas caídas del peñasco y, levantándola como si se tratara de una piedra de cartón, la lanzó con todas sus fuerzas contra el hombre.

—¡Aurio! ¡Cuidado! —gritó Sadiq al ver lo que estaba a punto de suceder.

Pero era demasiado tarde. Cuando el viejo se dio la vuelta, pálido y con la respiración entrecortada, solo pudo ver una roca inmensa caer sobre él.


En lo alto de la montaña.

—¡Oh! ¡Por Alá! —rió Zainab emocionado al ver cómo la piedra aplastaba al humano—. ¡Eso sí es morir aplastado!

Gunaid, a su lado, le miró de reojo. «Aún me cuesta aceptar cómo puede divertirse con semejante escena», pensó. «Es un sádico...»


Sadiq apretó los puños y los dientes por la impotencia de ver a su hombre morir de aquella manera. La piedra rodó ladera abajo y el cuerpo deshecho de su compañero tintó de grana la tierra por donde pasaba. El más joven, que estaba a escasos metros de lo ocurrido, notó cómo su estómago se retorcía al ver aquella escena. Le dio una arcada que no pudo disimular y se tuvo que sujetar a un árbol para no caer desmayado.

El Guardián dibujó lo que parecía una sonrisa. Uno menos. Sólo quedaban tres. Su amo y señor le premiaría si acababa con todos los intrusos. Y sus recompensas siempre eran dignas de un rey. Apretó una mano contra otra y, abriéndolas de golpe, sacando pecho y elevando el rostro al cielo, dejó escapar un alarido terrorífico que hizo que los hombres se estremecieran.

Sadiq animó a sus hombres a seguirlo. Alzó la vista y luego miró de nuevo al gigante.

—Vamos, hay que escalar esa montaña —le dijo al hombre que estaba a su lado—. Tengo una idea.

El más joven, que seguía rezagado, quiso salir corriendo al ver que avanzaban hacia arriba por la ladera de la montaña buscando los peñascos de piedra blanca que sobresalían, pero un pequeño temblor detrás de él le detuvo en seco.

—¡No! —gritó al ver al Guardián cerca de él temiéndose el mismo final que el viejo.

Dio media vuelta e intentó correr más rápido. Al pasar por el rastro que dejó su amigo, resbaló con las vísceras y cayó al suelo. Sadiq, al verle caer, maldijo su suerte. Apretó la cimitarra que aguantaba con la mano y corrió hacia ellos. Dio un salto desde una de las piedras a la vez que sacaba una pequeña daga que guardaba en su faja y mientras caía la lanzó con fuerza hacia el cíclope. El monstruo, que no la vio venir, sintió una fuerte punzada en el pómulo, muy cerca del ojo. Se detuvo, colocó la mano en la daga y con los dedos la arrancó mientras gritaba improperios una y otra vez, maldiciendo al humano que le había herido. Sadiq corrió hacia su compañero y le cogió por el antebrazo ayudándolo a incorporarse.

—¡Vamos hombre! ¡Hay que salir de aquí! —le gritó sin parar de mirar a su espalda para vigilar al gigante.

—¡Corred! ¡Ya viene! —exclamó desde la ladera el tercer pirata, un hombre de mediana edad y pelo rubio. Sus ojos azulados no paraban de vigilar a la enorme mole de carne que seguía gruñendo mientras se limpiaba la sangre del moflete.


Desde lo alto de la montaña, Gunaid quedó sorprendido por la destreza de Sadiq.

—No lo hace mal, ¿no? —comentó.

Zainab no dijo palabra. De pie, con los brazos cruzados frente al pecho, leía cada movimiento de los hombres y los estudiaba.


Enfadado, el Guardián se encaminó hacia los humanos que acababan de juntarse. Ascendían lo rápido que podían utilizando arbustos y piedras como amarre. La pendiente cada vez era más pronunciada y el sendero quedaba demasiado lejos como para ir a él. Debían encontrar un escondite. Si querían salir vivos de aquel encontronazo, debían encontrar el modo de escapar de aquella bestia y huir mar adentro. Ya tendrían tiempo de perseguir al brujo desde el barco.

No tardó en alcanzarles. Y no lo pensó. Enrabiado, cargado de odio y de furia, lanzó un golpe a la pared de piedra. El temblor hizo que los hombres se tambalearan mientras las piedras más sueltas comenzaban a derrumbarse sobre sus cabezas. El más joven perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer ladera abajo. Sadiq estiró el brazo para que lo cogiera.

—¡Agárrate! —gritó.

Pero el gigante volvió a golpear la pared aún con más fuerza. El fuerte temblor volvió a sacudir a los hombres. El joven, sujeto a una roca saliente, intentó aguantar la embestida. Pero las fuerzas le empezaban a fallar. Su mano aferraba con fuerza la piedra pero sus dedos poco a poco se iban resbalando.

—¡Sadiq! —gritó angustiado—. ¡Ayúdame!

El capitán alargó aún más su brazo intentando alcanzarle.

Algo más arriba, el rubio no dejaba de avanzar hacia la cima. Era un hombre fuerte y ágil al que no le costaba escalar el peñasco.

Otra sacudida, esta vez más cerca del joven corsario, le terminó por desestabilizar. Sus dedos terminaron de resbalar por culpa del sudor y el chico empezó a caer ladera abajo.

—¡Mierda! —renegó el capitán.

—¡Sadiq! —le llamó desde lo alto el rubio—. ¡Vamos! ¡Ya no podemos hacer nada!

«Mierda...», pensó pasando la vista del rubio hacia el joven. El chico había conseguido agarrarse a unos matojos a escasos metros del gigante, quién parecía divertirse. «¡Aún hay esperanza!». Pensó con rapidez.

—¡Vete! ¡Yo bajo a ayudarle! ¡Si no hemos vuelto al barco al anochecer, largaos de aquí y no volváis! —exclamó.

Y a continuación comenzó a descender veloz, aguantando su peso de roca en roca hasta alcanzar al chico. Le cogió de la mano y tiró de él para ayudarlo a incorporarse, pegando su cuerpo al risco.

—Gra... Gracias, Sadiq —dijo resoplando.

—Ya me las darás cuando salgamos de ésta —dijo buscando el modo de salir de allí con vida—. No nos va a quedar más remedio. —Otro golpe en la pared les hizo temblar. Las rocas caían cada vez de mayor tamaño y tuvieron que pegarse bien a la pared de piedra para no ser golpeados por ellas—. Maldita sea, o atacamos a ese desgraciado o no tendremos modo de huir.

El joven tragó saliva y afirmó con la cabeza. Su cuerpo temblaba sólo de pensar que debían acercarse a semejante monstruo. Pero no dejaría que su capitán pensara que era un cobarde. Ambos sacaron sus armas y, sin dar opción a que la bestia lanzara un nuevo golpe contra la pared, se dejaron caer sobre él. Sadiq cayó en uno de los hombros y no dudó en hundir su espada en la clavícula del cíclope. El joven, que cayó pero resbaló, clavó su espada en el brazo y, sujetándose con fuerza para no caer, abrió su carne mientras frenaba la caída.

—Sin duda es valiente —reconoció Zainab acariciándose la perilla.

—Ya se lo he dicho, es el pirata más valiente después de Haydar —replicó Gunaid.

La imagen de aquel hombre minúsculo —en comparación del gigante— luchando a muerte, hundiendo su espada una y otra vez, buscando los lugares más dolorosos para actuar, le producía un placer inmenso.

De pronto, el cíclope levantó la mano que tenía libre y golpeó con fuerza el brazo donde caía sin remedio el joven. El manotazo le golpeó con fuerza y provocó que se cortara con el filo de su propia espada. Sadiq corrió por el brazo y alcanzó a su amigo antes de que cayera al suelo aturdido. El gigante empezó a menear los brazos y a golpearse a sí mismo buscando el modo de aplastarlos, pero los humanos corrían esquivando los manotazos. El capitán elevó la vista. Debía llegar a su cabeza. Dejó al joven agarrado al taparrabos que llevaba el cíclope y comenzó a subir. El monstruo empezó a saltar para hacerles caer de su cuerpo. Se sentía como si unos bichos estuvieran recorriendo su cuerpo. Sadiq consiguió alcanzar el cuello. Dio un salto y, utilizando uno de los dientes como palanca, se lanzó hacia arriba mandando una estocada directa al ojo del Guardián.


—¡No! —gritó Zainab arrimándose al borde del edificio. Su Guardián. ¿Cómo podía aquel ignorante dañar a su preciado gigante?

Realizó unos movimientos con sus manos y un fuerte vendaval salió despedido de sus manos directo hacia el cíclope. Antes de que la espada se hundiera en el ojo, el viento los golpeó haciendo que el monstruo perdiera el equilibrio y cayera al suelo. Con la mala fortuna de que el joven, que se mantenía aferrado a la ropa, quedara sepultado bajo sus mórbidas carnes.

Sadiq, por su parte, cayó al suelo y se golpeó la cabeza contra el tronco de un árbol. Un reguero de sangre empezó a resbalar de su cabeza abierta. Mareado y algo desorientado, intentó ponerse en pie. Se tocó la cabeza y miró su mano. La sangre manchaba su palma. «Joder», pensó aturdido mirando a su alrededor. «¿Qué diantres ha pasado?» Vio al gigante en el suelo, intentando recuperar la postura. Recordó a su joven amigo y lo buscó por todas partes. Se acercó tambaleante hacia el monstruo llamando al corsario, pero no recibió respuesta. En ese momento, sintió una presencia en su espalda. Una presencia que le provocó un escalofrío. Inmóvil, con el rostro pálido, deseó que fueran imaginaciones suyas. Aquella presencia emanaba oscuridad. Sintió verdadero pavor solo se sentir su aliento. El cíclope, que se acababa de colocar de rodillas, se le quedó mirando. Sadiq le vio y aún sintió mayor temor al ver el rostro agachado y asustado del grandullón.

—Eres fuerte —dijo la voz a su espalda. El pirata tragó saliva. Sólo podía ser una persona. Y deseaba con todas su fuerzas que no fuera cierto. Se giró lentamente, con los ojos abiertos a más no poder por el terror—. Así que Sadiq, ¿verdad?

El hombre que tenía frente a él era alto y delgado. Tenía una nariz aguileña y labios finos. Su perilla, larga y bien recortada, le daba un aspecto señorial. Pero eran sus oscuros ojos, de profundidad inquietante, lo que más aterraba. Sin duda debía de ser el brujo Zainab.

De pronto, Sadiq comenzó a sentirse mareado. Un leve zumbido en su cabeza empezó a generarle un malestar creciente. Su visión empezó a nublarse y sus fuerzas escapaban haciéndolo desfallecer. «M...Mirza», pensó antes de caer al suelo.

—Tranquilo, pirata. Por ahora, duerme... —murmuró Zainab con la sonrisa dibujada en la cara.

—Mi señor, ¿está seguro de lo que hace? —comentó Gunaid cargando en brazos con el cuerpo del pirata.

—¿Alguna vez me he equivocado en alguna decisión?


El ayudante del brujo torció el gesto con desgana. «Pues si tuviera que contarlas», pensó.  

Continuará...

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

6 comentarios:

  1. Hola Carmen.
    Esa lucha de Sadiq y los suyos con El Guardián ha sido maravillosa. Seguro que nuestros lectores estarán impacientes por ver que le tiene reservado el brujo Zainab a Sadiq, y la pirata Mirza a Walesa.

    Un abrazo. Buenas noches.

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    1. ¡Hola José!

      Muchas gracias :) Ha sido.una pelea difícil para ellos jeje

      Seguro que sí ;)

      ¡¡Un abrazo!! Y feliz jueves ^^

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  2. Un placer, como siempre, correr tus aventuras y conocer a tus pintorescos personajes. En el más bello escenario esta vez: el mar.
    Gracias por el buen rato.

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    1. ¡Hola de nuevo Miguel Ángel!

      ¡¡Muchísimas gracias!! Me alegro que mis aventuras te hagan pasar un buen rato, que es de lo que se trata ;)
      Y sí, sin duda, el mar es el más bello escenario posible. Encandila, hipnotiza y enamora con su belleza y su fuerza. Porque tan pronto es una balsa de agua en calma, como puede rugir y arrasar con todo a su paso. Me fascina, la verdad.

      Un millón de gracias por pasarte a leer y comentar ^^ Un fuerte abrazo. Y feliz semanita :D

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  3. ¡Por fin un capítulo nuevo! Je, je, je, je.

    El combate entre el Guardián y Sadiq y compañía estuvo genial. Aunque seguro que habrá más peligros que dejarán al Guardián como una simple valla de poca altura. Je, je, je.

    Walesa debería estar odiando a Haydar, por su culpa ella fue capturada por Mirza. ¡No debería estar llorando! Qué mujer... Ji, ji, ji.

    Lo de la madre de Albur... pobre mujer, también sufrió el bullying de su hijo, y ahora esto.

    Buen capítulo. Ahora a esperar al siguiente antes del siguiente "fin del mundo". Je, je, je. ¡Saludos!

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    1. ¡Hola Nahuel!

      Síiiii ya era hora XD Es que voy muy mal de tiempo... Digamos que no estoy pasando una buena racha, jeje Pero nada de lo que no logre salir ^^

      Sí, Walesa está cegada por el amor... A ver cómo acaba esa historia... Y la madre de Albur, bueno, a mí personalmente me da mucha lástima... Espero que su hijo consiga sacarla de su cárcel particular.

      Y yo, a ver si me centro un poco y vuelvo a mis rutinas de lectura, que llevo mucho sin leer nada... Lo cierto es que me encanta la lectura y me muero por saber qué ocurre en tu blog, lo que pasa es que me pongo a leer y es como si no hubiera leído nada, porque no me entero de lo que estoy leyendo, y para hacerlo así, prefiero dejarlo para más adelante.

      Un abrazo muy fuerte! Y mil gracias por leer y dejar tu comentario ^^ Espero que nos podamos leer pronto ;)

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