martes, 27 de septiembre de 2016

Marejada (Parte 3)

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«¿Dónde estoy?», pensé al abrir los ojos. Tenía un fuerte dolor de cabeza y mi cuerpo estaba entumecido. No reconocía el lugar en el que me encontraba. Estaba en el suelo tumbada sobre un colchón, con una especie de tela cubriendo mi cuerpo. Levanté la vista y vi un cielo negro que resplandecía por los rayos que una y otra vez lo cruzaban. La lluvia incesante me empapaba, devolviéndole la vida a mis células. Pasé la mano por mi cabeza y sentí una fuerte punzada al tocar algo que tenía pegado en la frente. «¿Qué ha pasado?». No recordaba nada. Confusa, me esforcé por intentar recuperar los recuerdos perdidos. Como un flash, me vi saltando alegre sobre las olas. Y mi corazón se aceleró al recordar como mi cuerpo era arrastrado sin remedio al desplegar las alas. «Oh, no... Como se entere Antiel que desplegué las alas ¡se enfadará mucho!». Antiel era mi hermano. Volví a mirar a mi alrededor. Estaba rodeada por un muro bajo. Y a mi derecha tenía lo que parecía una pared con una puerta acristalada de donde salía algo de luz. Por suerte no había nadie cerca, pero el miedo empezó a crecer en mi pecho. Las palabras de mi padre, el general del ejército de los Ángeles del Mar rebotaban por mi mente.

¡No quiero que os acerquéis a la supercie! —gritó enfurecido el primer día que vi el cielo azul—. ¡Si os vieran y os cogieran esos mosntruos no sabéis las atrocidades que harían con vosotros!

Mi hermano había ido a saltar sobre las olas. Y yo, que no era más que una cría, le seguí. Para mi mala fortuna, aquel día padre regresó antes de lo previsto y al no encontrarme cerca del arrecife salió en mi busca. Cuando nos encontró, entró en cólera. Mi hermano se enfrentó a él. No creía en esas historias terribles que contaba sobre los seres que habitaban en la superficie. Pero sabía que había cometido un grave error al permitirme estar junto a ellos.

Pero padre, ¡si estamos a millas de tierra! ¡Es imposible que encontremos terrestres por esta zona! —se defendió.

Sus amigos, al ver que la mirada del general se volvía cada vez más iracunda, corrieron despavoridos hacia el arrecife, disculpándose de lejos.

¡Cállate! ¡No ves que has puesto en peligro a tu hermana! —estalló al fin.

¡Ha venido porque ha querido! ¡Nadie le ha dicho que nos siguiera!

Yo me escondí detrás de una roca. Padre me asustaba cuando se ponía así. Guardó silencio un instante con el entrecejo fruncido.

Eres igual que tu madre —dijo con todo el reproche que fue capaz de disparar.

Antiel enmudeció. Noté cómo sus manos se cerraron con fuerza y apretaba los labios.

Prefiero ser como ella, que ser un estirado hipócrita como tú —contestó al fin.

Dijo aquellas palabras con el dolor de quién añora con locura a una persona. Yo no tengo recuerdos de mi madre. Era muy pequeña cuando falleció. Pero Antiel sí había vivido muchos momentos a su lado, y siempre le brillaban los ojos de una forma especial cuando me hablaba de ella. Nunca le he visto sonreír del modo que lo hacía al recordarla. El día que le pregunté cómo murió, simplemente suspiró y me dijo que se fue, sí, pero que se fue feliz.

Mariel, mamá era muy especial —me dijo una vez—. Y tú te pareces mucho a ella. No dejes que las normas y la seriedad y sequedad de padre corten tus ganas de vivir...

Un ruido me sobresaltó devolviéndome a la realidad. Miré a mi derecha y, de pie, junto a la puerta de vidrio, empapándose con la lluvia, había un terrestre. Sentí cómo el pánico me devoraba. ¡Un terrestre! ¡No! Me incorporé mareándome un instante. Apoyé mis manos en el suelo y me intenté alejar todo lo que pude de aquel ser.

—Esto... —dijo con temblor en el habla—. ¿Ya... ya te has despertado? —Dio un par de pasos para acercarse a mí. El miedo me empezó a dominar y seguí arrastrándome hasta quedar contra el muro que me rodeaba. Estaba tan asustada que mi cuerpo comenzó a temblar—. No te asustes —dijo con la mano alzada hacia mí—, no voy a hacerte daño.

«Un momento, ¿cómo es que entiendo lo que me está diciendo?», pensé contrariada. Pero no era momento para pensar en eso, meneé mi cabeza para dejar de pensar en tonterías, debía encontrar el modo de huir de allí. Intenté por todos los medios llegar a lo alto del muro, tirando de mi cuerpo con los brazos. Desplegué mis alas en un intento desesperado por alzar el vuelo, pero una de ellas no se movió. El humano seguía acercándose a mí.

—No... ¡No te acerques! —dije alzando la voz.

Pero siguió dando pequeños pasos en mi dirección.

La imagen de mi hermano apareció en mi mente y sólo pude gritar desesperada pidiendo auxilio. Un grito agudo y estridente que provocó que aquel ser se tapara los oídos con fuerza.

* * *

—Antiel, ¿cuántas veces te tengo que repetir que si lanzas así la flecha jamás alcanzará su objetivo? —le dijo el general a su hijo.

Antiel entrenaba cada día antes del amanecer bajo la tutela de su padre para intentar contentarlo.

—Lo sé, lo sé —replicó—, deja que lo intente otra vez.

Cogió de nuevo el arco y lo puso en posición. Recordó la postura de los dedos que solía poner su padre antes de lanzar la flecha y le imitó. Estiró de ella con fuerza y tensó la cuerda todo lo que pudo. Su objetivo se situaba a varias millas: un pequeño aro por el cual debía colar la flecha sin tocarlo. Se concentró en el objetivo y frunció ligeramente el ceño.

«¡Antiel!»

El grito desesperado de su hermana resonó con fuerza en su cabeza y le desconcentró. Soltó la flecha y ésta se dirigió irremediablemente hacia su padre.

—¡¿Estás loco?! —gritó esquivándola—. ¡¿Quieres atravesarme con eso?!

Antiel miró a un lado y a otro. ¡Aquella voz era la de su hermana! Otro grito ensordecedor atravesó su cabeza y en esta ocasión, una serie de imágenes lo acompañaron. Era la joven Mariel. Estaba saltando las olas y reía feliz. De golpe la imagen cambió y la vio volar sin rumo arrastrada por el fuerte viento. Y la última, la escena que hizo que cada músculo de su cuerpo quedara rígido, fue ver a su hermana en tierra, acorralada bajo la lluvia por un terrestre. Cuando la imagen se desvaneció, en su retina aún quedó grabada la expresión de terror de ella.

Su padre, con la decepción escrita en la cara, se dirigió hacia él.

—¡Ya estás en babia otra vez! —le regañó mientras le cogía por el brazo para quitarle el arco—. Mientras sigas siendo un irresponsable no vuelvas a pedirme que te entrene.

Cuando levantó la vista del arco hacia su hijo, se dio cuenta de que el joven no le había escuchado. Fue a recriminarle su impertinencia cuando se dio cuenta de que algo le pasaba. Entonces, con un pequeño balbuceo, el chico nombró a su hermana.

—¿Qué ocurre Antiel? —preguntó disminuyendo el tono agresivo. Pero Antiel solo podía pensar en cómo ayudar a Mariel. —¡Antiel! ¡Quieres contestarme!

El joven volvió en sí. Miró a su padre y desvió la mirada buscando el modo de escabullirse de él, aunque por muchas vueltas que le daba no se le ocurría el modo de ayudarla. Ni sabía dónde estaba, ni cómo podría adentrarse en tierra firme.

Finalmente, después de reflexionar en silencio, mirando los ojos cada vez más preocupados de su padre, dejó escapar un suspiro abatido y se soltó de la mano que lo aferraba con fuerza.

—Padre... Mariel está en peligro.

* * *

—Si sigues gritando así vas a despertar a todo el vecindario —dijo el terrestre agachándose para quedar a mi altura, a una distancia prudencial. Sonrió con ternura. —Siento haberte asustado... No pretendo hacerte daño. Te lo juro. Llegaste a mí arrastrada por el viento y caíste golpeándote y quedando inconsciente. No sabía qué hacer y te he traído a casa para curarte la herida... Por cierto, me llamo Ángel. —Guardé silencio. La sonrisa de ese hombre... No sé porqué, pero era como si la hubiera visto en algún lugar. Una punzada en la cabeza me obligó a sujetarme la frente. —Deberías tumbarte, el corte es bastante feo y puede que te marees si estás en pie.

Haciendo caso omiso a lo que decía, sentí escalofríos al pensar que un humano me había tocado. Y si había estado inconsciente ¿qué clase de barbaridades habría hecho conmigo? Nerviosa, empecé a palpar mi cuerpo. Miré cada trozo de piel que tenía al descubierto.

—¿Qué haces? No deberías moverte tanto. Tienes un ala partida y el golpe en la frente se te volverá a abrir si no paras... —Entonces cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo y se ruborizó—. ¡Oye! ¡¿No estarás pensando que yo...?!

No... No parecía que me hubiera hecho nada. Me le quedé observando un instante. Se movía nervioso de un lado a otro pasando la mano por el pelo una y otra vez.

—En serio... ¡No te he tocado! Bueno, a ver, sí te he tocado... ¡Pero lo estrictamente necesario para traerte aquí y curar tus heridas! —Hablaba rápido y me costó entender lo que decía, pero me resultó gracioso el modo como se movía. No lo pude remediar, y se me escapó una risita. Se detuvo frente a mí y añadió—: Ahora te ríes de mí... Un momento. ¿Te estás riendo?

No pude contenerme. Entre los nervios, el miedo y aquel extraño que se movía de un lado a otro balbuceando de aquella manera, empecé a reír cada vez con más ganas. Era superior a mí. Las situaciones más inverosímiles siempre me hacían reír, supongo que como estrategia para calmar mis miedos.


CONTINUARÁ...

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Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

2 comentarios:

  1. Bueno ¿Después de leer el capítulo esperando que se comunicaran y sus reacciones me dejas con una risa a carcajadas? No está mal, no está nada mal. Continúa el suspense. Abrazaco!!!

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    1. Hola de nuevo Miguel Ángel!!

      Jejeje si, es que las situaciones de estrés la hacen reír a la pobre, en eso se parece a mi ^^

      Gracias por pasarte por aquí :) Un abrazo bien fuerte!! Y que pases una semana de lo más bonita ;)

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