lunes, 31 de octubre de 2016

Última Emisión.


ESPECIAL HALLOWEEN




La noche era fría. La luna apenas si se veía oculta tras aquellas espesas nubes negras. La humedad calaba en los huesos. Y el silencio envolvía cada rincón de aquella casa. Toqué el frío pomo de metal cromado. Lo agarré con fuerza y giré despacio empujando la madera con cautela.

El interior estaba oscuro.

Di un par de pasos hacia el interior. Mi corazón empezó a latir con fuerza. Eran muchos los rumores que corrían acerca de aquella casa de estilo isabelino de lo alto de la colina de Rosewood. Una casa antigua, olvidada por todos. Su terreno era rico, se decía que bajo sus cimientos se escondía un yacimiento importante de combustibles fósiles, pero jamás se logró vender. Aunque el verdadero tesoro se encontraba en su interior.

Encendí la linterna y, colocando la GoPro en mi cabeza, empecé a grabar lo que me rodeaba. La entrada era amplia, con una escalera de madera que ascendía hacia el piso superior, justo frente a la puerta. Estaba cubierta por una alfombra de colores desgastados. El polvo se podía respirar. Me acerqué a ella y pasé la mano por la barandilla de metal forjado que la rodeaba. Estaba fría. Y sucia. Sentí la humedad que la cubría. Respiré hondo y continué con la grabación.

A la derecha de la escalera había una puerta entreabierta. Me acerqué. Mis pasos resonaban por la casa haciendo que la vieja madera, carcomida y podrida, chirriara al notar mi peso. Empujé con suavidad la doble puerta y sentí mi corazón bombear la sangre aún con más fuerza.

Ahí estaba. El piano de Lady Margan. Un ejemplar de incalculable valor pero que nadie se había atrevido a tocar desde su muerte. Miré a mis espaldas, y mi cámara volvió a grabar la entrada, iluminada por un rayo de luna que se filtró a través de las nubes, y entró a la casa por una rendija del ventanal de la entrada. Me pareció ver una sombra en la puerta de la sala de enfrente. Retrocedí la vista de nuevo incapaz de discernir si eran imaginaciones mías o lo que había visto era real, pero no había nada. El miedo empezaba a gastarme malas pasadas. Tragué saliva y me adentré.

La sala del piano no era más que un salón con varias butacas y una mesa baja de patas de léon. Había una enorme chimenea en el lado norte adornada con piedra tallada de ángeles diversos y que sostenía lámparas de aceite tan antiguas como la misma casa. Y, sobre ella, descansaba el retrato de una mujer. Estaba sentada en la butaca que quedaba a mi espalda vestida con un faldón negro abotonado y ceñido a la cintura y una camisa negra. Su pelo castaño estaba recogido por un moño que había visto en otras pinturas de la época. Y apoyaba sus delgadas manos de largos dedos en la falda. Me acerqué un poco más para poder grabarlo mejor. Enfoqué la linterna hacia su cara y me sorprendió su belleza. Era una mujer de facciones finas y ojos claros que sonreía. Aquella sonrisa...

Unas campanadas resonaron por la casa retumbando en las paredes. Di un respingo. Me giré con rapidez. El ruido venía de la sala de enfrente.

Tranquilo —murmuré intentando calmarme, rompiendo el silencio—, será el reloj de péndulo que me comentaron antes de venir.

Me tranquilizó escuchar mi propia voz. Recobré la entereza y me dirigí hacia el piano.

Era un piano de cola de color caoba. Tenía la tapa del teclado levantada. Y el banco de terciopelo rojo estaba tirado en el suelo. Tragué saliva y me fui acercando, enfocando el piano con la linterna. A cada paso que daba, el recuerdo de lo que se decía de aquella casa se iba presentando en mi memoria como si se trataran de escenas que hubiera vivido en persona. Cuando llegué a su lado y enfoqué el teclado, mi cuerpo quedó rígido. Las manchas de sangre salpicaban su superficie. Sonreí.

Señores —dije con voz potente para que quedara grabado—, tal y como les prometí en el vídeo anterior, aquí tenéis el piano de Lady Margan. Y, con permiso de la dama, me dispondré a tocarlo.

«Con este vídeo voy a romper la red», pensé imaginando el elevado número de visitas que debía tener en aquellos momentos con aquel directo. «Y cuando edite el vídeo con la música y los efectos, el toque macabro será brutal».

Recorrí con la cámara todo el piano, enfocando con el haz de luz cada rincón. En una de esas, al exhalar el aire de mis pulmones, se creó vaho. El frío empezó a llenar los poros de mi piel. Un frío gélido y seco que no había sentido hasta entonces. Mi vello se erizó. Sujeté la linterna con mi boca y froté mis manos con fuerza intentando entrar en calor. Y entonces pasó. Una mancha de sangre fresca apareció en una de las teclas blancas a la vez que se hundía y creaba un sonido ensordecedor que retumbó por la habitación. Se me cayó la linterna al suelo. Di dos pasos atrás.

Lo... Lo habéis visto, ¿verdad? —dije sin poder disimular el temblor en mi voz.

Recogí la linterna del suelo y me alejé del piano sin dejar de mirar para que quedara grabado. Estaba asustado, pero no perdería la oportunidad de grabar a un fantasma en directo. Como si de magia se tratara, una silueta comenzó a aparecer junto a él. Parecía humo que iba tomando forma humana. Parecía una mujer. Colocó el banco y se sentó en él. Aquella vestimenta...

«Dios mío...»

Lady Margan tocaría una vez más.

Los largos dedos de la mujer se deslizaron por el teclado, acariciando las teclas con suma elegancia. La música empezó a sonar. Una melodía triste que me fue envolviendo. Empecé a sentirme inusualmente relajado, como en un suave trance que hacía que dejara de sentir.

Intenté moverme. No me gustaba aquella calma.

La mujer giró su rostro lo suficiente para mirarme y entonces dibujó la misma sonrisa que había visto en el cuadro.

Sentí pavor. Quise salir corriendo. Debía huir. Pero mi cuerpo, hipnotizado por aquellos dedos macabros que tocaban y tocaban sin parar, no reaccionó. «¡HUYE!», grité. Pero no me moví.

La mujer seguía con su mirada puesta en mí.

La música se fue acelerando. Sus dedos se movían a un ritmo casi imposible de seguir. Su sonrisa se acentuó y su rostro tomó un tono oscuro. Sus cuencas se tornaron negras y la sonrisa cambió. Abrió la boca de modo espeluznante, antinatural, con la mandíbula desencajada y unos dientes puntiagudos temibles, a la vez que dejó escapar un grito desgarrador que atravesó mi cuerpo. Jamás me había sentido tan horrorizado. Incapaz de moverme, sentí el líquido caliente de mi orina al caer por mi pernera. El golpe de voz hizo que la GoPro cayera al suelo. Quedó enfocando la escena.



Millones de monitores de todo el mundo fueron testigos del horror.

La mujer se acercó hacia su presa. Su rostro pálido sonreía. Las teclas seguían sonando sin ser tocadas. Y, de pronto, la sangre lo manchó todo. Una gota cayó sobre el objetivo de la cámara y la visión desde los diferentes dispositivos se tornó roja. El joven comenzó a gritar desesperado. Gritos insoportables de escuchar que se mezclaban con los ruidos de su carne al ser desgarrada. Las vísceras pronto se derramaron en el suelo con el chico aún consciente, que miraba con ojos desorbitados cómo su vida se escapaba ante la atenta mirada de millones de personas. Las lágrimas pronto empezaron a caer. Lágrimas provocadas por el más terrorífico de los miedos. Poco a poco, los gritos se fueron convirtiendo en leves gemidos.

Y, por fin, silencio.

Las manos de la mujer, teñidas con la sangre de su víctima, volvieron a tocar la suave melodía, triste y melancólica. Hasta que, con un agudo pitido, la batería de la cámara se consumió.

FIN DE LA EMISIÓN.


2 comentarios:

  1. Muy buen cuento de terror de corte clásico pero ambientado al afán de la popularidad de la internet.
    Me hiciste ver cada detalle de este intruso que se atrevió a perturbar la paz de Margan.
    Abrazo, Carmen!

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    Respuestas
    1. Muchísimas gracias Federico!!
      Cuánto me alegro de que te haya gustado, viniendo de uno de los pocos que consiguen hacerme temblar con sus historias, es todo un halago para mí!! ^^

      Un abrazo grande de vuelta ;)

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