miércoles, 10 de febrero de 2016

Apartamento 301

¡Hola amigos/as!

Lo siento por tardar tanto en actualizar el blog. Pero a veces una no puede escribir tanto como le gustaría. Hoy os traigo otro relato de terror (ui ui uiii... que me estoy aficionando a esto del horrooooor XD ) La imagen ya me da un asco que me muero, ¡pero es que le va como anillo al dedo a esta historia!

Así que, sin más, que la disfrutéis. Y ya sabéis, cualquier comentario es bienvenido (y yo más contenta que nadie de recibirlo) Y lo mismo si os decidís a compartirlo ;)

¡Un abrazo bien grande! Y a por lo que queda de semana con muchas ganas, y con una gran sonrisa, ¿vale? ^^






A medida que me voy aproximando a la escena del crimen, las luces de los coches patrulla se van haciendo más nítidas. Aparco, bajo del coche y me acerco al cordón policial que bordea todo el edificio. Levanto la vista. Es un bloque antiguo formado por apartamentos de los años 70.

—Sargento —saluda el hombre uniformado al verme llegar, levantando la cinta amarilla para darme paso.

—¿Dónde está? —digo pasando por debajo.

—Es en la tercera planta, señor.

Me despido de él y me encamino con paso desgarbado hacia el portal. Tiene una pequeña escalera que precede a la puerta de hierro forjado y cristal. Son más de las 2 de la madrugada y el frío cala en los huesos. Le doy una última calada a mi cigarro y lo tiro al suelo, aplastándolo con el zapato para apagarlo. Entro en el portal.

—Mierda... —murmuro al leer el letrero que anuncia que el ascensor está roto.

Tras subir los escalones, asfixiándome por culpa de mis pulmones negros, me encuentro con un par de compañeros custodiando una de las puertas. Me extraña su tez blanquecina, son perros viejos en este oficio como para sorprenderse por algo. Al verme, saludan con la cabeza evitando mirar hacia el interior del lugar.

No estoy preparado para ver lo que veo.

La escena no es escalofriante en sí misma —la habitación está vacía a excepción de una silla donde una mujer joven está sentada con sus manos apoyadas en las rodillas— si no fuera porque todo, absolutamente todo, está cubierto del rojo escarlata de la sangre. Incluso la bombilla que cuelga del techo está manchada de grana, alumbrando la estancia de ese tono mortecino y diabólico.

El hedor me golpea nada más entrar. Un olor nauseabundo que se mete en mis fosas nasales y me genera una arcada que no puedo disimular.

—Joder... —murmuro tapándome la boca con la mano.

—Sargento, me alegro de verle —dice el forense.

Saludo con desgana, sintiendo cómo mi estómago se revuelca asqueado.

—¿Dónde está el muerto? —pregunto mirando a mi alrededor esperando ver el cadáver cerca de allí.

—No hay.

Lo dice sin más, anotando cosas en su bloc, sin prestarle mayor importancia a lo que acaba de decir. Por su respuesta, me inclino a pensar que la sangre puede que sea de un animal y me siento algo más reconfortado.

—¿Y ella? —pregunto observando a la mujer. Es joven, quizá 30 o 35 años. Tiene rasgos finos y unos ojos almendrados de color oscuro que miran fijamente al frente casi sin pestañear, con el rostro sereno. Parece ausente. También está cubierta de sangre.

—No sé qué decirte... —dice levantando la vista del bloc, lo justo para poder mirar a la chica—. Desde que he llegado que está en esa postura. No ha dicho palabra. Y ni se ha inmutado cuando la he explorado.

—¿Está herida?


—No.

—¿Y toda esta sangre? —pregunto señalando a mi alrededor, dando por hecho la respuesta.

—Solo puedo decirte que es humana.

Le miro con incredulidad.

—¿Humana?

En el momento en que digo esa palabra, la mujer gira su rostro hacia mí.

—Naaaa, na, na, naa... —tararea la chica.

Un escalofrío recorre mi espalda al ver su mirada. Emana una oscuridad como hacía años que no sentía.

Antes de poder reaccionar, la mujer salta con una velocidad sobre humana y queda suspendida sobre sus pies y manos en el techo. El forense deja caer el bloc de notas por la sorpresa sin poder apartar la vista de la joven. En el momento en que el cuaderno golpea el suelo, se abalanza sobre él. Aparto la cara un segundo, apretando mis ojos con fuerza, y un líquido caliente se pulveriza sobre mí a la vez que un extraño sonido envuelve la sala. Paso mis manos por mi cara para limpiarme. Las miro y un grito ahogado sale de mi boca. Estoy cubierto de sangre.

Saco mi revolver y apunto a la mujer. Busco con la mirada a mi compañero, limpiando mis ojos de la sangre que todo lo cubre. No hay rastro de él. La mujer está de pie frente a mí. Me mira fijamente.

—¡No te muevas, puta! —grito contrariado dando un par de pasos hacia atrás. Miro a un lado y a otro. ¿Qué coño ha pasado? ¿Y el forense? No me digas que... Miro a la chica incrédulo y siento un escalofrío al ver que de su boca cae un reguero de sangre fresca que empieza a coagular.

Mis compañeros irrumpen en la habitación alertados por mi voz.

—¡Sargento! —dice uno de ellos, pero no me da tiempo a avisarles cuando la joven se gira hacia ellos con pasmosa lentitud.

—Naaaa, na, na, naa —tararea de nuevo.

Me sorprende su voz cada vez más gutural. Siento mi pulso temblar. Apreto el arma para calmarme y vuelvo a gritar que no se mueva.

La mujer ladea la cabeza, mirándome con aquellos ojos fríos y vacíos, y la comisura de sus labios se desdibuja en lo que parece una sonrisa horrenda que esconde unos dientes afilados.

Quiero apretar el gatillo cuando la veo saltar sobre mis compañeros. Mi retina guarda cada imagen como si estuviera pasando a cámara lenta. Les veo ser engullidos por esa pequeña criatura, desapareciendo ante mis propios ojos sin poder hacer nada para ayudarles. Quiero gritar, disparar a esa mala puta. Pero entonces la veo venir hacia mí y...


La voz de la joven, resuena en la sala vacía


 —Naaaa, na, na, naa...


Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.