martes, 25 de abril de 2017

ESPERANZA (Parte 1)

Dedicado a mi madre, 
que fue la que me animó a que escribiera sobre este tema.


Obra de Víctor Hugo.
Blog: https://du-dum-dum.blogspot.com.es (Pásate por él,
no tiene desperdicio ;) ).


Día 48.

Ya llevamos una semana en esta barraca.

Desde las ventanas altas a veces entra la brisa cargada de sal. La verdad es que siempre he querido ver el mar, pero no nos permiten salir al exterior. Aunque hoy, más que emoción, siento miedo. Nos han llegado rumores de que no todo es tan sencillo como nos lo vendieron, un viaje seguro hacia la paz, un mundo de oportunidades... Según dicen, muchos de nosotros no llegaremos ni vivos.

Tengo ganas de llorar. Pero he de ser fuerte. No me queda otra.

Extraño mucho a Ayan. Si él estuviera junto a mí, seguro que sabría qué decir para devolverme la sonrisa... Aún me lloran los ojos cuando revivo nuestro último momento juntos. Y aún me tiemblan las piernas cada vez que el escabroso estruendo que acabó con todo lo que conocía, repica en mi cabeza al cerrar los ojos vencida por el agotamiento. No debimos esperar tanto... Si no hubiera sido tan cabezota a lo mejor él seguiría a mi lado. ¿Pero quién me iba a decir que todos nuestros sueños, nuestras esperanzas, se iban a resquebrajar como el cristal? Teníamos nuestra pequeña tienda de comestibles y, aunque no nos daba para grandes lujos, nos permitía vivir sin sufrir la temible hambruna de la que tanto hemos oído hablar. Y ahora, ahora... Ahora no nos queda nada. Sin ahorros, gastados al pagar el pasaje hacia la libertad, solo nos queda la esperanza de que nos permitan vivir dignamente...

Sé que Dahir también sufre pesadillas, le veo revolverse a mi lado cada noche.

Es tan guapo... Mi niño bonito. Es lo único que me da paz en estos momentos. No puedo dejar de contemplar su carita. Se parece tanto a su padre...

Vaya, parece que está algo caliente... Espero que sólo sean imaginaciones mías.



Día 49.

Uno de los hombres que nos guiaron hasta aquí se ha acercado a mí de madrugada. Dice que le he caído bien, que le recuerdo a su sobrina, y me ha dicho que ha conseguido que salgamos en el próximo barco, seguramente esta misma noche.

¡Por fin! Estoy harta de estos camastros. Se me clavan los muelles y paso frío. Además, Dahir parece más pálido que ayer y tose de vez en cuando. Empiezo a estar preocupada... Espero que lleguemos pronto a nuestro destino para que le pueda ver un médico.

Maldita sea... Ese tipo otra vez. Ojalá no venga en el mismo barco que nosotros. Me da miedo. No deja de mirarme con esos enormes ojos negros. Y parece desnudarme con la mirada cada vez que me levanto a por nuestra ración de rancho.

Ayan...

Ya estoy llorando otra vez... Será mejor que me recomponga antes de que despierte mi niño... Quizá encuentre otro momento para escribir antes de partir...



¡¡Definitivamente zarpamos hoy!! Estoy tan nerviosa... ¡El mar me da mucho miedo! ¡No sé nadar! Pero tengo fe en que va a ir bien. No todo va a salir mal, ¿no? El hombre que dice que le recuerdo a su sobrina me ha conseguido un salvavidas para Dahir. ¡No puedo estarle más agradecida!

¿Cómo será el barco? Somos muchos, ¡debe ser enorme!

Ui, ¡ya vienen! ¡Lo dejo aquí! Volveré a escribir desde mi nueva casa. Seguro que será de lo más acogedora. No he ido nunca a occidente, ¿cómo será? Parece tan bonito en las películas... Y la gente se ve tan amable... Aunque la verdad es que me encantaría que Ayan pudiera acompañarnos. Volveríamos a forjar nuestro hogar, lejos de casa, sí, pero sería nuestro pequeño mundo particular...



Nadra despertó con suavidad a su hijo.

—Vamos Dahir, despierta, es hora de irnos.

El niño, de unos 7 años de edad, se desperezó soñoliento.

—¿A dónde vamos?

Nadra sonrió con ternura.

—A ver el mar.

Guardó el diario, y las cuatro cosas que tenía por encima del camastro, dentro de su mochila. Le colocó el salvavidas a su hijo y se colocó el macuto en la espalda.

—¡Ayan, Dahir y Nadra! —gritó un hombre gordo vestido de militar, mientras ojeaba su carpeta. Levantó la vista y buscó entre el gentío.

Nadra sintió un vuelco en el estómago al oír el nombre de su esposo. Se recompuso como pudo y levantó la mano indicando que era ella. El tipo le hizo un gesto con el brazo para que se acercara.

—¿Y su marido? —preguntó al verla sola con el niño.

Nadra apartó la cara.

—No ha podido acompañarnos...

—El dinero no se devuelve, ¿lo sabes no? 

Asintió con la cabeza.

Los ojos se le humedecieron de nuevo y apretó de forma inconsciente la mano de su hijo, quién levantó la cara hacia su madre.

El hombre no se inmutó. Señaló una de las puertas y le dijo que se colocara en la fila.

Se fijó en las personas que viajarían con ella. Por suerte, el hombre que la observaba con lascivia no iría en el mismo barco. Se acercó a la fila y saludó con amabilidad a la mujer que tenía delante, una mujer de su edad, más o menos, embarazada. Sus dientes resplandecían en contraste con el color oscuro de su piel.

Los nervios eran palpables. El murmullo se fue incrementando. Abrieron los portones y empezaron a salir hacia el exterior. La luna se alzaba imponente en el cielo.

—El viaje será largo —le dijo la mujer que caminaba delante de ella, en fila, hacia la playa—, será mejor que tapes a tu pequeño o con la humedad se va a resfriar.

Sacó un impermeable de la mochila y se lo tendió a Nadra.

—¡No puedo aceptarlo! —contestó azorada al ver que era de una niña.

—Yo ya no lo necesito.

La mujer esbozó un amago de sonrisa que hizo aún más evidente la tristeza que sentía al decir aquellas palabras.

Nadra sabía lo que sentía. El dolor por la pérdida de alguien a quien quieres más que a nada en el mundo.

Agradecida, tomó el chubasquero y se lo colocó a Dahir, arremangando las mangas hasta que el pequeño se sintiera cómodo.

—¡No os detengáis! —inquirió uno de los hombres que estaban al mando, empujándoles.

Al llegar a la arena, Nadra sintió cómo su esperanza se resquebrajaba ante sus ojos.

—¿Nos van a subir en ese barco? ¿A todos? —preguntó angustiada en voz alta.

La lancha con la que debían atravesar el Mediterráneo parecía de juguete. Su tamaño era mucho menor de lo que había imaginado y no entendía cómo iban a poder subir todos en ella. Parecía de todo menos segura. «Habrá más lanchas de esas por aquí cerca», pensó intentando tranquilizarse, escrutando la negrura dominante. Las olas del mar rompían con calma en la orilla. Parecía invitarles a entrar en su seno, como si dijera: Tranquilos, yo cuidaré de vosotros.

Dahir se pegó a ella al ver el agua oscura. Le rodeó con un brazo. Sonrió con ternura, intentando disimular los nervios, y le dijo que no se preocupara, que todo iba a salir bien.


Continuará...

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

miércoles, 15 de marzo de 2017

EL ÁRBOL EN EL QUE TE CONOCÍ (Parte final)

Para acceder al comienzo de la historia, haz click aquí.




Cuando Anael despertó, estaba tumbada en el suelo de la habitación, aturdida. Quiso moverse. Pero un dolor punzante debajo del pecho le obligó a quedarse tumbada y mirando al techo de yeso blanco. Recordó lo que había pasado y el corazón le dio un vuelco. ¿Qué habría sido del demonio? ¿Estaría muerto? Hizo un esfuerzo por incorporarse. La sangre manchaba sus manos y notaba algo pringoso manchando su rostro. Se apoyó en el colchón de la cama, aferrando la daga de Gabriel con la otra, y se intentó poner de pie. Las piernas le temblaban.

—¿Carlos?

Su voz sonó débil y temblorosa.

Miró en la cama pero estaba vacía. Observó la habitación. El pequeño portátil desde el cual el joven había ido eliminando las historias que escribía, estaba en el suelo con la pantalla rota. La luz del sol entraba a través de la persiana medio bajada y, por el color, debía estar atardeciendo.

—¿Carlos? —llamó de nuevo.

Pero el silencio era absoluto. Otra punzada le obligó a sujetarse el pecho con una mano, mientras aguantaba su peso sobre la otra, apoyada en el cabecero de la cama, y sin soltar su arma. Se examinó por si la herida era grave. No parecía tener herida abierta, pero sí interna.

Apoyándose dónde podía, comenzó a caminar hacia la puerta de la habitación. Su instinto le decía que algo malo había pasado. Quizá si encontraba a la madre de Carlos pudiera averiguar algo.

Bajó los escalones con cuidado. Sus piernas apenas aguantaban su peso. Al llegar al salón, le sorprendió la capa de polvo que se acumulaba sobre el mobiliario. ¿Tanto tiempo había estado inconsciente? Vio un papel sobre la mesa. Se acercó vacilante. Al ver la letra en seguida supo de quién era. Decía así:

«Mamá, sé que nunca podré ser la persona que te gustaría que fuera. Siempre dices que debo ser un hombre de bien. Pero no sé ser de otra manera que no sea la que soy. Mi vida son las historias. Vivir enamorado de los árboles, de la suave brisa que mece sus copas. No deseo vivir de otro modo que no sea a mi manera. Soy feliz así, disfrutando del calor del sol en mi rostro, del sonido de las olas del mar que tengo grabadas en mi memoria... ¿No lo recuerdas? Aquel verano, antes de que papá se fuera, en las playas del norte... Era tanta la belleza que escondía la ferocidad del océano.

»Por eso decido irme. Esta vida no está hecha para mí... Me duele ver cómo cada día el sol se pone y no eres capaz de ver lo que hay en mí. Yo te quiero con locura, y sé que tú me quieres a tu manera. Pero nunca seré lo suficientemente bueno... Algo dentro de mí me ha hecho ver que este no es mi lugar. Y no quiero hacerte más daño del que te pueda haber causado ya.

»Sólo te pido que seas fuerte por mí. Que sigas adelante y que me lleves siempre en tu recuerdo...».

Mientras leía la carta, la joven sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta. No había sido capaz de protegerle de él...

Incapaz de terminar de leer la nota de su protegido, abatida, la dejó caer sobre la mesa. Miró a su alrededor. Casi podía ver a Carlos llegando a casa, cómo su sonrisa llena de ternura se dibujaba en su rostro al saludar a su pequeño gato negro. Pero ahora... Ahora...

Había fracasado. Su primera misión, y había fracasado estrepitosamente. Con el corazón hecho jirones, salió de la casa. Apenas notaba la herida interna. Su cuerpo parecía anestesiado por la tristeza. Cogió el sendero que recorrió junto a él la primera vez que lo vio. No sabía cuánto tiempo había pasado desde entonces. Caminó despacio. El atardecer iluminaba los campos de olivos. Vio la pequeña flor donde Carlos parecía realmente feliz al ver a un pequeño insecto revolotear junto a ella y las lágrimas comenzaron a caer.

Al alcanzar el árbol en el que le conoció, el viejo roble parecía a su vez igual de triste que ella. Se enjugó las lágrimas y se apoyó en su tronco, acariciando la corteza con suavidad. Su mano ensangrentada dejó un pequeño rastro a su paso, tiñendo la madera de color carmesí. Agachó su cabeza y volvió a llorar. Lloró desconsolada.

Cuando las lágrimas dejaron de caer, la luna llena se alzaba en lo alto del cielo estrellado. Alzó la vista y buscó entre ellas su vieja morada. Quizá Gandiel la observaba desde lo alto, sintiendo vergüenza de ella...

No lo pudo soportar.

Miró la daga que había estado cargando desde que despertó en la habitación, y, con gran esfuerzo, se cortó las alas.

* * *


En la clase, un murmullo se alzó entre los jóvenes ángeles al conocer el desenlace tan terrible de la historia que su tutor les explicaba.

—Maestro —comentó una joven de pelo blanquecino y largas alas—, ¿y qué fue de Anael? ¿Murió?

El maestro miró a la joven y sonrió.

—No Mariel, los ángeles, con alas o sin ellas, somos inmortales. Sólo la muerte bajo el yugo de un demonio puede acabar con nosotros.

En ese momento, alguien llamó. Gandiel abrió la puerta del aula y le hizo señas para que se acercara.

—Quiero que penséis en lo que os acabo de explicar —dijo el maestro—, y que luego pongáis en mi conocimiento qué habéis aprendido de esto. En seguida vuelvo.

Dejó su libro sobre la mesa, y se acercó hacia su superior.

Al acercarse lo suficiente, Gandiel dijo:

—Te está esperando. —El ángel sonrió y su mirada se iluminó—. Ve, ya me ocupo yo del resto de clases.

Le agradeció el gesto y se dirigió hacia la fuente del oráculo. Miró por ella y vio a Anael apoyada en el viejo roble. Su pelo azulado ahora estaba teñido de color castaño. Y sus ojos lilaceos escondidos tras unas lentillas de color verde. Sonrió. Se dirigió a la salida, y descendió hacia ella.

Al quedar a su lado, la joven Anael cerró los ojos dejando que el suave aroma a flores le envolviera.

—Anael —dijo con cariño, dejándose ver.

—¡Carlos! —Anael, con una sonrisa de oreja a oreja, se abalanzó sobre él rodeando su cuerpo con ambos brazos.

Ambos se acomodaron junto al enorme árbol, dejando que el sol que atravesaba su copa les calentara.

—Te he echado de menos —comentó la joven con ternura—. ¿Me cuentas otra de tus historias?

* * *

Los ángeles no tienen permiso para sentir o unirse emocionalmente a los humanos. Una vez, una joven se involucró en demasía y sus alas fueron el precio que tuvo que pagar por ello. Sin ellas no puede regresar a los cielos y está condenada a permanecer en la tierra el resto de sus días.

En la orden no quieren que vuelva a repetirse algo similar. Y Gandiel, conocedor de primera mano de esta historia, nunca se perdonará el no haber ido en busca de la joven para sacarla de su error y evitar tan triste desenlace.

Pero, ¿cómo Carlos acabó convirtiéndose en ángel? 

El demonio sabía que Carlos era un ser de luz atrapado en un cuerpo humano. Su misión consistía en acabar con ese molesto brillo, tiñendo su mundo de oscuridad. Gracias a Anael, consiguió liberarse de las cadenas que le mantenían atrapado. Pero a la vez que se despojaba de sus cadenas, la posibilidad de ver a su ángel guardián también desapareció. Y, aunque estaba junto a él en la habitación al despertar, herida casi de muerte, no la vio.

Fue entonces cuando escribió la nota para su madre y, decidido a luchar por sus sueños, por seguir su propio modo de vida sin importarle lo que otros pudieran pensar de él, la dejó sobre la mesa y se marchó.

Fue esparciendo luz por donde iba y, con el paso de los años, en una de las presentaciones de uno de sus libros —aunque no era un escritor muy reconocido, con aquella historia se había ganado el corazón de muchos—, vio entrar a una joven de pelo castaño con un libro entre sus manos, que se acercó a él con timidez.

Anael se sentía tan feliz de poder ver de nuevo a su protegido que apenas podía controlar el temblor de sus manos. Cuando le vio en la contraportada de un libro en una vieja librería de la ciudad, no podía creer que fuera él. Lo compró y, tras leer —página a página— con atención, quedó convencida de que aquel escritor de mirada franca y sonrisa amable era, sin lugar a dudas, él.

—Hola Carlos —dijo sonriente al quedar frente a él, apretando el libro en su regazo para disimular los nervios.

Carlos la miró y se puso en pie como un resorte. Su ángel, su ángel de la guarda... Se le humedecieron los ojos. Apartó la silla de un manotazo y, volteando la mesa en la que debía firmar los ejemplares del libro, la abrazó con fuerza, hundiendo su cara en el hombro de ella.

—Gracias... —murmuró llorando como un niño.

Desde entonces, ambos se han vuelto inseparables.

Cuando la muerte alcanzó el cuerpo del humano, Gandiel le ofreció lo que en realidad era suyo desde siempre, unas alas. Y, así, un ángel desde el cielo y otro sin alas desde tierra, se cuidan el uno al otro año tras año, década tras década, milenio tras milenio.

FIN.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en Safe Creative.

jueves, 9 de marzo de 2017

EL ÁRBOL EN EL QUE TE CONOCÍ (Parte 2)


Para acceder al inicio del relato, haz clic aquí.





Anael estaba perpleja por lo que acababa de escuchar. «No puede ser», pensaba una y otra vez. ¿Cómo iban a enviarla a una misión donde otros habían fracasado, llegando incluso a la muerte, en su primer caso? No tenía ningún sentido.

Carlos observaba en silencio. No hacía falta que dijera nada. Sabía exactamente lo que estaba pensando, que era una locura quedarse con él.

—Vete ahora que aún estás a tiempo. En serio, Anael, es mejor así...

Separó la mano se la espalda del chico y regresó a la habitación. Se puso en pie despacio, atormentada por las dudas. Carlos se dio media vuelta y quedó boca arriba. Aún dormía.

—...antes de juzgar al alma que te ha sido encomendada, debes convivir con ella y conocerla... —repitió la voz de Gandiel en su cabeza.

«No pienso rendirme así como así», pensó apretando los puños con fuerza.

En ese momento Carlos abrió los ojos, desperezándose como si hubiera dormido una noche entera. Pasó los brazos por detrás de su cabeza y se quedó mirando el techo con mirada apagada. Una lágrima resbaló desde el rabillo del ojo hacia la almohada.

—Maldita sea... —murmuró apenas sin voz al sentirse solo de nuevo.

Anael sintió una punzada en su pecho. Quiso hacerle saber que seguía allí. Pero pensó que sería mejor que no lo supiera para poder averiguar qué había pasado. Y sabía perfectamente por dónde debía comenzar a indagar.

Estaba dispuesta a salir de allí para ir a ver a su mentor, cuando un aire gélido entró por la ventana abierta. La joven realizó un movimiento con los dedos a modo de sellos mágicos y se escondió en una dimensión segura donde no podría ser detectada por nada ni por nadie, pero que le permitía ver y oír lo que sucedía en el plano real. Frente a ellos, un hombre alto, delgado y de rostro afilado, se puso en pie frente al chico.

Carlos sintió un escalofrío y se sentó en el borde de la cama.

El extraño se acercó a él y dobló su espalda para poder estar a la altura de sus ojos. El chico no parecía ver lo que tenía en frente. Se limitó a frotarse un brazo, distraído.

—Mmm... —Su voz era gutural—. Tus ojos aún mantienen ese maldito brillo. —Se irguió y paseó con parsimonia a su alrededor—. ¿Qué tengo que hacer para que desaparezca?

Una sonrisa que helaba la sangre se dibujó en su cara. Chascó los dedos y se apartó unos pasos para contemplar la escena que estaba a punto de tener lugar.

La puerta de la habitación se abrió. La madre de Carlos entró en ella y fue directa hacia los papeles del suelo.

—¿Se puede saber qué es esto? —dijo con sequedad.

Carlos se puso en pie nervioso.

—¡Mamá! ¡Te lo puedo explicar!

La mujer miró a su hijo con desprecio.

—Eres un vago, igual que tu padre... —Soltó cada palabra como si se tratara de dagas que lanzaba hacia su hijo para herirlo de muerte.

—Ni se te ocurra mencionar a mi padre —recriminó el chaval con rabia.

—Sabes que necesitamos el dinero y tú, erre que erre, con las mismas tonterías que él.

El extraño frotó sus manos a la vez que volvía a sonreír con maldad, regocijándose en sus recuerdos.

Carlos recordó la imagen que tenía grabada a fuego en su memoria. La imagen de su padre colgando de la lámpara de su despacho. Era tan real que casi podía tocarle. Apretó ambas manos con fuerza.

«Dios mío», pensó Anael al ver lo que su protegido recordaba, llevando sus manos al pecho. Miró al desconocido y en seguida intuyó lo que había pasado. Si sus sospechas eran ciertas...

—Será mejor que te dejes de tanto pajarito, y te centres en hacer lo que debes hacer. —La madre seguía escupiendo palabras una y otra vez—. Tu padre era un cobarde. En qué hora dejé que pasaras tanto tiempo con él... Sólo te ha llenado la cabeza de idioteces sin sentido... Espero que al menos aprendieras algo de todo aquello.

—¡No vuelvas a hablar así de él! —gritó enfurecido.

—Hijo mío —dijo su madre soltando un suspiro—, yo solo quiero que seas un hombre de bien... Tienes que abrir los ojos de una vez. ¡Tienes que darte cuenta de que la vida es más que ir por ahí soñando despierto! La realidad es dura, corazón mío... —Frunció el ceño—. Y yo no voy a estar aquí siempre para sacarte adelante. Estoy cansada. Y ya no eres un crío.

Carlos miraba a su madre con los ojos enrojecidos, aguantándose las lágrimas. Echaba tanto de menos a su padre... Desde que tenía memoria, ella siempre les trató con desprecio. Su padre le decía que ella antes no era así, que no se lo tuviera en cuenta, que algún día volvería a ser aquella a la que tanto había llegado a amar. Pero aquella mujer que, según él, era amable, y les quería como nadie, jamás regresó. Y fue incapaz de soportarlo.

En su fuero interno, el alma de Carlos comenzó a gritar.

—¡Para! ¡Para de una vez!

Las lágrimas caían sin parar. Sabía lo que ese desgraciado estaba haciendo, quería atormentarle aún más de lo que estaba. Era consciente de que la muerte de su padre no había sido culpa de su madre, sino de él, que reía para sus adentros observando a su víctima. Su madre estaba sufriendo. Lo podía notar. Y aunque intentaba contener la verborrea que escapa de sus labios, era incapaz de frenarla. Carlos deseaba con todas sus fuerzas que su yo real se diera cuenta de que todo era una pantomima creada por ese malnacido, pero por mucho que se esforzaba para que se diera cuenta de ello, escuchaba y daba por ciertas cada una de las palabras que su madre decía.

—Por favor... para ya... —sollozó con el corazón roto.

Recordó la cara de Anael. Aquella mirada llena de ternura y su bonita sonrisa. Si al menos ella estuviera allí... Negó con fuerza. No quería que otro ángel cayera muerto por su culpa.

La voz de su madre le hizo regresar.

—Ahora, haz el favor de coger esto. —Lanzó los papeles hacia el chico—. Y búscate la vida.

Carlos se agachó a recogerlos con las lágrimas derramándose. Se puso en pie. Miró a su madre salir de la habitación sin ni siquiera un atisbo de cariño hacia él. Sujetó los documentos en su mano, apretándolos entre sus dedos. Una gota cayó sobre ellos por culpa de la gravedad y la tinta se emborronó. «No aguanto más...»

El extraño se acercó a él. Le susurró algo al oído y Carlos se secó las lágrimas con la manga de su jersey. Su gesto cambió. Desvió la vista hacia el pequeño ordenador portátil dónde solía escribir sus historias.

«¡No!», gritó Anael al cobijo de su dimensión.

Pero Carlos no podía oírla. Se acercó. Lo encendió. Decidido, comenzó a eliminar cada una de las historias que había escrito. Primero de la red. Luego los archivos del portátil. Y así hasta que no quedó resquicio de ellos.

El extraño sonrió complacido y, tal y como apareció en la habitación, desapareció.

Anael estaba enfurecida. Más de lo que lo había estado en toda su vida. Enfurecida con su protegido por haber cedido a las presiones de aquel ser despreciable. Pero mucho más aún con ella misma por no haber sido capaz de entrar en acción y hacerle frente. Era un demonio poderoso. Pero no se había pasado tanto tiempo esforzándose en la academia para esconderse cuando las cosas se complicaban.

Carlos, desde su prisión, empezó a notar cómo el color de sus extremidades se iba volviendo ceniza. Se había rendido.

La joven realizó otro movimiento de manos y apareció de nuevo en aquel infierno particular. Carlos se veía como si un tenue velo le hubiera cubierto su piel. Al oler la fragancia a flores elevó la vista hacia ella, pero apenas si consiguió esbozar una leve mueca a modo de sonrisa.

Corrió hacia él.

—¡¿Por qué lo has hecho?! ¡Sabías que era una treta de ese demonio! ¡¿Por qué has dejado que te domine?!

Carlos desvió la vista y la sonrisa se esfumó de su cara.

—No deberías estar aquí... —murmuró.

Estaba a punto de soltarle una bofetada con toda la rabia acumulaba, cuando un viento frío heló su espalda.

—Veo que tenemos compañía —susurró alguien cerca de su oído.

Anael giró su cara con lentitud, con la respiración cortada por la sorpresa. Allí estaba. El mismo que había estado atormentando a Carlos. Tardó varios segundos en reaccionar. Pero antes de poder siquiera alejarse de él, el demonio la cogió del cuello con una mano.

—¿A cuántos de vosotros voy a tener que eliminar para que dejéis de incordiar? Ahora él es mío. Y nadie podrá impedir que termine donde deberían estar todos los que son como él. —Acercó su cara hacia ella. Inspiró con fuerza recogiendo su aroma y sonrió dejando entrever unos dientes afilados—. Creo que disfrutaré mucho con esto...

La joven sintió un escalofrío recorriendo su espinazo.

Carlos observaba la escena con tristeza. Y aunque deseaba poder salvarla de sus garras, no le quedaban fuerzas ni para gritar.

—No te tengo miedo —espetó la joven con firmeza.

—Puedo oler el miedo en tu piel, angelito bello —Acto seguido, lamió la mejilla del ángel, saboreando el momento de romper en pedazos su frágil cuerpo—. No intentes negar la evidencia...

Anael notó cómo su mano aflojaba un instante mientras su lengua rasposa y maloliente erosionaba su mejilla. Era ahora o nunca. Con un rápido movimiento de su mano, buscó entre los pliegues de su vestido la daga que ocultaba en su muslo, atada con una cinta azulada. Sacó el arma y con celeridad la levantó rasgando las vestiduras del demonio.

El ser infernal soltó una sonora carcajada a la vez que soltaba a su presa y daba un salto hacia atrás alejándose del peligro. Al ver la daga, su risa se tornó en un gesto serio.

—Con eso podrías hacerte daño —dijo con sorna, mirando la daga. Fue entonces cuando vio su empuñadura dorada con forma de cuerda, que se enroscaba alrededor del filo de diamante. Disimulando su sorpresa, añadió—: ¿Desde cuándo el insensato de Gabriel le da semejante arma a una novata como tú?

Anael no contestó. La daga de Gabriel era una de las reliquias más antiguas que se conservaban en la orden, y su dueño, el mismísimo arcángel, se la cedió cuando se graduó en la academia como premio a su valía.

—Eso a ti no te importa —contestó.

Sin darle tiempo a formular otra pregunta, la joven se abalanzó contra él. El demonio esquivó el ataque e intentó golpearla por la espalda para hacerla caer. Pero era ágil, y, después de mover los dedos de su mano realizando los sellos del hielo, se separó lo justo para, al pasar junto a él y notar cómo se abalanzaba contra ella con la intención de derribarla, golpeó su estómago. Al entrar en contacto con el cuerpo, de la punta de los dedos empezaron a salir cristales de hielo que se adentraban en la carne del demonio y laceraban su torso.

Anael se alejó. Colocó la daga entre sus dedos y comenzó a recitar los versos de la muerte a la vez que la daga empezó a brillar con mayor intensidad. El demonio le miró desconcertado.

—¡No puede ser que conozcas esos versos! —gritó.

Sonrió orgullosa y corrió hacia él. Había llegado su hora.

Al acercarse lo suficiente, miró la cara de su contrincante. Quería guardar en su memoria el momento en que la daga sesgara su vida. Pero lo que encontró no fue el terror en su mirada, como esperaba, sino una sonrisa malévola que le heló la sangre. Intentó frenar en seco. «¡Es una trampa!», pensó. Pero era demasiado tarde. Del cuerpo del demonio empezaron a salir hilos de alquitrán que se dirigieron hacia ella a gran velocidad. Intentó realizar un escudo para evitar quedar atrapada, pero, de pronto, alguien la sujetó por la espalda, abrazándola con fuerza. «No... No puede ser», pensó al darse cuenta de lo que acababa de pasar.

—Así es, pequeña —susurró el demonio junto a su oído, apretando su cuerpo contra el suyo—, ¿acaso pensabas que te iba a dejar que me atacaras sin más? Por favor... Soy demasiado viejo como para no darme cuenta de tus intenciones.
La joven forcejeó intentando zafarse de los brazos que le aferraban con fuerza. Poco a poco, los hilos de alquitrán empezaron a rodear su cuerpo. Los tobillos, las pantorrillas, los muslos... Y fueron ascendiendo hasta cubrir casi la totalidad de su cuerpo. Sujetó la daga con fuerza. No podía permitir que cayera en manos de un demonio. Pero los hilos se acercaban amenazantes desde su hombro. «No me va a quedar más remedio», pensó notando cómo el aire comenzaba a escasear.

Carlos miró la escena aterrado. Sabía lo que iba a pasar. Lo había visto demasiadas veces. Aquellos hilos negros se apretarían contra el cuerpo del ángel con tanta fuerza, que acabarían por descuartizarlo.

Anael no estaba dispuesta a que todo acabara así. «Acabaré sin fuerzas... Pero si no lo hago...» Cerró los ojos con fuerza intentando soportar el dolor que sentía.

—Así me gusta —murmuró el demonio con cierto regocijo—, cuanto más te resistas mayor será tu sufrimiento y mejor tu sabor.

El oxígeno se consumía demasiado rápido. Intentó coger aire. La presión insoportable sobre su pecho apenas dejó que entrara. Apretó la daga. Abrió los ojos y con un esfuerzo que sobrepasaba sus límites, consiguió invocar sus alas de hierro. Era una técnica difícil y que consumía demasiada energía, pero no tenía alternativa. Con un resplandor azulado, las plumas de sus alas comenzaron a transformarse en un acero resistente y cortante. Intentó abrirlas. Debía cortar los malditos hilos si quería escapar de aquella prisión. El demonio no se dio cuenta de lo que estaba pasando hasta que, de pronto, las alas de la joven se abrieron de par en par haciendo saltar por los aires el alquitrán que la mantenía presa.

Apenas le quedaba energía para mantenerse en pie. Haciendo verdaderos esfuerzos por mantener los ojos abiertos, se abalanzó sobre el demonio, hundiendo la daga en su pecho.

El demonio miró la mano de Anael contrariado. Sintió un líquido caliente comenzando a resbalar desde la mano del ángel y el frío del diamante adentrándose en sus entrañas. Elevó la vista hacia la cara de la chica. Estaba manchado con salpicaduras de su sangre.

—M... mala puta... —consiguió balbucear, antes de que una bocanada de sangre saliera despedida de su boca.

La rabia le carcomía.

Anael sacó la daga. Dejó caer los brazos a ambos lados de su cuerpo. Respiraba agitada, intentando recuperar el oxígeno perdido. Su mano, manchada de sangre, temblaba ligeramente.

—¡No! —gritó Carlos.

Anael le miró desconcertada y un golpe seco golpeó su cuerpo.

Sus ojos se abrieron por completo tras el impacto. Frente a ella, el demonio mostró una sonrisa pérfida, dio una arcada por culpa de la sangre que empezaba a coagular y cayó al suelo quedando bocabajo.

Acercó sus manos hacia el pecho. Algo había atravesado su cuerpo. Miró, y al ver una lanza de alquitrán ensartada en su pecho, se estremeció.

—No... No lo vi venir... —musitó esbozando una tímida sonrisa.

No le quedaban fuerzas para mantenerse en pie. Se dejó caer sobre una rodilla y miró a Carlos. No se había dado cuenta de lo bonitos que eran sus ojos hasta entonces. Sintió un escalofrío y, cerrando los ojos, se dejó caer vencida por el dolor y el agotamiento.



CONTINUARÁ...


Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.


jueves, 2 de marzo de 2017

EL ÁRBOL EN EL QUE TE CONOCÍ

Ilustración de Aio Eveson (Su blog aquí.)
(¡¡Gracias por el dibujo Aio!! Me encanta :) Y espero que la historia esté a la altura ^^).


A diferencia de lo que otros puedan pensar, nosotros, los ángeles, tenemos prohibido sentir. Nuestra tarea es simple: velar por los humanos. Y, para ello, debemos apartar las emociones que puedan surgir y no dejar que nada nos una a esos seres perecederos.

Para que esta norma —de vital importancia para el buen funcionamiento de nuestro régimen— sea cumplida sin excepción, os voy a explicar un caso real, ocurrido algunos siglos atrás, y que marcó un antes y un después en lo que antaño se conocía como la Orden de los Ángeles de la Guarda:


Anael era una joven ángel recién llegada a la orden. Sus ganas de hacer un trabajo digno e inmejorable eran asombrosas. Se esforzaba en cada una de las clases que se impartían en la academia, forjando con tenacidad una carrera profesional prometedora. Aunque lo que más destacaba de ella era su empatía para con los demás.

El día que se le concedió su primer caso —un joven con pelo castaño, no demasiado alto y de complexión delgada; lleno de sueños y de fantasías en su cabeza— a la joven casi se le cae el alma a los pies. Desde lo alto de la fuente del oráculo, dónde podían observar la tierra, miró al que sería su protegido y dejó escapar un suspiro. Estaba en un viejo árbol, apoyando su espalda en el tronco. Miraba distraído entre las hojas de los árboles, imaginándose mil historias cargadas de magia y fantasía. Siempre le había gustado inventar historias y, aquel lugar, perdido en medio de la pradera cercana a su casa, era el lugar perfecto para dejarse llevar por su imaginación.

—Pero, señor —dijo Anael sin dejar de mirar al chico a través de la fuente—, pensaba que me otorgaríais la oportunidad de trabajar con alguien más... no sé... más problemático.

Su mentor, el Ángel Gandiel, un ángel de gran corpulencia y sonrisa afectuosa, miró a la joven.

—Pequeña, a veces, las almas que parecen más calmadas, aquellas que jamás dirías que viven en tormento, son las que esconden los mayores infiernos. —Anael le miró extrañada y regresó los ojos hacia el joven. ¿Cómo una criatura como aquella, que parecía feliz solo de estar bajo la sombra de aquel enorme árbol, podía estar viviendo un infierno?—. Te recomiendo que antes de juzgar el alma que te ha sido encomendada, pases un tiempo a su lado, conociéndole mejor.

La joven suspiró de nuevo y afirmó con la cabeza sin demasiada euforia. Gandiel sabía que tenía unas ganas enormes de vivir casos como los que él solía llevar, casos difíciles donde en más de una ocasión había conseguido cambiar el rumbo errático de algún desalmado. Para ella, él era su ídolo y la persona por la cual siempre quiso entrar en la academia de la orden. Pero, ¿cómo iba a aprender si le enviaban casos tan simples? Aquel muchacho no parecía necesitar su ayuda...

—Mucha suerte, Anael. Te estaré observando desde aquí —concluyó su supervisor sin querer alargar más la conversación, con una atisbo de preocupación en su mirada.

La joven se despidió y se dirigió hacia la salida para poder viajar hacia la tierra dónde le esperaba su nuevo protegido.

* * *

Carlos apoyaba su espalda en el tronco del viejo roble que siempre le llenaba de paz. Levantó la vista al cielo y dejó que la suave brisa le revolviera el cabello. Llevaba días con cierta ansiedad. Todo lo que él pensaba que sacaría adelante sin problema, se había complicado de tal manera que ahora no veía el momento de acabarlo a tiempo. Se había comprometido a sacar una historia, que no había manera de que saliera. Y encima, por parte de su familia, le forzaban para que buscara un trabajo de verdad y se olvidara de esa tontería de escribir —con lo que no se ganaría nunca la vida—, un trabajo de esos donde no podías dar lo mejor porque solo querían a un borrego que hiciera lo que le mandaran y sin hacer demasiadas preguntas. Trabajar, volver a trabajar y, al día siguiente, más.

Cavilando sobre su vida, viéndose a sí mismo como alguien a quien habían amarrado con fuertes cadenas que no le dejaban respirar, sintió un suave aroma a flores que le perturbó. Miró a su alrededor con gesto sorprendido. La primavera estaba a las puertas, es cierto que había bastantes flores al borde del camino, pero nunca había percibido una fragancia así.

Anael se posó a su lado y se ruborizó al darse cuenta de que el chico había notado su presencia. «Error garrafal», pensó cerrando los ojos para controlar su olor y así pasar inadvertida. Era la primera lección que les inculcaban al entrar en la academia y ella se la había saltado a la primera de cambio solo por estar demasiado preocupada en si el caso que le habían concedido era lo suficientemente bueno o no.

Carlos dejó de oler las flores y se encogió de hombros. Vendría de algún caserón cercano. Se miró la muñeca donde tenía un reloj de pulsera. Las 12:30h.

—Será mejor que vuelva a casa... —dijo para sí mismo en voz alta.

Anael le observó. Estaba entrenada para descifrar los tonos de voz más sutiles y aquellas palabras, sin lugar a dudas, escondían algo.

Siguió el camino de vuelta a su lado. De vez en cuando, Carlos sonreía al ver a algún insecto revoloteando en alguna flor. Y otras, elevaba la vista al cielo viendo cómo el viento empujaba las nubes con lentitud.

Cuando llegaron a casa, el joven abrió la puerta. Era una pequeña vivienda de un pueblo olvidado en aquel paraje de prados y campos de cultivo.

—¡Mamá! ¡Ya estoy en casa! —gritó.

Su madre respondió al saludo desde el salón, donde veía un programa de debate en la televisión.

Se acercó, la saludó, dejó la chaqueta en la silla del comedor y se dirigió hacia su cuarto.

—¿Has enviado los currículums como quedamos? —dijo sin apartar la vista de la tele.

—Sí, mamá...

Anael vio la escena en silencio. Sí, aquella voz escondía algo, y no precisamente alegría. Pero ¿cómo podía ser? Cuando le vio apoyado en el tronco del árbol la primera vez, parecía tan calmado, con tanta paz en su rostro... ¿Qué podía esconder en su fuero interno que le hiciera tener aquel tono de voz?

Al subir a la habitación, un pequeño gato negro salió a saludarle. El joven se agachó y le acarició el mentón. El minino elevó la cabeza y dejó escapar un suave ronroneo.

—Hola Señor Bigotes —saludó.

Se fue directo a la cama y se dejó caer, tumbándose con los brazos en cruz. Elevó la espalda para poder sacar unos papeles doblados del bolsillo trasero de su pantalón y los desplegó frente a él con los brazos estirados hacia el techo.

«Parecen los currículums que debía entregar», pensó Anael sin perder detalle de lo que hacía su protegido.

—No sé por qué se emperran en que haga algo que no quiero hacer. —Los lanzó contra el suelo y se giró hacia el lado contrario, quedando frente a frente con la pared—. Y el relato... Joder... O se me ocurre algo pronto o voy a tener que enviar cualquier chorrada sin valor...

El joven cerró los ojos agotado.

Anael se acercó al borde de la cama. Algo no cuadraba. Posó su mano en la espalda del joven, debía saber qué era lo que escondía en su pecho, en su corazón.

La habitación se tornó oscura y la joven se trasladó hacia el interior de su protegido, viajando a través de diferentes dimensiones hasta alcanzar el centro mismo de su alma. Se tapó la boca con ambas manos y dejó escapar un grito ahogado. La roca oscura, la luz del fuego, los alaridos de los desgraciados. ¿Cómo había llegado allí? ¡Era el infierno! Pensó que se había equivocado al invocar el conjuro que debía transportarla hasta interior del alma de su elegido, pero entonces, atado con varias cadenas de hierro forjado, estaba él. El alma de Carlos.

—No puede ser... —murmuró.

Se escondió tras una roca. Miró de soslayo. Parecía que decía algo pero no lograba entender el qué. Decidió acercarse un poco más, aunque primero hizo aparecer una túnica oscura con la que cubrir su cuerpo y sus alas.

—¡Afloja un poco! ¡Qué me ahogas!—decía sintiendo cómo su cuerpo se estrechaba—. ¡Te prometo que no lo volveré a hacer!

Las cadenas se apretaron alrededor de su cuerpo con más fuerza. Carlos dejó escapar un leve gemido a la vez que su respiración se cortaba por una punzada en las costillas que se materializó en un espasmo en el cuerpo real del joven.

Anael, asustada por todo lo que estaba pasando a su alrededor, despegó la mano de la espalda del chico. Le miró. Respiraba agitado. Un sudor frío humedeció sus manos y su espalda.

«Qué... qué ha pasado», pensó confusa.

En ninguna de las clases de la academia se hablaba de que las almas humanas pudieran estar presas en el infierno sin antes morir. Sí que podían estar atormentadas, cargar con terribles sufrimientos y penurias, pero nadie le dijo que pudieran recrear las mismísimas puertas del infierno.

Miró a Carlos de nuevo. Ahora dormía plácidamente. Respiró hondo para retomar el valor que había perdido, y volvió a colocar la mano en su espalda.

Regresó al mismo lugar. El calor era sofocante. Se acercó vigilando a un lado y a otro para no ser vista. Cuando estuvo lo bastante cerca, Carlos, que en ese momento dejaba caer su cabeza, la levantó azorado.

—¡Ese olor otra vez! —exclamó.

«Claro, aquí no puedo esconder mi esencia», pensó Anael. Debía pensar con rapidez, si el humano era capaz de olerla, no tardarían en encontrarla los demonios.

—¿¡Quién eres?! —gritó el joven al ver a alguien encapuchado cerca de él.

Anael se acercó despacio, mirando una y otra vez a sus espaldas. No tenía claro que fuera una buena idea dejar que la viera. Pero no tenía más remedio que acercarse a él para averiguar qué estaba pasando.

—Shh... —susurró a la vez que colocaba su dedo en los labios—. No te preocupes, no vengo a hacerte daño. —Cuando estuvo a su lado, apartó su capucha, dejando al descubierto su pelo lacio y azulado. Carlos abrió los ojos de par en par. La piel blanquecina, el pelo azulado, su mirada lilácea... Anael se colocó a su lado observando las cadenas que le mantenían preso y añadió—: ¿Cómo has llegado hasta aquí?

Carlos aún no podía creer que lo hubieran vuelto a hacer. Ella le miró levantando los ojos y sonrió.

—Me llamo Anael —dijo con una sonrisa—. Y he venido para ayudarte. Aunque... la verdad es que no sé cómo. Estas cadenas son difíciles de romper...

Una de sus alas se dejó ver por debajo de la túnica.

—No me digas que eres un ángel... —comentó levantando una ceja.

—Así es. Soy tu ángel de la guarda.

El joven soltó una carcajada que la desconcertó. Se apartó un paso y le miró sin saber qué decir.

—¿En serio envían a otro de vosotros para sacarme de aquí? Tú no sabes lo que haces, ¿no?

—¿Qué quieres decir?

Cada vez estaba más confusa.

—¿Esos de ahí arriba no te han comentado nada antes de hacerte venir aquí?

—¿A... A qué te refieres?

Empezó a ponerse nerviosa.

—Al último que estuvo aquí le dije que se fuera y que no volviera nunca más. ¡No podéis hacer nada! Y encima... —La observó de arriba a abajo con descaro—. ¡Encima no pareces ni la mitad de poderosa que los otros! —Carlos respiró hondo y la hostilidad que segundos antes parecía llenar sus ojos pareció transformarse en tristeza—. Yo que tú me iría antes de que sea demasiado tarde... En serio, lárgate, ¡si ese tipo te encuentra aquí será tu fin! ¡Y me he cansado de veros morir!

Anael no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Morir? ¿Cómo que morir? ¿Y cuántos habían ido hasta allí antes que ella? Pensó en Gandiel, en el gesto de su rostro, un gesto que no supo cómo analizar cuando se fue, y tragó saliva.

—Nada de lo que dices tiene sentido... —murmuró.

—Estoy condenado, era Anael ¿verdad? —Ella asintió—. Desde que esa cosa me encontró... —Frunció el ceño y guardó silencio unos segundos—. Es muy astuto... Aún no sé ni cómo narices consiguió engatusarme. Incluso consiguió que todos los que estaban a mi alrededor pensaran igual que él y actuaran como si él mismo fuera quién me hablaba. Es demasiado listo... Y demasiado poderoso. Día a día, las cadenas fueron envolviendo mi cuerpo. Y ahora... Ahora... —Cerró los ojos y dejó caer la cabeza—. Ya no me quedan ganas de luchar más. Los que vinieron antes que tú no tuvieron la más mínima oportunidad de huir de sus garras. Un simple gesto de su mano, y acabaron desangrándose frente a mí. —Levantó la mirada y la miró. Era bonita. Y podía notar cómo lo que decía le afectaba. Apartó la vista de la joven y añadió—: No podría soportar ver cómo otro de vosotros cae por mi culpa... No merezco vuestra ayuda. No quiero que muera nadie más...



CONTINUARÁ...



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