miércoles, 10 de mayo de 2017

ESPERANZA (Parte 2)

Para acceder al comienzo de la historia, haz clic aquí.


Obra de Víctor Hugo.
Blog: https://du-dum-dum.blogspot.com.es (Pásate por él,
no tiene desperdicio ;) ).



Nadra cogió la mano de su pequeño, dio un pequeño apretón y —tragándose los temores— empezó a seguir la fila hacia la orilla.

—Tranquila —comentó en voz baja la mujer embarazada—, todo saldrá bien.

Nadra intentó sonreír. ¿Cómo podía estar tan calmada? Claro, quizá sabía nadar... Pero ella no. O quizá simplemente lo aparentaba. Observó el mar y aquellas aguas oscuras le parecieron un agujero negro que no presagiaba nada bueno. Miró a Dahir. Suerte que él llevaba un chaleco salvavidas. Cogió aire y sacó fuerzas de flaqueza.

Uno de los hombres que les custodiaba recibió una llamada telefónica. Al colgar, su rostro se tornó más serio. Nadra no perdía detalle. Algo pasaba. Se acercó al que estaba más cerca de la lancha y le comentó algo en voz baja. El otro asintió con un movimiento de cabeza y comenzó a tirar de la cuerda que mantenía la patera amarrada para acercarla lo máximo posible a la orilla.

El tipo que contestó la llamada se giró hacia ellos.

—¡Nos vamos! —dijo sin más.

A medida que se acercaban a la barca, el soldado que estaba frente a ellos les iba arrebatando las bolsas y los pequeños bultos que llevaban. Cuando le tocó el turno a Nadra, el hombre cogió su mochila y se la quiso arrancar de la espalda para lanzarla hacia la montaña de macutos que se había ido formando junto al mar.

—¡No! —protestó ella—. ¡No la voy a dejar aquí! ¡Es todo lo que me queda!

Agarró su mochila con fuerza impidiendo que el hombre se la quitara.

Las bolsas no suben a bordo —contestó con brusquedad el tipo vestido de militar.

—¡Pero es todo cuanto me queda!

Nadra solo podía pensar en las fotos que guardaba en su diario. Si le prohibían subir sus cosas, perdería el único recuerdo que le quedaba de su esposo.

—¡Las bolsas no suben! —repitió de nuevo, tirando con más fuerza de la mochila de la mujer.

Dahir miraba con temor a su madre y al hombre, agarrándose a la pierna de ella con fuerza.

El paramilitar que recibió la llamada, uno de bigote espeso y ojos oscuros, se acercó hacia el tumulto que se estaba creando en torno a Nadra.

—¡¿Qué pasa aquí?! ¡¿No habéis oído lo que he dicho?! ¡Hay que irse! ¡Ya!

—Señor —suplicó Nadra, agarrando la chaqueta del hombre—, mis cosas... —Señaló su mochila—. No puedo dejarlas aquí.

El hombre, con desprecio, la empujó. Perdió el equilibrio y cayó de culo sobre la arena.

—¡Ya le has oído! ¡Las bolsas se quedan aquí! —Se giró hacia el señor que caminaba detrás de Nadra y le empujó para que siguiera caminando hacia la patera. —¡Andando!

El hombre la miró con lástima, dejó su mochila sobre el resto y se acercó hacia la orilla para subir en la barca. Nadra quería romper a llorar. Eso no era lo que les habían dicho. ¿Cómo iba a dejar lo poco que le quedaba de su vida allí? Miró a Dahir. Comenzaba a sollozar asustado.

Ya no había vuelta atrás.

Se tragó las lágrimas. Intentando controlar el temblor de sus manos, abrió los cordones que cerraban la bolsa para rebuscar en su interior. Sacó el pequeño diario y pasó sus hojas con rapidez, buscando la foto de su esposo. Cuando la encontró, la dobló y la metió entre los pliegues del vestido y su ropa interior. Guardó las cosas sin cerrar la mochila y la lanzó con el resto, haciendo que el diario cayera sobre la arena.

Cuando pasó al lado del hombre del bigote, éste le echó una mirada severa y se dio la vuelta, regresando hacia la barraca dónde se encontraba el próximo grupo de refugiados. El que estaba sobre la lancha cogió al crío en volandas para dejarlo dentro de la barca.

—Has tenido suerte, pero no la vuelvas a armar —dijo en voz baja, más como un consejo que como una amenaza, mientras dejaba al niño en la patera.

Ayudó a Nadra a subir y les mandó sentarse en el borde, en el espacio que quedaba sin ocupar.

Una vez todos a bordo, el chico saltó al agua.

—¡Escuchadme! —Le dio una brújula al hombre que estaba más cerca de él—. ¡Ahora, una lancha a motor os llevará hacia las islas griegas! ¡Siempre hacia el norte! —El silencio en el grupo de hombres, mujeres y niños era absoluto. La tensión casi era palpable—. ¡Sobretodo, no hagáis ninguna tontería! ¡El viaje dura unos cincuenta minutos, más o menos! ¡Paciencia! —Desvió la vista hacia su superior y, bajando el tono de su voz, añadió—: Y buena suerte...

De pronto, una sacudida hizo que todos se agarraran asustados a lo que podían, intentando mantener el equilibrio cada vez que las olas meneaban la barca. Empezaron a avanzar, dejando en tierra a los traficantes que se frotaban las manos con el dinero que acaban de sacar de aquella partida de hombres.

—¿Y ellos? ¿No vienen?

La pregunta de un hombre entrado en carnes, de pelo rasurado y gafas, quedó en el aire. Nadie sabía qué decir ni qué pensar.

La lancha a motor empujó la pequeña embarcación a través de las olas. No tenía luces y era tan negra como el mismo mar.

Dahir se abrazó a su madre. Temblaba. La mujer pasó la mano por su frente. Ardía. «Menos mal que ya falta menos —pensó llevando la vista hacia el horizonte. La verdad es que la estampa era bonita: La luna se reflejaba sobre el agua. Y el sonido de la lancha a motor era, en cierto modo, tranquilizador—. Espero que todo salga bien...»

* * *

A medida que la lancha se alejaba, el hombre que le dio el salvavidas a Dahir observó en silencio su partida. Él, en su día, no se atrevió a hacer aquel viaje y optó por quedarse a ayudar a otros que, como él, huían de la guerra.

Se acercó a los macutos tirados sobre la arena. La vida, los recuerdos, la identidad de toda aquella gente, se quedaba allí para perderse en el olvido. Caminó despacio, siempre lo hacía cuando alguno de sus grupos se lanzaba al mar en busca de una nueva oportunidad. Era su pequeño ritual de despedida. Observaba la lancha hasta que se perdía entre las olas y recogía las pertenencias perdidas para después crear una hoguera con ellas, rezando por ellos.

Mientras caminaba vio una pequeña libreta que le era familiar. «Es de aquella mujer», pensó, levantando la vista hacia el horizonte. La lancha era un pequeño bulto que aparecía y desaparecía entre las olas. Se agachó y lo recogió, quedándose en cuclillas. Al abrirlo y leer un par de frases, en seguida supo que se trataba de un diario. Y, por la fecha, lo había ido escribiendo desde que la recogió, hacía ya cosa de un mes.

Se puso en pie y, contradiciendo las normas de sus superiores, lo guardó dentro de su chaqueta. Dejó escapar un suspiro y siguió con su cometido.

* * *

La lancha motora seguía tirando de la pequeña embarcación. El grupo, aún en silencio, parecía perdido en sus pensamientos, como intentando vaticinar cuál sería su destino al llegar a aquellas tierras lejanas.

Desde la lancha, el que acompañaba al patrón señaló un punto en el mapa.

—Ya hemos llegado —le comunicó.

El tipo que llevaba los mandos asintió y aflojó ligeramente la velocidad para que su segundo de a bordo pudiera realizar su trabajo.

Con esfuerzo, aunque manteniendo el equilibrio con bastante destreza debido a las veces que había realizado aquella maniobra, se acercó a la parte trasera de la lancha, sacó un machete de dentro de una caja que había a su lado y, de un golpe seco, cortó la cuerda que unía ambas embarcaciones.

La pequeña barca empezó a perder velocidad. Extrañados, hombres y mujeres intentaron escudriñar la negrura para saber qué había pasado.

—¿Qué pasa? —preguntó Nadra al hombre que estaba a su lado.

—No lo sé, pero no me gusta.

La lancha motora empezó a alejarse de ellos en dirección a la playa desde la cual habían zarpado.

—¡Se van! —gritó una mujer con un Hiyab, el pañuelo con el cual cubren su cabello.

Los nervios empezaron a contagiarse entre unos y otros. Y el temor a lo desconocido, sintiéndose abandonados en medio del mar, empezó a extenderse entre ellos.

Cuando el murmullo y el miedo eran ya más que evidentes, un hombre menudo y de nariz prominente tomó la palabra. Se puso en pie.

—¡A ver! ¡Calmaos! —Agitó sus brazos en un ademán de mantener la calma—. ¡El viaje dura unos 50 minutos! ¡Y ya llevamos cerca de media hora de camino! ¡He visto debajo de mis pies unos remos! ¡Si todos arrimamos el hombro, nuestro viaje podrá llegar a buen fin!

—¡A mí el hombre que nos ha ayudado a subir me ha dado una brújula! —indicó un tipo alto y desgarbado de piel negra como la noche, levantando el brazo con el que sujetaba la brújula.

—¡Perfecto! —exclamó el tipo bajito—. ¡Han dicho que siempre hacia el norte, así que, todos los que tengan un remo debajo y se sientan con fuerzas, que empiecen a remar! —Llamó al poseedor de la brújula para que se acercara—. Intentaré que este remo haga de timón. Ve indicándome el norte, ¿de acuerdo?

El desgarbado afirmó y ambos se dirigieron hacia la parte trasera de la barca.

—Señora, necesito ponerme aquí. Siéntese en mi sitio.

Nadra alzó la vista hacia el hombre y asintió. Intentando no perder el equilibrio, agarrando a Dahir con fuerza, se fue a sentar en el lugar que le habían indicado.

—Hola de nuevo —dijo la mujer embarazada, esbozando una sonrisa, al ver que Nadra volvía a estar a su lado.

Nadra respondió con otra sonrisa y se sentó, haciendo que su hijo se sentara sobre sus rodillas.

—Hola, mi nombre es Nadra —se presentó.

—Encantada, Nadra. Yo soy Leiza.

Ambas mujeres empezaron a hablar. Y, poco a poco, mientras los hombres más fuertes remaban al unísono intentando llegar a alguna de las islas que poblaban aquella zona, los nervios se fueron pasando.

Un viento frío empezó a soplar. Al principio como una suave brisa. Pero fue cogiendo fuerza. Y con él, empezaron a llegar las olas.

—Maldita sea —renegó el timonel elevando la vista al cielo preocupado por si se acercaba tormenta.

—Mamá —murmuró Dahir, asustado por el vaivén cada vez más pronunciado que hacía la barca—, tengo miedo.

Nadra le abrazó con fuerza.

—Todo va a salir bien —contestó con ternura.

A lo que Leiza afirmó con su cabeza, sonriente como siempre.

«Tiene que salir bien...», pensó.

Las olas cada vez eran más altas. El viento azotaba la pequeña embarcación y lo hacía virar sin rumbo fijo. Durante un tiempo que se les hizo eterno, la pequeña barca estuvo a merced del mar, sin avanzar hacia destino. Pero, por suerte, entre todos conseguieron que el oleaje no volcara la embarcación. Entre el murmullo incesante del mar y el aire, alguien gritó:

—¡Veo luces!

En efecto, a lo lejos podían verse las luces de una de las costas de alguna isla.

Sin perder tiempo, con la esperanza renovada, se pusieron a remar. Su destino estaba cerca.

Continuará...

Para acceder a la última parte, haz clic aquí.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

2 comentarios:

  1. noooo, no puede ser!
    Y ahora tengo que esperar a la tercera parte...
    ¡Que bello escribes, Carmen!
    De lo que se lee, se desprende el sonido y olor del mar, las sensaciones de las personas, muy bueno!
    Felicitaciones
    y seguimos esperando la tercera
    :)
    Desde Argentina,
    Clara

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    Respuestas
    1. Muchas gracias guapisima!! Siento haceros esperar, pero mi tiempo para escribir es muy justito... Pero no tardaré, que ya tengo el desenlace en la cabeza ;)
      Me alegro mucho de que te haya trasladado las diferentes sensaciones ^^
      Un besazo!! Y mil gracias por pasarte y comentar!! Feliz casi finde!! Muackas!!

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