sábado, 13 de mayo de 2017

ESPERANZA (parte final)

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Obra de Víctor Hugo.
Blog: https://du-dum-dum.blogspot.com.es (Pásate por él,
no tiene desperdicio ;) ).


Los hombres reman con fuerza intentando que la pequeña barca no se vuelque. Estoy asustada. Siento cómo mi pequeño se aferra a mí con fuerza y le abrazo. Miro a mi alrededor. El hombre menudo que se ha hecho cargo de la situación parece estar pasándolo mal, intenta aguantar el equilibrio mientras con el remo procura guiarnos hacia la costa. ¿Por qué se tiene que complicar todo? ¡Pensaba que a medida que nos acercáramos a tierra sería más seguro! Pero me equivocaba. ¡Ahora las olas empiezan a romper sobre nosotros!

Tengo tanto miedo... ¡Aún estamos demasiado lejos!

Escucho los gritos de mis compañeros y, llevada por el pavor que siento, me he agarrado al brazo de Leiza mientras con el otro rodeo el pequeño cuerpo de Dahir. Por favor... ¡Tenemos que llegar a salvo!

Una enorme ola llega a nosotros. ¡Hay que agarrarse! No me da tiempo a avisar a los demás cuando rompe y nos cae encima con toda su rabia. La barca se balancea como no lo había hecho hasta ahora y entonces oigo el grito de una mujer. ¡Oh, por dios! ¡Ha caído al agua! Por instinto agarro a mi niño con más fuerza, cerrando los ojos horrorizada.

Los hombres estiran sus brazos intentando cogerla. Está demasiado oscuro. Otra ola. El agua empapa nuestra ropa y se cuela en la barca.

¿Qué ha sido eso? Sonaba como... No por favor... ¡Ha sido un crujido! Ahora casi me devora el pánico. ¡No sé nadar! ¡No sé nadar! Las lágrimas se agolpan en mis ojos. Intento controlarme. ¡Vamos, Nadra! No puedes perder la esperanza. ¡Seguro que llegaremos! ¡Esto no puede terminar aquí!

Intento abrir los ojos pero me escuecen por culpa del agua salada. Leiza se agarra al borde de la barca con fuerza y me sujeta para que no caiga. Busco a la mujer que ha caído al agua con la mirada, mis compañeros aún intentan subirla a bordo. Menos mal que han conseguido cogerla antes de que el mar se la trague. Veo cómo la agarran entre dos y la intentan levantar. Debe pesar mucho, no consiguen sacarla de allí.

Otra ola.

¡No, no, no! Los dos hombres... ¡Los dos hombres acaban de caer también! No puedo controlar el llanto. El miedo me supera. Ayan... Las lágrimas se mezclan con el agua de mar. ¡Necesito a Ayan a mi lado!

De golpe, la barca empieza a reclinarse hacia nosotros. Una joven, sentada frente a nosotras, no consigue sujetarse bien y cae hacia Leiza. La pendiente cada vez es más pronunciada. Resbala por la cubierta empapada y se golpea contra ella. Leiza grita a mi lado. La joven le ha golpeado en la barriga con el codo.

—Mi bebé —gime entre sollozos, con un dolor creciente en su bajo vientre.

Ayudo a que la joven se siente, pero esta vez la barca se balancea en dirección contraria, elevándonos hacia arriba. Leiza pierde el equilibrio por haberse soltado de la barca y cae al suelo. Otra vez el crujido, esta vez más fuerte, como si un caballo relinchara furioso con nosotros. Tengo miedo. ¡Que acabe ya! ¡Por favor, quiero llegar ya!

Cuando menos lo esperamos, nuestros cuerpos se desequilibran. La patera se parte bajo nuestros pies. El agua empieza a entrar y engulle todo a su paso.

—¡Salta! —dice un hombre desde el agua. ¿Me lo dice a mí? ¡No puedo saltar! ¡Me ahogaré! —¡Tenéis que saltar o se os llevará al fondo!

No sé que hacer. Estoy aterrada. La barca se está hundiendo por momentos. ¡Vamos, Nadra! ¡Tienes que ser fuerte!, me grito a mí misma. Cojo a Dahir por los hombros y lo lanzo al agua. He perdido de vista a Leiza. La busco con la mirada. Por fin la encuentro, está en el agua, con el rostro desencajado. Parece que le sigue doliendo el vientre. Me mira y al instante entiendo lo que está pasando. Dios mío... se ha puesto de parto...

El sol empieza a despuntar a lo lejos.

Salto al mar. No puedo hacer nada más. Muevo mis brazos y mis piernas desesperada por aguantarme a flote, pero mi ropa pesa demasiado y parece tirar de mí hacia el fondo. Alguien me ha acercado un trozo de madera.
—¡Agárrate! —grita.

No logro ver quién es.

Me agarro desesperada al trozo de madera intentando no hundirme más. ¡Dahir! Le busco con la desesperación de quién teme haber perdido a su tesoro más valioso. No le encuentro.

—¡Dahir! ¡Dahir!

El agua entra en mi boca y me genera una arcada. Toso angustiada pero sigo gritando.

—¡Mamá!

Mi corazón parece pararse cuando le escucho. Lloro. Está vivo... ¡Está vivo! Le busco entre las olas. Veo algo naranja flotando a unos metros de mí. De la barca apenas queda algo a flote. Muevo mis piernas hacia él y, no sé ni cómo, consigo alcanzarle. Está muy asustado. Llorando le pido que se calme. Que todo saldrá bien.

Los demás han empezado a nadar hacia la costa y nos gritan para que les sigamos.

Leiza intenta nadar, pero con cada contracción su cabeza se hunde.

—¡Vamos, Dahir! —le digo a mi pequeño pidiéndole que se sujete a la madera también.

Tengo que ayudarla. El trozo de madera nos puede aguantar a las dos. Empiezo a golpear el agua con las piernas para llegar a ella. Cuando la alcanzo la agarro por el brazo y la ayudo a sujetarse.

—¡Aguanta!

—¡Nadra! ¡No puedo! ¡Me duele mucho!

—¡Tienes que aguantar! ¡Vamos!

Su cara está desencajada pero se agarra y, entre los tres, empezamos a nadar hacia la costa.

Poco a poco las nubes empiezan a despejarse. El viento, por fin, ha cesado aunque el oleaje sigue siendo fuerte.

No sé el rato que llevamos nadando. Y la costa parece igual de lejos. Tengo las piernas entumecidas y el frío empieza a causar estragos en mi cuerpo. Leiza lleva un rato sin decir nada. Parece agotada.

—¿Estás mejor? —le pregunto mirando su cara. Está tiritando—. Vamos, un último esfuerzo.

No sé el rato que ha pasado, he perdido toda noción del tiempo, pero noto que apenas avanzamos. La vuelvo a mirar. Está inmóvil agarrándose al madero. Dahir sigue golpeando el agua con sus piernecitas.

—Venga, Leiza, no te rindas, ¿vale?

—No... no puedo más... —Su respiración es agitada. De vez en cuando un gesto retorcido cruza su cara. Las contracciones parecen estar desgastando sus fuerzas más rápido de lo que imaginé. Intenta sonreír—. Sin mí... Sin mí aún tendríais una oportunidad.

—¡No digas eso ni en broma! —¡¿Pero qué está diciendo?!—. ¡No pienso dejarte aquí! ¡Tienes que aguantar! —Entonces se suelta y se deja arrastrar por las olas—. ¡No, Leiza! ¡¿Qué haces?! ¡Agárrate a mí!

La sujeto como puedo. ¡Tiene que ser fuerte! ¡Por su bebé! Pero parece decidida a dejarse llevar.

—No... puedo...

Sus ojos se han entrecerrado a la vez que pronuncia esas palabras. ¡Por favor! ¡No me hagas esto! ¡No te desmayes! La intento agarrar con todas mis fuerzas pero su cuerpo pesa mucho. Ha perdido el conocimiento. ¡Si al menos supiera nadar podría ayudarla!

Tengo ganas de llorar. No podré sujetarla mucho más. Mi cuerpo está entumecido por el frío y el cansancio. Tiro de ella pero su peso hunde mi cabeza también.

—¡Mamá! —llora Dahir—. ¡Suéltala!

No... No quiero dejarla morir... Lloro mientras tiro del brazo de la mujer.

Al final no me queda más remedio que dejarla atrás. Lo siento... Su cuerpo queda flotando, subiendo y bajando al ritmo del oleaje. Empiezo a mover mis piernas para alejarnos de allí.

Mientras avanzo lloro de rabia. ¿Por qué nos hacen esto? ¿Qué mal hemos hecho nosotros para que el destino nos odie de esta manera? Era una buena persona, ¡maldita sea! Y su bebé... Ni siquiera ha tenido la oportunidad de verle la cara, ¡de darle un beso! Las lágrimas caen sin poder ser contenidas. Dahir me mira de reojo. Pero aguanta el llanto. Mi niño... ¿por qué ha tenido que ver esto? ¿Por qué ha tenido que vivir esta odisea?

La luz del día ya ilumina el cielo por completo. Estoy agotada. Ya ni siquiera me duele el cuerpo. He visto a algunos compañeros. Pero, como nosotros, están exhaustos. Y no veo la tierra.

Ya no hay esperanza...

—Dahir —digo con un hilo de voz—, todo va a salir bien...

Llevo repitiendo esa frase desde que salimos de nuestro país. Pero me parece que ni él se lo cree ya. Me ha mirado con ojos cargados de decepción... Le he defraudado... No he podido salvarlo.

Cada minuto que pasa mi cuerpo se entumece más. Ya no me puedo mover. No sé ni cómo me aguanto... Le he acercado a mí. Quiero sentir su calor, su pequeño cuerpo entre mis brazos. Le miro. Ha cerrado los ojos. No puedo pronunciar su nombre. Sólo deseo con toda mi alma que esté dormido. Y que cuando llegue su hora no sufra. No le duela...

—¡Allí hay más!

Oigo voces... No entiendo qué dicen... Intento abrir los ojos, pero mi visión está nublada y no puedo ver con claridad. Mis ojos arden por la sal. Y me queman los pulmones.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Hay que sacarlos del agua!

Cuando creo volver a abrir los ojos, un hombre con cabellos rizados de color claro y barba espesa, ha levantado a Dahir en volandas. Mi niño no se mueve. El hombre parece gritar algo mientras lo sube a bordo. Ahora es una joven la que ha tomado a mi pequeño entre sus brazos. Lo abraza y lo tapa con una manta. Están nerviosos. Pero no alcanzo a entender lo que dicen.

—¡La mujer! ¡Rápido!

—Déjala, es demasiado tarde para ella. ¡Vamos! ¡Allí hay otro! ¡Rápido!

Se alejan de mí.

¡No! ¡No os vayáis! Intento levantar mi brazo, pero mi cuerpo no responde. Sigue inmóvil. ¡No me dejéis aquí!

* * *

Lo que creía haber visto no ha sido más que una ilusión. Aquí no hay nadie. Solo el mar. Aunque... Qué raro, ya no tengo frío. Espera un momento... Es... Es mi cuerpo... Veo mi cuerpo hundirse en este abismo negro. Y no soy la única... Hay muchos más.

Vaya. Ya entiendo...

Mi alma ha dejado la carne... Por eso ya no siento dolor, ni frío, ni temor.

Si tuviera rostro ahora sonreiría. Mi Dahir... Sé que está bien. Lo puedo sentir dentro de mí. Puedo sentir su corazón latir. Eso significa que aquellas personas sí eran reales.

Aquellas personas...

Me lleno de gratitud.

Gracias. Gracias por salvar la vida de mi pequeño. Gracias... Gracias...

* * *

Han pasado cinco años desde aquel incidente. Dahir fue acogido por una familia y ahora vive en un pequeño pueblo de Italia. Ha tenido mucha suerte, pues muchos como él han quedado en el olvido, viajando sin rumbo por una Europa que no los quiere, tratados como apestados y renegados.

Desde que llegó no ha querido hablar de aquel viaje. Nunca ha mencionado a sus padres. Pero cada noche llora en silencio por ellos, culpándose a sí mismo por haber olvidado cómo era su voz, por no poder ponerle cara a sus recuerdos.

Alguien llama a su puerta. Hoy se ha quedado solo. Se dirige al recibidor y se dispone a abrir. Es el cartero.

—¿Dahir Qabil?

—Sí, soy yo —contesta en un italiano casi perfecto.

—Tengo un paquete para ti.

Toma el pequeño paquete envuelto en papel marrón y lo voltea curioso a la vez que cierra la puerta. Se dirige a su cuarto y lo abre. Es una caja vieja de zapatos. La abre y en él hay una libreta bastante estropeada y una nota sobre ella. Coge la nota. Suerte que su familia no ha querido que pierda sus raíces y entiende lo que pone:

«Me ha costado mucho tiempo encontrarte. Pero, por fin, puedo devolverte lo que es tuyo».

No está firmado. Le da la vuelta extrañado y coge el papel que envolvía el paquete para ver el remitente. Viene de Turquía pero no pone nombre alguno.

Se encoge de hombros y abre la libreta.

Al ver la letra un remolino de sensaciones le aborda y sus ojos se humedecen. Entonces cae algo del interior. Cuando se agacha a cogerlo, sus ojos son ya un mar de lágrimas. Es una fotografía. Y en ella salen los tres: Ayan, su padre; Nadra, su madre; y él.

Dahir rompe a llorar emocionado. Por fin, por fin puede recordar sus caras. Y como una avalancha, una multitud de imágenes y recuerdos comienzan a llenar su mente. Por primera vez en mucho tiempo, sonríe feliz.

Mi niño bonito... Me alegro de poder ver esa sonrisa sincera en tus labios. Nosotros no te olvidaremos jamás. Y, desde aquí, velaremos siempre por ti...

FIN.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.


3 comentarios:

  1. Carmen... es una historia bellísima!
    Me ha hecho llorar como a una bebita.
    Felicitaciones
    Desde Argentina,
    Clara

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    Respuestas
    1. Hola guapa!!! Cuanto me alegro que te haya gustado, de verdad ^^
      No era mi intención hacerte llorar, pero la historia reconozco que es triste. Aunque más tristey duro debe ser el viaje real de muchos que intentan huir de su calvario...
      Mil millones de gracias por leerlo entero, y por comentar cada parte :)
      Un abrazo fuerte, fuerte!! Muackas!

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