jueves, 26 de enero de 2017

Haydar. La Isla de Thera.

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Breve resumen del capítulo anterior:

Por fin se conoce el paradero del Cetro de la Luz Dorada. Thera, una isla rodeada de misterio y que, según contaban las leyendas, estaba maldita. Nuestros amigos, Haydar y compañía, han formado alianza junto al Califa, y ahora los acompañan tres escuadrones del ejército del califato, un mago —Yasim— y su viejo enemigo, jefe de la guardia real, Turán. El viaje fue toda una aventura, atacados en el desierto por las aves del terror y, ya alcanzando la isla, por el temible leviatán, nuestro pirata más aguerrido pudo hacer alarde de su condición física y su destreza. Y, para sorpresa de Yasim, hizo uso de una alfombra mágica —una alfombra voladora la mar de útil en la lucha contra el leviatán— y una capa de un material resistente, ignífugo y aislante que también le resultó muy útil en la batalla.

Por otra parte, Mirza, Yazdi (su hombre de confianza) y el resto de su tripulación, tras secuestrar a Walesa, inician el viaje, siguiendo de cerca los barcos de Haydar, sufrieron algunos altercados, sobretodo en el desierto, donde se vieron sorprendidos por unos bandidos y Walesa, aprovechando el desconcierto, intentó huir sin éxito.

¿Pero qué pasó con Sadiq? ¿Sobrevivió al ataque del gigante ogro, El Guardián de la isla de Zainab? Pues sí, así fue. Prisionero del brujo y su aprendiz, se dirigieron hacia Creta para encontrarse con el enemigo más temido del califa, Idrís, con quién ha creado una alianza. Sadiq, que sabía que sus hombres le esperaban, al sobrevolar el «Esperanza» montado a lomos del Roc, dejó caer una prenda y así sus hombres pudieron saber que seguía con vida y pusieron rumbo a Creta, siguiendo el majestuoso ave.

Y, sin más, la historia continúa...

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—¡Tierra a la vista! —gritó uno de los hombres de Haydar al divisar las tierras de Thera.

El capitán corrió hacia proa y sacó su catalejo.

—Por fin... —murmuró con media sonrisa.

Násser se acercó a él.

—¿Órdenes?

Haydar se quedó pensativo con la vista puesta en la isla.

—Busquemos un lugar donde esconder los barcos. Sabemos que Mirza nos sigue y no quiero que se acerque al barco. Esa tigresa podría hundirlo y ni siquiera darnos cuenta, es lista la condenada...

Al poco tiempo, toda la tripulación se preparaba para desembarcar.

La isla era abrupta, rodeada de acantilados y con bosques bajos de encina, típicos del clima mediterráneo. No parecía la típica isla maldita, cosa que, en un primer momento, confundió a los piratas.

—¿Quieres decir que aquí se esconde el cetro, Haydar? —preguntó Násser en voz baja mientras desembarcaban del «Furia de los mares II».

Haydar observó lo que le rodeaba.

—No te fíes de la apariencias, amigo. No sabemos lo que podrían esconder estos peñascos.

Toda la tripulación, a excepción de los encargados de custodiar el navío, fueron ascendiendo por la ladera escarpada en la que atracaron. La piedra suelta dificultó el ascenso. Al alcanzar la cima una exclamación de sorpresa salió de ellos. Una inmensa montaña se alzaba hacia los cielos justo en medio de la isla.

—Bien —comenzó diciendo el capitán guardando a cuerda que acaban de usar para subir el acantilado—. Creo que lo que andamos buscando debe esconderse en aquella montaña.

Un pequeño temblor azotó la tierra y provocó que alguno de los piratas perdieran el equilibrio. Al rato, cuando los temblores cesaron, Haydar instó a sus compañeros a emprender el camino hacia la montaña.

—¡Vamos! No debemos perder más tiempo.

—Al final sí va a resultar que está maldita —rió Násser levantándose del suelo.

—Ya te lo dije —contestó el capitán guiñando un ojo.

El camino se hizo largo y pesado. Lo que parecía un bosque sencillo de cruzar, se convirtió en un camino lleno de zarzas tupidas y vegetación espesa que apenas dejaba avanzar a los hombres. Pronto tuvieron que ayudarse de sus cimitarras para abrirse paso entre la vegetación.

Los árboles fueron aumentando de tamaño y la luz del sol empezó a quedar sepultada por las sombras de los árboles. 

—Qué raro —comentó Albur sin detener el paso—, no se oye ni un solo pájaro.

Los demás prestaron atención. Era cierto. No se oía nada. Sólo el ruido del viento azotando las copas de los árboles que, poco a poco, empezaban a balancearse.

—Realmente parece de mal augurio —murmuró Násser, que caminaba detrás de Haydar machete en mano y golpeando plantas a diestro y siniestro—. Pero lo malo es que como todo el camino sea así vamos a tardar una eternidad en cruzar el maldito bosque...

—No reniegues tanto —contestó el capitán secando las gotas de sudor que empezaban a perlar su rostro—, así solo pierdes fuerzas. Y aún falta un buen trecho para que alcancemos la montaña.

Un rugido seguido de otro temblor recorrió la isla. Todos sin excepción pararon la marcha en seco.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Turán.

—Creo que viene de aquella dirección —respondió el pirata que estaba a su lado, señalando dónde se alzaba el pico al que se dirigían.

A unos metros, el mago Yasim permanecía en silencio, con el rostro serio. Miraba a un lado y a otro con preocupación. Haydar lo vio y, después de hacer que el grupo emprendiera el viaje de nuevo, se acercó a él.

—Yasim, te veo nervioso.

El hombre miró al capitán e intentó esbozar una sonrisa.

—No, no... Es solo que... —Se quedó pensativo un instante sin dejar de mirar hacia las copas de los árboles—. Puedo sentir un aura oscura envolviéndonos.

—¿Un aura oscura? ¿Qué quieres decir?

—No lo sé, pero hay algo que no me gusta en este bosque.

* * *

El barco de Mirza no tardó en divisar la isla. Se acercaron con cautela hacia una cala que se abría entre los escarpados de la isla. La capitana buscó el barco de su «amado» sin éxito, y decidió echar anclas allí mismo.

Cuando se disponían a descender del navío y uno de los piratas fue en busca de Walesa, ésta se negó a acompañar a sus captores, negándose a salir del camarote donde la tenían retenida. El hombre la cogió con fuerza por el brazo pero ella se resistió agarrándose a todo lo que encontraba a su paso. En un descuido mordió a su captor. El hombre la dejó ir soltando pestes por su boca.

—¡Tú! —gritó lleno de rabia a uno de los grumetes que pasaba en aquel momento por delante de la puerta. Se frotó la zona dolorida por el mordisco—. ¡Avisa a la jefa! La señorita no quiere venir. Y como siga forcejeando como una loba no sé si podré controlarme.

El chaval asintió y corrió en busca de su capitana.

Mirza entró en el camarote.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó mirando a su subordinado.

—La mala puta ésta, que se niega a salir.

Mirza observó que el hombre se rascaba el antebrazo y lo agarró para ver, con cierta sorpresa, como los dientes de la chica habían quedado marcados en su carne. Frunció el ceño y se dirigió hacia Walesa.

—Mira niña dijo tirando de ella para que se levantara del suelo, tienes dos opciones, o vienes por las buenas, sin darnos demasiados quebraderos de cabeza, o vienes por las malas. Y te aseguro que si es por las malas esa cara de ángel va a sufrir... mmm... cómo te lo diría... alguna que otra modificación por... digamos... accidente. —La mirada fría de Mirza hizo que la joven sintiera un escalofrío—. Ya me has hecho perder demasiado tiempo con tu intento de fuga de hace unos días, así que no me des más razones para dejarte a merced de mis hombres. 

Walesa buscó la manera de negarse. Pero aquella mujer no parecía dispuesta a ceder en su empeño.

—¿Y cómo sé que no lo harás igualmente cuando consigas lo que has venido a buscar?

—No soy tan cruel como te piensas. Pero desde luego tampoco soy un ángel. —Miró a la joven y frunció el ceño al recordar cómo Haydar hablaba de ella. Endureció el tono de voz—. Podría haberte tratado como la ramera que eres, pero me he contenido, ¿no? Y de momento te he tratado más como una invitada que no como mi prisionera. Soltó a Walesa y se dirigió hacia la puerta. El pirata la agarró de nuevo empujándola para que empezara a andar. Mirza volteó la cara para mirarla y añadió: No me obligues a ser descortés. Podrías llegar a conocer mi cara menos amable y te aseguro que eso es lo último que te interesa descubrir en estos momentos. Ahora, sal del camarote. Es hora de irnos.

* * *

—En serio, estoy empezando a estar harto de tanta maleza. No hay manera de avanzar, y parece que en lugar de abrirnos camino, las hierbas crezcan encerrándonos cada vez más —renegó Násser harto de las plantas.

—Este bosque tiene vida propia —añadió entonces Yasim— y me temo que no nos va a dejar que lo atravesemos así como así.

No habían asimilado aquellas palabras cuando de pronto uno de los piratas más rezagados soltó un alarido. Se giraron hacia él y lo que vieron les dejó aterrados. El hombre, ensartado por una afilada rama de encina, se elevaba unos metros del suelo. Dejó escapar una bocanada de sangre y, al poco tiempo, otra rama —esta vez más fina— se clavó en uno de sus ojos atravesando su cráneo.

—¡Corred! —gritó Haydar.

El grupo comenzó a moverse deprisa entre la maleza. Las ramas empezaron a lanzarse contra ellos una y otra vez. Los piratas saltaban esquivándolas, golpeando la madera con sus armas e intentando evitar ser ensartados, sin entender cómo un bosque les podía atacar de aquel modo tan fiero.

Albur tropezó con una raíz que salió de la tierra y cayó de bruces contra el suelo mientras una de las mortíferas lanzas se dirigió amenazante contra su pecho. Turán, a escasos metros de él, corrió en su ayuda esquivando el resto de raíces que empezaron a elevarse del suelo y que salían a su encuentro. En el momento en que la rama rozaba la camisola del pirata, el capitán de la guardia real cortó la madera en dos. Albur, aún impresionado por estar tan cerca de la muerte, vio cómo otra lanza se acercaba hacia su salvador y se puso en pie de un salto para partirla de un machetazo.

Los ataques indiscriminados alcanzaron a otro de sus hombres.

Haydar, lleno de rabia e impotencia de ver a sus hombres caer bajo las lanzas del bosque, soltó un grito lleno de furia a la vez que cortaba de un tajo uno de los árboles más jóvenes.

La escena parecía sacada de un cuento de hadas, las ramas de los árboles y las raíces corrían detrás de los hombres haciéndoles volar por los aires e intentando ensartarlos mientras estos hacían saltar miles de astillas cada vez que golpeaban la madera con el metal de sus armas.

—¡Haydar! —gritó Yasim defendiéndose cómo podía— ¡Mira! —El pirata miró en la dirección que señalaba el mago: un árbol de tronco grueso y retorcido, cuya copa se alzaba por encima del resto y con las hojas del mismo color que la sangre—. ¡Hay que acabar con ese árbol! ¡La energía que noto sale de él!

Haydar no se lo pensó dos veces. Saltó de raíz en raíz, partiendo en dos las ramas que se cruzaban por su camino y alcanzó el pequeño claro dónde se erguía Déntro, el árbol milenario, un árbol poseído por la energía oscura que emergía de la isla y que pronto comenzó a convertirse en el monstruo que era. Con el único propósito de salvaguardar el escondite sagrado del Cetro, impedía que los valientes que osaban cruzar su territorio salieran con vida.

Se detuvo a observar al extraño árbol cuando una neblina le envolvió. Dejó de escuchar el ruido de la batalla que estaba teniendo lugar y, de pronto, una voz ronca que parecía salir de todas partes dijo:.

—No deberías estar aquí, pirata.

—¡¿Quién anda ahí?! —exclamó el capitán intentando divisar algo a través de la espesa niebla—. ¡Da la cara!

La neblina se fue congregando alrededor del hombre y se introdujo en sus ojos provocando que fuera testigo de algo acontecido tiempo atrás:

Un hombre vestido con una armadura metálica similar a la que usaban los habitantes de las tierras del norte, corrió hacia el árbol.

—Humano, no deberías estar aquí —replicó la voz ronca anterior.

—Árbol estúpido... ¿Te crees que podrá vencerme una planta? —dijo con soberbia y altivez.

El árbol dejó escapar una sonora carcajada. Con una furia que casi se podía sentir, alargó una de sus ramas y cogió al desprevenido caballero, rodeando su cuerpo con ella. El hombre forcejeó para liberarse, pero la fuerza con la que le apretaba era tal que apenas si podía respirar. Intentó golpearle con su espada desesperado, sintiendo cómo el oxígeno se iba desvaneciendo de su sangre a gran velocidad, pero no logró rozarle siquiera. Y entonces pasó. El árbol acercó al caballero hacia su tronco y al dejarlo caer, la madera empezó a engullir su cuerpo. El ruido de los huesos quebrándose, la sangre cayendo a borbotones y los alaridos del caballero erizaron la piel de Haydar. 

Cuando el silencio volvió a reinar en el claro del bosque, donde antes estuvo el caballero sólo quedaba una mancha de sangre que resbalaba con lentitud del tronco hacia el suelo, mientras las hojas del árbol maldito relucieron con el brillo de la sangre recién absorbida.

«Por Alá...» pensó el pirata agarrando su cimitarra con fuerza.

La neblina se esfumó y Haydar volvió en sí.

—¿Qué...? ¿Qué ha sido eso? —preguntó—. ¿Quién era el tipo de la armadura?

—¿Te ha gustado el espectáculo, pirata? Sólo te he mostrado lo que está por suceder —contestó el árbol con cierto regocijo—. Hace mucho que no me alimento de sangre humana...

Haydar dio un paso atrás. Miró a su alrededor y calculó con rapidez los pasos a seguir. El árbol parecía muy seguro de sí mismo pero no se dejaría coger tan fácilmente. Desenroscó la alfombra que llevaba atada a la espalda y se subió a ella con agilidad. El árbol lanzó sus puntiagudas ramas hacia él. La alfombra mágica era rápida y esquivó con facilidad los ataques.

«Debo encontrar el modo de acabar con esa cosa», pensó.

Después de esquivar cada ataque que el árbol lanzaba, las ramas chocaban con estruendo contra la roca.

—¡Estate quieto, bastardo! —gritó el árbol cada vez más nervioso.

Entonces lo vio: un pequeño hueco en la parte alta del tronco donde brillaba una extraña luz dorada. «¿Será...?», pensó. Era el único punto llamativo que encontró y se intentó acercar para poder observar mejor de qué se trataba. Voló intentando acercarse más. Era una pequeña cavidad que se abría entre las dos ramas principales, las que quedaban en la parte más elevada del tronco. Dentro de ella había una pequeña esfera creada por un grano de arena que cayó del cristal del cetro hacía mucho tiempo y que le convirtió en su guardián, Déntro. 

No había lugar a dudas, aquel era el punto donde debía atacar.

El árbol no tardó en darse cuenta de que el pirata había descubierto su secreto y aumentó los ataques en número y fuerza. Una de las veces, la rama derecha consiguió golpear al hombre, que se desequilibró y cayó de la alfombra chocando contra una de las raíces. El árbol dejó escapar una sonora carcajada.

—Ahora ya te tengo...

Le rodeó con la rama y le elevó un par de metros del suelo. Haydar forcejeó, pero la madera era extremadamente dura y le apretaba con tanta fuerza que sentía cómo sus huesos comenzaban a resentirse.

—¡Haydar! —gritó Násser que corrió en su ayuda.

Antes de alcanzar a su compañero, el árbol le golpeó con otra de sus ramas y se estampó contra una roca redondeada que había cerca del claro, abriéndole una brecha en la cabeza.

Turán, que estaba llegando en aquel momento, corrió en su ayuda. Le cogió del brazo y se pusieron en pie buscando el modo de ayudar a su compañero.

Yasim por su parte, después de conseguir ralentizar con su magia al resto de árboles para que los hombres lograran escapar de las garras del bosque, se acercó a ellos corriendo.

—¡En la parte alta! —gritó Haydar—. ¡Hay que atacar la parte alta!

Se miraron entre sí.

El árbol estrujó su cuerpo con más fuerza y el pirata dejó escapar un fuerte alarido. Násser corrió hacia su capitán para intentar liberarlo de su captor y Turán se dirigió hacia el tronco del árbol en un intento por cortarlo en dos.

—¡No te acerques al tronco! —le advirtió el capitán al recordar la visión.

Pero era demasiado tarde, una rama empujó al hombre por la espalda y le hizo caer de bruces contra el tronco cuya corteza empezó a rodear su cuerpo.

Yasim cerró los ojos y visualizó la energía que emanaba del árbol. Se le presentó como una sombra que desprendía un humo negro. En la parte alta, entre las ramas principales, encontró una luz dorada y tenue que casi pasaba inadvertida entre las sombras que la rodeaban. «Tiene razón, esa debe ser la fuente de su poder», pensó.

Násser consiguió golpear con su espada la rama que sujetaba a Haydar y estuvo a punto de conseguir soltarle.

Turán, en cambio, empezó a gritar aterrado al sentir cómo su cuerpo empezaba a ser devorado por aquella cosa. 

Yasim elevó sus manos hacia el árbol y empezó a recitar versos en una lengua ancestral. De pronto, la sangre de las hojas del árbol se fue desprendiendo de ellas y creando un fino remolino que se enrollaba como un torbellino alrededor de las manos del mago.

El árbol notó que perdía energía y arremetió con fuerza contra el mago.

—¡Intruso! ¡¿Cómo osas arrancarme lo que es mío?! —gritó entrando en cólera.

Pero Násser, que consiguió zafar de la temible garra del árbol a su capitán, corrió para defenderle. 

Sin perder el tiempo, Haydar se enfiló por la rama que le había estado sujetado con fuerza. Alcanzó el centro del tronco y hundió su cimitarra con todas sus fuerzas en el pequeño hueco dónde brillaba la luz dorada. Una fuerte luz empezó a salir despedida del punto dónde estaba hundida la espada. Haydar llamó a la alfombra y sacó su arma del tronco. Saltó sobre la alfombra mágica y se alejó de Déntro.

El árbol empezó a emitir unos ruidos guturales que hacían estremecer al más valiente a la vez que un sinfín de esferas luminosas comenzaron a ascender hacia los cielos.

—¡Nooooo! —gritó de nuevo—. ¡Me pertenecen!

Eran las almas de aquellos que habían caído en sus garras. Los pobres diablos engullidos por el árbol maldito.

Násser entonces corrió hacia Turán, que seguía intentando zafarse de la corteza del árbol. Le agarró por un brazo y tiró de él con fuerza sin conseguir sacarle de la trampa mortal en la que había caído. 

Yasim continuó con su canto y las hojas del árbol, poco a poco, fueron retomando el color verde.

Cuando la última de las esferas escapó del árbol, una fuerte onda expansiva azotó la zona. Los hombres fueron arrastrados hacia atrás. Y el tronco, a su vez, escupió el cuerpo de Turán. 

El viejo árbol empezó a marchitarse. Las hojas comenzaron a caer y, con una ráfaga de aire, lo que quedaba de aquel impresionante monstruo se fue convirtiendo en polvo desde la copa hasta las raíces.

Déntro había muerto.

—¿Quién decía que esta isla no estaba maldita? —dijo Haydar exultante por la aventura que acababan de vivir, mirando a Násser con media sonrisa en la cara y resoplando por el esfuerzo que acababa de realizar.

El segundo al mando empezó a reír con fuerza sentado en el suelo y apoyado sobre una de sus manos mientras se limpiaba la sangre que resbalaba hacia su frente con el pañuelo que solía llevar atado en su muñeca.

—¡Calla, calla! No vuelvo a decir nada —rió.

Yasim se acercó a Turán. 

—Estos piratas están locos —murmuró el capitán al ver cómo Haydar y Násser reían tan tranquilos.

Tenía algunos huesos rotos y la piel desgarrada en parte de su tórax.

—Sin duda, la fama que les precede no hace honor a su coraje... —Turán quiso ponerse en pie pero el dolor le obligó a sentarse de nuevo. No se levante, capitán. se recuperará en seguida —dijo mientras empapaba el vendaje que iba a colocar sobre sus heridas con un ungüento que sacó de su alforja.

Haydar se acercó a ver cómo estaban el resto de compañeros y observó el bosque, que parecía haberse convertido en una maraña de árboles putrefactos, buscando el camino que debían seguir.

—¡Vamos! —dijo moviendo su brazo para que se pusieran en pie—. Será mejor que lleguemos a la montaña antes de que nos alcance la noche.

El grupo emprendió la marcha.

A poco más de un kilómetro se veía el sendero que ascendía hacia la cumbre. Los hombres, extasiados por la batalla y por la caminata, pidieron descansar, pero Haydar decidió continuar. Quería llegar cuanto antes al escondite del cetro.

Cuando estaban a medio camino, azotados por un viento constante que les dificultaba caminar y cegados por la niebla que era cada vez más espesa, una edificación antigua se alzó ante ellos en la ladera de la montaña. De casi veinte metros de altura, cuatro columnas se alzaban imponentes protegiendo la entrada al templo.

—¡Por fin! —gritó Násser.

Aquel debía ser el templo que escondía el cetro. Un templo de estilo griego enclavado en la misma montaña, a unos 1.000 metros de altura. Su piedra de mármol blanca resaltaba contra el color negruzco de la roca volcánica de que estaba formada la montaña.

—Bien, es hora de saber qué secretos nos aguardan en el interior de este templo —dijo Haydar emocionado.

* * *

Ya en Creta, Zainab le pidió a Gunaid que llevara a su prisionero hasta los calabozos.

—Vamos holgazán, andando —dijo el aprendiz mientras empujaba al pirata atado de pies y manos con una cadena.

Idrís entró en la sala.

—¿Querías verme? —dijo sentándose en una de las butacas de la sala.

—He notado algo extraño que provenía de la dirección dónde se supone que está el cetro. Y he estado pensando...

—Eres peligroso cuando piensas —comentó Idrís acariciándose la perilla.

—Esa isla esconde muchas trampas. Y es probable que ese pirata de pacotilla consiga salvarlas todas.

—Por eso hemos de ir antes de que consigan encontrar el cetro.

—No. En eso mismo he estado pensando. Él puede que sí que logre salvarse de todas las trampas, pero estoy convencido de que perderá a muchos hombres en el empeño.

—¿Y?

—Pues que... ¿por qué no dejamos que se encargue él de encontrar el cetro, recuperarlo, y luego nosotros, con ellos agotados y en menor número, se lo robamos? Podemos darles un día de ventaja. Y antes de que escapen de la isla, hacerles una emboscada y robarles el cetro.

—Mmm... —musitó Idrís pensativo—, ¿y si usa el cetro para vencernos?

—Mi querido Idrís, estás hablando con Zainab, el mayor brujo de la historia del Califato. Con mi poder y tu fuerza devastadora no habrá pirata que pueda detenernos...

* * *

«El Esperanza» amarró en el puerto de Creta.

El Rubio, quién había tomado el rol de capitán, instó a sus compañeros a ir en busca de su superior.

—Vamos, y sed cautelosos. No quiero que llaméis demasiado la atención. Nuestra prioridad es rescatar a Sadiq. En cuanto el sol esté en lo más alto, regresad aquí para intercambiar la información que hayáis obtenido.

El grupo de piratas comenzó a mezclarse entre los lugareños buscando información que pudiera asegurarles el paradero del pirata. Uno de ellos, en una taberna destartalada, descubrió a un viejo del cual se reían con ganas por decir que había visto un ave de enorme envergadura cruzando el cielo y aterrizando en lo alto de la colina de la ciudad donde se asentaba uno de los palacios del viejo rey de Creta.

Otro, en un puesto de telas, escuchó cómo entre dos comentaban la llegada de un ejército a sus tierras.

Pero lo importante lo descubrió el mismísimo Rubio al ver con sus propios ojos cómo Gunaid, a golpe de patadas, hacía entrar a su amigo en un viejo carromato enrejado.

No tenía tiempo de avisar al resto. Colocó la mano sobre su espada y miró de soslayo por una de las esquinas para no ser visto.

—¡Vamos perro! ¡Sube ya!

Sadiq apenas podía levantar la pierna por culpa de las cadenas y cayó al suelo.

—Estúpido pirata... Tan duro que parecías luchando contra El Guardián y ahora mírate, cayendo al suelo por culpa de unas míseras cadenas... ¿Dónde están esos saltos que dabas en la isla? —comenzó diciendo, burlándose del hombre.

«Maldito bastardo», pensó el Rubio poniéndose nervioso. Miró a un lado y al otro. Nadie parecía haberse percatado de su presencia. Vigiló por si ese malnacido que trataba con semejante falta de respeto a su compañero estaba acompañado, pero parecía ir solo.

Gunaid cogió al hombre por el brazo y le ayudó a levantarse con brusquedad.

—Algún día me las pagarás, enano —refunfuñó Sadiq dolorido aún por la batalla y harto de las vejaciones de aquel hombre menudo.

Un fuerte golpe en la cabeza de Gunaid hizo que éste perdiera el conocimiento, cayendo sobre Sadiq.

—Pero qué... —exclamó el pirata contrariado.

El Rubio apartó al hombre con una patada y se arrodilló frente a su capitán mirando una y otra vez a ambos lados.

—¡Rubio! —gritó Sadiq al reconocerle—. ¿Como me has encontrado?

—Nos llegó el trozo de tela que hiciste caer sobre nosotros y seguimos a ese ave tan rara en la que volabas. Pero debemos irnos antes de que nos vean, ya te lo contaré todo después.

Consiguió romper la cadena que amarraba los pies de su capitán y empezaron a correr en dirección a las callejuelas de la ciudad para perderse entre la gente y así alcanzar el «Esperanza» sin ser vistos.

Cuando Gunaid despertó y vio que Sadiq había escapado, maldijo su suerte de mil maneras. Cuando su maestro descubriera que había perdido a su prisionero... Sintió un escalofrío subiéndole por el espinazo. «Quizá será mejor no decir nada por el momento», pensó tragando saliva angustiado.


CONTINUARÁ...

Obra registrada a nombre de carmen de Loma en SafeCreative.