jueves, 25 de mayo de 2017

¿Te Atreves?




Entre luz y oscuridad. Entre miedo y valentía. Entre razón y sinrazón... Así pasan mis días. 

Un calor inexplicable que tus manos me transmiten. Un frío helador que mi mirada escupe. Y el silencio sepulcral del vacío de mi pecho, que parece romperse con el suave susurro de tu aliento.

Seducción, deseo y falta de cordura...

No vuelvas a decirme que soy aquello que siempre soñaste. No vuelvas a decir que mi belleza te encandila. Es solo un espejismo de ese yo real que tanto miedo te suscita, pues en lo más hondo de mi ser es la maldad lo que habita. 

Odio encarnizado. Deseo incontrolado. 

Con una sed de sangre que jamás será saciada, la perversión en cada paso que doy marca el destino de aquellos que se cruzan en mi camino.

Perversa. Sedienta. Jugadora innata de los hilos que mueven tu vida. 

Mmmm... Terrible dolor el que podría marcar tus pasos. Temibles alaridos que despierten mis sentidos...

Diosa amante de Eros. 
Vaivenes sublimes de tu cuerpo y el mío. Muerte súbita al alcanzar el éxtasis bajo mis piernas. Y soledad absoluta al término del juego. 

Eso es lo que te voy a dar, fiel discípulo del caos. Locura. Desenfreno. Hilarante desconcierto...

Y cuando pidas que cese en mi empeño. Cuando tu cuerpo apenas aguante una estocada más de mi lengua punzante, te daré el final tan esperado. El mordisco que te hará viajar en un dulce sueño, viajando eterno por los reinos de Morfeo...

Y, ahora, mi niño mimado, dime. ¿Tomarás la locura que te ofrezco, o te alejarás cual cobarde, huyendo de lo que tú y yo alcanzaremos? 

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en Safecreative.

sábado, 13 de mayo de 2017

ESPERANZA (parte final)

Para acceder al inicio de la historia, haz clic aquí.


Obra de Víctor Hugo.
Blog: https://du-dum-dum.blogspot.com.es (Pásate por él,
no tiene desperdicio ;) ).


Los hombres reman con fuerza intentando que la pequeña barca no se vuelque. Estoy asustada. Siento cómo mi pequeño se aferra a mí con fuerza y le abrazo. Miro a mi alrededor. El hombre menudo que se ha hecho cargo de la situación parece estar pasándolo mal, intenta aguantar el equilibrio mientras con el remo procura guiarnos hacia la costa. ¿Por qué se tiene que complicar todo? ¡Pensaba que a medida que nos acercáramos a tierra sería más seguro! Pero me equivocaba. ¡Ahora las olas empiezan a romper sobre nosotros!

Tengo tanto miedo... ¡Aún estamos demasiado lejos!

Escucho los gritos de mis compañeros y, llevada por el pavor que siento, me he agarrado al brazo de Leiza mientras con el otro rodeo el pequeño cuerpo de Dahir. Por favor... ¡Tenemos que llegar a salvo!

Una enorme ola llega a nosotros. ¡Hay que agarrarse! No me da tiempo a avisar a los demás cuando rompe y nos cae encima con toda su rabia. La barca se balancea como no lo había hecho hasta ahora y entonces oigo el grito de una mujer. ¡Oh, por dios! ¡Ha caído al agua! Por instinto agarro a mi niño con más fuerza, cerrando los ojos horrorizada.

Los hombres estiran sus brazos intentando cogerla. Está demasiado oscuro. Otra ola. El agua empapa nuestra ropa y se cuela en la barca.

¿Qué ha sido eso? Sonaba como... No por favor... ¡Ha sido un crujido! Ahora casi me devora el pánico. ¡No sé nadar! ¡No sé nadar! Las lágrimas se agolpan en mis ojos. Intento controlarme. ¡Vamos, Nadra! No puedes perder la esperanza. ¡Seguro que llegaremos! ¡Esto no puede terminar aquí!

Intento abrir los ojos pero me escuecen por culpa del agua salada. Leiza se agarra al borde de la barca con fuerza y me sujeta para que no caiga. Busco a la mujer que ha caído al agua con la mirada, mis compañeros aún intentan subirla a bordo. Menos mal que han conseguido cogerla antes de que el mar se la trague. Veo cómo la agarran entre dos y la intentan levantar. Debe pesar mucho, no consiguen sacarla de allí.

Otra ola.

¡No, no, no! Los dos hombres... ¡Los dos hombres acaban de caer también! No puedo controlar el llanto. El miedo me supera. Ayan... Las lágrimas se mezclan con el agua de mar. ¡Necesito a Ayan a mi lado!

De golpe, la barca empieza a reclinarse hacia nosotros. Una joven, sentada frente a nosotras, no consigue sujetarse bien y cae hacia Leiza. La pendiente cada vez es más pronunciada. Resbala por la cubierta empapada y se golpea contra ella. Leiza grita a mi lado. La joven le ha golpeado en la barriga con el codo.

—Mi bebé —gime entre sollozos, con un dolor creciente en su bajo vientre.

Ayudo a que la joven se siente, pero esta vez la barca se balancea en dirección contraria, elevándonos hacia arriba. Leiza pierde el equilibrio por haberse soltado de la barca y cae al suelo. Otra vez el crujido, esta vez más fuerte, como si un caballo relinchara furioso con nosotros. Tengo miedo. ¡Que acabe ya! ¡Por favor, quiero llegar ya!

Cuando menos lo esperamos, nuestros cuerpos se desequilibran. La patera se parte bajo nuestros pies. El agua empieza a entrar y engulle todo a su paso.

—¡Salta! —dice un hombre desde el agua. ¿Me lo dice a mí? ¡No puedo saltar! ¡Me ahogaré! —¡Tenéis que saltar o se os llevará al fondo!

No sé que hacer. Estoy aterrada. La barca se está hundiendo por momentos. ¡Vamos, Nadra! ¡Tienes que ser fuerte!, me grito a mí misma. Cojo a Dahir por los hombros y lo lanzo al agua. He perdido de vista a Leiza. La busco con la mirada. Por fin la encuentro, está en el agua, con el rostro desencajado. Parece que le sigue doliendo el vientre. Me mira y al instante entiendo lo que está pasando. Dios mío... se ha puesto de parto...

El sol empieza a despuntar a lo lejos.

Salto al mar. No puedo hacer nada más. Muevo mis brazos y mis piernas desesperada por aguantarme a flote, pero mi ropa pesa demasiado y parece tirar de mí hacia el fondo. Alguien me ha acercado un trozo de madera.
—¡Agárrate! —grita.

No logro ver quién es.

Me agarro desesperada al trozo de madera intentando no hundirme más. ¡Dahir! Le busco con la desesperación de quién teme haber perdido a su tesoro más valioso. No le encuentro.

—¡Dahir! ¡Dahir!

El agua entra en mi boca y me genera una arcada. Toso angustiada pero sigo gritando.

—¡Mamá!

Mi corazón parece pararse cuando le escucho. Lloro. Está vivo... ¡Está vivo! Le busco entre las olas. Veo algo naranja flotando a unos metros de mí. De la barca apenas queda algo a flote. Muevo mis piernas hacia él y, no sé ni cómo, consigo alcanzarle. Está muy asustado. Llorando le pido que se calme. Que todo saldrá bien.

Los demás han empezado a nadar hacia la costa y nos gritan para que les sigamos.

Leiza intenta nadar, pero con cada contracción su cabeza se hunde.

—¡Vamos, Dahir! —le digo a mi pequeño pidiéndole que se sujete a la madera también.

Tengo que ayudarla. El trozo de madera nos puede aguantar a las dos. Empiezo a golpear el agua con las piernas para llegar a ella. Cuando la alcanzo la agarro por el brazo y la ayudo a sujetarse.

—¡Aguanta!

—¡Nadra! ¡No puedo! ¡Me duele mucho!

—¡Tienes que aguantar! ¡Vamos!

Su cara está desencajada pero se agarra y, entre los tres, empezamos a nadar hacia la costa.

Poco a poco las nubes empiezan a despejarse. El viento, por fin, ha cesado aunque el oleaje sigue siendo fuerte.

No sé el rato que llevamos nadando. Y la costa parece igual de lejos. Tengo las piernas entumecidas y el frío empieza a causar estragos en mi cuerpo. Leiza lleva un rato sin decir nada. Parece agotada.

—¿Estás mejor? —le pregunto mirando su cara. Está tiritando—. Vamos, un último esfuerzo.

No sé el rato que ha pasado, he perdido toda noción del tiempo, pero noto que apenas avanzamos. La vuelvo a mirar. Está inmóvil agarrándose al madero. Dahir sigue golpeando el agua con sus piernecitas.

—Venga, Leiza, no te rindas, ¿vale?

—No... no puedo más... —Su respiración es agitada. De vez en cuando un gesto retorcido cruza su cara. Las contracciones parecen estar desgastando sus fuerzas más rápido de lo que imaginé. Intenta sonreír—. Sin mí... Sin mí aún tendríais una oportunidad.

—¡No digas eso ni en broma! —¡¿Pero qué está diciendo?!—. ¡No pienso dejarte aquí! ¡Tienes que aguantar! —Entonces se suelta y se deja arrastrar por las olas—. ¡No, Leiza! ¡¿Qué haces?! ¡Agárrate a mí!

La sujeto como puedo. ¡Tiene que ser fuerte! ¡Por su bebé! Pero parece decidida a dejarse llevar.

—No... puedo...

Sus ojos se han entrecerrado a la vez que pronuncia esas palabras. ¡Por favor! ¡No me hagas esto! ¡No te desmayes! La intento agarrar con todas mis fuerzas pero su cuerpo pesa mucho. Ha perdido el conocimiento. ¡Si al menos supiera nadar podría ayudarla!

Tengo ganas de llorar. No podré sujetarla mucho más. Mi cuerpo está entumecido por el frío y el cansancio. Tiro de ella pero su peso hunde mi cabeza también.

—¡Mamá! —llora Dahir—. ¡Suéltala!

No... No quiero dejarla morir... Lloro mientras tiro del brazo de la mujer.

Al final no me queda más remedio que dejarla atrás. Lo siento... Su cuerpo queda flotando, subiendo y bajando al ritmo del oleaje. Empiezo a mover mis piernas para alejarnos de allí.

Mientras avanzo lloro de rabia. ¿Por qué nos hacen esto? ¿Qué mal hemos hecho nosotros para que el destino nos odie de esta manera? Era una buena persona, ¡maldita sea! Y su bebé... Ni siquiera ha tenido la oportunidad de verle la cara, ¡de darle un beso! Las lágrimas caen sin poder ser contenidas. Dahir me mira de reojo. Pero aguanta el llanto. Mi niño... ¿por qué ha tenido que ver esto? ¿Por qué ha tenido que vivir esta odisea?

La luz del día ya ilumina el cielo por completo. Estoy agotada. Ya ni siquiera me duele el cuerpo. He visto a algunos compañeros. Pero, como nosotros, están exhaustos. Y no veo la tierra.

Ya no hay esperanza...

—Dahir —digo con un hilo de voz—, todo va a salir bien...

Llevo repitiendo esa frase desde que salimos de nuestro país. Pero me parece que ni él se lo cree ya. Me ha mirado con ojos cargados de decepción... Le he defraudado... No he podido salvarlo.

Cada minuto que pasa mi cuerpo se entumece más. Ya no me puedo mover. No sé ni cómo me aguanto... Le he acercado a mí. Quiero sentir su calor, su pequeño cuerpo entre mis brazos. Le miro. Ha cerrado los ojos. No puedo pronunciar su nombre. Sólo deseo con toda mi alma que esté dormido. Y que cuando llegue su hora no sufra. No le duela...

—¡Allí hay más!

Oigo voces... No entiendo qué dicen... Intento abrir los ojos, pero mi visión está nublada y no puedo ver con claridad. Mis ojos arden por la sal. Y me queman los pulmones.

—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Hay que sacarlos del agua!

Cuando creo volver a abrir los ojos, un hombre con cabellos rizados de color claro y barba espesa, ha levantado a Dahir en volandas. Mi niño no se mueve. El hombre parece gritar algo mientras lo sube a bordo. Ahora es una joven la que ha tomado a mi pequeño entre sus brazos. Lo abraza y lo tapa con una manta. Están nerviosos. Pero no alcanzo a entender lo que dicen.

—¡La mujer! ¡Rápido!

—Déjala, es demasiado tarde para ella. ¡Vamos! ¡Allí hay otro! ¡Rápido!

Se alejan de mí.

¡No! ¡No os vayáis! Intento levantar mi brazo, pero mi cuerpo no responde. Sigue inmóvil. ¡No me dejéis aquí!

* * *

Lo que creía haber visto no ha sido más que una ilusión. Aquí no hay nadie. Solo el mar. Aunque... Qué raro, ya no tengo frío. Espera un momento... Es... Es mi cuerpo... Veo mi cuerpo hundirse en este abismo negro. Y no soy la única... Hay muchos más.

Vaya. Ya entiendo...

Mi alma ha dejado la carne... Por eso ya no siento dolor, ni frío, ni temor.

Si tuviera rostro ahora sonreiría. Mi Dahir... Sé que está bien. Lo puedo sentir dentro de mí. Puedo sentir su corazón latir. Eso significa que aquellas personas sí eran reales.

Aquellas personas...

Me lleno de gratitud.

Gracias. Gracias por salvar la vida de mi pequeño. Gracias... Gracias...

* * *

Han pasado cinco años desde aquel incidente. Dahir fue acogido por una familia y ahora vive en un pequeño pueblo de Italia. Ha tenido mucha suerte, pues muchos como él han quedado en el olvido, viajando sin rumbo por una Europa que no los quiere, tratados como apestados y renegados.

Desde que llegó no ha querido hablar de aquel viaje. Nunca ha mencionado a sus padres. Pero cada noche llora en silencio por ellos, culpándose a sí mismo por haber olvidado cómo era su voz, por no poder ponerle cara a sus recuerdos.

Alguien llama a su puerta. Hoy se ha quedado solo. Se dirige al recibidor y se dispone a abrir. Es el cartero.

—¿Dahir Qabil?

—Sí, soy yo —contesta en un italiano casi perfecto.

—Tengo un paquete para ti.

Toma el pequeño paquete envuelto en papel marrón y lo voltea curioso a la vez que cierra la puerta. Se dirige a su cuarto y lo abre. Es una caja vieja de zapatos. La abre y en él hay una libreta bastante estropeada y una nota sobre ella. Coge la nota. Suerte que su familia no ha querido que pierda sus raíces y entiende lo que pone:

«Me ha costado mucho tiempo encontrarte. Pero, por fin, puedo devolverte lo que es tuyo».

No está firmado. Le da la vuelta extrañado y coge el papel que envolvía el paquete para ver el remitente. Viene de Turquía pero no pone nombre alguno.

Se encoge de hombros y abre la libreta.

Al ver la letra un remolino de sensaciones le aborda y sus ojos se humedecen. Entonces cae algo del interior. Cuando se agacha a cogerlo, sus ojos son ya un mar de lágrimas. Es una fotografía. Y en ella salen los tres: Ayan, su padre; Nadra, su madre; y él.

Dahir rompe a llorar emocionado. Por fin, por fin puede recordar sus caras. Y como una avalancha, una multitud de imágenes y recuerdos comienzan a llenar su mente. Por primera vez en mucho tiempo, sonríe feliz.

Mi niño bonito... Me alegro de poder ver esa sonrisa sincera en tus labios. Nosotros no te olvidaremos jamás. Y, desde aquí, velaremos siempre por ti...

FIN.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.


miércoles, 10 de mayo de 2017

ESPERANZA (Parte 2)

Para acceder al comienzo de la historia, haz clic aquí.


Obra de Víctor Hugo.
Blog: https://du-dum-dum.blogspot.com.es (Pásate por él,
no tiene desperdicio ;) ).



Nadra cogió la mano de su pequeño, dio un pequeño apretón y —tragándose los temores— empezó a seguir la fila hacia la orilla.

—Tranquila —comentó en voz baja la mujer embarazada—, todo saldrá bien.

Nadra intentó sonreír. ¿Cómo podía estar tan calmada? Claro, quizá sabía nadar... Pero ella no. O quizá simplemente lo aparentaba. Observó el mar y aquellas aguas oscuras le parecieron un agujero negro que no presagiaba nada bueno. Miró a Dahir. Suerte que él llevaba un chaleco salvavidas. Cogió aire y sacó fuerzas de flaqueza.

Uno de los hombres que les custodiaba recibió una llamada telefónica. Al colgar, su rostro se tornó más serio. Nadra no perdía detalle. Algo pasaba. Se acercó al que estaba más cerca de la lancha y le comentó algo en voz baja. El otro asintió con un movimiento de cabeza y comenzó a tirar de la cuerda que mantenía la patera amarrada para acercarla lo máximo posible a la orilla.

El tipo que contestó la llamada se giró hacia ellos.

—¡Nos vamos! —dijo sin más.

A medida que se acercaban a la barca, el soldado que estaba frente a ellos les iba arrebatando las bolsas y los pequeños bultos que llevaban. Cuando le tocó el turno a Nadra, el hombre cogió su mochila y se la quiso arrancar de la espalda para lanzarla hacia la montaña de macutos que se había ido formando junto al mar.

—¡No! —protestó ella—. ¡No la voy a dejar aquí! ¡Es todo lo que me queda!

Agarró su mochila con fuerza impidiendo que el hombre se la quitara.

Las bolsas no suben a bordo —contestó con brusquedad el tipo vestido de militar.

—¡Pero es todo cuanto me queda!

Nadra solo podía pensar en las fotos que guardaba en su diario. Si le prohibían subir sus cosas, perdería el único recuerdo que le quedaba de su esposo.

—¡Las bolsas no suben! —repitió de nuevo, tirando con más fuerza de la mochila de la mujer.

Dahir miraba con temor a su madre y al hombre, agarrándose a la pierna de ella con fuerza.

El paramilitar que recibió la llamada, uno de bigote espeso y ojos oscuros, se acercó hacia el tumulto que se estaba creando en torno a Nadra.

—¡¿Qué pasa aquí?! ¡¿No habéis oído lo que he dicho?! ¡Hay que irse! ¡Ya!

—Señor —suplicó Nadra, agarrando la chaqueta del hombre—, mis cosas... —Señaló su mochila—. No puedo dejarlas aquí.

El hombre, con desprecio, la empujó. Perdió el equilibrio y cayó de culo sobre la arena.

—¡Ya le has oído! ¡Las bolsas se quedan aquí! —Se giró hacia el señor que caminaba detrás de Nadra y le empujó para que siguiera caminando hacia la patera. —¡Andando!

El hombre la miró con lástima, dejó su mochila sobre el resto y se acercó hacia la orilla para subir en la barca. Nadra quería romper a llorar. Eso no era lo que les habían dicho. ¿Cómo iba a dejar lo poco que le quedaba de su vida allí? Miró a Dahir. Comenzaba a sollozar asustado.

Ya no había vuelta atrás.

Se tragó las lágrimas. Intentando controlar el temblor de sus manos, abrió los cordones que cerraban la bolsa para rebuscar en su interior. Sacó el pequeño diario y pasó sus hojas con rapidez, buscando la foto de su esposo. Cuando la encontró, la dobló y la metió entre los pliegues del vestido y su ropa interior. Guardó las cosas sin cerrar la mochila y la lanzó con el resto, haciendo que el diario cayera sobre la arena.

Cuando pasó al lado del hombre del bigote, éste le echó una mirada severa y se dio la vuelta, regresando hacia la barraca dónde se encontraba el próximo grupo de refugiados. El que estaba sobre la lancha cogió al crío en volandas para dejarlo dentro de la barca.

—Has tenido suerte, pero no la vuelvas a armar —dijo en voz baja, más como un consejo que como una amenaza, mientras dejaba al niño en la patera.

Ayudó a Nadra a subir y les mandó sentarse en el borde, en el espacio que quedaba sin ocupar.

Una vez todos a bordo, el chico saltó al agua.

—¡Escuchadme! —Le dio una brújula al hombre que estaba más cerca de él—. ¡Ahora, una lancha a motor os llevará hacia las islas griegas! ¡Siempre hacia el norte! —El silencio en el grupo de hombres, mujeres y niños era absoluto. La tensión casi era palpable—. ¡Sobretodo, no hagáis ninguna tontería! ¡El viaje dura unos cincuenta minutos, más o menos! ¡Paciencia! —Desvió la vista hacia su superior y, bajando el tono de su voz, añadió—: Y buena suerte...

De pronto, una sacudida hizo que todos se agarraran asustados a lo que podían, intentando mantener el equilibrio cada vez que las olas meneaban la barca. Empezaron a avanzar, dejando en tierra a los traficantes que se frotaban las manos con el dinero que acaban de sacar de aquella partida de hombres.

—¿Y ellos? ¿No vienen?

La pregunta de un hombre entrado en carnes, de pelo rasurado y gafas, quedó en el aire. Nadie sabía qué decir ni qué pensar.

La lancha a motor empujó la pequeña embarcación a través de las olas. No tenía luces y era tan negra como el mismo mar.

Dahir se abrazó a su madre. Temblaba. La mujer pasó la mano por su frente. Ardía. «Menos mal que ya falta menos —pensó llevando la vista hacia el horizonte. La verdad es que la estampa era bonita: La luna se reflejaba sobre el agua. Y el sonido de la lancha a motor era, en cierto modo, tranquilizador—. Espero que todo salga bien...»

* * *

A medida que la lancha se alejaba, el hombre que le dio el salvavidas a Dahir observó en silencio su partida. Él, en su día, no se atrevió a hacer aquel viaje y optó por quedarse a ayudar a otros que, como él, huían de la guerra.

Se acercó a los macutos tirados sobre la arena. La vida, los recuerdos, la identidad de toda aquella gente, se quedaba allí para perderse en el olvido. Caminó despacio, siempre lo hacía cuando alguno de sus grupos se lanzaba al mar en busca de una nueva oportunidad. Era su pequeño ritual de despedida. Observaba la lancha hasta que se perdía entre las olas y recogía las pertenencias perdidas para después crear una hoguera con ellas, rezando por ellos.

Mientras caminaba vio una pequeña libreta que le era familiar. «Es de aquella mujer», pensó, levantando la vista hacia el horizonte. La lancha era un pequeño bulto que aparecía y desaparecía entre las olas. Se agachó y lo recogió, quedándose en cuclillas. Al abrirlo y leer un par de frases, en seguida supo que se trataba de un diario. Y, por la fecha, lo había ido escribiendo desde que la recogió, hacía ya cosa de un mes.

Se puso en pie y, contradiciendo las normas de sus superiores, lo guardó dentro de su chaqueta. Dejó escapar un suspiro y siguió con su cometido.

* * *

La lancha motora seguía tirando de la pequeña embarcación. El grupo, aún en silencio, parecía perdido en sus pensamientos, como intentando vaticinar cuál sería su destino al llegar a aquellas tierras lejanas.

Desde la lancha, el que acompañaba al patrón señaló un punto en el mapa.

—Ya hemos llegado —le comunicó.

El tipo que llevaba los mandos asintió y aflojó ligeramente la velocidad para que su segundo de a bordo pudiera realizar su trabajo.

Con esfuerzo, aunque manteniendo el equilibrio con bastante destreza debido a las veces que había realizado aquella maniobra, se acercó a la parte trasera de la lancha, sacó un machete de dentro de una caja que había a su lado y, de un golpe seco, cortó la cuerda que unía ambas embarcaciones.

La pequeña barca empezó a perder velocidad. Extrañados, hombres y mujeres intentaron escudriñar la negrura para saber qué había pasado.

—¿Qué pasa? —preguntó Nadra al hombre que estaba a su lado.

—No lo sé, pero no me gusta.

La lancha motora empezó a alejarse de ellos en dirección a la playa desde la cual habían zarpado.

—¡Se van! —gritó una mujer con un Hiyab, el pañuelo con el cual cubren su cabello.

Los nervios empezaron a contagiarse entre unos y otros. Y el temor a lo desconocido, sintiéndose abandonados en medio del mar, empezó a extenderse entre ellos.

Cuando el murmullo y el miedo eran ya más que evidentes, un hombre menudo y de nariz prominente tomó la palabra. Se puso en pie.

—¡A ver! ¡Calmaos! —Agitó sus brazos en un ademán de mantener la calma—. ¡El viaje dura unos 50 minutos! ¡Y ya llevamos cerca de media hora de camino! ¡He visto debajo de mis pies unos remos! ¡Si todos arrimamos el hombro, nuestro viaje podrá llegar a buen fin!

—¡A mí el hombre que nos ha ayudado a subir me ha dado una brújula! —indicó un tipo alto y desgarbado de piel negra como la noche, levantando el brazo con el que sujetaba la brújula.

—¡Perfecto! —exclamó el tipo bajito—. ¡Han dicho que siempre hacia el norte, así que, todos los que tengan un remo debajo y se sientan con fuerzas, que empiecen a remar! —Llamó al poseedor de la brújula para que se acercara—. Intentaré que este remo haga de timón. Ve indicándome el norte, ¿de acuerdo?

El desgarbado afirmó y ambos se dirigieron hacia la parte trasera de la barca.

—Señora, necesito ponerme aquí. Siéntese en mi sitio.

Nadra alzó la vista hacia el hombre y asintió. Intentando no perder el equilibrio, agarrando a Dahir con fuerza, se fue a sentar en el lugar que le habían indicado.

—Hola de nuevo —dijo la mujer embarazada, esbozando una sonrisa, al ver que Nadra volvía a estar a su lado.

Nadra respondió con otra sonrisa y se sentó, haciendo que su hijo se sentara sobre sus rodillas.

—Hola, mi nombre es Nadra —se presentó.

—Encantada, Nadra. Yo soy Leiza.

Ambas mujeres empezaron a hablar. Y, poco a poco, mientras los hombres más fuertes remaban al unísono intentando llegar a alguna de las islas que poblaban aquella zona, los nervios se fueron pasando.

Un viento frío empezó a soplar. Al principio como una suave brisa. Pero fue cogiendo fuerza. Y con él, empezaron a llegar las olas.

—Maldita sea —renegó el timonel elevando la vista al cielo preocupado por si se acercaba tormenta.

—Mamá —murmuró Dahir, asustado por el vaivén cada vez más pronunciado que hacía la barca—, tengo miedo.

Nadra le abrazó con fuerza.

—Todo va a salir bien —contestó con ternura.

A lo que Leiza afirmó con su cabeza, sonriente como siempre.

«Tiene que salir bien...», pensó.

Las olas cada vez eran más altas. El viento azotaba la pequeña embarcación y lo hacía virar sin rumbo fijo. Durante un tiempo que se les hizo eterno, la pequeña barca estuvo a merced del mar, sin avanzar hacia destino. Pero, por suerte, entre todos conseguieron que el oleaje no volcara la embarcación. Entre el murmullo incesante del mar y el aire, alguien gritó:

—¡Veo luces!

En efecto, a lo lejos podían verse las luces de una de las costas de alguna isla.

Sin perder tiempo, con la esperanza renovada, se pusieron a remar. Su destino estaba cerca.

Continuará...

Para acceder a la última parte, haz clic aquí.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.