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Toca Para Mí

Cada noche se repetía la misma escena. Él, frente al público, cogía su saxo y le hacía cobrar vida como nadie. No era conocido, ni mucho menos. Pero tenía encandilados a los usuarios habituales de aquel antro de a las afueras de la ciudad.
Michael, sentado frente al espejo de su pequeño camerino —a él le gustaba llamarlo así, pero no era otra cosa que el almacén dónde solían guardar los trastos viejos del local y que, con la ayuda de Karen, habían habilitado con una pequeña mesa y un espejo—, abrió la carcasa dónde guardaba su estimado instrumento. Relucía. Dejó que media sonrisa se dibujara en su cara y lo tomó con cuidado entre las manos.
—Hoy será nuestra última noche juntos, amigo mío... —La tristeza empañó su mirada—. Hagamos que sea inolvidable.
Con el saxo en sus manos, desvió la vista hacia el espejo. Sus ojos estaban hundidos bajo unas oscuras ojeras, visibles incluso a través de su piel morena, y el pelo cano le hacía recordar que el tiempo no se paraba por nadie.
En ese momen…

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