martes, 25 de abril de 2017

ESPERANZA (Parte 1)

Dedicado a mi madre, 
que fue la que me animó a que escribiera sobre este tema.


Obra de Víctor Hugo.
Blog: https://du-dum-dum.blogspot.com.es (Pásate por él,
no tiene desperdicio ;) ).


Día 48.

Ya llevamos una semana en esta barraca.

Desde las ventanas altas a veces entra la brisa cargada de sal. La verdad es que siempre he querido ver el mar, pero no nos permiten salir al exterior. Aunque hoy, más que emoción, siento miedo. Nos han llegado rumores de que no todo es tan sencillo como nos lo vendieron, un viaje seguro hacia la paz, un mundo de oportunidades... Según dicen, muchos de nosotros no llegaremos ni vivos.

Tengo ganas de llorar. Pero he de ser fuerte. No me queda otra.

Extraño mucho a Ayan. Si él estuviera junto a mí, seguro que sabría qué decir para devolverme la sonrisa... Aún me lloran los ojos cuando revivo nuestro último momento juntos. Y aún me tiemblan las piernas cada vez que el escabroso estruendo que acabó con todo lo que conocía, repica en mi cabeza al cerrar los ojos vencida por el agotamiento. No debimos esperar tanto... Si no hubiera sido tan cabezota a lo mejor él seguiría a mi lado. ¿Pero quién me iba a decir que todos nuestros sueños, nuestras esperanzas, se iban a resquebrajar como el cristal? Teníamos nuestra pequeña tienda de comestibles y, aunque no nos daba para grandes lujos, nos permitía vivir sin sufrir la temible hambruna de la que tanto hemos oído hablar. Y ahora, ahora... Ahora no nos queda nada. Sin ahorros, gastados al pagar el pasaje hacia la libertad, solo nos queda la esperanza de que nos permitan vivir dignamente...

Sé que Dahir también sufre pesadillas, le veo revolverse a mi lado cada noche.

Es tan guapo... Mi niño bonito. Es lo único que me da paz en estos momentos. No puedo dejar de contemplar su carita. Se parece tanto a su padre...

Vaya, parece que está algo caliente... Espero que sólo sean imaginaciones mías.



Día 49.

Uno de los hombres que nos guiaron hasta aquí se ha acercado a mí de madrugada. Dice que le he caído bien, que le recuerdo a su sobrina, y me ha dicho que ha conseguido que salgamos en el próximo barco, seguramente esta misma noche.

¡Por fin! Estoy harta de estos camastros. Se me clavan los muelles y paso frío. Además, Dahir parece más pálido que ayer y tose de vez en cuando. Empiezo a estar preocupada... Espero que lleguemos pronto a nuestro destino para que le pueda ver un médico.

Maldita sea... Ese tipo otra vez. Ojalá no venga en el mismo barco que nosotros. Me da miedo. No deja de mirarme con esos enormes ojos negros. Y parece desnudarme con la mirada cada vez que me levanto a por nuestra ración de rancho.

Ayan...

Ya estoy llorando otra vez... Será mejor que me recomponga antes de que despierte mi niño... Quizá encuentre otro momento para escribir antes de partir...



¡¡Definitivamente zarpamos hoy!! Estoy tan nerviosa... ¡El mar me da mucho miedo! ¡No sé nadar! Pero tengo fe en que va a ir bien. No todo va a salir mal, ¿no? El hombre que dice que le recuerdo a su sobrina me ha conseguido un salvavidas para Dahir. ¡No puedo estarle más agradecida!

¿Cómo será el barco? Somos muchos, ¡debe ser enorme!

Ui, ¡ya vienen! ¡Lo dejo aquí! Volveré a escribir desde mi nueva casa. Seguro que será de lo más acogedora. No he ido nunca a occidente, ¿cómo será? Parece tan bonito en las películas... Y la gente se ve tan amable... Aunque la verdad es que me encantaría que Ayan pudiera acompañarnos. Volveríamos a forjar nuestro hogar, lejos de casa, sí, pero sería nuestro pequeño mundo particular...



Nadra despertó con suavidad a su hijo.

—Vamos Dahir, despierta, es hora de irnos.

El niño, de unos 7 años de edad, se desperezó soñoliento.

—¿A dónde vamos?

Nadra sonrió con ternura.

—A ver el mar.

Guardó el diario, y las cuatro cosas que tenía por encima del camastro, dentro de su mochila. Le colocó el salvavidas a su hijo y se colocó el macuto en la espalda.

—¡Ayan, Dahir y Nadra! —gritó un hombre gordo vestido de militar, mientras ojeaba su carpeta. Levantó la vista y buscó entre el gentío.

Nadra sintió un vuelco en el estómago al oír el nombre de su esposo. Se recompuso como pudo y levantó la mano indicando que era ella. El tipo le hizo un gesto con el brazo para que se acercara.

—¿Y su marido? —preguntó al verla sola con el niño.

Nadra apartó la cara.

—No ha podido acompañarnos...

—El dinero no se devuelve, ¿lo sabes no? 

Asintió con la cabeza.

Los ojos se le humedecieron de nuevo y apretó de forma inconsciente la mano de su hijo, quién levantó la cara hacia su madre.

El hombre no se inmutó. Señaló una de las puertas y le dijo que se colocara en la fila.

Se fijó en las personas que viajarían con ella. Por suerte, el hombre que la observaba con lascivia no iría en el mismo barco. Se acercó a la fila y saludó con amabilidad a la mujer que tenía delante, una mujer de su edad, más o menos, embarazada. Sus dientes resplandecían en contraste con el color oscuro de su piel.

Los nervios eran palpables. El murmullo se fue incrementando. Abrieron los portones y empezaron a salir hacia el exterior. La luna se alzaba imponente en el cielo.

—El viaje será largo —le dijo la mujer que caminaba delante de ella, en fila, hacia la playa—, será mejor que tapes a tu pequeño o con la humedad se va a resfriar.

Sacó un impermeable de la mochila y se lo tendió a Nadra.

—¡No puedo aceptarlo! —contestó azorada al ver que era de una niña.

—Yo ya no lo necesito.

La mujer esbozó un amago de sonrisa que hizo aún más evidente la tristeza que sentía al decir aquellas palabras.

Nadra sabía lo que sentía. El dolor por la pérdida de alguien a quien quieres más que a nada en el mundo.

Agradecida, tomó el chubasquero y se lo colocó a Dahir, arremangando las mangas hasta que el pequeño se sintiera cómodo.

—¡No os detengáis! —inquirió uno de los hombres que estaban al mando, empujándoles.

Al llegar a la arena, Nadra sintió cómo su esperanza se resquebrajaba ante sus ojos.

—¿Nos van a subir en ese barco? ¿A todos? —preguntó angustiada en voz alta.

La lancha con la que debían atravesar el Mediterráneo parecía de juguete. Su tamaño era mucho menor de lo que había imaginado y no entendía cómo iban a poder subir todos en ella. Parecía de todo menos segura. «Habrá más lanchas de esas por aquí cerca», pensó intentando tranquilizarse, escrutando la negrura dominante. Las olas del mar rompían con calma en la orilla. Parecía invitarles a entrar en su seno, como si dijera: Tranquilos, yo cuidaré de vosotros.

Dahir se pegó a ella al ver el agua oscura. Le rodeó con un brazo. Sonrió con ternura, intentando disimular los nervios, y le dijo que no se preocupara, que todo iba a salir bien.


Continuará...

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.