domingo, 25 de enero de 2015

La Llamada. Capítulo 16.

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Gómez sintió cómo las lágrimas caían de sus ojos por la rabia y la impotencia que sentía. Ahora su mujer y su hija se veían involucradas en una trama que ni él llegaba a comprender. Y a manos de aquella en la que confió. Se sintió traicionado. Se sentó sobre sus rodillas y observó cómo el avión se alejaba por el cielo despejado de aquel país que ni tan siquiera le gustaba. Apretó los puños lleno de rabia y se puso en pie. En ese momento llegaron Alyssa y Cristian.

-¿Estás bien? -preguntó Alyssa colocando su mano en su hombro-.

Gómez se apartó de ella con brusquedad.

-No me toques -contestó con dureza-.

-No te preocupes, las encontraremos -dijo intentando tranquilizar a un Gómez cada vez más iracundo-.

-¡¿Qué no me preocupe?! ¡¿Cómo coño me puedes decir que no me preocupe?! -gritó encarándose a ella-.

Cristian les observó en silencio.

-¡Todo esto es por tu culpa!

-¿Por mi culpa? ¡Yo no he hecho nada!

-¡Si no te hubieras empeñado en buscar ese maldito pergamino, esto no habría ocurrido!

-¡Yo no tenía ni idea de lo que podía pasar! -se defendió ella-. ¡Mi amiga también ha muerto, por si no lo recuerdas!

-¡Me importa una mierda! Nunca debí involucrarme... ¡Y ahora ellas están en peligro!

Sin esperar respuesta Gómez se dirigió hacia el hangar. Cristian se acercó a Alyssa, que parecía confundida y dolida por la reacción del sargento.

-No se lo tengas en cuenta. Ha debido ser muy duro para él ver cómo se las llevaban.

Alyssa le miró y guardó silencio.

-No es culpa tuya, Alyssa. No es culpa de nadie.

-Lo sé -dijo apenas sin voz-.

Crisitan llamó a la sede y pidió que enviaran un helicóptero para recogerlos. Cuando llegaron a la entrada, Gómez les esperaba apoyado en el vehículo de Cristian.

-¿Está bien, sargento? -preguntó el Maestre-.

Pero Gómez, ignorando su pregunta, dijo con sequedad:

-Vamos. No podemos perder más tiempo.

-He pedido que nos venga a recoger un helicóptero. No creo que tarde en llegar.

En ese momento el teléfono de Gómez vibró en su bolsillo. Lo sacó y contestó tragándose la rabia y la impotencia.

-¿Sí?

-Señor Gómez -dijo una voz masculina con acento americano-. Soy Jonson.

La voz de su consuegro sonó apagada y distante, envuelta por el murmullo característico de las comisarías.

-Dígame.

-Han... -su voz se quebró por un instante-. Han asesinado a mi hijo.

Luis guardó silencio. Tras enterarse de lo ocurrido, su mente borró la muerte de su yerno para ser ocupada por el único pensamiento de liberar a su familia de las garras de su compañera.

-Lo siento -alcanzó a decir-.

-Ha sido su compañera.

-Lo sé -contestó pasando la mano por su rostro-. Y lo siento mucho. Pero ahora no tengo tiempo de hablar con usted...

-Señor Gómez -le interrumpió-. Por favor, escúcheme.

Gómez suspiró.

-De acuerdo. Pero dese prisa.

-No sé la razón por la cual han asesinado con tanta sangre fría a mi hijo. Me han sacado del caso y ahora, en mi posición, no puedo hacer nada... Pero usted sí. ¡Usted sí que puede hacer algo! ¡No permita que esa hija de puta se salga con la suya! ¡Se lo pido como compañero!

-Pero...

-¡No puede permitir que esa bruja ande por ahí como si nada! ¡Ha matado a mi hijo, por el amor de dios!

Jonson se alteró por momentos. Su voz empezó a temblar. Gómez conocía de sobra aquella actitud y reaccionó.

-Agente, cálmese. Sé que ha sido un golpe muy duro. Pero debe mantener la cabeza fría.

Se giró hacia la puerta del vehículo pensativo.

-Lo que debe hacer ahora es ir junto a su familia. Su mujer le necesita, ¿de acuerdo?

-¡Pero cómo quiere que me quede de brazos cruzados! ¡Dígame dónde está e iré con usted! ¡Puedo serle de ayuda! ¡Conozco la ciudad!

-Ahora usted no se debe preocupar de otra cosa que no sea la de velar por su familia y guardar el duelo por aquel que le han arrebatado ¿de acuerdo? Debe volver a casa y consolar a la madre de su hijo. Yo me encargaré de encontrar a Mamen. Recuerde que tiene a mi mujer y a mi hija. No pienso dejar de buscar hasta dar con ella.

Jonson guardó silencio.

-¿Me ha oído?

-De acuerdo... Pero Gómez -dijo al fin-. Prométame que vengará la muerte de Martin.

Dijo aquellas palabras con todo el odio que guardaba en su pecho. Con toda la rabia que una persona puede sentir al perder a un hijo de aquella manera.

-Se lo prometo -sentenció.

Colgó el teléfono y Alyssa se le acercó.

-¿Cómo puedes decirle eso cuando ni siquiera tú te aplicas el cuento?

Estaba molesta. Luis la miró y bajó la cabeza.

-Lo siento -murmuró-. Sé que no es culpa suya, doctora. No debí decir eso.

El rotor de los motores de un helicóptero se oyó a lo lejos.

-Ya están aquí -dijo Cristian encaminándose hacia la pista-. ¡Vamos!

Se pusieron en camino y el teléfono volvió a sonar.

-Hay que joderse, puto teléfono... -renegó-. ¿Sí?

-Sargento, siento molestarle en sus vacaciones.

Era el agente Carlos, desde San Martín.

-¡Carlos! ¿Qué pasa? -dijo sorprendido por la llamada-. ¿Por qué me llamas?

-Algo raro está pasando en el pueblo.

Gómez miró a sus compañeros que acababan de introducirse en el vehículo.

-¿Qué ha pasado?

-Verá, hace unos días supimos que el castillo lo ha comprado un millonario extranjero. Pero eso no es lo raro, ya sabemos cómo funcionan las cosas en este país... Lo que me ha llamado la atención es que desde hace un par de días el pueblo se ha llenado de vehículos de alta gama, generalmente oscuros. Y hágame caso si le digo que esa gente esconde algo. Se pasan el día dando vueltas por el pueblo pero ni entran en los bares ni compran nada. Yo creo que están vigilando algo o a alguien...

Carlos era nuevo en el cuerpo y el más joven de todos los agentes. Pero enseguida se ganó el respeto de los demás. Primero de su promoción en criminología, era un erudito en el estudio de la conducta humana y el lenguaje corporal. Si él decía que era raro, Gómez le creía. Además, no podía ser una simple coincidencia.

-De acuerdo, Carlos. Muchas gracias por avisarme.

-Pensé que debía saberlo.

-Y has hecho bien. Hazme un favor. Vigila a esos tipos. Y, siempre cuidándote de que no te descubran, estudia de cerca los movimientos que pueda haber en el castillo.

-Sargento, ¿ha pasado algo que yo no sepa?

Carlos notó que el tono de voz de su jefe no era el habitual.

-Te lo explicaré en cuanto llegue. ¡Ah! Si antes de que llegue yo ves que Mamen ha regresado, házmelo saber de inmediato. Pero no te acerques a ella ni a ninguno de los hombres que haya por los alrededores, ¿de acuerdo?

-Claro sargento. No hay problema.

Colgó el teléfono, lo guardó en la chaqueta y corrió hacia el helicóptero. Nada más subir, el piloto cerró la puerta y se dispuso a despegar.

-Debemos volver a España. Creo que van hacia allí.

-Pero eso significa... -dijo Cristian pensativo-.

-¡No puede ser! ¡Claro! -exclamó Alyssa-. ¡El viernes se darán todas las circunstancias de las que hablaba el pergamino!

-¿Qué quieres decir?

-Mientras tuve el pergamino, lo único que conseguí descifrar, antes de que me apartaran de la investigación, fueron unos acontecimientos concretos. Recuerdo que mencionaba la luna nueva, que nombraba como una noche de oscuridad absoluta y un principio de mes. ¡Y el viernes precisamente habrá luna nueva y el día coincide con el principio de mes del antiguo calendario celta! Había varias coincidencias más, pero ahora no las recuerdo.

-Lo que significa que el día elegido para realizar la llamada es el viernes -añadió Cristian. Se aproximó al piloto y añadió-. Daniel, ¿Crees que con esto podríamos llegar a España?

El piloto se giró extrañado.

-Creo que sí. ¿Cambio de planes?

-Sí. Avisa que viajamos hacia Europa. Que los de la sede de Toledo estén preparados para nuestra llegada.

-Sí, señor.



Mientras tanto, un jet privado procedente de Edimburgo con destino Madrid, cruzaba aguas internacionales. Sánchez miraba las nubes que sobrevolaban. Parecían colchones de algodón blanco inmaculado. Sir William, el hombre ataviado con el traje escocés, se levantó de su asiento y se situó junto a ellos.

-¿Cómo va el viaje, caballeros? -sin esperar respuesta, se dirigió hacia el compañero de Sánchez-. Mister Smith, ¿me dejaría ocupar su asiento un instante?

Smith y Sánchez se miraron.

-Me gustaría hablar con el Señor Sánchez.

-Claro -dijo poniéndose en pie y dirigiéndose hacia uno de los asientos vacíos-.

Sir William se sentó y observó a Sánchez con una sonrisa que no supo descifrar.

-Ya queda poco para llegar al lugar sacro -empezó a decir. Sánchez guardó silencio-. Allí nos espera el Prior. Tiene muchas ganas de conocerle, Señor Sánchez. Un templario que es capaz de traicionar a su Orden como usted ha hecho, no se ve todos los días.

Pasó la pierna por encima de su rodilla y entrelazó los dedos a su alrededor.

-Dígame, Señor templario, ¿a qué se debió ese cambio?

Sánchez le miró. Tenía la mirada de un perro viejo al que le acababan de provocar.

-Las razones por las que lo hice, Sir William, no le incumben. Eso para empezar. Y, si no le importa, no quiero que vuelva a llamarme templario con ese tono despectivo que acaba de usar. Puede que haya traicionado a mi Orden, pero le sigo guardando respeto y espero que usted y su séquito de ricachones, lords o lo que mierda sean, les guarden el mismo respeto.

-No se ofenda, Señor Sánchez. Por nada del mundo me gustaría ofenderle a usted o a su compañero. Era simple curiosidad.

La mirada de William le escrutó con detenimiento, como un reptil acechando a su presa. En ese momento el piloto del avión anunció la entrada en territorio español.

-En breve llegaremos a destino. Les ruego tomen asiento.

William se puso en pie y salió al pasillo.

-Disfrute de lo que queda de trayecto, agente.

Sánchez suspiró aliviado al verle marchar. Ese hombre le incomodaba. Su arrogancia, su altivez. Pero debía mantener la sangre fría si quería que las cosas salieran tal y como estaban previstas.

Cuando llegaron al aeropuerto, varios vehículos les esperaban en la terminal. Subieron y fueron llevados a una casa rural, que más que una casa parecía un cortijo, dónde les esperaba el resto de la cúpula del Priorato.

-Pensaba que nos llevarían a San Martín -le dijo Sánchez a uno de los que iban en su mismo coche-.

-No. Hasta mañana no iremos allí. Hemos recibido noticias de que están siendo investigados por la policía local y no quieren que corramos riesgo alguno antes de mañana.

-Entiendo...

-Pero... -la mirada del hombre cambió-. Creía que usted se encargaría de mantener a su gente al margen.

Sánchez se removió inquieto.

-No se preocupe, averiguaré quién ha dado la orden de investigar algo que no he autorizado.

-Gómez... -pensó maldiciendo su suerte-.

El cortijo estaba rodeado por una verja antigua. Se componía de tres caserones individuales que formaban un patio interior con una plaza. Sin duda, alquilar aquel lugar debió costar caro. Bajaron de los vehículos y fueron conducidos hacia la casa principal. Estaba decorada con muebles castizos de una notable antigüedad. Pasaron por diferentes salas y, en una de ellas, como trofeos, estaban expuestas varias cabezas de caza mayor, entre las que se encontraba la de un Oso Pardo.

-Qué vulgaridad... -comentó William, quién detestaba la caza por diversión, aunque por su estatus social se había visto obligado, en más de una ocasión, a participar en la Caza del Zorro que cada año organizaban en su país-.

La sala donde les esperaban estaba ocupada por una mesa de grandes dimensiones donde esperaban sentadas tres personas. Una de ellas, cubierta con una túnica y el colgante que le definía como el Prior, estaba sentada al frente de todos. Los recién llegados fueron escogiendo asiento y no tardaron en servir el almuerzo.

-Mis queridos compañeros -dijo poniéndose en pie-. Bienvenidos. Les estábamos esperando con emoción.

Sánchez le observó. Era un hombre alto y delgado con un tono de piel ligeramente dorado, un moreno natural que no había visto antes. Su rostro tenía una nariz aguileña y unos ojos negros profundos. No pudo ubicar su acento pero, en cierta manera, le recordó al acento árabe.

-Mañana es el gran día, caballeros. Cuando entre la noche, una noche de oscuridad total, dónde ni las nubes se atreverán a asomarse, será el gran momento: La llamada de nuestro ángel, nuestra arma más poderosa. Por fin podremos alcanzar aquello que hemos ansiado durante tantos años. Por lo que hemos luchado sin desvanecer. Somos pocos los que quedamos...

Se sentó en su asiento y guardó unos minutos de silencio, sólo roto por el ladrido de algún perro lejano.

-Eran grandes hombres, grandes amigos los que han perdido la vida por nuestra causa. Pero ya estamos cerca y su muerte no habrá sido en vano.

-Por supuesto, prior -dijo William llamando la atención del resto-. Pero no olvidemos que los Templarios nos siguen los pasos de cerca. Aún podría haber alguna reyerta antes de que llegue la hora.

-Lo sé, mi querido William -el prior y Lord Michaels eran los únicos que podían dirigirse hacia él sin utilizar el Sir-. Esos incansables e insufribles caballeros no nos lo van a poner fácil. Pero, aunque ellos nos ganen en número, nosotros poseemos el pergamino y nuestra preciada arma.

Se formó un pequeño murmullo cuando los ojos del hombre se posaron en los de Sánchez.

-Porque, tenemos el pergamino, ¿no es así?

No ocultó el recelo que Sánchez le producía. Si algo sabía por la experiencia al mando del priorato, era que los Templarios rara vez traicionaban sus ideales.

-Por supuesto -contestó tajante-. Y en breve lo tendremos aquí. Mi soldado se encargará de traerlo en persona. Dele unas horas más y lo podrá comprobar usted mismo.


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Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en Safecreative.

sábado, 17 de enero de 2015

La Llamada. Capítulo 15.


Capítulo escrito por J.C. Amante. Para acceder a la publicación de su blog, haz click aquí.



El coche que transportaba al gran maestre junto con Alyssa y Gómez se mezclaba con los otros coches por las calles, los movimientos eran rápidos y precisos, los adelantamientos arriesgados pusieron los pelos de punta a la joven doctora mientras Gómez parecía impasible a cualquier movimiento. Una curva cerrada los colocó casi a las afueras de la ciudad y más adelante, las ruedas detuvieron su movimiento bruscamente haciendo derrapar con estilo al vehículo, allí se encontraba el transporte de los templarios que Mamen había eliminado como si nada.

No hay duda es su coche —dijo Cristian.

¿Estarán dentro? —contestó Alyssa.

Es posible —añadió Gómez, y siguió— pero… es extraño que no se sepa nada de ellos aún.

Los pasos de los tres avanzaron hacia el almacén mientras el chofer esperaba en el coche. Mientras avanzaban Alyssa se consolaba con el saber de qué Megan estaba bajo la protección de la orden del temple, no la habían dejado venir aunque ella había insistido mucho en ello. Cristian había tomado cartas en el asunto explicándole que contra menos supiese el priorato de sión de ella más a salvo estaría ella misma y su familia.

Antes de entrar por la puerta, Gómez sacó su pistola y el gran maestre hizo lo propio, tomaron la típica posición para entrar con cobertura y así lo hicieron, dieron un vistazo rápido y le hicieron señas a Alyssa para que los siguiera, siguieron avanzando y se toparon con el cadáver del hombre. Sus labios estaban morados, espuma aún húmeda le salía de la boca, Cristian le examinó los ojos abriendo sus párpados.

Pupilas dilatadas y hemorragia de los vasos capilares del ojo, lo han envenenado... Si hubiésemos llegado antes aun tendría una oportunidad.

Alyssa lo tomó por uno de sus hombros en señal de condolencia, en ese mismo momento Gómez se topaba con el cuerpo de la mujer.

He encontrado a su compañera.

Mientras Gómez guardaba su pistola en la sobaquera, Cristian llegó junto a él con grandes zancadas, en su rostro se podía ver la impotencia y el dolor de haber perdido dos buenos templarios. Alyssa llegó justo detrás de él y vio el charco de sangre donde yacía la mujer.

Siento mucho su muerte.

Eran buenos hermanos, su trabajo y ellos mismos serán recordados en la orden —contestó Cristian.

El templario sacó el móvil mientras daba un par de pasos alejándose de la joven sin vida, su voz era firme pero Alyssa podía intuir en sus sílabas el dolor por la reciente perdida. Pudo escuchar como movía los hilos del temple para que un equipo especial viniera a recoger a sus compañeros.

Gómez aún miraba el rostro de la joven, posaba sus ojos en la mirada de esta, vidriosa y perdida en la nada, los brazos del sargento se encontraban en jarra apoyados en la cintura mientras su peso corporal lo hacía sobre una pierna, miró de reojo hacia un lado y pudo ver como Alyssa se adentraba un poco más en el almacén. La joven doctora miraba al suelo mientras se colocaba el pelo tras las orejas.

Parece que hay algo aquí... Unas marca en el suelo.

Gómez y Cristian se dirigieron hacia allí con paso veloz, el sargento se acuclilló y siguió las marcas con la vista.

Creo que se quién nos puede ayudar a reducir el campo de búsqueda.

Cogió su Smartphone y con cierta dificultad dio con la cámara de este. Tomó varias fotos de las huellas de neumáticos y se dispuso a hacer una llamada que no hubiese creído nunca que él mismo haría.

Los tonos se sucedían uno tras otro y la respuesta, aunque fue tardía por fin apareció.

Jonson— dijo su apellido amablemente para identificarse con el interlocutor— ¿quién es?

... Si, si "hostia puta joder" —pensó Gómez al no encontrar las palabras adecuadas a la primera— Si… soy Gómez, el sargento de la policía de España.

Se hizo un silencio prolongado por parte de ambas partes que finalmente volvió a romper el español.

Vera, tengo las fotos de unas huellas de neumáticos, dichas huellas posiblemente pertenezcan a un coche sospechoso, me preguntaba si mandándoselas… ¿podría facilitarme la base de datos de los coches que las suelen llevar?

Sus últimas palabras fueron de carrerilla, casi improvisadas sobre la marcha, su interlocutor tan solo tardo un instante en contestar en un español muy acentuado.

Entiendo señor Gómez que es meramente cortesía profesional.

Por supuesto que si —contestó Gómez con cara de que ya se le hinchan las partes bajas— todo cortesía y colaboración entre los cuerpos.

Sonrío forzosamente esperando una respuesta más concreta.

Envíeme las fotos moveré unos hilos para ayudarle.

Estupendo ahora se las mando.

Gómez se enfrascó con su móvil para poder enviar esa información al que era el padre de su yerno. Una vez que lo consiguió miro a sus compañeros.

Bien pues parece que vamos a recibir ayuda extra en esta ocasión.

Sin duda sabe jugar sus cartas Gómez —contestó Cristian.

¿Y cuál es el siguiente paso? —sonó Alyssa.

la verdad es que lo que comento el sargento de los aeropuertos es importante, lo más seguro es que Mamen intente abandonar el país, así que es mejor que estemos preparados para ello.

Por un instante se miraron todos.

Me pondré de nuevo en contacto con los equipos de los aeropuertos. Vayamos hacia el coche.

Cristian se adelantó unos pasos y realizó las llamadas correspondientes, sus equipos en los aeropuertos estaban de nuevo en alerta.

Mientras tanto Mamen llegaba a uno de estos aeropuertos. Su actitud en el habitáculo era firme y segura, lo que contrarrestaba con sus rehenes, más con Irene que con Carla. La higa del sargento Gómez se desplomaba por momentos con llantos forzados, la impotencia se veía reflejada en su rostro al no poder hacerle nada a Mamen, por otra parte Carla que aparentaba estar más calmada y serena compaginaba el consolar a su hija con la miradas al vacío que se perdían en la inmensidad de sus propios pensamientos.

Cuando el coche se deteuvo en un parking privado, Mamen bajo con lentitud del coche, giró sobre sí misma y apoyándose en el vehículo se agacho levemente para mirar a las mujeres que le habían acompañado en contra de su voluntad.

Bien… ir saliendo y no intentéis nada… ¿de acuerdo? —sonrió maliciosamente de medio lado.

¿acaso crees que Luis no te buscara en un aeropuerto?

Estúpida… ¿por qué crees que me venís conmigo?

Carla se tuvo que tragar su orgullo ya que veía en Mamen una mujer lista y de decisiones firmes, empezó a comprender que la que había sido ayudante de su marido no dudaría en acabar con ellas para conseguir su objetivo fuera cual fuera.

Vamos es por aquí —hizo una pausa— pero antes… esposa a las señoritas —le dijo al chofer

Este así lo hizo, sacó bridas y esposó a las damas, Carla hizo por no inmutarse aunque notó como la piel cedía bajo el plástico al tensarse, sin embargo Irene se lamentó con quejidos de dolor. Mamen agarro su cara y entre dientes hilo una frase.

Escúchame niñata… nunca me has caído bien y no lo vas hacer ahora así que compórtate.

Movió su cara hacia un lado y la soltó bruscamente.

No la vuelvas a tocar —sonó Carla.

O si no ¿Qué?

Contesto tajante Mamen que empezó a caminar.

El coche templario avanzaba a gran velocidad hacia uno de los aeropuertos esquivando a más coches a medida que avanzaba. Justo en uno de esos adelantamientos, el sargento recibió una llamada que se compaginó con otra llamada al mismo tiempo al móvil de Cristian, ambos se miraron y atendieron sus móviles.

¿sargento Gómez?

El mismo.

Soy la ayudante del comisario Jones… creo que lo ha llamado hace un rato.

Sí, si… ¿tenemos alguna pista?, ¿puedo hablar con el comisario?

La verdad es que las marcas de neumáticos abarcan un gran número de vehículos y necesitaríamos más pistas… por lo de hablar con el comisario —su voz se pausó— ahora mismo no se encuentra aquí.

¡Como coño no va a estar ahí joder! —la voz de Gómez inundo el vehículo donde viajaban.

Lo cierto es que han disparado a su hijo en la calle.

A Gómez se le desorbitaron los ojos de tal modo que incluso Alyssa que lo acababa de conocer supo que algo iba mal, pero aún más lo hicieron cuando la frase no termino ahí…

Tenemos constancia de que su mujer e hija han sido tomadas por la fuerza por una mujer, no hemos podido seguirle el rastro…

Gómez colgó sin decir nada más y aun con la mirada perdida, Alyssa lo seguía mirando con un nudo en su corazón mientras Cristian aún seguía en pleno dialogo.

¿Pero entonces la tenéis localizada? —dijo Cristian.

Bueno la hemos podido localizar desde una cámara que da a las afueras del aeropuerto… si se dirige a un avión no lo cogerá en una de las terminales normales.

Que estará tramando ahora…

Bueno —contestó el templario que hablaba con Cristian— un equipo de seguridad, al parecer privada la escoltaban… no hemos podido ver nada más.

Está bien vamos para allí directamente… seguir controlando las cámaras, mandarme la ubicación de done la habéis visto y si cambia de posición avisarme.

Cristian colgó y vio los rostros de Alyssa y Gómez, un silencio solo interrumpido por el sonido del coche en marcha se hizo presente en el habitáculo.

Mamen ha secuestrado a mi mujer y a mi hija —dijo el sargento aun con el mismo rostro y la mirada perdida en el mismo lugar.

Alyssa se llevó las manos a la boca tapando esta, se podía ver en ella lo compungida que estaba por la noticia. Cristian apremió al chofer nada más escuchar las palabras del sargento.

Tranquilo… detendremos a Mamen y rescataremos a su familia, mi equipo me ha informado que la han visto y tengo la zona donde ha sido.

Sincronizó su móvil con el ordenador de a bordo del coche con unos movimientos precisos de sus dedos.

Sin perder más tiempo… hacia esa dirección —le dijo al conductor.

Mientras hacía esto el gran maestre, Alyssa se atrevió a tomar de la mano a Gómez, lo miro a los ojos mostrándole que le acompañaba en el sentimiento que debía de sentir a hora mismo, Gómez la miro a ella por instinto apretó su mano mirándola.

el novio de mi hija ha sido asesinado en la calle… supongo que a manos de Mamen.

Alyssa no supo que decir cuando escuchó estas palabras pero intentó trasmitir el sentimiento de que aquello no quedaría así.

Tras unos minutos llegaron al lugar, Gómez ahora se encontraba más entero y una mirada de determinación se reflejaba en sus ojos. El “GPS” los llevo hasta la parte de atrás del gran aeropuerto… allí solo había unos hangares casi abandonados, dejaron el coche y siguieron a pie, colándose en uno de ellos. No había absolutamente nada allí solo cajas sueltas y una gran lona que cubría un antiguo avión.

Alyssa, colócate detrás mío y no te muevas —dijo Gómez mientras sacaba su arma.

Allí hay una pequeña puerta —dijo Cristian sacando su pistola.

Dio unos pasos hacia la puerta con mucha cautela y el sonido de un reactor empezó a inundar la zona por completo.

¡Mierda! —Chilló Gómez— se van a ir.


Corrió hacia la puerta seguido por Alyssa y Cristian, abrió esta y pudieron contemplar como un jet privado salía del hangar posicionándose para el despegue, Gómez pudo alcanzar a ver los rostros llorosos de su mujer e hija contrastados con el rostro triunfante de Mamen. Apuntó con su arma y cuando iba a disparar; Un coche salió de detrás del jet, desde sus ventanas asomaron unas figuras con armas automáticas, las cuales descargaron su munición hacia veterano detective español. Alyssa pudo tomarlo por la chaqueta y hacerlo caer junto a ella sobre unos fardos que se encontraban al lado de la puerta, Cristian se tiró hacia el otro lado. Las balas sonaron en los hierros y en el suelo, Gómez se revolvió y logró disparar varias veces hacia el coche el cual huía a gran velocidad. Corrió tras el avión desesperadamente hasta que cayó de rodillas al suelo producto del cansancio y la desesperación, gritó el nombre de su hija y de su mujer no sabiendo cual sería el destino de todo esto.


Obra registrada a nombre de J.C. Amante. 


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sábado, 10 de enero de 2015

La Cita.



Lisa estaba intranquila. Faltaban menos de dos horas para ir a la cafetería donde había quedado con Alex. Cogió el móvil de la mesita que tenía junto a la cama y buscó entre los mensajes el que le envió, hacía dos días, para quedar. Lo leyó en voz baja y una sonrisa tímida se dibujó en su rostro a la vez que se dejaba caer sobre la cama, sujetando el móvil con ambas manos frente al pecho. Miró el despertador. Las 19:35h.

-Será mejor que me prepare. 

Se quitó la ropa y entró en el cuarto de baño. Llevaba sin tener una cita más de dos años. Desde que John falleció se vio incapaz de volver a ver a un hombre. Y mucho menos de dejarse tocar por otro. Pero Alex era diferente. Le conoció en la cafetería dónde, precisamente, iban a quedar. Solía ir cada tarde a tomar un café después de trabajar. Y, hará cosa de tres semanas, él hizo acto de presencia. Se sentaba en la barra. Pedía un cortado con esa sonrisa encantadora y lo bebía a pequeños sorbos. Al principio no se percató de él, pero un día chocaron en la puerta. Sus miradas se cruzaron y Lisa sintió un extraño hormigueo en el estómago. Era el hombre más guapo que había visto nunca. Y su voz la encandiló aún más. A partir de aquel momento, todo eran cruces de miradas, sonrisas furtivas, rostros sonrojados... Alex decidió acercarse a ella. Hablaron durante un rato y se sintieron tan cómodos el uno con el otro que Lois, amiga de Lisa y camarera del local, le incitó a que la invitara a salir, dándole su número de teléfono. Y, ahora, allí estaba ella, entrando en la ducha con los nervios a flor de piel. 

Se enfundó en la toalla y secó su pelo con otra más pequeña mientras ojeaba el armario abierto. 

-¿Qué me pongo? -pensó-. 

Cogió varios vestidos, entre los que se encontraba el que Lois la recomendó. Pero le resultaba incómodo vestir así. Y más en una primera cita. Por lo que terminó por vestir cómo solía hacer, con sus pantalones y la camiseta que tanto le gustaba. Pasó el secador por el pelo y se colocó la cinta. 

-Si me maquillo un poco tampoco pasará nada, ¿no? -dijo mirándose en el espejo con la sonrisa puesta-. 

 Sacó el lápiz de ojos y el pintalabios, dando un ligero toque de color. 

-Perfecto -pensó-.

Volvió a mirar el despertador. Las 20:15h. Su corazón se aceleró y el estómago se le encogió. La melodía de su móvil recorrió la pequeña habitación. Corrió y al ver el número que llamaba empezó a reír con ganas.

-Hola Lois. ¿Qué quieres? 

-¿Ya estás preparada? ¡Casi es la hora! 

-Sí, estaba a punto de salir.

-¿Te habrás puesto el vestido rojo que te dije ayer, no?

Lisa sonrió.

-Ya lo verás. 

-¡Jo! ¡No me has hecho ni caso! ¿A que no?

Se la oyó suspirar.

-Bueno. ¡Vente ya, que así veremos la cara que pone al entrar! ¡Ja, ja, ja! 

-Qué mala eres... Bueno, en diez minutos estoy allí.

-¡Ok!

Colgó el teléfono y se dirigió hacia la entrada. Descolgó su chaqueta y, al ponérsela, vio la foto que descansaba en el mueble. Parecía tan feliz... Abrazaba a John por la espalda. Aún recordaba el olor de su piel. Y las cosquillas de su barba al besarla. Cogió la foto y besó su dedo que acercó despacio hacia su cara. Paseó el dedo con melancolía por su rostro y su sonrisa desapareció. 

-No debes preocuparte. Yo nunca podré querer a nadie más así...

Dejó la foto en el mueble y salió al exterior, girándose para poder ver, una vez más, su rostro antes de cerrar la puerta. 

Llegó a la cafetería diez minutos antes de la hora. Al verla entrar, Lois corrió hacia ella y la cogió de la mano para arrastrarla hasta una de las mesas que quedaba algo apartada. 

-¡Mira! ¡Éste es el sitio ideal! -exclamó señalando la mesa con la mano-.

-Ideal para que puedas tenernos bien vigilados, ¿eh? Je, je, je.

-¡Cómo me conoces! -gritó plantándola un beso en la mejilla-. ¡Mira! ¡Ya está aquí!

Alex entró enfundado en su parca verde. Recorrió la sala con la vista y cuando vio a Lisa, una amplia sonrisa se dibujó en su cara. Se quitó la bufanda y se acercó hacia ellos.

La cita fue transcurriendo con normalidad. De vez en cuando, Lisa tenía que desviar la mirada para evitar que le diera la risa al ver a Lois cotilleando. Pero por lo demás, cada minuto que pasaba se sentía más cómoda a su lado. Cuando llegó la hora de marchar, decidieron ir a tomar unas copas al local que quedaba a unas manzanas de allí. Al principio se negó. 

-¿Pero por qué no? -dijo Alex-. ¡Si será divertido!

-Lo sé, pero... 

-Va, una copa y te llevo a casa. Lo prometo.

Lisa le miró de reojo. Algo más allá, Lois movía los brazos animándola a acompañarle. Se lo pensó un instante y terminó por acceder.

-Bueno, vale. Por una copa tampoco me voy a morir -dijo sonriendo-.

-¡Perfecto! -dijo Alex cogiéndola de la mano para llevarla hacia la calle-. 

Lisa miró su mano apretando la suya y se ruborizó.

-Quizá no sea tan malo dejarme llevar -pensó-.

Caminaron un par de manzanas. Las calles estaban desiertas. Lisa sintió un escalofrío y cruzó los brazos frente al pecho para entrar en calor. Alex, al verla, la sujetó por los brazos y se arrimó a ella.

-Deja que te abrace un poco. Así no tendrás tanto frío. 

Ella se dejó. El vino que tomaron cenando hacía que, poco a poco, dejara de lado la cohibición que sentía. Llegaron al local. Entraron, bebieron, rieron, bailaron. Sonó una canción algo más lenta y, sin esperarlo, Alex acercó su cuerpo al de ella. Cogió su rostro con las manos y acercó sus labios a los suyos. Lisa cerró los ojos. Sintió el calor en sus mejillas pero no se apartó. Lo deseaba. Deseaba volver a sentir unos labios en los suyos. El beso llegó en el punto álgido de la canción. La gente levantó los brazos al ritmo de la música mientras dos cuerpos ardían en deseos el uno por el otro con el calor de un beso. 

Salieron del local acalorados. Sus mejillas estaban sonrosadas por el calor del local y el alcohol que corría ya por sus venas. La risa floja, aumentada por las payasadas que Alex hacía para ver su sonrisa, se sucedía una y otra vez. Cuando llegaron a su portal, Alex se acercó de nuevo y la besó en la mejilla.

-Me alegro de haberte invitado a salir -dijo apretando su mano-. Lo he pasado muy bien.

-Y yo de que me hayas invitado. 

En ese momento perdió el equilibrio en el bordillo y tropezó.

-¡Ei! ¡No te vayas a partir la crisma ahora! ¡Ja, ja, ja! -rió sujetándola para que no cayera-.

-No, no... mejor que no... je, je, je...

Lisa le miró a los ojos y se ruborizó.

-¿Te...? -desvió la vista-.

-¿Qué?

-¿Te apetece subir?

Alex la miró sorprendido.

-¿Estás segura?

Lisa dudó. Pero afirmó con la cabeza. Estaba segura. Quería dejarse llevar, sentir de nuevo el calor de un hombre junto a ella. Necesitaba sentirse viva de nuevo.

Subieron las escaleras. Abrió la puerta del apartamento y, al entrar, le dio la vuelta a la foto de la entrada.

-Esta vez, John, esta vez creo que sí. Creo que por fin podría llegar a querer a alguien... -pensó-.

Alex la cogió de la mano y tiró de ella hacia el salón. Al llegar junto al sofá la sacó la chaqueta con cuidado. Lisa sintió el calor creciendo en su cuerpo. Él se acercó más y la besó en los labios. Despacio, con una suavidad que no recordaba, fue descendiendo hasta alcanzar el cuello. Bajó las manos a su cintura y cogió la camiseta para sacársela. Ella se dejó. Estiró los brazos y él la sacó quedando desnuda frente a él. Los besos dieron paso a un deseo incontrolable. Ambos se tomaron el uno al otro. Se besaron, se acariciaron, se estremecieron. Y el sudor empapó sus cuerpos. 

A la mañana siguiente, se despertó por un beso en la nuca. Alex la abrazaba por la espalda. 

-John -pensó-. Creo que podré cumplir la promesa que me obligaste a hacerte... Me dijiste que debía rehacer mi vida. Y creí que no podría. Pero es la primera vez, desde que te perdí, que me siento a gusto con otro que no seas tú. Gracias... Gracias por hacerme feliz. Y no te preocupes, seguirás ocupando un lugar de honor en mi corazón...


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