jueves, 23 de abril de 2015

El Resfriado.

Tirada de dados del 06/04/2015 de "Mundo Literario".



Aquel día Daniel estaba algo resfriado. Se colocó el termómetro y esperó sentado en el sofá, arrullado por la manta de pelo negro que le regalaron las navidades pasadas.

Pi... Pi... Pi.

Lo sacó y miró lo que marcaba. 38.5º.

«Mierda... estoy peor de lo que creía...»

Se levantó sujetando la manta para que no se le cayera y se acercó al baño. Abrió el armario que había bajo la pica y rebuscó entre los botes de medicinas hasta que encontró lo que buscaba. Giró el bote y leyó en voz baja.

Indicaciones: Para aliviar los síntomas gripales y catarrales... bla, bla, bla... –murmuró pasando el dedo por la etiqueta–. Bah... Es igual, seguro que me sirve.

Se fue a la cocina, llenó un vaso con agua y puso el bote boca abajo. Sacó una píldora, que metió en su boca, y se la tragó sin esfuerzo, dándole un buen trago al vaso de agua.

El dolor de cabeza se hizo punzante. Tosió con fuerza a la vez que el pecho parecía desgarrarse y se dirigió hacia el sillón de nuevo. Se acurrucó y encendió el televisor. La banda sonora de la película que emitían le hipnotizó. Cerró los ojos y con la suave melodía que salía del aparato, se quedó dormido.

Un fuerte dolor en el brazo le despertó. Abrió los ojos y se tocó el brazo. Estaba caliente y parecía inflamado.

Se observó la zona dolorida y vio algo clavado. Levantó el brazo y lo miró al trasluz. Un pequeño aguijón seguía clavado en su carne. Buscó con la mirada el maldito bicho que le aguijoneó y, en el suelo, junto al brazo del sillón, vio una pequeña abeja. Estaba muerta. Pero para cerciorarse, cogió la zapatilla y golpeó el suelo con fuerza, sintiendo el crujido del insecto al quedar aplastado contra la losa.

Maldito bicho...

Tiró del aguijón y lo arrancó. Un líquido amarillento empezó a salir del pequeño orificio que dejó.

Pero qué... –exclamó pasando la mano para limpiarlo, mientras resbalaba hacia abajo por el empuje de la gravedad.

El olor que desprendía era fuerte. Arrugó la nariz asqueado.

«No recordaba que la picada de la abeja apestara de esta manera», pensó dirigiéndose hacia el baño para lavar la picada.

En ese momento el dolor de cabeza regresó con más fuerza. Se apoyó en la pica, colocando una mano en su frente, y gimió a la espera de que el dolor remitiera. Unas fuertes arcadas acompañaron su malestar.

Maldita sea... Estoy peor que antes... Puta pastilla... No me ha hecho nada de nada...

Un fuerte alarido, que provenía del rellano de la planta de su edificio, le detuvo en seco. Otro alarido, esta vez más fuerte y estridente que el anterior, volvió a resonar junto a la puerta del pequeño apartamento que compartía con Miguel, otro estudiante que, como él, obtuvo una beca para ir a la ciudad a estudiar en la Universidad. Se acercó tambaleante hacia la puerta. La vista se le nublaba por la fiebre. Se detuvo un instante y se frotó la cara para limpiar el sudor que, poco a poco, empezaba a empapar su piel. Pegó su cara a la puerta y puso su ojo en la mirilla para ver de dónde demonios venían aquellos gritos estremecedores que resonaban una y otra vez. Desde allí parecían los gruñidos de algún tipo de bestia. Buscó con el ojo. Pero el rellano parecía estar desierto.

«Juraría que esos malditos gritos venían de aquí», pensó apartándose y apoyándose con el hombro en la madera. Puso la mano en su frente. «Maldita sea... La cabeza me va a estallar».

En esta ocasión, el grito sonó justo al otro lado de la puerta. Daniel se apartó acongojado y se apresuró en acercarse hasta la mirilla para ver qué clase de animal podía producir aquellos gemidos. Acercó el ojo y, en el momento en que se asomó, a través de la visión distorsionada que creaba el grueso cristal, vio a una especie de simio acercando su boca abierta hacia él. Sus dientes eran de un tamaño considerable, y de sus labios goteaban unas enormes gotas color carmesí que brillaban al trasluz de las lámparas que iluminaban el rellano. Daniel se apartó ahogando un grito de espanto. Los ojos del mono, amarillentos y de una fiereza que cortaba el aliento, se le clavaron en la retina. Dio dos pasos hacia atrás alejándose de la puerta. Algo golpeó la puerta con una fuerza descomunal. Se asustó. Debía esconderse. Ese mono... Ese mono.... El animal volvió a golpear la puerta, esta vez con mayor violencia. Daniel cayó al suelo aterrorizado. La fiebre le hacía resoplar casi extenuado.

Los golpes cesaron.

El silencio, sólo roto por las voces que procedían del televisor, empezó a tranquilizarlo. Intentó ponerse en pie. Un trueno retumbó en el exterior. Daniel se giró hacia la ventana. Unos nubarrones negros cubrían el cielo que, de vez en cuando, quedaba iluminado por el resplandor de los rayos que cruzaban la ventana de punta a punta. Llovía.

De pronto, un ruido familiar le alarmó. Miró la puerta y vio que el pomo bajaba despacio.

¡Miguel! –gritó–. ¡¿Eres tú?!

Nadie respondió. La puerta cedió. Algo la empujó con cuidado, abriéndola centímetro a centímetro.

¡¿Quién hay?! –volvió a gritar, esta vez notando cómo el corazón se le aceleraba.

Unos dedos peludos y negros sujetaron el marco de la puerta. Daniel se puso en pie lo más rápido que pudo. Sintió un ligero mareo y ganas de vomitar. Se apoyó en la pared y cerró un ojo intentando enfocar el otro. La puerta cedió aún más. En el umbral, el mono, de metro veinte, le miraba fijamente. Pensó que debía estar soñando. Aquel animal parecía mofarse de él con la mirada. Y en sus labios parecía dibujar una sonrisa tétrica. Asustado, se intentó alejar de aquella bestia. Pero el mono empujó la puerta hasta quedar abierta de par en par. Cuando vio la sangre que salpicaba la madera, el pánico le devoró. El mono balanceaba un brazo humano como el que sujeta un palo.

Daniel empezó a correr hacia la sala. Al entrar, se golpeó contra la mesa haciendo caer la manzana que no pudo comerse antes. Miró a sus espaldas. El mono torció el gesto. Parecía enfadado. Apartó la silla de un empujón, para que le bloqueara el paso, y corrió hacia el baño. Cerró la puerta y, con temblor en las manos, intentó cerrar el pestillo. Sus dedos resbalaban. Justo al cerrar el cerrojo, un golpe en la puerta le tiró de espaldas, cayendo de culo. Empezó a sudar. El miedo recorría cada célula de su piel. Se apartó de la puerta empujando su cuerpo con la piernas y chocó contra la bañera. Respiraba agitado. Empezó a sentirse mareado. Dio fuertes bocanas de aire para intentar calmarse. Pero el pecho le ardía. Intentó ponerse en pie. Resbaló y se golpeó la cabeza con la bañera. Aturdido, quedó boca arriba, sangrando por la cabeza. Los alaridos del mono seguían retumbando en su cabeza. Los golpes en la puerta no cesaban. Un sudor frío empapó su cuerpo. Su vista se nubló y perdió el conocimiento.

Dani...

Alguien le llamaba. La voz le llegaba distorsionada, como si se encontrara en un túnel y las palabras retumbaran en las paredes. Intentó abrir los ojos pero la vista estaba borrosa y no podía distinguir nada.

Dani...

Sintió que le zarandeaban. Y cómo de su boca caía algo que humedecía su barbilla. Su corazón latía con tanta fuerza que pensó que no podría soportarlo mucho más. Sentía que en cualquier momento le iba a dar un soponcio. Le vino una arcada. Un escalofrío. Y, por fin, silencio.

¡No me jodas, Dani! ¡No te vayas! –gritó Miguel, arrodillado a su lado, golpeándole en la cara.

Se levantó y mojó una toalla con agua. Se la puso en la cabeza y le intentó reanimar.

Vamos, Dani, tío, no me hagas esto...

Daniel dio un respingo. Miguel se puso de rodillas junto a él y le tumbó de lado mientras su amigo vomitaba. Algo más aliviado, se dejó caer junto a él, sentado sobre una de sus piernas. Daniel abrió los ojos.

¿M... Miguel? –balbuceó al ver a su compañero sentado a su lado.

Joder macho... ¡Vaya susto que me has dado, cabrón!

Golpeó algo con la mano. Se giró a mirar que era y, al ver el bote de medicamentos, soltó una fuerte risotada. Guardó las dos pastillas que quedaban por el suelo y escondió de nuevo el bote.

Si te querías colocar haberte esperado a que yo llegara, ¿no? Qué hijo puta...

Daniel no entendía por qué le decía eso. Pero se sintió aliviado de que el mono no estuviera allí. Miguel le ayudó a levantarse.

Anda, vete a la cama a que se te pase el colocón...

Una vez en su cuarto, se tumbó en la cama. Al cerrar los ojos los alaridos regresaron. Y el sudor frío volvió a empapar su espalda. ¿Pesadilla o realidad?

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

miércoles, 15 de abril de 2015

Lo siento, me tenía que desahogar...


Esta entrada no es un relato como los que suelo escribir, dedicados al entretenimiento. En este caso, solo escribo para calmar el dolor y la angustia que me provocan algunas personas. Sí, un dolor que se convierte en odio. Odio por el simple hecho de que existan. Suena algo fuerte que diga esto. Pero es lo que siento.

El otro día vi por casualidad un post en el que salía la fotografía de una gata con sus pequeños fallecidos. Lo cierto es que la imagen me golpeó con fiereza. Pero fue al leer de lo que trataba la imagen, cuando no pude hacer otra cosa que llorar. No puedo entender cómo un ser humano puede sujetar a un pobre animal mientras otros desalmados, a los que desearía que les despedazaran, asesinaban del modo más cruel a sus crías, ante la desesperación del animal que, al soltarlo, se acerca a sus pequeños y lame sus cabecitas en un intento fallido por resucitarlos.

No contenta con aquella maldita imagen que tendré grabada en mi memoria,  cerca de donde vivo abandonaron a unos pobres cachorros, recién nacidos, con el cordón umbilical y todo, en una caja de cartón, en un contenedor de basuras. ¿No se han parado a pensar que son seres vivos? Y el que los abandonó, ¿acaso no se ha dado cuenta del dolor que estará pasando la pobre perra a la que le han quitado a sus bebés? Que se supone que es suya, por dios... Así le demuestra su cariño al pobre animal...

Cómo puedo no sentir asco y vergüenza de formar parte de esta raza de mediocres... Claro, que si tenemos en cuenta que los hay capaces de hacerles lo mismo a los de su misma especie... Como en el caso de los malditos nazis, que sujetaban a las madres lactantes en una mesa, mientras sus bebés, en la otra punta de la mesa, lloraban desesperados de hambre y frío hasta encontrar la muerte.

Asco. Repugnancia. Y dolor. Mucho dolor por encontrar personas así. ¿Qué clase de beneficio puede aportar hacerle sufrir de un modo tan salvaje a otro ser vivo, sea de la raza que sea? ¿Qué clase de humanidad tenemos, que es capaz de apartar la cara mientras millones de personas fallecen por inanición y enfermedades cuya cura está al alcance de muchos? ¿O que destrozan un planeta que no les pertenece? Porque en él vivimos todos. TODOS. Desde el bicho más asqueroso (no me gustan nada los bichos, pero no por eso los voy aplastando sin más...) hasta el más rico de los hombres. Todos sin excepción.

Muchos se escudan en que, porque uno haga algo bueno el mundo no va a cambiar. Quizá tengan razón, pero no por ello voy a dejar de intentar ayudar. En mi caso, siento verdadera pasión por los animales. Y es allí donde intento ayudar en todo lo que está en mis manos. Otros, sentirán pasión por los niños. Pues que ayuden en lo que puedan a los niños. O al medio ambiente, o a las personas mayores, o a los sin-techo. Hay miles de maneras de ayudar a otros. A veces basta con sonreír a ese desconocido con los ojos apagados. O acercarte a aquel que está perdido. La amabilidad. La empatía. El coraje. Todos son sentimientos que no deberíamos dejar que desaparecieran de nuestras vidas. Porque, sin ellas, este mundo de mierda ya no valdrá nada.


Ufff, qué a gusto que me he quedado. Hubiera soltado una retaila de tacos dignas del mismísimo Sargento Gómez, pero me contengo, no merece la pena ni siquiera insultarlos...


¡Hasta la próxima entrada! Que espero que no sea como ésta... :(   

jueves, 9 de abril de 2015

La Sombra. (Parte 2 de 2)

Para acceder a la primera parte, haz click aquí.


Una bestia sin pelo, con el cuerpo de dos metros de alto y carnes mórbidas, fornido como un oso, cayó sobre el hombre muerto. Su rostro era aterrador, con una boca de gran tamaño que abría hasta casi desencajarse, emitiendo un ronquido extraño. Sus manos, de dedos largos, poseían unas garras oscuras y afiladas que desgarraban la carne al sujetarla cada vez que clavaba sus mortíferos dientes en el cuerpo.

Lara se arrastró por el suelo en un intento desesperado por alejarse de aquella cosa. Sus enormes fauces se clavaron en el pecho del guardia y arrancaron sus vísceras, derramando sangre a través de los afilados dientes.

–S...s...socorro... –balbuceó casi sin voz.

Un temblor incontrolado, sumado a las náuseas que le provocó la escena, apenas le permitió pronunciar palabra. La bestia volvió a hundir su rostro en la carne y, de golpe, levantó la vista. Unos ojos rojos, como la sangre que goteaba de sus labios, la observaron.

Sacando fuerzas del propio pánico, se incorporó con torpeza, cayendo de nuevo al suelo en un par de ocasiones. Empezó a correr despavorida hacia la salida. Miró a su espalda y siguió corriendo sin detenerse, sintiendo que su cuerpo temblaba descontrolado una y otra vez.

La bestia la observó alejarse pero no hizo ademán de seguirla. Paseó su lengua viperina por los labios y volvió a arremeter contra el cuerpo despedazado del hombre.

Alcanzó las escaleras. Miró hacia atrás. Nada. Se apoyó en el pasamanos, cerró los ojos con fuerza y respiró agitada y sin aliento. Elevó la vista. La luna se intuía tras las espesas nubes que se congregaban a su alrededor. Miró hacia el túnel que acababa de dejar atrás, cogió aire y corrió escaleras arriba. Salió a la calle y giró sobre si misma desesperada, buscando a alguien que la pudiera ayudar. Pero no había nadie. Recordó el bar.

«¡Aquellos tipos me podrán ayudar!», pensó con una sonrisa nerviosa en la cara al verse, por fin, a salvo.

Un jadeo intermitente la alertó, dejándola petrificada. Provenía de la boca del metro. Giró su cara hacia la parada y sintió unas gotas de sudor frío empapando su frente.

–N... No...no puede ser...

Aquella maldita respiración se hacía cada vez más fuerte. Tenía que salir de allí. Intentó correr, pero las piernas, paralizadas por el pánico, no le respondían. Otro sonido se unió al macabro concierto. Un sonido de algo rozando el suelo, como si arrastraran algo pesado.

–Maldita sea, Lara... ¡Tienes que salir de aquí! –se gritó a si misma sin poder reaccionar.

Por las escaleras apareció la bestia. Ascendía despacio, jadeando de un modo extraño. Sus labios se abrieron en lo que parecía una sonrisa mostrando aquellos terroríficos dientes. A medida que subía, pudo averiguar qué era aquel ruido extraño que acompañaba los malditos jadeos de esa cosa. De su mano pendía un harapo de carne y huesos. Por el trozo de tela, teñido de rojo por la sangre que goteaba de la carne, supo que era el guardia.

Dio dos pasos hacia atrás sin apartar la vista de aquel monstruo. Volvió a dar dos pasos más. Se giró sobre sí misma y echó a correr presa del pánico.

La bestia soltó el cuerpo maltrecho.

Un viento putrefacto la azotó por la espalda. Se detuvo en seco respirando agitada y sus ojos se desorbitaron. La bestia estaba a escasos metros frente a ella. Se dio la vuelta e intentó salir huyendo. Resbaló con el reguero de sangre que dejaba aquella cosa y cayó de bruces contra el suelo, arañando sus piernas contra el pavimento.

–¡Socorro! –gritó intentando ponerse en pie.

La bestia paseó la lengua por sus labios. La misma risa macabra recorrió la calle. Lara miró a un lado y a otro.

–Por dios... ¡Qué alguien me ayude!

Las lágrimas se agolparon en sus ojos. El pecho subía y bajaba a velocidad vertiginosa mientras el sudor de su rostro brillaba bajo la escasa luz de las farolas. Arrastrándose, se alejó todo lo que pudo de aquel inmundo ser.

Sin esperarlo, la bestia desapareció. Lara se irguió, quedando de rodillas, y buscó a un lado y a otro limpiando las lágrimas que no la dejaban ver con claridad. Nada. Miró detrás de sí. Volvió a mirar a los lados. Todo estaba en calma. Cerró los ojos un instante y suspiró con cierto alivio cuando el olor a podredumbre la envolvió. Abriendo los ojos que parecía que se fueran a salir fuera de sus órbitas, sin atreverse a levantar la vista siquiera, sintió un aliento cálido acariciar su rostro. Empezó a temblar. Los espasmos provocados por el pánico hacia una inminente muerte la sacudieron una y otra vez. Levantó la cabeza con todos los músculos de su cuerpo rígidos y sus ojos y los de la bestia se encontraron.

Rompió a llorar. Ráfagas de recuerdos cruzaron su mente una y otra vez. Cerró los ojos con fuerza y esperó la muerte. La lengua de la bestia rozó su cara. Sintió un escalofrío a la vez que los sollozos escapaban de sus labios de forma incontrolable. Apartó la cara todo lo que pudo y apretó los puños contra el suelo.

Había llegado su hora.

¡Zas! Un silbido rozó su pelo a la vez que sintió algo detenerse cerca de su espalda. Un golpe seco contra sus piernas la obligó a abrir los ojos de nuevo. Sin poder creer lo que sus ojos veían, encontró la cabeza de la bestia rodando hasta el suelo.

–¿Qué... qué...? –murmuró con temblor en la voz.

¡Zas! De nuevo ese silbido. Lara se giró sobre sí misma para contemplar con incredulidad a un hombre, relativamente joven, de rasgos asiáticos, que sacudía su katana con energía haciendo saltar la sangre de su filo.

–¡No te acerques! –gritó buscando con la mano algo que poder usar para defenderse.

El hombre ni siquiera la miró. Se acercó a la bestia y se agachó junto a la cabeza. La levantó con una mano y, con la otra, arrancó algo que tenía incrustado en su entrecejo. Lara se levantó tambaleante. Sin apartar su mirada de él, se alejó unos metros hasta alcanzar una de las farolas. Se agarró con fuerza a ella y, de pronto, sintió una sacudida en la cabeza.

Un dolor indescriptible le robó el aliento. Su corazón empezó a bombear la sangre a velocidad de vértigo desde su pecho. Un grito desgarrador rompió su garganta a la vez que espasmos violentos sacudieron su cuerpo. No entendía qué pasaba. Intentó controlarse. Se sujetó la cabeza con ambas manos y volvió a gritar. Tanto, que las venas de su cuello se hincharon hasta el límite. El extranjero la observaba en silencio.

Lara se acercó a él dando tumbos.

–A..ayúdame... –dijo sujetando su brazo a la vez que las piernas perdían las fuerzas, haciéndola caer.

Ryu dejó caer la cabeza que aún mantenía sujeta. Sabía lo que estaba a punto de suceder, pero no debía involucrarse. No debía actuar hasta que la transformación fuera completa. El día que aceptó su destino tuvo que aceptar las normas y sus consecuencias.

Viendo a la mujer sufrir de aquella manera, apretó con rabia la empuñadura de su espada y recordó las últimas palabras de su padre.

* * *

–Ryu. A partir de ahora, sólo tú podrás acabar con los Roinos...

Se sujetó el pecho y tosió. Ryu apretó con más fuerza la herida de su pecho.

–No hables, padre –dijo buscando ayuda con los ojos vidriosos–. Te vas a poner bien.

–No hijo mío. Mi hora ha llegado. –Apretó el brazo de Ryu y le obligó a que le mirara–. Ahora debes escucharme. Habrá días en los que desearás no haber sido uno de los elegidos. Pero, por tu bien, nunca te alejes de las directrices del clan. Los Roinos son la peor escoria que puede llegar a engendrar un demonio. Son personas, cómo tú y como yo, que por los lazos del destino han sido tocados por Él. Debes saber, que jamás te han de rozar siquiera. Un simple roce con uno de ellos y te infectarán con su inmundicia, convirtiéndote también.

Se irguió y se colocó de rodillas frente a su hijo. Cogió la katana y la elevó con ambas manos.

–Debes ser fuerte... ¡Cof! ¡Cof!

Ryu tomó la espada de su padre entre las manos a la vez que una lágrima cargada de tristeza rodó por su mejilla. Su padre acercó su mano y acarició el rostro de su amado hijo.

–Yo velaré por ti...

En aquel instante el hombre sintió un fuerte espasmo seguido de un dolor indescriptible en su cabeza.

–¡Aléjate! –gritó empujándole–. ¡Pase lo que pase, no te acerques!

–¡Padre!

Ryu intentó sujetar a su padre que, con un violento golpe, le tiró de espaldas.

–¡He dicho que no te acerques! ¡Maldita sea!

Unos temblores empezaron a acompañar los espasmos que golpeaban el cuerpo del viejo. Con una fuerza de voluntad de hierro, el hombre rebuscó en su kimono y sacó su kodachi. Los ojos de padre e hijo se encontraron.

–S... sigue la doctrina d... del... C... clan...

Ryu quiso impedirle que lo hiciera. Pero era demasiado tarde. Su padre, con mano firme, hundió la kodachi en su pecho. Los espasmos cesaron. El viento azotó el jardín del Clan Usui trayendo los pétalos de la flor del cerezo a la vez que su cuerpo, sin vida, caía a desplome contra el suelo.

* * *

Ryu guardó la katana en su espalda.

–Lo siento padre... –murmuró a la vez que cogía a la mujer del brazo y la levantaba.

Los espasmos eran cada vez más violentos. La alejó de la bestia que yacía cerca, arrastrándola hasta la farola donde la luz era mayor. La dejó en el suelo. Los ojos de Lara comenzaron a teñirse de rojo. La sangre de su cuerpo, acelerada por el virus, empezaba a emanar por los poros de su piel. Ryu se agachó junto a ella y levantó su rostro con la mano, sujetándola con fuerza del mentón.

–¿Dónde estás...? –murmuró mientras giraba la cara de la mujer a un lado y a otro.

Lara empezó a golpearlo con violencia.

–Maldita sea... ¡¿Dónde estás?!

Una pequeña sombra atravesó la mejilla de Lara. Ryu se detuvo en seco y acercó su cara hacia él.

–Ya te tengo...

Sacó una navaja del bolsillo de su chaqueta vaquera y hundió el filo en el carrillo. Lara soltó un alarido. La sangre fluía de un modo extraño, como si hubiese espesado por el contagio. Agarró la carne y la empezó a apretar con fuerza. Lara se revolvía una y otra vez. Sus ojos ya tenían el color de la sangre.

–Venga... ¡Sal!

Ryu apretó más. De la herida caían coágulos de sangre cada vez menos negruzca. De pronto, un trozo de carne salió disparado.

–¡Ya!

Dejó caer a Lara y corrió hacia lo que parecía un trozo de carne mugriento que se desplazaba a gran velocidad. Sacó la katana y, con un golpe certero, partió la cosa en dos.

El silencio volvió a envolver las calles desiertas. Ryu secó las gotas de sudor que caían por su frente y se quedó observando con repugnancia el trozo de carne.

–Creces rápido, ¿eh?

Se giró a mirar a la mujer. Estaba tumbada, inmóvil. Se acercó a ella y la golpeó ligeramente con el pie. Lara movió los dedos de su mano e hizo ademán de abrir los ojos. Empezaban a recobrar su color natural. Ryu se agachó junto a ella. Rasgó su sudadera y vendó la herida de su rostro. A continuación, se encaminó hacia el cuerpo del monstruo. Sacó un frasco de su chaqueta y lo roció por él. Al contacto con la piel de la bestia, el líquido empezó a soltar un humo blanquecino que envolvió el cuerpo. En cuestión de minutos, no quedaba resquicio alguno de la existencia de aquel ser.

Miró de nuevo a la mujer. Lo que había hecho le iba a costar caro. Ayudándola, había traicionado la doctrina de su Clan. Ellos lo sabrían y vendrían a por él. Sus reglas eran claras. La traición sólo se pagaba con la muerte.

Tarde o temprano volvería para cumplir su castigo. Pero, antes, debía encontrar al Roino que sesgó la vida de su padre. Un Roino de aspecto humano que jamás podría olvidar. Nunca imaginó que su persecución le llevaría a un país lejano como aquel, donde las personas vivían de un modo tan distinto, ajenos a lo que pasaba cuando la luz del sol se escondía y eran las tinieblas las que emergían.

Levantó la vista al cielo y dejó que la luz de la luna bañara su rostro. Sabía que estaba solo, que había perdido la oportunidad de regresar junto a los suyos. Subió la capucha de su sudadera ocultando su rostro y, con la fuerza sobrehumana de los Devil Hunters, se alzó sobre la farola y saltó de edificio en edificio, perdiéndose en el horizonte. Convirtiéndose en una sombra a los ojos del mundo.

Al cabo del rato, Lara abrió los ojos. Se incorporó tambaleante con un fuerte dolor en la cabeza. Pasó la mano por la tela que cubría su ojo y la mejilla, y sintió una punzada procedente de la carne abierta. Al recordar lo que había pasado, miró a su alrededor una y otra vez con el pecho sobrecogido. Pero allí no quedaba nada. Sólo los restos de sangre recordaban la pesadilla que había tenido lugar. Entonces le vino a la cabeza la imagen del asiático. Recordó el dolor en su pecho y la presión insoportable en su cabeza. Cómo le pidió ayuda a aquel hombre sin escrúpulos que cortó, sin más, la cabeza de la bestia. Volvió a pasar la mano por el trozo de tela y sonrió.

–Gracias... –murmuró.

Las sirenas de la policía sonaron a lo lejos. Se dejó caer y se sentó en el bordillo de la acera. Estaba exhausta.

Cuando el coche patrulla llegó, dos hombres uniformados bajaron y corrieron hacia ella.

–¡Señora! ¡¿Se encuentra bien?! –gritó uno de ellos.

Pero no podía responder. Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas. Estaba viva.

–Está herida –dijo uno agachándose junto a ella–. Llama a una ambulancia.

De la parte trasera del vehículo salió un hombre trajeado.

–¡Lara!

Se acercó corriendo y la abrazó. Lara, con los ojos llenos de lágrimas, no le reconoció hasta que quedó a escasos centímetros de su rostro.

–Dios mío, Lara... ¿Qué te ha pasado?

Lara sonrió con amargura.

–Carlos... Yo... Yo...

Carlos la atrajo hacia él y la apretó con fuerza contra su pecho.

–No vuelvas a hacerme esto...

* * *

Cuando Carlos fue a visitarla al hospital, la encontró sentada en la silla que había junto a la cama, observando la calle desde la ventana.

–Buenos días –dijo desde la puerta con un ramo de flores en la mano.

Lara se limitó a sonreír.

–¿Cómo te encuentras? –Se acercó a la mesita de noche y cambió las flores marchitas por las que traía–. El médico dice que estás mejorando mucho. Quizá mañana te den el alta.

–Carlos –le interrumpió sin apartar la vista de la calle–. ¿Cómo supiste dónde encontrarme?

Carlos la miró un instante. Sonrió con amabilidad y dijo:

–Estaba preocupado por ti y me acerqué hasta tu casa. Pero no habías regresado aún. ¿Por?

Lara apretó las rodillas con sus manos.

–Sólo curiosidad.

Se giró a mirarle e intentó sonreír.

No era cierto. No había pasado tanto tiempo desde que se despidió de él en la oficina como para que se llegara a preocupar por ella.

Carlos se percató de ello. Se acercó hacia la ventana y contempló el cielo azul de la mañana.

–Lara... ¿Dónde está?

–¿Dónde está el qué? –preguntó extrañada. Carlos se apoyó en el alféizar de la ventana y clavó los dedos en la madera–. ¿De qué estás hablando?

No respondió. Se acercó a la puerta de la habitación y echó el cerrojo.

–¿Por qué cierras? –preguntó asustada poniéndose en pie.

Carlos se apoyó en el pomo de la puerta. Levantó la vista y la miró de soslayo. Sus ojos, siempre azules, se tiñeron de rojo a la vez que una sonrisa macabra aparecía en su rostro.

–No importa. Él vendrá a mí...

FIN.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SaveCreative.


miércoles, 8 de abril de 2015

La Sombra. (Parte 1 de 2)





Lara tenía ganas de que llegara la hora de volver a casa. Con la espalda dolorida, los pies hinchados por las horas que pasaba sentada en la oficina y las pocas energías que le quedaban para enfrentarse a Carlos, su jefe, sólo el momento de llegar a casa, sacarse los zapatos de tacón y tumbarse en el sillón, la reconfortaba.

Miró el reloj del ordenador. Las 7:30h. Ya sólo debía aguantar una hora más. Rebuscó en su bolso uno de los chicles de menta y se lo metió en la boca en un intento por olvidar las ganas de fumar. Apoyó su cabeza sobre la mano y echó una vaga mirada a lo que le rodeaba.

No quedaba nadie. Por norma general, la salida de empleados se efectuaba a las siete, pero ella, cómo administrativa jefe, debía esperar a que el señor Carlos marchara, cosa que solía ocurrir cerca de las ocho y media.

Se desperezó estirando los brazos. Se sacó las gafas y cogió el paño que había junto al flexo. Con movimiento rutinario, pasó el pañuelo por el cristal y desvió la mirada hacia el despacho de su jefe. La puerta estaba entreabierta. Se inclinó hacia atrás en la silla para mirar a través de la rendija y la sombra a través de la ranura la sobresaltó, incorporándose de golpe y regresando al trabajo que la esperaba frente a ella.

Los minutos fueron pasando, terminó de redactar un par de informes que debía entregar para el próximo martes y refunfuñó al ver de nuevo la hora. Las 22:00h.

Cuando ya pensaba en ir al despacho de su jefe, Carlos salió por la puerta.

–Lo siento, se me ha hecho tarde...

Dejó la chaqueta en la mesa junto a ella y se dirigió hacia el control de luces.

Ella se encogió de hombros y no esperó ni a despedirse. Se colgó el bolso, cogió la gabardina de la percha y caminó hacia la puerta del ascensor. Las luces se fueron apagando. Al abrirse las puertas del ascensor, entró y tocó el botón de la planta baja. Las puertas se iban a cerrar cuando Carlos puso su mano y las detuvo.

–¿Te ibas sin decir adiós? –dijo con cierta ironía entrando en el ascensor.

–Tengo ganas de llegar a casa –dijo sin más–. ¿Baja?

–Claro.

Carlos la miró de reojo. Era una mujer que imponía respeto, con aquella falda estrecha que llegaba justo por encima de las rodillas y la chaqueta que marcaba su cintura. Se sonrojó y apartó la mirada. Ella no le miró siquiera. Cuando las puertas se abrieron salió la primera. Se colocó la gabardina y, sin girarse, levantando la mano a modo de saludo, se despidió.

–¡Oye Lara! –gritó antes de que llegara a la mesa de recepción–. ¡¿Quieres que te acompañe a casa?!

Se giró extrañada.

–¿Perdona?

Carlos se revolvió nervioso ante su mirada inquisitiva.

–Es muy tarde y por esta zona no quedará mucha gente...

–No es necesario.

Y sin decir más, se encaminó hacia la salida.

–Buenas noches, Señorita Lara –dijo el recepcionista del turno de noche–. Abríguese que hoy el frío cala en los huesos.

–Así lo haré –respondió con una sonrisa–. Buenas noches, Juan.

Salió a la calle. Una neblina húmeda empañaba el aire. Se subió el cuello de la gabardina y comenzó a caminar calle abajo hacia la parada de metro. La calle estaba más oscura que de costumbre. La escasa luz de las farolas apenas si alumbraba algo. Y el silencio, sólo roto por el tac tac de sus zapatos, era abrumador.

«Quizá debería haber aceptado su compañía», pensó mirando de reojo a su alrededor. «Esto está desierto...»

Agarró el bolso con más fuerza y continuó caminando.

Al pasar por la puerta del local nocturno que había a unas calles de su oficina , unos tipos, bajo evidentes signos de alcoholemia, la asaltaron.

–¡Uoh! ¡Nena! ¿¡Dónde vas tan sola?! –gritó uno de ellos.

Bajó de la acera intentando pasar lo más rápido que pudo por delante de ellos, ignorando sus insinuaciones subidas de tono, y siguió su camino hacia la parada.

Ya sólo quedaban un par de manzanas más y, por fin, llegaría a la boca del metro. Cruzó los brazos frente al pecho para mantener el calor de su cuerpo y cruzó la calle.

Justo antes de llegar a las escaleras que descendían hacia la estación, un extraño silbido rozó su espalda. Se giró con un escalofrío que le erizó la piel y miró a un lado y a otro. Todo parecía tranquilo. Respiró hondo intentando calmarse y se cogió al pasamanos para bajar. Descendió un par de escalones y otro golpe de aire, esta vez más fuerte, la golpeó desde la espalda. Cuando su pelo volvió a su sitio, revuelto por la ventada, volvió a sentir el extraño escalofrío recorriéndole el espinazo. Se sujetó con ambas manos al pasamanos y desvió la mirada hacia arriba. Algo había pasado cerca de ella. Miró a un lado y a otro, pero seguía sin haber nada.

Su corazón comenzó a latir con fuerza.

«Cálmate Lara... Habrá sido el viento», pensó buscando el modo de calmar sus nervios.

Decidió que lo mejor sería llegar hasta la taquilla. Con suerte el guardia de seguridad estaría por allí. Se sujetó el bolso y comenzó a descender deprisa. Miró de nuevo a sus espaldas. La extraña sensación de que la estaban siguiendo la inquietó aún más de lo que estaba. Los malditos tacones no la dejaban correr.

«¡Venga! ¡Sólo cuatro escalones más!», pensó azorada a medida que el miedo la empezaba a dominar.

Justo antes de poner el pie en el suelo, la ventada azotó su cara. Un olor a podredumbre se incrustó en sus fosas nasales. Se tapó la nariz asqueada y miró a un lado y a otro, esta vez fuera de sí. Nada ni nadie. Estaba sola. Se dispuso a bajar los escalones que quedaban cuando, de golpe, cómo si alguien golpeara su espalda con fuerza, salió despedida por los aires, chocando con estruendo contra el suelo, golpeándose la cabeza contra una columna.

Se incorporó aturdida apoyándose sobre su brazo izquierdo. Miró a un lado y a otro con ojos desorbitados.

–¡¿Quién anda ahí?! –gritó pasándose la mano por la frente donde un reguero de sangre comenzaba a resbalar hacia su pómulo.

Pero nada contestó. Una sensación de frío la empezó a embriagar.

¡Sal! ¡Maldita sea! ¡Sal de una puta vez! ¡¿Quién coño eres?! ¡No tiene gracia!

Lara volvió a oler a podrido. Y pudo notar unos ojos observándola. Se levantó con rapidez. Vio que uno de sus zapatos estaba a unos metros de ella. Quiso acercarse a por él, pero una risa macabra resonó por las paredes de la sala. Se sacó el otro zapato y comenzó a correr despavorida, desesperada por alcanzar la taquilla.

El guardia de seguridad se quedó atónito al ver entrar a una mujer corriendo hacia él, con el rostro desencajado por el pánico. Sólo llevaba un zapato que aguantaba en una mano y tenía magulladuras en las rodillas que se veían a través de los agujeros que minaban sus medias.

–¡Señor! –gritó al verle–. ¡Gracias a dios!

Corrió hacia él y le sujetó temblorosa por los brazos, mirando una y otra vez a sus espaldas.

–Señora, ¿se encuentra bien? –preguntó el hombre intentando calmarla.

–¡Ayúdeme! ¡Por favor!

El guardia, acostumbrado a encontrarse con todo tipo de gente, la miró de arriba a abajo. No parecía la típica pordiosera, pero su aspecto daba pena.

–A ver, señora. Cálmese, por favor –dijo con voz pausada–. No podré ayudarla si no me cuanta lo que ha pasado.

La cálida voz de aquel hombre empezó a calmar su angustia.

–Venga, siéntese aquí.

Lara se dejó arrastrar hacia uno de los bancos que había cerca del expendedor de billetes y se sentó con las manos temblorosas aferradas a su bolso y al zapato, que sujetaba con tanta fuerza que hasta los nudillos estaban blanquecinos. El guardia se sentó junto a ella.

–Explíqueme lo que ha pasado.

–No... No lo sé... –titubeó con temblor en la voz–. Hay algo en las escaleras...

–¿A qué se refiere?

–Pues... –Dudó. No sabía cómo empezar a explicar algo que ni ella podía creer. Cogió aire y lo soltó sin más–: Un aire extraño me ha rozado la cabeza, pero cuando me he girado a mirar ¡no había nada! Y luego, de pronto, algo me ha golpeado... ¡Algo que no he podido ver! ¡Me ha tirado de la escalera!

El agente la miró extrañado.

–¿Cómo? –dijo pasándose la mano por la barbilla–. ¿Y no habrá tropezado?

Miró a la mujer con condescendencia, intuyendo que debía estar bajo los efectos de algún estupefaciente.

–¡¿No me cree?! –gritó levantándose de golpe–. ¡Tiene que creerme! ¡Hay algo! ¡Y huele a podrido!

–A ver, señora –dijo con tono cansino–. Es probable que algún animal haya pasado volando cerca suyo, por esta zona abundan los murciélagos. Además, de un tiempo a esta parte, están más molestos que de costumbre. Quizá haya pasado rozándola y que, del susto, haya perdido el equilibrio y haya caído.

Lara le miró apesadumbrada. ¿No la creía? ¡Si hubiese sido un murciélago lo recordaría! Quiso hacerle entender que lo que había pasado era real. Pero el hombre se incorporó.

–Voy a buscar algo a la taquilla para que se calme. Creo que la del turno de día tiene hierbas de esas que soléis tomar en lugar de café... Espéreme aquí, por favor.

–¡No! ¡No me deje sola, por favor!

–No se preocupe, señora, voy allí –dijo señalando la cabina dónde, durante el día, vendían los billetes–. En seguida vuelvo, ¿de acuerdo? No tiene de qué preocuparse.

Se dejó caer abatida y asintió.

–¿No tendrá un cigarrillo, verdad? –preguntó antes de que el hombre se alejara.

–Claro.

El guardia rebuscó en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una cajetilla con un mechero.

–No debería dejarla fumar, pero haré una excepción si me promete calmarse, ¿de acuerdo?

–Muchas gracias –dijo alargando la mano para coger uno.

Se lo colocó en los labios. El hombre encendió el mechero y se lo acercó a los labios para que encendiera el cigarro, tapando la llama con la otra mano. Lara cerró los ojos y dio una larga calada mientras éste se encendía. Sintió algo pegajoso y caliente salpicarle la cara. Abrió los ojos y pasó la mano por las gotas que resbalan por su rostro. Observó sus dedos y palideció.

–¿Pero qué es esto...? –murmuró.

Levantó la vista y un grito ahogado escapó de sus labios a la vez que la sangre del agente salpicaba su piel con cada latido. Acercó la mano temblorosa hacia él. Al rozarle, su cuerpo se balanceó hacia ella. Levantó aún más la vista.

–¡Oh! ¡Dios! ¡Dios! –gritó siendo devorada por el pánico.

Se intentó alejar de él pegándose a la pared. 

–¡Dios mío! –gritó golpeando el suelo al caer del asiento.

El agente se derrumbó sobre el banco. Gritó con todas sus fuerzas sin poder quitar los ojos de los suyos, aún abiertos. Pero el horror que en aquel momento sintió no fue nada comparado con lo que sintió al ver lo que, de golpe, cayó sobre el cuerpo abierto del hombre.  

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Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SaveCreative.