martes, 28 de julio de 2015

En el Silencio de la Noche.



Llevo observando a esta mujer desde hace varios años. Desde que se quedó sin fuerzas para poder caminar y quedó postrada en esa cama vieja y andrajosa en la que el tiempo corre sin prisa. La oigo lamentarse con leves quejidos, suaves murmullos lastimeros que viajan por la pequeña habitación alumbrada por la luz que entra por la diminuta ventana, siempre cerrada.

Y siento una ligera alegría cuando veo sus ojos brillar de emoción cada vez que ese hombre entra con un niño y pasan un rato a su lado. No puede apenas hablar, pero la veo esforzarse en mostrar su mejor sonrisa, una sonrisa que en su día debió ser hermosa pero que hoy deja al descubierto una dentadura mellada, y llena de arrugas su cara.

Pero de un tiempo a esta parte la situación ha cambiado. El niño ya no viene. Y los ojos de la anciana parecen más opacos. Me he acercado a su lado y he notado su mirada puesta en mí.

–Hola, joven –me ha dicho con un hilo de voz.

Me sorprende que aún pueda hablar. Sobretodo si ahora es capaz de verme.

–Hola María –le digo sentándome en la cama junto a ella.

Intenta incorporarse. La ayudo y apoya su escuálido cuerpo en el cabezal austero de la cama.

–¿Quién eres? –dice alargando su mano hacia mí, una mano llena de venas y manchas que se ven a través de su translúcida piel–. Hace días que te veo observándome desde ese rincón, pero nunca te acercas a mí ni me diriges la palabra.

Así que hace días que puede verme...

–No debes preocuparte por quién soy –digo dibujando una sonrisa–. Pero dime, ¿no te asusta ver mi rostro?

–No, ¿porqué debería asustarme? Eres un joven muy apuesto.

–No es cierto, señora, pero se lo agradezco.

Voy a echar de menos a esta mujer... Sé que en realidad sabe quién soy, pero aún así se empeña en hacer que me sienta normal.

María levanta el rostro al techo de madera y deja escapar un suspiro.

–Vienes a por mí, ¿verdad? –dice al fin, delatando lo que yo ya suponía.

Me levanto y cojo el cepillo de la mesita. Me siento junto a ella y lo paso por su pelo canoso con cuidado.

–Así es... –digo en voz baja–. Y te voy a poner guapa para ello.

A medida que deslizo el cepillo por los largos mechones, recuerdos de su antigua vida me asaltan. Recuerdos de un amor violento. Los golpes. Los llantos. Veo a su hijo llorando en un rincón, escondiéndose de aquel que debía protegerlo. Y sangre. Veo sus manos llenas de sangre abrazando con fuerza a su hijo, intentando calmarle, mientras su esposo yace inmóvil a su lado con el pecho abierto. Ahora solo queda el dolor. Un dolor que golpea su frágil pecho cada vez que ve la cuenca vacía del ojo de su hijo. 

Según me llegan los sentimientos que llenaron su vida, una ligera satisfacción llena mi pecho.

–He hecho bien en esperarte –murmuro depositando el cepillo de nuevo en la mesita.

Me pongo en pie y espero junto al camastro. La anciana me mira y sonríe con temor.

–¿Me va a doler? –pregunta temblorosa.

–Mi querida María, la muerte no duele.

Cojo su mano y la ayudo a erguirse. María se sorprende al poder aguantarse de pie junto a mí sin temblar.

–¡Pu...Puedo caminar! –dice emocionada.

Sin soltar su mano, desvío la vista hacia el colchón. Ella se gira y aprieta de modo inconsciente mi mano al ver su cuerpo tendido. Paso mi mano por los ojos aún abiertos del cadáver y, sonriente, digo:

–¿Nos vamos?  


Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.

lunes, 13 de julio de 2015

Sirena Varada.

Título: "Sirena Varada".
Autor: Valhadar (Javier Campos Santander). 
(http://valhadar.deviantart.com/).


La primera vez que le vi pensé que era el espécimen más extraño que había visto nunca, de piel oscura, con unas protuberancias en la espalda y dejando escapar burbujas de aire hacia la superficie. Me avisaron de que desconfiara de todo aquello que no fuera conocido. Pero su extraño aspecto fue como un imán para mi curiosidad.

Con sumo cuidado, seguí sus pasos.

Paseaba despacio entre los arrecifes. Observaba con curiosidad cada rincón, alargando lo que parecía un brazo hacia los peces de colores, intentando acariciarlos con sus dedos. Y se me escapó una risita al ver el respingo que dio cuando aquella morena salió de entre las rocas, celosa de su hogar, echando al extraño de su territorio.

De repente, miró su muñeca y empezó a nadar hacia la superficie. Me asusté.

«¡No! ¡No debes ir allí! ¡Los monstruos de la superficie te comerán!» pensé horrorizada.

Un grito lastimero me hizo volverme. Una tortuga estaba atrapada entre unas rocas algo más allá. Desesperada, estiraba su cuello intentando escapar. Pero no podía liberarse.

Le miré. Debía ir a ayudarla. Pero si el extraño ser me veía... ¿Qué? ¿Qué debía hacer? Los gritos del animal se clavaban en mis oídos. El burbujeo del espécimen me inmovilizaba...

El ser seguía ascendiendo con parsimonia.

No podía hacer otra cosa. Nadé con todas mis fuerzas hacia la pequeña y tiré de la roca que presionaba su caparazón.

–No puedo... –murmuré empujando con todas mis fuerzas. Si alguno de mis compañeros hubiera estado allí... Pero solo estábamos yo y el extraño que ascendía sin pausa hacia la superficie. Cerré los ojos con fuerza intentando borrar los miedos que durante tantos años me inculcaron los mayores y di un fuerte coletazo hacia él.

Cuando le tuve a escasos metros, se paró y me observó. Creí escuchar un grito bajo aquella nube de burbujas que escapó de su cabeza. Sonreí. La sonrisa es un lenguaje que todos en el mar conocen. Me dio la sensación de que huiría. Pero siguió quieto ante mí, observándome en silencio con el aleteo constante de sus dos colas. Entonces me acerqué un poco más y me alejé asustada. ¡Su cara! ¡Era yo! Levantó su mano en un afán de tranquilizarme. Miré la pobre tortuga y encerré el miedo que sentía. Llamé su atención y señalé hacia las rocas. El ser se movió para poder mirar en la dirección que marcaba mi mano. Al ver a la tortuga, señaló y dijo algo que no pude entender.

–Por favor –dije con mis manos en el pecho–. Ayúdame...

Nadé hacia ella y empujé de nuevo la roca. Pareció comprender lo que ocurría. Nadó con la misma calma con la que le había visto nadar y se colocó junto a mi. No le miré, me daba pánico ver mi rostro en el lugar donde debía estar el suyo. Pero mi curiosidad volvió a ser más fuerte que mi voluntad, y desvié mi vista hacia él. 

No. No era yo... Detrás de aquel extraño espejo habían unos ojos... Unos ojos que sonrieron con ternura al verme. Aparté la vista, me ruboricé y empujé de nuevo la roca.

Tras varios intentos la piedra empezó a zarandearse hasta caer a un lado, dejando a la pequeña libre de su prisión.

–¡Sí! –grité emocionada girando sobre mí misma. Él me observaba divertido–. ¡Eres libre tortuguita!

La pequeña, agradecida, acercó su cabeza a mi mano para que la tocara e hizo lo mismo con el ser, quién pareció sorprendido por la reacción del animal. Al alejarse de allí, los dos nos quedamos como tontos, sin decir nada. Contemplando en silencio la inmensidad del océano.

Debía irme. Si los mayores se enteraban de lo que había hecho, el castigo sería muy duro. Le sonreí e incliné mi cabeza en señal de agradecimiento. Cuando me iba a alejar, el ser cogió mi mano para retenerme. Mi corazón latió con fuerza. Me revolví nerviosa y, en ese momento, me soltó y levantó su mano despidiéndose.

Nadé todo lo rápido que pude para alejarme de allí. Nadie debía saber qué era lo que había pasado. Pero deseaba saber más cosas de él... Al llegar al arrecife, me escondí y le observé de lejos. Seguía mirando en la dirección en la que me había ido. Pero al rato empezó a ascender hacia la superficie.

«Le seguiré», pensé.

Alcanzamos la superficie al cabo de un rato. El ser parecía agotado. Sus movimientos eran cada vez más lentos... Algo llegó flotando por la superficie.

«¡Los monstruos!», pensé horrorizada. Pero antes de poder hacer nada, aquella cosa lo engulló, arrastrándolo fuera del agua.

Nadé con todas mis fuerzas hacia arriba. Iba a hacer algo que jamás debí haber hecho. Saqué la cabeza fuera del agua y entonces fue cuando le vi.

El ser estaba de pie en aquella cosa que flotaba. Estiró de su cara y... y... ¡Se la arrancó! ¡Se arrancó la cara! Tapé mis ojos horrorizada. Pero al mirar entre los dedos mi sorpresa fue aún mayor. Lo que se sacó no era su cara... ¡Su cara era similar a la mía! Volteó la cabeza con fuera y se sacudió el pelo. Entonces se arrancó las protuberancias de su espalda y la piel oscura, quedando con el torso desnudo.

–Ángel –dijo otro ser dirigiéndose hacia él–. Te has arriesgado demasiado.

–Lo siento –dijo él–. Sé que te prometí que no volvería a hacerlo, pero ha merecido la pena.

Una bonita sonrisa adornó su cara.

–Al menos habrás identificado alguna especie nueva, ¿no? Ya que me tienes aquí todo el día pendiente del reloj, como mínimo que haya servido para algo.

Él se acercó al borde del bote y se apoyó mirando hacia el fondo del mar.

–La verdad... –Se detuvo un segundo–. La verdad es que no.

¿Aquellos eran los monstruos de la superficie? ¿Los que se supone que jamás deben encontrarnos? Aquellos ojos que miraban el fondo del mar eran similares a los míos. Miraban el mundo con la misma intensidad que yo lo hacía. ¿Cómo podían ser asesinos?

Ángel levantó la cara para que el sol le calentara y dijo casi sin voz.

–Guille, ¿crees que las sirenas existen?

Guille soltó una sonora carcajada y pasó la mano por su canoso pelo.

–Creo que pasar tanto tiempo en el agua te ha dejado lelo –rió.

–Sí, je, je. Debe ser eso.

Volvió a mirar hacia el mar y me vio. Se incorporó veloz y miró a su compañero. De un salto, regresé al fondo del mar. Ángel no llegó a decir nada. Volvió a mirar al mar y me buscó. Pero yo ya no estaba allí. No volvería a estarlo.

Han pasado varias estaciones desde entonces. Y no he podido dejar de pensar en aquella mirada profunda y en su cálida sonrisa. Nadie ha sospechado nada de lo que ocurrió entonces. Y él tampoco debió explicarlo, porque no hubo más especímenes como él en mucho tiempo.

A mí, en cambio, el calor del sol me atrae. Cada amanecer subo a la superficie. Nado hasta una playa de blanca arena y dejo que sus rayos acaricien mi piel. Me gusta pensar que son sus manos las que me rozan. Que es su mirada la que me calma. Pero no le he vuelto a ver. Ayer regresé al arrecife. Fue como si aún pudiera verle nadando con cuidado, observando todo lo que el mar le regalaba. Y he subido a la superficie. ¿Qué habrá sido de él?



Mientras tanto, en un viejo embarcadero, un hombre se sienta en el muelle cada amanecer con la mirada perdida en el vasto mar y la sonrisa de aquella sirena clavada en su memoria. Deja que los rayos del sol acaricien su piel y cierra los ojos imaginando que son sus delicadas manos las que le rozan.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en SafeCreative.