miércoles, 15 de marzo de 2017

EL ÁRBOL EN EL QUE TE CONOCÍ (Parte final)

Para acceder al comienzo de la historia, haz click aquí.




Cuando Anael despertó, estaba tumbada en el suelo de la habitación, aturdida. Quiso moverse. Pero un dolor punzante debajo del pecho le obligó a quedarse tumbada y mirando al techo de yeso blanco. Recordó lo que había pasado y el corazón le dio un vuelco. ¿Qué habría sido del demonio? ¿Estaría muerto? Hizo un esfuerzo por incorporarse. La sangre manchaba sus manos y notaba algo pringoso manchando su rostro. Se apoyó en el colchón de la cama, aferrando la daga de Gabriel con la otra, y se intentó poner de pie. Las piernas le temblaban.

—¿Carlos?

Su voz sonó débil y temblorosa.

Miró en la cama pero estaba vacía. Observó la habitación. El pequeño portátil desde el cual el joven había ido eliminando las historias que escribía, estaba en el suelo con la pantalla rota. La luz del sol entraba a través de la persiana medio bajada y, por el color, debía estar atardeciendo.

—¿Carlos? —llamó de nuevo.

Pero el silencio era absoluto. Otra punzada le obligó a sujetarse el pecho con una mano, mientras aguantaba su peso sobre la otra, apoyada en el cabecero de la cama, y sin soltar su arma. Se examinó por si la herida era grave. No parecía tener herida abierta, pero sí interna.

Apoyándose dónde podía, comenzó a caminar hacia la puerta de la habitación. Su instinto le decía que algo malo había pasado. Quizá si encontraba a la madre de Carlos pudiera averiguar algo.

Bajó los escalones con cuidado. Sus piernas apenas aguantaban su peso. Al llegar al salón, le sorprendió la capa de polvo que se acumulaba sobre el mobiliario. ¿Tanto tiempo había estado inconsciente? Vio un papel sobre la mesa. Se acercó vacilante. Al ver la letra en seguida supo de quién era. Decía así:

«Mamá, sé que nunca podré ser la persona que te gustaría que fuera. Siempre dices que debo ser un hombre de bien. Pero no sé ser de otra manera que no sea la que soy. Mi vida son las historias. Vivir enamorado de los árboles, de la suave brisa que mece sus copas. No deseo vivir de otro modo que no sea a mi manera. Soy feliz así, disfrutando del calor del sol en mi rostro, del sonido de las olas del mar que tengo grabadas en mi memoria... ¿No lo recuerdas? Aquel verano, antes de que papá se fuera, en las playas del norte... Era tanta la belleza que escondía la ferocidad del océano.

»Por eso decido irme. Esta vida no está hecha para mí... Me duele ver cómo cada día el sol se pone y no eres capaz de ver lo que hay en mí. Yo te quiero con locura, y sé que tú me quieres a tu manera. Pero nunca seré lo suficientemente bueno... Algo dentro de mí me ha hecho ver que este no es mi lugar. Y no quiero hacerte más daño del que te pueda haber causado ya.

»Sólo te pido que seas fuerte por mí. Que sigas adelante y que me lleves siempre en tu recuerdo...».

Mientras leía la carta, la joven sintió cómo se le formaba un nudo en la garganta. No había sido capaz de protegerle de él...

Incapaz de terminar de leer la nota de su protegido, abatida, la dejó caer sobre la mesa. Miró a su alrededor. Casi podía ver a Carlos llegando a casa, cómo su sonrisa llena de ternura se dibujaba en su rostro al saludar a su pequeño gato negro. Pero ahora... Ahora...

Había fracasado. Su primera misión, y había fracasado estrepitosamente. Con el corazón hecho jirones, salió de la casa. Apenas notaba la herida interna. Su cuerpo parecía anestesiado por la tristeza. Cogió el sendero que recorrió junto a él la primera vez que lo vio. No sabía cuánto tiempo había pasado desde entonces. Caminó despacio. El atardecer iluminaba los campos de olivos. Vio la pequeña flor donde Carlos parecía realmente feliz al ver a un pequeño insecto revolotear junto a ella y las lágrimas comenzaron a caer.

Al alcanzar el árbol en el que le conoció, el viejo roble parecía a su vez igual de triste que ella. Se enjugó las lágrimas y se apoyó en su tronco, acariciando la corteza con suavidad. Su mano ensangrentada dejó un pequeño rastro a su paso, tiñendo la madera de color carmesí. Agachó su cabeza y volvió a llorar. Lloró desconsolada.

Cuando las lágrimas dejaron de caer, la luna llena se alzaba en lo alto del cielo estrellado. Alzó la vista y buscó entre ellas su vieja morada. Quizá Gandiel la observaba desde lo alto, sintiendo vergüenza de ella...

No lo pudo soportar.

Miró la daga que había estado cargando desde que despertó en la habitación, y, con gran esfuerzo, se cortó las alas.

* * *


En la clase, un murmullo se alzó entre los jóvenes ángeles al conocer el desenlace tan terrible de la historia que su tutor les explicaba.

—Maestro —comentó una joven de pelo blanquecino y largas alas—, ¿y qué fue de Anael? ¿Murió?

El maestro miró a la joven y sonrió.

—No Mariel, los ángeles, con alas o sin ellas, somos inmortales. Sólo la muerte bajo el yugo de un demonio puede acabar con nosotros.

En ese momento, alguien llamó. Gandiel abrió la puerta del aula y le hizo señas para que se acercara.

—Quiero que penséis en lo que os acabo de explicar —dijo el maestro—, y que luego pongáis en mi conocimiento qué habéis aprendido de esto. En seguida vuelvo.

Dejó su libro sobre la mesa, y se acercó hacia su superior.

Al acercarse lo suficiente, Gandiel dijo:

—Te está esperando. —El ángel sonrió y su mirada se iluminó—. Ve, ya me ocupo yo del resto de clases.

Le agradeció el gesto y se dirigió hacia la fuente del oráculo. Miró por ella y vio a Anael apoyada en el viejo roble. Su pelo azulado ahora estaba teñido de color castaño. Y sus ojos lilaceos escondidos tras unas lentillas de color verde. Sonrió. Se dirigió a la salida, y descendió hacia ella.

Al quedar a su lado, la joven Anael cerró los ojos dejando que el suave aroma a flores le envolviera.

—Anael —dijo con cariño, dejándose ver.

—¡Carlos! —Anael, con una sonrisa de oreja a oreja, se abalanzó sobre él rodeando su cuerpo con ambos brazos.

Ambos se acomodaron junto al enorme árbol, dejando que el sol que atravesaba su copa les calentara.

—Te he echado de menos —comentó la joven con ternura—. ¿Me cuentas otra de tus historias?

* * *

Los ángeles no tienen permiso para sentir o unirse emocionalmente a los humanos. Una vez, una joven se involucró en demasía y sus alas fueron el precio que tuvo que pagar por ello. Sin ellas no puede regresar a los cielos y está condenada a permanecer en la tierra el resto de sus días.

En la orden no quieren que vuelva a repetirse algo similar. Y Gandiel, conocedor de primera mano de esta historia, nunca se perdonará el no haber ido en busca de la joven para sacarla de su error y evitar tan triste desenlace.

Pero, ¿cómo Carlos acabó convirtiéndose en ángel? 

El demonio sabía que Carlos era un ser de luz atrapado en un cuerpo humano. Su misión consistía en acabar con ese molesto brillo, tiñendo su mundo de oscuridad. Gracias a Anael, consiguió liberarse de las cadenas que le mantenían atrapado. Pero a la vez que se despojaba de sus cadenas, la posibilidad de ver a su ángel guardián también desapareció. Y, aunque estaba junto a él en la habitación al despertar, herida casi de muerte, no la vio.

Fue entonces cuando escribió la nota para su madre y, decidido a luchar por sus sueños, por seguir su propio modo de vida sin importarle lo que otros pudieran pensar de él, la dejó sobre la mesa y se marchó.

Fue esparciendo luz por donde iba y, con el paso de los años, en una de las presentaciones de uno de sus libros —aunque no era un escritor muy reconocido, con aquella historia se había ganado el corazón de muchos—, vio entrar a una joven de pelo castaño con un libro entre sus manos, que se acercó a él con timidez.

Anael se sentía tan feliz de poder ver de nuevo a su protegido que apenas podía controlar el temblor de sus manos. Cuando le vio en la contraportada de un libro en una vieja librería de la ciudad, no podía creer que fuera él. Lo compró y, tras leer —página a página— con atención, quedó convencida de que aquel escritor de mirada franca y sonrisa amable era, sin lugar a dudas, él.

—Hola Carlos —dijo sonriente al quedar frente a él, apretando el libro en su regazo para disimular los nervios.

Carlos la miró y se puso en pie como un resorte. Su ángel, su ángel de la guarda... Se le humedecieron los ojos. Apartó la silla de un manotazo y, volteando la mesa en la que debía firmar los ejemplares del libro, la abrazó con fuerza, hundiendo su cara en el hombro de ella.

—Gracias... —murmuró llorando como un niño.

Desde entonces, ambos se han vuelto inseparables.

Cuando la muerte alcanzó el cuerpo del humano, Gandiel le ofreció lo que en realidad era suyo desde siempre, unas alas. Y, así, un ángel desde el cielo y otro sin alas desde tierra, se cuidan el uno al otro año tras año, década tras década, milenio tras milenio.

FIN.

Obra registrada a nombre de Carmen de Loma en Safe Creative.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

¿Me ayudas a mejorar?
Dime qué te ha parecido ;) ¡¡Gracias!!