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CHEVALIER. CAPÍTULO FINAL.

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Título: Arcángel guerrero. (San Miguel)
Artista: Michael Rene Yaya


Las palabras de Goncourt dejaron perplejo a Pierre que, desconcertado, miraba a uno y a otro. La herida sangraba sin cesar y su vista empezaba a perder el enfoque. Goncourt se alejó de ellos unos metros. Miró directo a los ojos de Marie y sonrió de un modo extraño. De golpe, una fuerte ventada les azotó obligándoles a cubrir sus ojos. Pierre se acurrucó cómo pudo, cubriéndose la cara con el brazo mientras apretaba con fuerza el hombro herido. Boisseau, en cambio, perplejo, con el terror anclado en su corazón, no podía apartar la vista de aquel hombre al que creía conocer bien.

El cuerpo de Goncourt fue envuelto por una luz cegadora. EL fuerte viento que le rodeaba formó un torbellino a su alrededor. Los destellos de luz se hicieron más intensos, más brillantes. Pierre sintió miedo. Por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo. Desvió la vista hacia Marie, que parecía no inmutarse. Una extraña fuerza salió despedida del torbellino y apartó la mirada aterrado. 

Calma. 

Una extraña calma llenó la cueva. 

Miró de soslayo, atemorizado de ver qué es lo que encontraría. Donde debía estar Goncourt, sólo había algo envuelto en plumas. ¿Plumas? ¿Qué significaba eso?

Goncourt sonrió para sus adentros y estiró las alas que envolvían su cuerpo. Vestido con la armadura de su clan, el arcángel desplegó sus alas dejando al descubierto su porte esbelto. Todo él desprendía una fuerza y una serenidad que embriagaba. 

Boisseau cayó al suelo. 

-T...Tú... -balbuceó con temblor en la voz-. Tú eres... eres...

-Hola, querido Jean.

La voz de Gabriel era melódica y suave. Una melodía extraña que adormecía los sentidos.

-Pero... ¿Qué significa esto...?

Boisseau no podía entender lo que sus ojos veían. ¿El mismísimo Gabriel, Capitán del Ejército Celestial, estaba frente a él? Recorrió su cuerpo con la mirada y palideció. 

-Tú eres el que me envió la misión... ¡Tú eras el que me iluminó aquel día!

  Boisseau se miró las manos llenas de sangre. Levantó la vista y sus ojos recayeron en Pierre. Pálido, con sus ropas teñidas de rojo y la mano temblorosa aferrando el hombro, se dejó caer apoyando la espalda en la pared. 

-¿Qué significa todo esto...? -murmuró Jean-. ¿Qué hace aquí?

Se dejó caer sobre las rodillas y comenzó a temblar. 

Goncourt, o mejor dicho, Gabriel, se acercó hacia él. Se agachó hasta que ambas miradas quedaron a la misma altura y, cogiéndole el mentón con la mano para obligarlo a mirarle, sonrió.

-Mi querido Jean. ¡Ha sido glorioso! -se incorporó y, volteando sobre sí mismo, gritó-. ¡Jamás imaginé que llegarías hasta el punto de querer asesinar a tu querido niño! ¡Ja, ja, ja!

Boisseau levantó la vista extrañado.

-¿Qué? ¿Qué quieres decir?

-Oh, mi querido vasallo, ¿acaso pensaste que de verdad le habría encomendado semejante misión a un decrépito como tú?

-Gabriel. Basta -intervino Marie-. 

Gabriel se giró hacia ella y empezó a reír con fuerza.

-Oh, venga Suriel... 

-¿Suriel..? -dijo Pierre apoyándose en la pared con el brazo para incorporarse-.

-Lo siento, Pierre...

Marie parecía consternada. Se apartó ligeramente y, cerrando los ojos, quedó envuelta bajo el mismo vendaval que Goncourt. Al desplegar sus blancas alas, el pecho de Pierre se estremeció. Ataviada con una armadura similar a la de Gabriel, la belleza sobrecogedora del ángel le dejó sin reacción. 

-Pierre... Lo siento tanto... 

-¡La bestia! ¡Por el amor de Dios! ¡Habéis despertado a la bestia! -gritó Boisseau consternado-. 

Suriel se giró hacia él y, apenada, dijo:

-Llegué aquí tras una batalla. Estaba malherida y mi cuerpo perdía fuerzas. Tanto, que perdí el poder de recuperar mi cuerpo. Y, con ello, el recuerdo de quién era...

Marie llegó malherida, era cierto. Boisseau recordaba aquel día. Estaba herida y sucia. Apenas si podía mantenerse en pie. Era la mujer más hermosa que había visto nunca. Desde aquel día, quedó prendado de su belleza. Pero el día que le encomendaron su misión, su belleza no resultó ser otra cosa que un engaño. O, al menos, eso fue lo que pensó entonces.

Suriel se giró hacia Gabriel. 

-¿Por qué has hecho todo esto? -preguntó señalando el cuerpo de Claude, al Barón y a Pierre-.

-¿Qué? Sólo quería divertirme un poco... -contestó malcarado-. Estos humanos me fascinan... ¡¿Has visto lo que ha llegado a hacer ese lunático?! ¡Ja, ja, ja! Son tan maleables...

Gabriel se acercó hacia Pierre, que había vuelto a caer, y se arrodilló a su lado. Miró de soslayo a Suriel y dijo:

-¿No piensas decirle la verdadera razón por la cual viniste aquí?

Suriel palideció. 

-Basta, Gabriel... -susurró-.

Parecía inquieta. Pierre se apartó para poder mirarla. Sus ojos la observaban. 

-Venga, “Marie”... Explícaselo...

Pierre se intentó incorporar. 

-Marie, ¿qué está insinuando?

-Tu querida “Marie” -intervino Gabriel-. Fue enviada a esta Tierra de esclavos con la intención de eliminar a esta raza mediocre que se ha empezado a levantar contra nosotros.

Boisseau soltó un gemido. ¡Era cierto! ¡Era la bestia!

-¡Basta! ¡Por favor! -gritó Suriel con los ojos humedecidos-.

-No, querida. Explícaselo. Diles qué pensaba hacer el ángel vengador, el mismísimo hermano de Metatrón.

-¡No metas a mi hermano en esto Gabriel! 

-¿A tu hermano? Pero si ha sido él el que me ha enviado a buscarte. Tardabas demasiado en regresar de la tarea que te fue encomendada. Y, mira por dónde, resulta que te habías enamorado de un humano. ¡Ja, ja, ja! 

Pierre no lograba aclarar sus pensamientos. La herida, lo que ese loco de alas decía, el rostro desencajado de Boisseau... Era demasiado para él. Gabriel le sujetó el rostro con la mano y le observó ladeando su cabeza.

-Y, de verdad, no sé qué has podido ver en este insecto...

Pierre agitó su cabeza para soltarse. Gabriel se levantó y se alejó de él hacia la entrada de la cueva. Suriel corrió hacia él y se dejó caer a su lado sollozando.

-Lo siento, Pierre... ¡Si hubiera sabido quién era no me hubiera acercado a ti!

-Pensabas acabar con la raza humana... -murmuró-.

Suriel levantó el rostro.

-¡No! ¡No pude! ¡Es por eso que quedé malherida!

-Déjalo... -dijo Pierre derrotado-. Ya no te creo... Me mentiste, mentiste a tu familia...

-¡Pero no recordaba nada!

-¡Pero es por ti que mi padre ha enloquecido! -gritó enojado apartándola de un empujón-.

Suriel se giró a mirar a Boisseau. Sus ojos estaban perdidos en el vacío. Su rostro desfigurado por el terror. Sus manos temblorosas aferrando el suelo. 

-Lo... Lo siento...

Mientras tanto, Gabriel, en la entrada de la cueva, estuvo callado con la mirada perdida en el vasto cielo. Suriel se incorporó aturdida y se encaminó hacia él en silencio. Giró su rostro para mirar el de su amado una vez más y, dejando que una lágrima resbalara por su mejilla, se colocó junto a él.

-Vámonos... 

-¿Irnos? -dijo Gabriel sin mirarla-. Aún no has cumplido tu misión.

Suriel le miró sorprendida.

-¡No puedes hablar en serio!

-¿A qué te crees que he venido? Tu hermano está furioso. Y no seré yo el que se enfrente a él.

-Pero no poseen maldad... ¡No son lo que Padre cree!

-No me digas -dijo volviéndose hacia ellos-. ¿Y es por eso que acabaste herida, porque su bondad es así?

-Gabriel, por favor, escúchame -dijo cogiéndole de la mano-. Es cierto que hay humanos sumidos en la oscuridad. Pero la mayoría tienen un buen corazón...

Gabriel elevó la mirada al cielo y sentenció:

-Es tarde para remordimientos.

Suriel levantó la vista. El cielo estaba cubierto por unas nubes negras que se arremolinaban en un extraño vórtice. Un viento gélido empezó a azotar el bosque. 

-¡No! ¡¿Cómo has podido invocarlo?!

-Es mi deber -dijo bajando el rostro-.

Gabriel siempre sintió un aprecio especial por Suriel. Pero, en ningún caso, tenía la capacidad de contradecir a su Señor. La miró con un halo de tristeza en la mirada y salió al exterior.

-¡Por favor! -gritó Suriel sujetándolo del brazo-. ¡Detén lo!

La miró un instante y tiró de su brazo para soltarse.

-No puedo. Y lo sabes.

Suriel miró dentro de la cueva. Pierre esquivó su mirada y, con sumo esfuerzo, se acercó tambaleante hacia Boisseau que seguía apretando sus manos contra el suelo en un esfuerzo por mantener la calma.

-Padre... -susurró-.

Boisseau levantó la vista y se quedó mirándole sin verle. 

-Padre, vuelve conmigo, por favor...

Boisseau tardó unos segundos en reaccionar. Las palabras de Pierre fueron calando en su corazón. Observó a su hijo un instante, con los ojos cargados de amargura y, al reconocerle, murmuró:

-Pierre... 

Pierre hizo un esfuerzo por sonreír. En ese momento, Pierre perdió el equilibrio. Jean se irguió y sujetó su cuerpo antes de que cayera desplomado por la falta de sangre. Apretó con fuerza la herida y, sacándose el cinturón de su cota, lo ató con fuerza rodeando la axila. 

-Lo siento... 

Su voz quebró y las lágrimas comenzaron a caer.

-No te preocupes -dijo Pierre apenas sin voz, a la vez que un amago de sonrisa se dibujaba en sus labios-. 

Boisseau buscó con la mirada a Goncourt. Pero sólo pudo ver a Marie. 

-Nos han engañado, padre... Debí creer en ti...

-No Pierre, he sido un necio.

Se giró hacia el cuerpo de Claude y cerró los ojos abatido.

-No tengo perdón...

Ayudó a Pierre a levantarse y se acercaron hasta Claude. Le ayudó a sentarse apoyado en una roca y se agachó junto al cuerpo de su amigo.

-Claude... Fuiste el único que se mantuvo a mi lado... Y mira donde te ha llevado tu tesón. 

-Claude siempre ha creído en ti, padre, siempre supo que en el fondo escondías un gran corazón.
Boisseau le miró condescendiente.

-Lo sé...

En el exterior las cosas se estaban poniendo cada vez más feas. El cielo oscureció de tal manera que los rayos de luz eran engullidos por las tinieblas. Cada segundo que pasaba, el vórtice crecía y creía. Gabriel abrió sus alas y se elevó hasta centro del mismo. Sacó la espada y la elevó haciendo que una infinidad de rayos comenzaran a rodear el vórtice.

Suriel le siguió con la mirada. Debía obedecer a su señor. Pero sabía que era un error. Y que tarde o temprano se arrepentirían de ello. Pero... ¿Qué podía hacer? Miró de nuevo en el interior. Y al ver a ambos abrazados, retomando lo que se pensaba que estaba perdido, abrió sus alas y ascendió junto a Gabriel.

Boisseau, extrañado de que les dejaran allí sin más, pasó el brazo sano de Pierre alrededor de su cuello y le levantó. Pierre gimió agotado, pero se dejó arrastrar por él hasta la entrada de la cueva. Cuando alcanzaron la salida, sus ojos se abrieron por la sorpresa. 

-Pero qué diantres es eso... -dijo sin poder apartar la vista del vórtice-.

Los espectaculares rayos que golpeaban el cielo con fiereza se fueron concentrando alrededor de los ángeles. Suriel elevó su espada y, entonces, cómo si el cielo rugiera de cólera, los rayos alcanzaron ambas espadas escupiendo llamaradas hacia el suelo.

Gabriel la miró de soslayo.

-Es nuestro destino, Suriel...

Pero ella no respondió. Con el corazón encogido por el dolor, apenas podía mirar a su compañero a la cara. 

Los hombres no daban crédito a lo que veían.

-¿De verdad lo vas a hacer? -preguntó Pierre mirándola desde el suelo-.

Pero ella no podía oírle.

-Hijo -dijo Boisseau apretándole contra su cuerpo-. He sido el hombre más feliz de este mundo al tenerte a mi lado.

Pierre le miró. Todo iba a terminar. Todo lo que él creía, lo que amaba, iba a desaparecer bajo el yugo de aquellos a los que siempre había tomado como seres piadosos y llenos de bondad. Recordó los paseos por el bosque junto a ella. Las caricias en su cuerpo. Cómo la había llegado a amar. Apretó el puño contra la mano de Boisseau.

-Yo también estoy feliz de haber estado a tu lado, padre.

Las lágrimas comenzaron a rodear las pupilas de Jean. 

Padre e hijo, abrazados, levantaron la vista al cielo esperando el final.

-Ya viene -dijo Gabriel sujetando con fuerza el mango de su espada, cada vez más difícil de sostener-.

Suriel sujetó la suya con ambas manos y asintió en silencio.

Las nubes empezaron a rugir de nuevo y una música extraña, cómo si tocaran trompetas desde un lugar lejano, empezó a envolverles. Por todos los rincones de la tierra, empezó a sonar aquel extraño sonido. La gente de los pueblos y las ciudades dejaron sus quehaceres diarios para salir al exterior y buscar con la mirada la procedencia de tan siniestro canto. El cielo rugía. Los animales de las cuadras empezaron a relinchar nerviosos. Los pájaros huían despavoridos. Un aire gélido sopló con fuerza y los árboles se mecían al son del viento, perdiendo las hojas con su fuerza. 

El día había llegado. El día en que pagarían por el dolor afligido. Por las guerras absurdas. Por el egoísmo de sus actos.

El vórtice se abrió y una luz cegadora apareció en el mismo centro. Gabriel bajó el rostro en señal de reverencia y colocó ambas manos en la espada haciendo que ambas espadas quedaran unidas por la punta. Los dos ángeles se miraron y empezaron a moverse en dirección opuesta. A medida que se separaban el uno de otro, los rayos que las unían fueron creando un círculo. 

-¡Estás lista! -gritó Gabriel-. 

-Claro... 

El rugido se volvió ensordecedor. Boisseau cubrió la cabeza de Pierre con el brazo y ocultó su rostro en él. Del cielo empezaron a caer rayos de luz que pulverizaban aquello que tocaban. Y de pronto, silencio. Ambos levantaron la vista al cielo. Un enorme agujero se abría encima de sus cabezas. Suriel, agotada por el esfuerzo de abrir el portal, respiró agitada intentando recuperar el aliento. Bajó la espada y miró a Gabriel. Su porte era envidiable. En ese instante, entendió por qué fue nombrado Capitán. Su fuerza se podía sentir sin ni siquiera tocarle. Alzó la mirada hacia el agujero y, con un dolor indescriptible en el pecho, desvió la mirada hacia los humanos.

Ambos estaban abrazados. Se podía ver el pánico en sus rostros. Pero entonces su ojos chocaron con los de Pierre. 

-Te quiero 

Pudo leer lo que sus labios decían.

El haz de luz tomó forma. Los rayos caían cada vez con mayor frecuencia. Un estruendo junto a ellos les sobresaltó. Dónde estaba la cueva, un inmenso agujero se hundía hasta las entrañas de la tierra provocado por el choque de uno de aquellos malditos rayos.

-Así que eso es el arma definitiva, la que acabará con el mundo... -dijo Boisseau-.

-Me temo que sí.

El rayo comenzó a descender. Su luz se podía ver desde cualquier punto de la Tierra. A medida que descendía, cogía mayor velocidad. Suriel volvió a mirar a Pierre. Miró a Gabriel y sonrió con tristeza.

-¡Ni se te ocurra, Suriel! -gritó al intuir cuáles eran sus intenciones-.

Pero era demasiado tarde. Suriel alzó el vuelo y voló veloz hacia el punto donde el haz de luz chocaría contra la tierra. Pierre la siguió con la mirada y se zafó del brazo de Boisseau para acercarse al borde del precipicio. 

-¡Marie! 

Suriel se detuvo en seco y se giró a observarle. No dijo nada, pero Pierre sintió una oleada de sensaciones que le fueron llegando desde ella. Sentimientos cargados de tristeza y soledad que se iban transformando en la calidez de la compañía. Recuerdos casi borrados de la vida de Marie fueron cruzando su mente. El amor recibido por aquellos que salvaron su vida, el cariño de sus vecinos... Y, finalmente, un fuerte sentimiento que le quemó el pecho. El ardiente deseo hacia él, el amor incondicional por todo su ser. Entonces supo que todo lo que hubo entre ellos era cierto. Que su amor no fue ningún engaño. 

-Pierre, jamás olvidaré lo que me has enseñado -dijo la voz de Marie dentro de su cabeza-.  Guardaré esos sentimientos en lo más profundo de mi ser.

-¡Marie! ¡No! ¡No puedes dejarme ahora! -gritó desesperado-.

Gabriel quiso volar hacia ella pero la fuerte luz le impidió acercarse.

-Debí haberlo hecho mucho antes -continuó diciendo-. Sé que ellos terminarán por aceptaros...

-¡Suriel! -gritó Gabriel-. ¡¿Pero qué diantres estás haciendo?! ¡Te matará!

Pierre le miró aterrado y volvió a mirar a Marie.

-¡Marie! ¡Por favor! ¡No lo hagas!

-Nunca supe cual era mi destino hasta hoy. Nací para ser aquello en lo que los hombres pudieran creer. La esperanza. La fe... Gabriel, explícale a mi hermano los motivos por los cuales lo he hecho. Dile que mi vida salda la deuda de los hombres, ¿de acuerdo? 

-¡Suriel!

-¡Nooo!

El haz de luz alcanzó al ángel. Un fuerte estruendo recorrió la tierra y el olor a azufre impregnó el lugar. Llamaradas incesantes comenzaron a rodear el cuerpo de Suriel. Los ojos de los amantes se encontraron. Un tenue reflejo cruzó ambas miradas. Y el fragor.

La fuerza descomunal del estallido les lanzó por los aires. Los árboles, arrancados de raíz por la explosión, salieron despedidos contra las rocas. Boisseau se sujetó con fuerza a una roca para no salir despedido. Vio que Pierre era arrastrado sin remedio y estiró el brazo para agarrarlo con fuerza. Tiró de él y le ayudó a sujetarse contra la piedra. A través del ensordecedor estruendo, pudo discernir los sollozos de su hijo. Eran los mismos que recordaba de cuando su querido hermano les dejó. Los sollozos de la pérdida y el dolor de un corazón roto.

Cuando finalmente la calma llegó, del hermoso bosque apenas quedaba nada. Todo estaba arrasado. De los pocos árboles que quedaban en pie, salían hilos de humo. Boisseau se dejó caer exhausto. Pierre respiraba con dificultad. 

El aleteo de unas alas le alertó. Se puso en pie con rapidez  y colocó los brazos en cruz para proteger a su hijo.

-No te acerques, maldito bastardo -dijo con determinación-.

Pero lo que encontró no fue al fuerte e imponente Gabriel. Sino a un ángel con el rostro demacrado, envuelto en suma tristeza.

-No voy a haceros daño... -comenzó diciendo con un suave susurro-. 

-¿Dónde está Marie..? -preguntó Pierre desde el suelo-.

-Ella ha dado su vida a cambio de calmar la ira del cielo. Ha intercambiado su cuerpo por el rencor hacia vosotros. 

-¿Qué... qué quieres decir? -dijo Boisseau-.

Gabriel se agachó junto a Pierre y posó sus manos sobre la herida de su hombro. El calor que emanó de ellas comenzó a curar la carne podrida, que fue creciendo hasta que la herida cerró por completo.

-Gracias -dijo Pierre al ver su brazo curado-.

-Ella lo habría querido así...

Se irguió de nuevo y contestó a Boisseau.

-Ella se ha fundido con el haz de luz. Ha absorbido el odio con el que estaba formado y lo ha neutralizado. Cómo consecuencia, su cuerpo ha sido convertido en cenizas...

Gabriel les dio la espalda y bajó el rostro abatido.

-Habéis sido perdonados. Vuestra raza queda libre de la extinción. Pero...

Giró el rostro para mirarles y añadió:

-La próxima vez, no estará aquí para salvaros...

Cuando el ángel se elevó y despareció de su vista, Pierre se acercó al borde del precipicio y observó el lugar donde, momentos antes, había estado ella.

-Y ahora qué... -dijo casi sin voz-.

Boisseau se acercó a él y se colocó a su lado. Recorrió con la mirada el horizonte y dijo:

-Ahora lo único que podemos hacer es vivir por ella... Debemos demostrar que tenía razón. Que su muerte, Pierre, no haya sido en vano. 



Los nombres de los ángeles han sido sacados del Cábala. Pero las relaciones entre ellos y sus rangos es ficticia. Es cierto que Metatrón, el ángel más poderoso del Cábala, tiene un hermano. Pero no es Suriel, sino Sandalfón. De una albergadura igual a la de su hermano gemelo, es el segundo ángel más poderoso.



Obra registrada en SaveCreative a nombre de Carmen de Loma.


Comentarios

  1. Espero que hayáis disfrutado con la lectura de este relato tanto como yo escribiéndolo ^^
    ¡¡Nos leemos en la próxima historia!!
    Un abrazo :)

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  2. ¡Desde luego que ha sido un verdadero disfrute leer toda la historia! :)
    Gran trabajo Carmen, ¡un abrazo!

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    1. ¡Me alegro de que te gustara! Era la intención ^^
      Gracias por tus palabras :)
      ¡Un abrazo!

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  3. Excelente historia. El amor salvó por poco la humanidad, aunque es algo que muy pocos sabrán.

    Gracias por aclarar la relación de los ángeles. En un momento quedé desconcertado porque sé algo y me dije "aquí hay un error". Je, je, je. Por poco te iba regañar. Ji, ji ji.

    Ahora me queda leer el resto de tus relatos, aunque si intentas hacer otra historia larga tienes mi apoyo.

    ¡Saludos y hasta la próxima!

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    1. ¡Hola!
      ¡Qué bien que te haya gustado! Me gusta pensar que el amor es la fuerza más poderosa ^^
      En cuanto a lo de los ángeles, no vi justo que alguien que no supiera de ellos se creara una falsa idea. Por eso pensé que lo mejor sería aclararlo al final. ¡Y menos mal, ¿no?! jejeje ¡¡Sino me hubiese caído una reprimenda!! :D
      Muchas gracias por dedicar tu tiempo a leer y a comentar la historia. :)
      ¡Un abrazo!

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  4. Hola Carmen. Magistral. Epopeyico final. Resulta que la bestia en realidad fue quien los salvó, jaja. Muy bien descrito desde el principio al final la forma en que la humanidad iba a dejar de existir. Muy épico.
    Me han gustado los valores que encierra éste desenlace. Al final, ha prevalecido todo lo que representa la humanidad ante lo que los ángeles.
    Un saludo, me ha encantado seguir esta historia contigo.

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    1. ¡Hola Jose!
      ¡Qué bien que te haya gustado! De la que se libraron, eh?? Me supo mal por Suriel, pero qué le vamos a hacer, no le quedó más remedio que morir...
      Un abrazo, y gracias por dedicar tu tiempo a leer y comentar la historia. ¡Mil gracias! ^^
      ¡Un besote! :)

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